<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><!-- generator="FeedCreator 1.7.2-ppt (info@mypapit.net)" --><rss version="0.91">    <channel>        <title>Mundomalena</title>        <description><![CDATA[Una blog con links para leer libros on-line, literatura uruguaya, links para bajar libros, historia de la literatura y alguna otra cosa.]]></description>        <link>http://malenita.blogcindario.com/</link>        <lastBuildDate>Wed, 25 Nov 2009 23:37:31 +0100</lastBuildDate>        <generator>FeedCreator 1.7.2-ppt (info@mypapit.net)</generator>        <item>            <title>De Vacaciones</title>            <link>http://malenita.blogcindario.com/2007/12/00158-de-vacaciones.html</link>            <description><![CDATA[<span style="font-size:20pt">Me fui de vacaciones vuelvo en Febrero.</span><br />A los que han leido algo mio o han hecho algo por mi, gracias y  a los que les he servido en algo, de nada.]]></description>            <pubDate>Mon, 24 Dec 2007 15:10:12 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Flog</title>            <link>http://malenita.blogcindario.com/2007/08/00153-flog.html</link>            <description><![CDATA[Por naturaleza, no me agradan los flogs nunca me han agrandado pero por otra parte no puedo eludir el caso de que son todavia mas sencillos de subir que los flogs, y ademas que es mas facil su divulgacion.<br />Asi que se me ocurrio hacer un flog sobre Libertad, mi personaje favorito de Libertad.<br /><br />La direccion:<br />http://www.fotolog.com/simplmntlibertad/]]></description>            <pubDate>Fri, 24 Aug 2007 18:27:35 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Dos cuentos de Isaac Asimov</title>            <link>http://malenita.blogcindario.com/2007/08/00152-dos-cuentos-de-isaac-asimov.html</link>            <description><![CDATA[A pesar de volver a tener Adsl, nunca me volvi de nuevo a motivar a seguir con el blog, pero mientras me fisuraba (como habitualmente los ultimos tiempos) con Isaac Asimov se me ocurrio publicar dos cuentos de el con una trasfondo similar (aunque ni tanto).<br />Los cuentos son "Intuicion femenina" y "Mi hijo el doctor"<br /><br /><br /><span style="font-size:16pt">Intuición femenina</span><br /><br /><i>Comentario de Asimov<br />Mis robots son casi siempre masculinos, aunque no necesariamente en un sentido verdadero del género. Al fin y al cabo, les doy nombres masculinos y me refiero a ellos como «él». A sugerencia de una editora, Judy-Lynn del Rey, escribí Intuición Femenina, que se publicó en el número de octubre de 1969 de IF Magazine of Fantasy and Science Fiction. Por una parte, mostraba que yo podía hacer un robot femenino, Seguía siendo de metal. pero tenía un talle más estrecho que mis robots de costumbre así como también una voz femenina, Posteriormente, en mi libro Robots e Imperio, había un capítulo donde hacía su aparición un robot femenino humanoide. Hacía un papel de malvada, que puede sorprender a aquellos que conocen mi frecuentemente demostrada admiración por la mitad femenina de la Humanidad.</i><br /><br />Por primera vez en la historia de «United States Robots & Mechanical Men Corporation», había sido destruido accidentalmente un robot en la propia Tierra.<br />Nadie era culpable. El vehículo aéreo había sido destruido en medio del aire y un incrédulo comité de investigación se preguntaba si se atrevería a anunciar el hecho de que había sido alcanzado por un meteorito. Ninguna otra cosa podía haber sido tan rápida como para evitar que se activase el mecanismo de desviación: con excepción de una explosión nuclear, nada podía haber causado el daño, y ello quedaba descartado.<br />Si se añadía a ello un informe sobre un destello en el cielo nocturno justo antes de que el vehículo hubiese explotado -y procedente del Observatorio de Flagstaff, no de un aficionado- y la localización de un enorme y claramente meteórico trozo de hierro recientemente incrustado en el suelo a una milla del lugar, ¿a qué otra conclusión podía llegarse?<br />Sin embargo, nada semejante había sucedido con anterioridad y los cálculos de las probabilidades en contra arrojaban cifras monstruosas. Pero incluso las improbabilidades más colosales pueden suceder a veces.<br />En las oficinas de «United States Robots», los cómos y los porqués eran secundarios. El punto crucial era que había sido destruido un robot.<br />Ello era lamentable por sí solo.<br />Todavía resultaba más lamentable el hecho de que JN-5 era, después de cuatro intentos previos, el primer prototipo que había sido probado sobre el terreno.<br />Resultaba abismalmente lamentable el hecho de que JN-5 era un tipo nuevo de robot, completamente distinto de cualquiera construido hasta el momento.<br />Y el hecho de que aparentemente JN-5 hubiese realizado algo de incalculable importancia antes de su destrucción y que este logro pudiese estar ahora perdido para siempre, dolía más allá de toda expresión.<br />Apenas parecía digno de mención que, junto al robot, había muerto también el Robopsicólogo Jefe de «United States Robots».<br /><br />Hacía diez años que Clinton Madarian trabajaba en la empresa. Durante cinco de estos años, había trabajado sin quejarse bajo la gruñona supervisión de Susan Calvin.<br />La capacidad de Madarian era bastante evidente y Susan Calvin lo había promocionado calladamente por encima de hombres mayores que él. En ningún caso se habría dignado dar explicaciones de ello al Director de Investigación, Peter Bogert. Pero, en realidad, no eran necesarias las explicaciones. O, más bien, saltaban a la vista.<br />En muchos y notorios aspectos, Madarian era el reverso de la medalla de la famosa doctora Calvin. En realidad no era tan gordo como su destacado doble mentón le hacía parecer, pero incluso así su aspecto era imponente, mientras que Susan podía pasar casi inadvertida. Su rostro macizo, su mata de brillantes cabellos castaño rojizo, su piel basta, su voz atronadora, su risa sonora y, sobre todo, su incontrolable confianza en sí mismo y su forma vehemente de proclamar sus logros, hacía que todos los presentes se sintiesen faltos de espacio.<br />Cuando finalmente Susan Calvin se jubiló (negándose de antemano a cooperar para una cena testimonial susceptible de organizarse en su honor, y de forma tan terminante que ni siquiera se anunció su jubilación a los medios de comunicación), Madarian tomó su puesto.<br />Hacía exactamente un día que estaba en este nuevo puesto cuando puso en marcha el proyecto JN.<br />Éste supuso la mayor inversión de fondos que jamás había soportado «United States Robots» para un proyecto, pero para Madarían era un detalle insignificante que barrió con un genial movimiento de la mano.<br />— Vale todos y cada uno de los centavos que se inviertan, Peter. Y espero que convenzas a la Junta Directiva de ello.<br />— Proporcióname razones -dijo Bogert-, mientras se preguntaba si Madarian lo haría. Susan Calvin jamás le había dado argumentos para nada.<br />— Pues claro -dijo sin embargo Madarian, a la vez que se arrellanaba cómodamente en el amplio sillón del despacho del director.<br />Bogert lo miraba casi con temor reverencial. Su cabello, negro en otro tiempo, era ahora casi blanco y dentro de aquella década seguiría a Susan en la jubilación. Ello significaría el fin del equipo original que había convertido «United States Robots» en una compañía de envergadura mundial que rivalizaba con los Gobiernos nacionales en complejidad e importancia. En cierta forma, ni él ni quienes se habían marchado antes que él habían sido completamente conscientes de la enorme expansión de la empresa.<br />Pero ahora había una nueva generación. Los nuevos tenían una relación fácil con el Coloso. Carecían de aquel toque de admiración que a ellos les hacía caminar de puntillas llenos de incredulidad. Por consiguiente avanzaban sin miedo, y ello era positivo.<br />— Propongo que se empiecen a construir robots sin limitaciones -dijo Madarian.<br />— ¿Sin las Tres Leyes? Ello sin duda...<br />— No, Peter. ¿Sólo se te ocurren estas limitaciones? Demonios, tú colaboraste en el diseño de los primeros cerebros positrónicos. ¿Debo explicarte, que aparte de las Tres Leyes, no existe un solo circuito en estos cerebros que no esté cuidadosamente diseñado y fijado? Contamos con robots programados para tareas especificas, dotados de capacidades específicas.<br />— Y lo que tú propones es...<br />— Que se dejen abiertos los circuitos en todos los niveles por debajo de las Tres Leyes. No es difícil.<br />— Cierto, no es difícil -dijo Bogert, secamente-. Las cosas inútiles nunca son difíciles. Lo difícil es fijar los circuitos y conseguir que el robot sea de utilidad.<br />— ¿Por qué es difícil? Fijar los circuitos requiere un gran esfuerzo porque el Principio de Incertidumbre es importante en cuanto a las partículas de la masa de positrones y es necesario reducir el efecto de incertidumbre. Sin embargo, ¿por qué debe hacerse? Si conseguimos que el Principio se destaque lo suficiente como para que los circuitos se crucen de forma imprevisible...<br />— Tendremos un robot imprevisible...<br />— Tendremos un robot creativo -dijo Madarian, con un rastro de impaciencia en la voz-. Peter, si algo tiene el cerebro humano que jamás ha tenido un cerebro de robot, es ese poco de imprevisibilidad derivado de los efectos de incertidumbre a nivel subatómico. Admito que este efecto nunca ha sido demostrado de forma experimental dentro del sistema nervioso, pero en principio, sin ello, el cerebro humano no será superior al cerebro robótico.<br />— Y tú piensas que si introduces este efecto en el cerebro robótico, en principio el cerebro humano no será superior al cerebro robótico.<br />— Esto es exactamente lo que creo -dijo Madarian.<br />Después de esto, estuvieron todavía discutiendo largo rato.<br /><br />Era obvio que la Junta Directiva no estaba dispuesta a dejarse convencer fácilmente.<br />Scott Robertson, el principal accionista de la compañía, dijo:<br />— Ya resulta suficientemente difícil controlar la industria de los robots como está, con la hostilidad pública hacia los robots siempre a punto de ponerse de manifiesto abiertamente. Si el público se entera de que los robots serán incontrolables... Oh, y no me hablen de las Tres Leyes.<br />— En ese caso, no la utilicemos -dijo Madarían-. Digamos que el robot... que el robot es intuitivo.<br />— Un robot intuitivo -murmuró alguien-. ¿Un robot mujer?<br />Una sonrisa recorrió la mesa de juntas.<br />Madarian cogió la ocasión al vuelo.<br />— De acuerdo. Un robot mujer. Por supuesto nuestros robots no tienen sexo, y éste tampoco lo tendrá, pero siempre actuamos como si fuesen masculinos. Les ponemos nombres de hombre y nos referimos a ellos en masculino. Ahora bien, éste, si tomamos en consideración la naturaleza de la estructura matemática del cerebro que yo he propuesto, entrará dentro del sistema del JN coordinado. El primer robot sería JN-1, y yo había dado ya por sentado que se llamaría John-1... Me temo que éste es el nivel de originalidad del experto en robotica medio. ¿Pero por qué demonios no llamarlo Jane-1? Si es inevitable que el público esté enterado de lo que estamos haciendo, estamos construyendo un robot femenino con intuición.<br />Robertson sacudió la cabeza.<br />— ¿Y eso qué cambiaría? Lo que estás diciendo es que pretendes eliminar la última barrera que, en principio, hace que el cerebro robótico siga siendo inferior al humano. ¿Cómo crees tú que reaccionaría el público ante esto?<br />— ¿Tienes previsto hacerlo público? -dijo Madarian. Reflexionó un poco y añadió-: Escucha. Una creencia general entre el público es que las mujeres no son tan inteligentes como los hombres.<br />Durante un instante una mirada aprensiva apareció en el rostro de más de uno de los hombres sentados a la mesa, que levantaron y bajaron la vista como si Susan Calvin ocupase todavía su lugar de costumbre.<br />— Si informamos sobre un robot femenino, no importará lo que sea -dijo Madarian-. El público dará automáticamente por sentado que es de pocas luces. Si nos limitamos a anunciar al robot como Jane-1, no será necesario que añadamos una sola palabra. Estaremos a salvo.<br />— De hecho, hay algo más que esto -dijo Bogert, despacio-. Madarian y yo hemos repasado cuidadosamente los cálculos matemáticos y la serie JN, sea John o Jane, sería completamente segura. Serian menos complejos y menos capacitados intelectualmente, en un sentido ortodoxo, que muchas otras series que hemos diseñado y construido. Sólo existiría el factor añadido de, bien, debemos ir acostumbrándonos a llamarlo «intuición».<br />— ¿Quién conoce sus efectos? -murmuró Robertson.<br />— Madarian ha sugerido uno. Como todos sabéis, en principio se ha desarrollado el Salto Espacial. El hombre puede alcanzar lo que podemos llamar efectivamente hipervelocidades más allá de la luz y visitar otros sistemas estelares para volver en un período de tiempo insignificante... como máximo semanas.<br />— Esto no es nuevo para nosotros -dijo Robertson-. Podría haberse conseguido sin robots.<br />— Exacto, y ello no nos sirve para nada porque sólo podemos utilizar el mecanismo hiperveloz de vez en cuando para alguna que otra demostración, en vistas a dar publicidad a «U.S. Robots». El Salto Espacial, es arriesgado, consume una cantidad increíble de energía y por consiguiente es terriblemente caro. Si a pesar de todo fuésemos a utilizarlo, estaría bien poder informar sobre la existencia de un planeta habitable. Llamadlo necesidad psicológica. Si uno invierte alrededor de veinte mil millones de dólares en un solo Salto Espacial y sólo proporciona información científica, el público querrá saher por qué se ha malgastado su dinero. Si por el contrario se da a conocer la existencia de un planeta habitable, y uno se convierte en un Colón interestelar, a nadie le preocupará su dinero.<br />— ¿Y?<br />— ¿Y dónde vamos a encontrar un planeta habitable? O dicho de otra forma, ¿qué estrella dentro del alcance del Salto Espacial en su estado actual de desarrollo, cuál de las trescientas mil estrellas y sistemas estelares dentro de los trescientos años luz tiene la mayor probabilidad de contar con un planeta habitable? Disponemos de cantidad de datos sobre cada una de las estrellas situadas a trescientos años luz y una idea de que cada una tiene un sistema planetario. ¿Pero cuál tiene un planeta habitable? ¿Cuál visitar...? No lo sabemos.<br />— ¿Cómo nos ayudaría ese robot Jane? -dijo uno de los directores.<br />Madarian estuvo a punto de contestar, pero lo pensó mejor e hizo un ligero gesto en dirección a Bogert y éste comprendió. La opinión del director tendría más peso. A Bogert no le gustaba particularmente la idea: se estaba relacionando de forma notoria con el proyecto de la serie JN y, de resultar un fracaso, los dedos pegajosos de las críticas se adherirían a él. Por otra parte, la jubilación no estaba lejos y, si el proyecto funcionaba, se retiraría rodeado de un resplandor de gloria. Tal vez se tratase sólo de la confianza en sí mismo que irradiaba Madarían, pero Bogert había llegado a creer honestamente que el proyecto saldría bien.<br />— Es muy posible -comenzó- que en algún lugar de las bibliotecas de datos que tenemos sobre estas estrellas, haya métodos para estimar las probabilidades de la presencia de planetas habitables tipo la Tierra. Todo lo que necesitamos es interpretar estos datos de forma adecuada, considerarlos de manera apropiadamente creativa y llevar a cabo las correlaciones exactas. Todavía no lo hemos hecho. O, si lo ha hecho algún astrónomo, no ha sido lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de lo que tenía entre manos.<br />»Un robot tipo JN podría establecer las correlaciones más rápida y precisamente que un hombre. En un día, establecería y descartaría tantas correlaciones como un hombre podría hacer en diez años. Además, trabajaría de forma completamente casual, mientras que un hombre contaría con fuertes prejuicios basados en ideas preconcebidas y en las creencias ya establecidas.<br />Después de esto se hizo un silencio considerable. Fue Robertson quien lo rompió:<br />— Pero es sólo una cuestión de probabilidades, ¿no es así? Imaginemos que este robot dice: «La estrella con mayores probabilidades de contar con un planeta habitable dentro de tantos años luz es Squidgee-17», u otro, y vamos allí y nos encontramos con que esta probabilidad es sólo una probabilidad y que a fin de cuentas no hay planetas habitables. ¿En qué situación nos deja?<br />En esta ocasión, Madarian intervino.<br />— Incluso así habríamos ganado algo. Sabríamos cómo el robot había llegado a esta conclusión porque él, o ella, nos lo diría. Ello puede perfectamente ayudarnos a profundizar en gran manera en los detalles astronómicos y convertir en valioso todo el asunto, aunque no lleguemos a hacer el Salto Espacial. Además, nos permitiría trabajar en los cinco sistemas más susceptibles de contener planetas y la probabilidad de que uno de los cinco tenga un planeta habitable puede entonces superar el 0,95. Sería prácticamente seguro...<br />Y siguieron discutiendo todavía largo rato.<br /><br />Los fondos concedidos eran bastante insuficientes, pero Madarian ya estaba acostumbrado a sacar más dinero una vez gastado el primero. Ante el riesgo de perder irrevocablemente alrededor de doscientos millones, cuando cien millones más podían salvarlo todo, sin duda sería aceptada la concesión de éstos.<br />Jane-1 fue finalmente construida y presentada. Peter Bogert la estudió con gravedad.<br />— ¿Por qué la cintura estrecha? ¿No introduce ello una debilidad mecánica?<br />Madarían lanzó una risita.<br />— Escucha, si hemos de llamarlo Jane, no tiene sentido darle el aspecto de Tarzán.<br />Bogert sacudió la cabeza.<br />— No me gusta. No tardarás en abultarlo en la parte superior para dar forma a unos pechos, y sería una idea fatal. Si las mujeres empiezan a pensar que los robots pueden parecerse a ellas, puedo decirte exactamente qué ideas perversas se les ocurrirán, y te encontrarás con una verdadera hostilidad por su parte.<br />— Tal vez en esto tengas razón -dijo Madarian-. Ninguna mujer quiere tener la sensación de que puede ser sustituida por algo que no tenga ninguno de sus defectos. De acuerdo.<br /><br />Jane-2 no tenía la cintura de avispa. Era un robot sombrío que rara vez se movía y todavía más raramente hablaba.<br />Durante su construcción, sólo en muy pocas ocasiones Madarian se había precipitado al despacho de Bogert con noticias, y ello era una señal segura de que las cosas no iban muy bien. La exuberancia de Madarian ante el éxito era arrolladora. No dudaría en irrumpir en el dormitorio de Bogert a las tres de la madrugada con una noticia caliente, sin poder esperar hasta la mañana siguiente. Bogert estaba seguro de ello.<br />Ahora Madarian parecía abatido, su expresión, de costumbre resplandeciente, era casi pálida, y sus rollizas mejillas en cierta forma se habían hundido.<br />— No quiere hablar -dijo Bogert, presintiendo que estaba en lo cierto.<br />— Oh, si habla -dijo Madarian, mientras se sentaba pesadamente y se mordía el labio inferior antes de añadir-: Por lo menos a veces.<br />Bogert se levantó y dio una vuelta alrededor del robot.<br />— Y, supongo, que cuando habla lo que dice no tiene sentido. Bien, si no habla no es mujer, ¿no te parece?<br />Madarian intentó esbozar una leve sonrisa, pero renunció.<br />— El cerebro, aislado, funcionaba -dijo.<br />— Lo sé.<br />— Claro que por supuesto, apenas se puso este cerebro al frente del aparato físico del robot, se modificó necesariamente.<br />— Claro -aceptó Bogert, desarmado.<br />— Pero también de forma imprevisible y frustrante. El problema radica en que cuando se trabaja con cálculos de incertidumbre de dimensiones n, las cosas se...<br />— ¿Incertidumbre? -dijo Bogert. Él mismo se sorprendió de su reacción. La inversión de la compañía era ya considerable y habían transcurrido casi dos años; sin embargo, los resultados eran, por decirlo finamente, decepcionantes. A pesar de todo, allí estaba, acuciando a Madarian y divirtiéndose con el asunto.<br />De forma casi furtiva, Bogert se preguntó si no sería a la ausente Susan Calvin a quien estaba acuciando. Madarian era mucho más exuberante y efusivo de lo que Susan jamás podría haberlo sido, cuando las cosas iban bien. También era más dado a la depresión cuando las cosas no iban bien; por su parte, Susan, era precisamente bajo presión cuando nunca flaqueaba. Tal vez el blanco que suponía Madarian era claramente la recompensa por el blanco que Susan jamás se había permitido ser.<br />Al igual que habría hecho Susan, Madarian no reaccionó ante la última observación de Bogert; no por desprecio, como habría sido el caso de Susan, sino porque no lo oyó.<br />— El problema está en el reconocimiento -dijo, en un intento de explicarse-. Tenemos a Jane-2 que está estableciendo unas correlaciones magníficas. Puede hacer correlaciones sobre cualquier cuestión, pero una vez lo ha hecho, no puede distinguir un resultado valioso de uno que no lo sea. Saber cómo se debe programar a un robot para que explique una correlación significativa, cuando uno no sabe qué correlaciones establecrá, no resulta tarea fácil.<br />— Supongo que habrás considerado la idea de reducir el potencial de la conexión de diodos W-21 y hacer saltar la chispa en los...<br />— No, no, no, no -dijo Madarian, y su voz se convirtió en un susurrante diminuendo-. No podemos pretender que lo diga todo. Esto podemos hacerlo por nosotros mismos. Se trata de que reconozca la correlación crucial y saque la conclusión. Una vez hecho esto, ¿comprendes?, un robot Jane obtendrá una respuesta por intuición. Ese algo que nosotros sólo podríamos conseguir con la suerte más remota.<br />— Creo que si tuviésemos un robot así -dijo Bogert, secamente-, le harías hacer de forma rutinaria lo que, entre los seres humanos, sólo algún que otro genio es capaz de hacer.<br />Madarian asintió vigorosamente con la cabeza.<br />— Exactamente, Peter. Yo mismo lo habría dicho en estos términos de no haber temido asustar a los directivos. Por favor, no lo repitas delante de ellos.<br />— ¿Realmente quieres un robot genio?<br />— ¿Qué son las palabras? Estoy intentando obtener un robot con la capacidad de llevar a cabo correlaciones al azar a enormes velocidades, y que tenga además un cociente de alto reconocimiento del significado clave. Estoy intentando poner estas palabras en un campo positrónico de ecuaciones. Y pensaba haberlo logrado, pero no es así. Todavía no.<br />Miró a Jane disgustado y dijo:<br />— ¿Jane, cuál es el mejor significado que tienes?<br />La cabeza de Jane-2 se volvió para mirar a Madarian pero no emitió sonido alguno, y Madarían murmuró con resignación:<br />— Lo está introduciendo en los bancos de correlación.<br />Finalmente, Jane-2 habló, con voz sin entonación:<br />— No estoy segura -fue el primer sonido que emitió.<br />Los ojos de Madarian miraron hacia arriba.<br />— Está efectuando el equivalente de formular ecuaciones con soluciones indeterminadas.<br />— Lo sospechaba -dijo Bogert-. Escucha, Madarían, ¿puedes lograr algo a partir de este punto, o abandonamos ahora y dejamos las pérdidas en quinientos millones?<br />— Oh, lo conseguiré -murmuró Madarian.<br /><br />Jane-3 no fue un logro. Ni siquiera llegó nunca a ser activada y Madarian estaba furioso.<br />Fue un error humano. A decir con toda exactitud, culpa suya. A pesar de que Madarian se sentía completamente humillado, los otros mantuvieron la calma. Quien jamás haya cometido un error en las increiblemente complicadas matemáticas del cerebro positrónico que rellene el primer memorándum de corrección.<br /><br />Pasó casi un año antes de que Jane-4 estuviese terminada. Madarian estaba exuberante de nuevo.<br />— Lo ha conseguido. Cuenta con un elevado y buen cociente de reconocimiento.<br />Tuvo la suficiente confianza como para presentarla ante la junta directiva y hacerle resolver unos problemas. No problemas matemáticos; cualquier robot podría hacerlo; sino problemas donde los términos eran deliberadamente erróneos sin ser completamente inexactos.<br />— En realidad, ello no significa mucho -dijo Bogert después.<br />— Claro que no. Para Jane-4 es elemental, pero tenía que mostrarles algo, ¿no es así?<br />— ¿Sabes cuánto hemos gastado hasta la fecha?<br />— Vamos, Peter, no me vengas con eso. ¿Sabes lo que conseguiremos a cambio? Ya sabes que estas cosas no caen en el vacío. Te diré por si te interesa que llevo tres malditos años con esto, pero he desarrollado nuevas técnicas de cálculo que nos ahorrarán como mínimo cincuenta mil dólares en cada nuevo tipo de cerebro positrónico que diseñemos desde ahora en adelante. ¿De acuerdo?<br />— Pero...<br />— No me vengas con peros. Es así. Y personalmente tengo la sensación de que los cálculos de dimensión n de incertidumbre pueden tener una gran aplicación, si tenemos la perspicacia suficiente como para encontrarlos, y mis robots Jane los descubrirán. Una vez haya conseguido exactamente lo que quiero, la nueva serie JN quedará amortizada en un plazo de cinco años, incluso aunque triplicásemos lo que hemos invertido hasta ahora.<br />— ¿A qué te refieres con «exactamente lo que quiero»? ¿Qué es lo que va mal con Jane-4?<br />— Nada. O no mucho. Está en la vía, pero puede ser mejorada y tengo la intención de hacerlo. Cuando la diseñé creí que sabía adónde me dirigía. Ahora la he probado y sé adónde voy. Tengo la intención de llegar a ese punto.<br /><br />Jane-5 sí fue un logro. Madarían tardó más de un año en construirla y en este caso sin ninguna reserva: su confianza era total.<br />Jane-5 era más baja que el robot medio, y más delgada. Sin ser una caricatura femenina como había sido Jane-1, lograba tener un aire de feminidad a pesar de la carencia de un solo rasgo claramente femenino.<br />— Es la postura -dijo Bogert.<br />Sus brazos colgaban con gracia y en cierta forma se había logrado que el torso diese la impresión de curvarse ligeramente cuando se volvía.<br />— Escúchala... -dijo Madarian-. ¿Cómo te encuentras, Jane?<br />— En excelente estado de salud, gracias -dijo Jane-5, y la voz era exactamente la de una mujer; un dulce, y casi inquietante contralto.<br />— ¿Por qué has hecho esto, Clinton? -quiso saber Peter, asombrado y empezando a fruncir el ceño.<br />— Es importante psicológicamente -dijo Madarian-. Quiero que la gente piense en ella como en una mujer; que la traten como a una mujer; que le expliquen cosas.<br />— ¿Qué gente?<br />Madarian se metió las manos en los bolsillos y miró pensativamente a Bogert.<br />— Quisiera arreglar las cosas de forma que Jane y yo podamos ir a Flagstaff.<br />Bogert no pudo dejar de advertir que Madarian no decía Jane-5. En esta ocasión no utilizaba ningún número. No era una Jane, sino la Jane.<br />— ¿A Flagstaff? ¿Por qué? -preguntó, con un tono de duda.<br />— ¿Acaso no está allí el centro mundial para la Planetologia general? ¿No es allí donde se estudian las estrellas y se intenta calcular las probabilidades de planetas habitables?<br />— Lo sé, pero está en la Tierra.<br />— Claro, y por supuesto lo sé.<br />— Los movimientos de los robots en la Tierra están estrictamente controlados. Y no es necesario ir. Hazte traer una biblioteca sobre Planetología general y que Jane se empape de ella.<br />— ¡No! Peter, quieres meterte en la cabeza de una vez por todas que Jane no es un robot lógico corriente; es intuitiva.<br />— ¿Y qué?<br />— ¿Cómo podemos decir lo que necesita, lo que puede utilizar, lo que puede inspirarla? Para leer los libros podemos usar cualquier modelo metálico de la fábrica: datos en conserva y, por añadidura, trasnochados. Jane tiene que contar con información viva: tiene que tener tonos de voz, tiene que disponer de información tangencial, debe incluso estar al corriente de cosas totalmente irrelevantes. ¿Cómo demonios sabremos qué o cuándo se desencadena algo en su interior para llegar a crear una pauta? Si lo supiésemos, no la necesitaríamos en absoluto, ¿no te parece?<br />Bogert empezó a impacientarse.<br />— En ese caso, trae aquí a esos hombres, a los planetólogos generales.<br />— No serviría de nada. Estarían fuera de su elemento. No reaccionarían de forma natural. Quiero que Jane los vea en acción, quiero que vea sus instrumentos, sus oficinas, sus escritorios, todo lo que pueda. Quiero que organices las cosas de forma que pueda ser transportada a Flagstaff. Y de verdad te lo digo, no me gustaría volver a discutir sobre el asunto.<br />Por un momento sus palabras habían sonado como las de Susan. Bogert tuvo un escalofrío.<br />— Es complicado organizar el transporte de un robot experimental...<br />— Jane no es experimental. Es la quinta de la serie.<br />— De hecho los otros cuatro no eran modelos útiles.<br />Madarian levantó las manos en un gesto de inútil frustracion.<br />— ¿Quién te obliga a contárselo al Gobierno?<br />— No me preocupa el Gobierno. Se le puede hacer comprender los casos espcciales. Se trata de la opinión pública. Hemos recorrido un largo camino en cincuenta años y no tengo la intención de retroceder veinticinco de ellos porque tú hayas perdido el control de un...<br />— No perderé el control. Estás haciendo unos comentarios estúpidos. ¡Escucha! «U.S. Robots» puede permitirse un avión privado. Podemos aterrizar discretamente en el aeropuerto comercial más cercano y perdernos en medio de cientos de aterrizajes similares. Podemos organizar que nos espere un coche terrestre grande con un remolque para llevarnos a Flasgtaff. Jane será embalada de forma que sea evidente que transportamos a los laboratorios alguna pieza de equipo en absoluto robótico. Nadie nos mirará dos veces. Se advertirá a los hombres de Flagstaff y se les explicará el objetivo exacto de la visita. Serán los primeros interesados en cooperar y evitar filtraciones.<br />Bogert reflexionó.<br />— La parte arriesgada será el avión y el coche terrestre. Si algo le pasara al embalaje...<br />— No pasará nada.<br />— Podríamos hacerlo si desactivamos a Jane durante el transporte. Así, incluso si alguien descubre que está dentro...<br />— No, Peter. No podemos hacer eso. Ni hablar, con Jane-5, no. Escucha, desde que ha sido activada ha estado asociando libremente. Durante la desactivación se puede congelar la información que posee, pero no así las asociaciones libres. No señor, nunca podrá ser desactivada.<br />— Pero, en ese caso, si se descubre de algún modo que estamos transportando un robot activado...<br />— No se descubrirá.<br />Madarian se mantuvo en sus trece y por fin despegó el avión. Se trataba de un último modelo automático Computo-jet, pero llevaba como refuerzo un piloto humano, uno de los empleados de «U.S. Robots». El embalaje conteniendo a Jane llegó al aeropuerto sin problemas, fue transferido al coche terrestre y llegó sin incidentes a los Laboratorios de Investigación de Flagstaff.<br /><br />Peter Bogert recibió la primera llamada de Madarian apenas una hora después de haber llegado éste a Flagstaff. Madarian estaba extático y, como era propio de él, no pudo esperar para informar.<br />El mensaje llegó a través de un circuito cerrado de rayo láser, protegido, cifrado y normalmente impenetrable, pero a Bogert lo exasperó. Sabía que podía ser interceptado si alguien con la suficiente capacidad tecnológica -el Gobierno, por ejemplo-, así se lo proponía. La única seguridad real radicaba en el hecho de que el Gobierno no tenía motivo alguno para intentarlo. Por lo menos así lo esperaba Bogert.<br />— Por Dios bendito, ¿tenías que llamar?<br />Madarian lo ignoró completamente.<br />— Ha sido una inspiración -dijo precipitadamente-. Una pura genialidad, te lo digo yo.<br />Bogert se quedó un momento mirando el receptor.<br />— ¿Quieres decir que tienes la respuesta? ¿Ya? -gritó, a continuación, incrédulo.<br />— ¡No, no! Danos tiempo, maldita sea. Lo que quiero decir es que el asunto de su voz fue una inspiración. Escucha, después de trasladarnos desde el aeropuerto hasta el edificio administrativo principal en Flagstaff, desembalamos a Jane y ésta salió de la caja. Cuando esto sucedió, todos los hombres del lugar retrocedieron. ¡Asustados! ¡Atontados! Si ni siquiera los científicos pueden comprender el significado de las Leyes de la Robótica, ¿qué podemos esperar del individuo medio sin formación? Mientras estaba allí, por un segundo pensé: Todo será inútil. No hablarán. Se les pondrán los nervios de punta y buscarán una rápida escapatoria en el caso de que ella pierda el control, sin ser capaces de pensar en ninguna otra cosa.<br />— ¿Bien, y entonces, adónde quieres ir a parar?<br />— Entonces ella los saludó de forma rutinaria. Dijo, «Buenas tardes, señores. Encantada de conocerlos.» Frase que salió en su hermoso contralto... Y eso bastó. Un hombre se ajustó la corbata y otro se pasó la mano por el cabello. Lo que realmente me chocó fue que el hombre más viejo del lugar comprobó que su bragueta estuviese abrochada. Ahora están todos locos con ella. Les ha bastado su voz. Ya no es un robot; es una chica.<br />— ¿Quieres decir que hablan con ella?<br />— ¡Que si hablan con ella! Yo diría que si. Debería haberla programado para emitir entonaciones sexuales. De haberlo hecho, ahora mismo le estarían pidiendo una cita. Podemos hablar de reflejo condicionado. Escucha, los hombres responden a las voces. ¿Acaso miran en los momentos más íntimos? Es la voz lo que está en el oído...<br />— Si, Clinton, creo recordarlo. ¿Dónde está Jane ahora?<br />— Con ellos. No quieren separarse de ella.<br />— ¡Maldita sea! Ve con ella. No la pierdas de vista, muchacho.<br /><br />Las llamadas posteriores de Madarian, durante los diez días que pasó en Flagstaff, se volvieron menos frecuentes y cada vez menos entusiastas.<br />Informó que Jane escuchaba atentamente, y de vez en cuando contestaba. Seguía siendo popular. Le era permitida la entrada en todas partes. Pero no había resultados.<br />— ¿Nada en absoluto? -dijo Bogert.<br />Madarian se puso inmediatamente a la defensiva.<br />— No podemos decir nada en absoluto. Es imposible decir nada en absoluto con un robot intuitivo. No sabemos qué es lo que puede no funcionar en su interior. Esta mañana le ha preguntado a Jensen qué había desayunado.<br />— ¿Rossiter Jensen, el astrofísico?<br />— Sí, claro. Ha resultado que no había desayunado. Bueno, una taza de café.<br />— ¿Así que Jane está aprendiendo a mantener conversaciones intrascendentes? Esto apenas compensa la inversión...<br />— Oh, no seas estúpido. No era una conversación intrascendente. Para Jane no hay charlas intrascendentes. Ha hecho la pregunta porque tenía algo que ver con cierta correlación cruzada que estaba estableciendo en su mente.<br />— ¿De qué puede tratarse?<br />— ¿Cómo voy a saberlo? Si lo supiese, yo mismo sería una Jane y tú no la necesitarías. Pero tiene que tener algún significado. Está programada para una fuerte motivación, con el fin de obtener una respuesta al problema de un planeta con óptima habitabilidad/distancia y...<br />— En ese caso, infórmame cuando lo haya hecho y no antes. De verdad, no necesito una descripeión paso a paso de posibles correlaciones.<br />En realidad no esperaba la notificación del éxito. A medida que pasaban los días, Bogert fue perdiendo entusiasmo, por lo que, cuando por fin llegó la noticia, no estaba preparado. Y ésta llegó al final de todo.<br />En esta última ocasión, cuando llegó el mensaje apoteósico de Madarian, fue casi en un susurro. Le exaltación había descríto un circulo completo y Madarian había caído en un tranquilo temor reverencial.<br />— Lo ha logrado. Lo ha logrado. También después de haberme dado por vencido. Después de estar enterada de todo lo del lugar, y muchas cosas dos o tres veces, y nunca haber dicho una palabra que tuviese algún sentido... Ahora estoy en el avión, de vuelta. Acabamos de despegar.<br />Bogert logró recuperar el aliento.<br />— Nada de bromas, muchacho. ¿Tienes la respuesta? Si es así, dilo. Dímelo sin rodeos.<br />— Ella tiene la respuesta. Me ha dado la respuesta. Me ha dado el nombre de tres estrellas situadas dentro de ochenta años luz que, según ella, tienen de un setenta a un noventa por ciento de probabilidades de poseer cada una un planeta habitable. La probabilidad de que por lo menos uno lo tenga es de 0,972. Es casi seguro. Y esto no es todo. Cuando lleguemos, nos podrá explicar la línea exacta de razonamiento que la ha llevado a esta conclusión y el pronóstico que toda la ciencia de la astrofísica y la cosmología se...<br />— ¿Estás seguro...?<br />— ¿Crees que sufro de alucinaciones? Tengo incluso un testigo. El pobre muchacho ha dado un salto de más de medio metro cuando de pronto Jane ha empezado a citar la respuesta con su maravillosa voz...<br />Y fue entonces cuando se produjo el impacto del meteorito y, en la completa destrucción del avión que siguió, Madarian y el piloto fueron reducidos a trocitos de carne sanguinolenta y no se pudo recuperar ningún resto útil de Jane.<br /><br />Jamás en «U.S. Robots» la tristeza había sido tan profunda. Robertson intentó consolarse con el hecho de que la total destrucción había ocultado por completo las irregularidades en que había incurrido su empresa.<br />Peter movía la cabeza y se lamentaba.<br />— Hemos perdido la mejor oportunidad que jamás haya tenido «U.S. Robots» para ganar una imagen pública inmejorable: la de superar el maldito complejo de Frankenstein. Habría significado mucho para los robots que uno de ellos hubiese encontrado la solución al problema del planeta habitable, después de que otros robots han contribuido al Salto Espacial. Los robots nos habrían abierto la galaxia. Y, si al mismo tiempo, hubiésemos podido llevar los conocimientos científicos en una docena de direcciones distintas, como sin duda habríamos hecho... Oh, Dios, no hay forma de estimar los beneficios para la raza humana, y para nosotros, por supuesto.<br />— ¿Podemos construir otras Janes? ¿Incluso sin Madarian? -quiso saber Robertson.<br />— Claro que podemos. ¿Pero podremos contar de nuevo con la correlación adecuada? ¿Quién sabe lo poco probable que era este resultado final? ¿Y si Madarian hubiese tenido la fantástica suerte de los principiantes? ¿Para luego tener una mala suerte todavía más fantástica? Un meteorito dirigiéndose de cabeza a... Es sencillamente increíble...<br />— Pudo haber sido... intencionado -dijo Robertson en un vacilante susurro-. Quiero decir, tal vez se suponía que no debíamos enterarnos y el meteorito fue un fallo de...<br />Se interrumpió ante la mirada inquisitiva de Bogert.<br />— Quiero creer que no se trata de una pérdida total -dijo Bogert-. Otras Janes pueden sernos útiles en ciertos sentidos. Y, si podemos hacer que el público las acepte, aunque me pregunto lo que dirán las mujeres, podemos dotar a otros robots de voces femeninas. ¡Si por lo menos supiésemos lo que dijo Jane-5!<br />— En aquella última llamada, Madarian dijo que había un testigo.<br />— Lo sé -dijo Bogert-. He estado pensando en ello. ¿Acaso imagináis que no me he puesto en contacto con Flagstaff? Nadie en todo el lugar oyó a Jane decir algo fuera de lo corriente, nada que pareciese una respuesta al problema del planeta habitable, y por supuesto cualquiera habría reconocido la respuesta de haberse producido... o por lo menos la habría reconocido como una posible respuesta.<br />— ¿Podía Madarian haber mentido? ¿O haberse vuelto loco? Tal vez estaba intentando protegerse...<br />— ¿Quieres decir que tal vez intentó salvar su reputación fingiendo que tenía la respuesta y trucando a Jane para que no pudiese hablar y decir él entonces: «Oh, lo siento fue un accidente. ¡Oh, maldita sea!» No lo acepto ni por un instante. También podéis imaginar que organizó lo del meteorito.<br />— ¿Qué podemos hacer?<br />— Volver a Flagstaff -dijo Bogert, gravemente-. La respuesta tiene que estar allí. Tengo que profundizar más, eso es todo. Iré allí y hablaré con un par de hombres del departamento de Madarian. Tenemos que revolver el lugar de arriba abajo y de cabo a rabo.<br />— Pero, ya sabes, aunque existiese un testigo que hubiese escuchado, ¿de qué nos serviría, ahora que no tenemos a Jane para que nos explique el proceso?<br />— Cualquier detalle insignificante puede servirnos. Jane dio los nombres de las estrellas: probablemente los números de catálogo, pues ninguna de las estrellas con nombre tiene la mínima posibilidad. Si alguien puede recordar lo que ella dijo de forma suficientemente clara como para recuperarlo mediante una psicoprueba, si esta persona careciese de memoría consciente, tendríamos algo. Con los resultados finales, y los datos con los que se aumentó a Jane al principio, tal vez podamos reconstruir la línea de razonamiento; podemos recuperar la intuición. De lograrlo, habremos salvado el juego...<br /><br />Bogert regresó al cabo de tres días, mudo y totalmente deprimido. Cuando Robertson le preguntó ansiosamente por los resultados, él movió la cabeza.<br />¡Nada!<br />»Absolutamente nada. He hablado con todas las personas de Flagstaff. Con todos los científicos, técnicos y estudiantes que tuvieron alguna relación con Jane: con todos los que, por lo menos, la habían visto. No eran muchos; debo felicitar a Madarían por esta discreción. Sólo permitió que la viesen quienes eran susceptibles de contar con conocimientos planetológicos con que alimentarla. En total, treinta y tres personas habían visto a Jane y de ellas sólo doce habían hablado con ella más allá de lo estrictamente casual.<br />»Les he hecho repetir una y otra vez lo que había dicho Jane. Lo recordaban todo perfectamente. Dado que se trata de hombres entregados a su trabajo e involucrados en un experimento crucial relacionado con su especialidad, su interés para recordar era máximo. Y además estaban ante un robot que hablaba, ya de por sí bastante sorprendente, y con uno que lo hacía como una actriz de Televisión. Era imposible que olvidasen.<br />— Tal vez una psicoprueba... -dijo Robertson.<br />— Si alguno de ellos hubiese tenido aunque sólo fuese una idea vaga de que había sucedido algo, habría conseguido su consentimiento para someterse a una prueba. Pero nada nos da pie a una excusa, y no se puede someter a la prueba a dos docenas de hombres que viven de sus cerebros. Honestamente, no serviría de nada. Si Jane hubiese mencionado tres estrellas y hubiese dicho que éstas poseían planetas habitables, habría sido como lanzar cohetes en sus cerebros. ¿Cómo podrían haberlo olvidado?<br />— En ese caso, quizás uno de ellos está mintiendo -dijo Robertson, ceñudo-. Quiere la información para su uso personal; para posteriormente reivindicarla.<br />— ¿En qué le beneficiaría? -dijo Bogert-. En primer lugar, todos allí conocen exactamente la razón de la presencia de Madarian y Jane. En segundo lugar, conocen el motivo de mi visita. Si en el futuro cualquiera que trabaja en Flagstaff surge con una teoría sorprendentemente nueva y diferente, aunque válida, sobre un planeta habitable, todos los de «U.S. Robots» sabrán inmediatamente que se ha apropiado de ella. Jamás se saldría con la suya.<br />— En ese caso, fue el propio Madarian quien se equivocó en algo.<br />— Tampoco veo la forma de creer esto. Madarian tenía un carácter irritable... creo que todos los robopsicólogos tienen un carácter irritable, por eso deben de trabajar con robots en lugar de hacerlo con hombres. Pero no era tonto. No pudo equivocarse en una cosa así.<br />— Entonces... -empezó Robertson, pero había agotado las posibilidades. Habían topado con una pared en blanco y durante algunos minutos todos se concentraron en ella desconsoladamente.<br />Finalmente, Robertson reaccionó.<br />— Peter...<br />— ¿Si?<br />— Consultémoslo con Susan.<br />— ¡Qué! -dijo Bogert, poniéndose rígido.<br />— Consultémoslo con Susan. La llamamos y le pedimos que venga.<br />— ¿Por qué? ¿Qué puede hacer ella?<br />— No lo sé. Pero ella también es robopsicóloga y puede comprender a Madarian mejor que nosotros. Además, ella... oh, cielos, siempre ha tenido más cerebro que nosotros.<br />— Tiene casi ochenta años.<br />— Y tú tienes setenta. ¿Qué tiene que ver?<br />Bogert suspiró. ¿Habrían hecho los años de retiro que su lengua abrasiva perdiese algo de aspereza?<br />— De acuerdo, consultaré con ella -dijo.<br /><br />Susan Calvin entró en el despacho de Bogert lanzando una lenta mirada a su alrededor antes de fijar sus ojos en el Director de Investigación. Había envejecido mucho desde su jubilación. Su pelo era fino y blanco y su rostro parecía haberse arrugado. Se había vuelto tan frágil que casi parecía transparente y sólo en sus ojos, penetrantes e inflexibles, parecía quedar todo lo que había sido.<br />Bogert fue a su encuentro cordialmente y le estrechó la mano.<br />— ¡Susan!<br />Ésta la cogió y dijo:<br />— Para ser un hombre viejo, Peter, tienes un aspecto bastante bueno. Yo en tu caso, no esperaría hasta el año que viene. Retírate ahora y deja paso a los jóvenes... Y Madarian está muerto. ¿Me has llamado para que vuelva a ocupar mi antiguo puesto? ¿Pretendes mantener a los viejos hasta pasado un año de su verdadera muerte física?<br />— No, no, Susan. Te he llamado para... -se interrumpió. En definitiva no tenía la mínima idea de cómo empezar.<br />Pero Susan leyó sus pensamientos tan fácilmente como siempre había hecho. Se sentó con la cautela nacida de unas articulaciones rígidas y dijo:<br />— Peter, me has llamado porque estás en un gran apuro. En caso contrario, antes preferirías verme muerta a una milla de ti.<br />— Vamos, Susan.<br />— No malgastes el tiempo con palabras bonitas. Cuando tenía cuarenta años no tenía tiempo que perder y por supuesto ahora tampoco. Tanto la muerte de Madarian como tu llamada son hechos insólitos, por lo tanto deben de tener una relación. Dos hechos inusuales sin conexión supone una probabilidad demasiado baja para preocuparse. Empieza por el principio y no te importe mostrar que eres un estúpido. Hace mucho tiempo que lo he descubierto.<br />Bogert carraspeó abatido, y empezó. Ella escuchó atentamente, levantando su arrugada mano de vez en cuando para detenerlo y poder formularle alguna pregunta.<br />En un momento dado, ella lanzó un bufido.<br />— ¿Intuición femenina? ¿Para eso queríais el robot? Menudos sois los hombres. Os enfrentáis con una mujer que ha llegado a una conclusión correcta e incapaces de aceptar el hecho de que es igual o superior a vosotros en inteligencia, inventáis algo llamado intuición femenina.<br />— Pues, sí, Susan, pero déjame continuar...<br />Así lo hizo él. Cuando le contó lo referente a la voz de contralto de Jane, ella dijo: — En ocasiones resulta difícil decidir si una debe sentirse indignada contra el sexo masculino o si es preferible prescindir de él por despreciable.<br />— Bien, déjame continuar... -dijo Bogert.<br />Cuando hubo terminado, Susan dijo:<br />— ¿Puedo utilizar a solas este despacho una o dos horas?<br />— Sí, pero...<br />— Quiero estudiar los distintos informes -dijo ella-. El tipo de programación de Jane, las llamadas de Madarian, tus entrevistas en Flagstaff. Supongo que si así lo deseo puedo usar este nuevo y maravilloso teléfono láser protegido y tu terminal de la computadora.<br />— Sí, por supuesto.<br />— Bien, en ese caso, sal de aquí, Peter.<br /><br />No habían pasado tres cuartos de hora cuando ella se acercó cojeando a la puerta, la abrió e hizo llamar a Bogert.<br />Bogert llegó acompañado de Robertson. Entraron ambos y Susan saludó a este último con un «Hola, Scott», falto de entusiasmo.<br />Bogert intentó desesperadamente adivinar los resultados a través del rostro de Susan, pero no era más que la cara de una anciana ceñuda que no tenía ninguna intención de facilitarle las cosas.<br />— ¿Crees que puedes hacer algo, Susan? -preguntó con cautela.<br />— ¿Más de lo que ya he hecho? ¡No! No hay nada más.<br />Los labios de Bogert formaron una mueca de disgusto, Robertson por su parte dijo:<br />— ¿Qué es lo que ya has hecho, Susan?<br />— He pensado un poco -dijo Susan-. Algo que, según parece, jamás lograré que hagan los demás. Por una parte, he pensado en Madarian. Lo conocía, ya sabéis. Tenía cerebro pero era un extrovertido muy irritante. Supuse que, después de mi, te gustaría, Peter.<br />— Supuso un cambio -dijo Peter, sin poder resistirlo.<br />— Y siempre acudía a ti corriendo al cabo de un minuto de obtener algún resultado, ¿era así, verdad?<br />— Sí, él era así.<br />— Y sin embargo -dijo Susan-, su último mensaje, donde dijo que Jane le había dado la respuesta, fue enviado desde el avión. ¿Por qué esperó tanto? ¿Por qué no te llamó desde Flagstaff, inmediatamente después de que Jane dijese lo que fuera que dijo?<br />— Supongo que por una vez quiso comprobarlo concienzudamente y... bien, no lo sé. Era lo más importante que le había ocurrido jamás; por una vez, tal vez quiso esperar y estar bien seguro él mismo.<br />— Todo lo contrario: sin duda, cuanto más importante era, menos esperaría. Y, si consiguió esperar, ¿por qué no hacerlo de forma adecuada y esperar hasta estar de regreso en «U.S. Robots» de forma que pudiese verificar los resultados con todo el equipo informático que esta compañía habría puesto a su disposición? En resumen, esperó demasiado desde un punto de vista y no lo suficiente desde el otro.<br />— Piensas entonces que estaba a punto de hacer alguna jugada -interrumpió Robertson.<br />— Scott -dijo Susan, y parecía estar indignada-, no intentes hacerle la competencia a Peter con comentarios necios. Déjame continuar... El segundo punto se refiere al testigo. Según el informe de la llamada, Madarian dijo: «El pobre muchacho dio un salto de más de medio metro cuando de pronto Jane empezó a citar la respuesta con su maravillosa voz.» De hecho, fue lo último que dijo. Y la pregunta es: ¿Por qué el testigo tuvo que dar un salto? Madarian había explicado que todos los hombres estaban locos por aquella voz, y habían pasado diez días con el robot... con Jane. ¿Por qué debería sobresaltarles el mero hecho de que hablase?<br />— Yo imaginé que fue por el asombro de escuchar a Jane dando una respuesta al problema que ha ocupado las mentes de los planetólogos desde hace casi un siglo.<br />— Sin embargo ellos esperaban que ella diese con la respuesta. Para eso estaba allí. Además, tened en cuenta la forma en que fue formulada la frase. El comentario de Madarian hace pensar que el testigo se sobresaltó, no sorprendió, si sois capaces de advertir la diferencia. Y es más, esta reacción llegó «cuando Jane de pronto empezó»... En otras palabras, en el mismo momento de iniciarse la declaración. Para sorprenderse del contenido de lo que dijo Jane, el testigo habría tenido que escuchar un trozo para asimilarlo. Madarian habría dicho que había dado un salto de medio metro después de haber oído a Jane decir esto y aquello. Habría sido «después» y no «cuando», y la palabra «de pronto» no habría sido incluida.<br />— No creo que puedas hilar tan fino un asunto por la presencia o ausencia de una palabra -dijo Bogert, desasosegado.<br />— Puedo hacerlo porque soy robopsicóloga -replicó Susan, friamente-. Y puedo suponer que así lo haría también Madarian, porque el era robopsicólogo. Por lo tanto, debemos encontrar una explicación a estas dos anomalías. El extraño lapso antes de la llamada de Madarian y la extraña reacción del testigo.<br />— ¿Puedes explicarlas? -preguntó Robertson.<br />— Por supuesto, pues suelo hacer uso de un poco de lógica -contestó Susan-. Madarían llamó para comunicar la noticia sin demora, como siempre hacía, o con la demora que fue capaz de conseguir. Si Jane hubiese resuelto el problema en Flagstaff, sin duda habría llamado desde Flagstaff. Desde el momento que llamó desde el avión, es evidente que ella debió de resolver el problema después de haber salido de Flagstaff.<br />— Pero entonces...<br />— Dejadme terminar. Dejadme terminar. ¿Acaso Madarian no fue llevado desde el aeropuerto a Flagstaff en un automóvil terrestre pesado y cerrado? ¿Y Jane con él, en la caja?<br />— Sí.<br />— Y es de suponer que Madarian y la embalada Jane regresaron al aeropuerto desde Flagstaff en el mismo automóvil terrestre pesado y cerrado. ¿Estoy en lo cierto?<br />— ¡Sí, por supuesto!<br />— Y tampoco estaban solos en aquel vehículo. En una de sus llamadas, Madarian dijo: Fuimos conducidos del aeropuerto al edificio administrativo principal; y supongo que tengo razón al deducir que si fue conducido, era porque había un conductor humano en el coche.<br />— ¡Cielo santo!<br />— Lo que te pasa a ti, Peter, es que cuando piensas en un testigo de una declaración planetológica, piensas en planetólogos. Divides a los seres humanos en categorías, menospreciando y desdeñando a la mayoría de ellos. Un robot no puede hacer esto. La Primera Ley dice: Un robot no puede causar daño a un ser humano o, mediante la inacción, permitir que un ser humano sufra daño. Ningún ser humano. Ésta es la esencia del punto de vista robótico sobre la vida. Un robot no hace distinciones. Para un robot, todos los hombres son completamente iguales y, para un robopsicólogo que debe forzosamente tratar con robots a nivel robotico, todos los hombres son completamente iguales.<br />»A Madarian no se le habría ocurrido decir que la declaración de Jane había sido escuchada por un camionero. Para vosotros un camionero es un mero apéndice animado de un camión, pero para Madarian era un hombre y un testigo. Ni nada más, ni nada menos.<br />Bogert movió la cabeza, incrédulo.<br />— ¿Estás segura?<br />— Claro que estoy segura. ¿Cómo si no explicas el otro punto, la observación de Madarian sobre el sobresalto del testigo? Jane estaba embalada, ¿no es así? Pero no estaba desactivada. Según los informes, Madarian siempre se opuso a la desactivación de un robot intuitivo. Por otra parte, Jane-5, al igual que las otras Janes, no era en absoluto habladora. Sin duda en ningún momento se le ocurrió a él ordenarle que permaneciese callada dentro del embalaje; y fue estando dentro de la caja cuando las piezas del rompecabezas empezaron a encajar. Ella se puso a hablar con naturalidad. Del interior del embalaje se dejó oír de pronto una hermosa voz de contralto. ¿Cómo habríais reaccionado vosotros, de haber sido el camionero? Seguramente dando un respingo. Es un milagro que no tuviese un accidente.<br />— Pero si el camionero fue testigo de este hecho, ¿por qué no se presentó posteriormente?<br />— ¿Por qué? ¿No es posible que no fuese consciente de que había ocurrido algo crucial, de que había escuchado algo importante? Además, ¿no creéis que Madarian debió de darle una buena propina y pedirle que no dijese nada? No os gustaría que se hubiese divulgado la noticia de que se había transportado ilegalmente un robot a través de la Tierra.<br />— Bien, ¿recordará lo que se dijo?<br />— ¿Por qué no? A ti, Peter, puede parecerte que un camionero, en tu opinión un paso por encima del mono, no es capaz de recordar. Pero los camioneros también tienen cerebro. Las declaraciones fueron de lo más notable y es muy posible que el conductor recuerde algunas. Aunque se equivoque en alguna letra o algún número, estaremos ante un conjunto finito, ya sabéis, las cinco mil quinientas estrellas o sistemas estelares dentro de ochenta años luz, o algo así... no he consultado la cifra exacta. Podréis escoger correctamente. Y, en caso necesario, tendréis la excusa para utilizar la psicoprueba...<br />Los dos hombres la miraban. Por fin, Bogert, sin atreverse a creerlo, murmuró:<br />— ¿Pero cómo puedes estar segura?<br />Susan tuvo la tentación de decir: "Porque he llamado a Flagstaff, estúpido, porque he hablado con el conductor, y porque me ha contado lo que oyó, porque he consultado la computadora de Flagstaff y he sacado las tres únicas estrellas que encajan con la información, y porque tengo sus nombres en el bolsillo".<br />Pero no lo hizo. Que lo descubríese por sí mismo. Con sumo cuidado, se puso de pie y dijo sardónicamente:<br />— ¿Cómo puedo estar segura...? Llamalo intuición femenina.<br /><br /><br /><br /><br /><span style="font-size:16pt">MI HIJO EL FÍSICO</span><br /><br />Su cabello era claro de un color verde manzana, muy apagado, muy pasado de moda. Se notaba que tenía buena mano con el tinte, como hace treinta años, antes de que se pusieran de moda los reflejos y las mechas.<br />Una sonrisa dulce cubría su rostro y una mirada tranquila convertía cierta vejez en algo sereno.<br />Y, en comparación, convertía en caos la confusión que la rodeaba en aquel enorme edificio gubernamental.<br />Una chica pasó medio corriendo a su lado, se detuvo y la observó con una mirada vacía y sorprendida.<br />—¿Cómo ha entrado?<br />—Estoy buscando a mi hijo, el físico.<br />La mujer sonrió.<br />—Su hijo, el...<br />—En realidad es ingeniero de Comunicaciones. El físico en jefe Gerard Cremona.<br />—El doctor Cremona. Bueno, está... ¿Dónde está su pase?<br />—Aquí lo tiene. Soy su madre.<br />—Bueno, señora Cremona, no lo sé. Tengo que... Su despacho está por ahí. Pregúnteselo al primero que encuentre. —Se alejó medio corriendo.<br />La señora Cremona movió la cabeza lentamente. Supuso que había ocurrido alguna cosa. Esperaba que Gerard estuviera bien. Oyó voces al otro extremo del pasillo y sonrió contenta. Pudo distinguir la de Gerard.<br />—Hola, Gerard —dijo al entrar en la habitación.<br />Gerard era un hombre grande que lucía todavía una buena cabellera en donde empezaban a verse las canas que no se molestaba en teñir. Dijo que estaba demasiado ocupado. Ella se sentía muy orgullosa de él y del aspecto que tenía.<br />En aquel momento, hablaba en voz muy alta con un hombre vestido con atuendo militar. No pudo distinguir el rango pero sabía que Gerard podía manejarlo bien.<br />Gerard levantó la vista y dijo:<br />—¿Qué quiere...? ¡Madre! ¿Qué haces aquí?<br />—Quedamos que vendría hoy a verte.<br />—¿Es jueves hoy? Oh, Dios, lo había olvidado. Siéntate, mamá, ahora no puedo hablar. Cualquier sitio. Cualquier sitio. Mire, general.<br />El general Reiner miró por encima del hombro y con una mano le tocó la espalda.<br />—¿Su madre?<br />—Sí.<br />—¿Tendría que estar aquí?<br />—En este momento, no, pero yo me hago responsable de ella. Ni siquiera sabe leer un termómetro de modo que no entenderá nada de todo esto. Mire, general. Están en Plutón. ¿Lo entiende? Están allí. Las señales de radio no pueden ser de origen natural de modo que deben proceder de seres humanos, de nuestros hombres. Tendrán que admitirlo. De todas las expediciones que hemos enviado más allá del cinturón de asteroides, una ha conseguido llegar. Y están en Plutón.<br />—Sí, comprendo lo que está diciendo, ¿pero no sigue siendo imposible? Los hombres que están ahora en Plutón salieron hace cuatro años con un equipo que no podía mantenerles con vida más de un año. Así es como lo veo yo. Su objetivo era Ganímedes y parecen haber recorrido ocho veces esa distancia.<br />—Exactamente. Y nosotros tenemos que averiguar cómo y por qué. Puede..., puede simplemente... que hayan conseguido ayuda.<br />—¿Qué clase de ayuda? ¿Cómo?<br />Cremona apretó con fuerza las mandíbulas como si estuviera rezando interiormente. <br />—General —dijo—, estoy poniéndome en una situación precaria pero es remotamente posible que hayan recibido la ayuda de seres no humanos. Extraterrestres. Tenemos que averiguarlo. No sabemos cuánto tiempo puede mantenerse el contacto.<br />—Quiere decir —(en el serio rostro del general apareció una inedia sonrisa)— que quizá se hayan escapado y que en cualquier momento puedan ser capturados de nuevo.<br />—Quizá. Quizá. El futuro entero de la raza humana quizá dependa de que sepamos exactamente lo que ocurre. De saberlo ahora.<br />—De acuerdo. ¿Qué es lo que quiere?<br />—Vamos a necesitar en seguida el ordenador Multivac del Ejército. Tiene que abandonar el trabajo que está haciendo en este momento y empezar a programar nuestro problema semántico general. Todos sus ingenieros de Comunicaciones tienen que abandonar cualquier trabajo y coordinarse con los nuestros.<br />—Pero, ¿por qué? No entiendo qué tiene que ver una cosa con la otra.<br />Una suave voz les interrumpió.<br />—General, ¿quiere un poco de fruta? He traído unas naranjas.<br />—¡Mamá! ¡Por favor! —exclamó Cremona—. ¡Después! General, es muy sencillo. En este momento Plutón está a una distancia de seis mil millones de kilómetros. Las ondas de radio tardan seis horas, viajando a la velocidad de la luz, para llegar de aquí a allá. Si decimos algo, tendremos que esperar doce horas hasta recibir una respuesta. Si ellos dicen algo y nosotros no lo entendemos y contestamos «qué» y ellos lo tienen que repetir..., perdemos todo un día.<br />—¿No hay forma de ir más rápido? —preguntó el general.<br />—Claro que no. Es la ley básica de la comunicación. Ninguna información puede transmitirse a mayor velocidad que la luz. Necesitaríamos meses para tener la misma conversación con Plutón que en pocas horas tendríamos nosotros ahora mismo.<br />—Sí, lo entiendo. ¿Y realmente cree que hay extraterrestres metidos en esto?<br />—Lo creo. Para ser sincero, no todos los que están aquí están de acuerdo conmigo. No obstante, estamos utilizando todos los recursos posibles para encontrar algún método de concentrar la comunicación. Tenemos que transmitir cuantas más señales posibles por segundo y esperar que consigamos lo que necesitamos antes de perder el contacto. Y ahí es donde necesito la Multivac y a sus hombres. Debe de existir alguna estrategia de comunicaciones que podemos utilizar para reducir el número de señales. Tan sólo el aumento del diez por ciento en la eficacia puede suponer un ahorro de una semana.<br />La suave voz interrumpió de nuevo.<br />—Dios mío, Gerard, ¿se trata de hablar un poco?<br />—¡Madre! ¡Por favor!<br />—Pero si lo estás enfocando todo al revés.<br />—Madre. —La voz de Cremona empezaba a traslucir una cierta impaciencia.<br />—Bueno, de acuerdo, pero si vas a decir algo y después esperar doce horas a que te respondan, es una tontería. No deberían hacerlo así.<br />El general emitió un bufido.<br />—Doctor Cremona, ¿quiere que consultemos a...?<br />—Un momento, general —dijo Cremona—. ¿A qué te estás refiriendo, mamá?<br />—Mientras esperas una respuesta —dijo la señora Cremona, seriamente— continúa transmitiendo y diles que ellos hagan lo mismo. Tú hablas continuamente y ellos hablan continuamente. Tú pones a alguien que escuche continuamente y ellos también hacen lo mismo. Si cualquiera de los dos dice algo que quiere una respuesta, puedes hacerlo, pero lo más probable es que te digan todo lo que necesites saber sin preguntar.<br />Ambos hombres se la quedaron mirando fijamente.<br />—Claro. Una conversación continua —susurró Cremona—. Sólo con un desfase de doce horas. Dios mío, tenemos que ponernos en marcha.<br />Salió de la habitación dando grandes zancadas y casi arrastrando al general. Al cabo de unos segundos volvió a entrar.<br />—Madre —dijo—, si me perdonas, creo que tardaré unas horas. Te mandaré a una de las chicas para que te haga compañía. O échate una siesta, si lo prefieres.<br />—No te preocupes, Gerard —contestó la señora Cremona.<br />—De todas formas ¿cómo se te ha ocurrido, mamá? ¿Qué te hizo pensar en esta solución?<br />—Pero, Gerard, todas las mujeres lo saben. Cualquiera de dos mujeres al videófono o simplemente cara a cara sabe que el secreto de hacer que se extienda una noticia es, sea lo que sea, hablar continuamente.<br />Cremona intentó sonreír. A continuación, y temblándole el labio inferior, salió.<br />La señora Cremona lo observó cariñosamente. Un hombre tan guapo, su hijo, el físico. A pesar de ser un hombre maduro e importante, todavía era consciente de que un chico siempre debe escuchar los consejos de su madre.]]></description>            <pubDate>Wed, 22 Aug 2007 21:58:08 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Humor o no</title>            <link>http://malenita.blogcindario.com/2006/12/00151-humor-o-no.html</link>            <description><![CDATA[<div style="text-align:center"><span style="font-size:14pt">70 verbos</span></div><br /><br />Dormía, creo. Amanecí anhelando prosperar. Apetecía triunfar. Decidí jugar. Salí corriendo. Conduje volando, arriesgando morir. Calculé. Aposté, proyectando ganar. Logré empatar. Debí parar. Presumiendo continué. Odié perder. Sufrí, recuerdo. ¿Habría podido acertar?, especulé. Supe olvidar. Recapacité. Elegí renacer. Resolví mejorar. Ansío aprender, ¿entendés? Sigo temiendo fracasa. Pretendo ir volviendo, regresar partiendo. Intentaré llorar, chillar, patalear: podría reventar. Estuve tratando. Desearía conseguir explotar. ¿Llegare? Detesto alardear. Quiero probar. Terminaría diciendo: llueve.<br /><br /><div style="text-align:right">Leo Maslíah (compositor, cantante, escritor, miles de etcs. uruguayo; en si un genio de la lengua)</div>]]></description>            <pubDate>Tue, 26 Dec 2006 15:41:56 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Cien años de Soledad</title>            <link>http://malenita.blogcindario.com/2006/05/00150-cien-anos-de-soledad.html</link>            <description><![CDATA[<img align="left" alt="Imagen" height="252" src="http://malenita.blogcindario.com/ficheros/ciensoledad.jpg" style="float: left;" width="180" />  'Cien a&ntilde;os de soledad' es una novela del escritor colombiano Gabriel Garc&iacute;a M&aacute;rquez, considetada una obra maestra no solo de la literatura latinoamericana sino tambien de la universal y gracias a la cual Garc&iacute;a Marquez consigio el premio nobel en 1982, siendo a pesar del exito de sus obras posteriores, esta la mas famosa y aclamada. <br /><br />Fue publicada por primera vez en Buenos Aires en 1967 por la Editorial Sudamericana con un tiraje inicial de 8000 ejemplares y fue desde el comienzo un &eacute;xito internacional. Hasta la fecha se han vendido m&aacute;s de 30 millones de ejemplares y ha sido traducida a 35 idiomas.<br /><p>&nbsp;</p><p>Cien a&ntilde;os de soledad relata la historia de la familia Buendia a lo largo de seis generaciones en el pueblo de Macondo; un lugar ficticio en la costa caribe colombiana que refleja muchas de las costumbres y an&eacute;cdotas vividas por el autor durante su vida. Es una de las obras fundadoras del realismo m&aacute;gico donde hechos fantasticos se entremezclan con los sucesos cotidianos de los Buendia.</p><p>Contada por un narrador ajena a la historia de forma lineal y agil, es un historia llena de pasiones humanos como el amor, el rencor, la traicion, el deseo y por sobre todas las cosas, la soledad destino casi-inefable de la mayoria de los Buendia; a su vez la historia se nos presenta de forma algo cicilica siendo los nombres de la familia repetidos generacion tras generacion lo que hace casi imposible leer la novela sin el arbol genealogico al lado para evitar confusiones y donde las historias parecen destinadas a repetirse; eso si, si los amores incentuosos no te van entonces sin duda esta no es tu novela...</p><p>&nbsp;</p><p><a href="http://malenita.blogcindario.com/ficheros/Buendia.jpg"><img height="270" src="http://malenita.blogcindario.com/ficheros/Buendia.jpg" width="430" /></a></p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><strong>Enlaces para leer los capitulos on-line</strong><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/02/00113-cien-anos-de-soledad-1.html&rdquo;">Parte 1</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/02/00114-cien-anos-de-soledad-2.html&rdquo;"> Parte 2</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/02/00115-cien-anos-de-soledad-3.html&rdquo;"> Parte 3</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/02/00124-cien-anos-de-soledad-3-5.html&rdquo;"> Parte 3,5</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/02/00116-cien-anos-de-soledad-4.html&rdquo;"> Parte 4</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/02/00117-cien-anos-de-soledad-5.html&rdquo;"> Parte 5</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/02/00118-cien-anos-de-soledad-6.html&rdquo;"> Parte 6</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/02/00119-cien-anos-de-soledad-7.html&rdquo;"> Parte 7</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/02/00120-cien-anos-de-soledad-8.html&rdquo;"> Parte 8</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/02/00121-cien-anos-de-soledad-9.html&rdquo;"> Parte 9</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/02/00122-cien-anos-de-soledad-10.html&rdquo;"> Parte 10</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/02/00125-cien-anos-de-soledad-11.html&rdquo;"> Parte 11</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/02/00126-cien-anos-de-soledad-12.html&rdquo;"> Parte 12</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/05/00142-cien-anos-de-soledad-13.html&rdquo;"> Parte 13</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/05/00143-cien-anos-de-soledad-14.html&rdquo;"> Parte 14</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/05/00144-cien-anos-de-soledad-15.html&rdquo;"> Parte 15</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/05/00145-cien-anos-de-soledad-16.html&rdquo;"> Parte 16</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/05/00146-cien-anos-de-soledad-17.html&rdquo;"> Parte 17</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/05/00147-cien-anos-de-soledad-18.html&rdquo;"> Parte 18</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/05/00148-cien-anos-de-soledad-19.html&rdquo;"> Parte 19</a><br /><br /><a href="&ldquo;http://malenita.blogcindario.com/2006/05/00149-cien-anos-de-soledad-20-final.html&rdquo;"> Parte 20 (final)</a>]]></description>            <pubDate>Sun, 28 May 2006 18:37:44 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Cien años de Soledad- 20 (final)</title>            <link>http://malenita.blogcindario.com/2006/05/00149-cien-anos-de-soledad-20-final.html</link>            <description><![CDATA[<span style="font-size:18pt">Cien años de soledad de Gabriel García Marquez</span><br /><br />XX.<br /><br />Pilar Ternera murió en el mecedor de bejuco, una noche de fiesta, vigilando la entrada de su paraíso. De acuerdo con su última voluntad, la enterraron sin ataúd, sentada en el mecedor que ocho hombres bajaron con cabuyas en un hueco enorme, excavado en el centro de la pista de baile. Las mulatas vestidas de negro, pálidas de llanto, improvisaban oficios de tinieblas mientras se quitaban los aretes, los prendedores y las sortijas, y los iban echando en la fosa, antes de que la sellaran con una lápida sin nombre ni fechas y le pusieran encima un promontorio de camelias amazónicas. Después de envenenar a los animales, clausuraron puertas y ventanas con ladrillos y argamasa, y se dispersaron por el mundo con sus baúles de madera, tapizados por dentro con estampas de santos, cromos de revistas y retratos de novios efímeros, remotos y fantásticos, que cagaban diamantes, o se comían a los caníbales, o eran coronados reyes de barajas en altamar.<br /><br />Era el final. En la tumba de Pilar Ternera, entre salmos y abalorios de putas, se pudrían los escombros del pasado, los pocos que quedaban después de que el sabio catalán remató la librería y regresó a la aldea mediterránea donde había nacido, derrotado por la nostalgia de una primavera tenaz. Nadie hubiera podido presentir su decisión. Había llegado a Macondo en el esplendor de la compañía bananera, huyendo de una de tantas guerras, y no se le había ocurrido nada más práctico que instalar aquella librería de incunables y ediciones originales en varios idiomas, que los clientes casuales bojeaban con recelo, como si fueran libros de muladar, mientras esperaban el turno para que les interpretaran los sueños en la casa de enfrente. Estuvo media vida en la calurosa trastienda, garrapateando su escritura preciosista en tinta violeta y en hojas que arrancaba de cuadernos escolares, sin que nadie supiera a ciencia cierta qué era lo que escribía. Cuando Aureliano lo conoció tenía dos cajones llenos de aquellas páginas abigarradas que de algún modo hacían pensar en los pergaminos de Melquíades, y desde entonces hasta cuando se fue había llenado un tercero, así que era razonable pensar que no había hecho nada más durante su permanencia en Macondo. Las únicas personas con quienes se relacionó fueron los cuatro amigos, a quienes les cambió por libros los trompos y las cometas, y los puso a leer a Séneca y a Ovidio cuando todavía estaban en la escuela primaria. Trataba a los clásicos con una familiaridad casera, como si todos hubieran sido en alguna época sus compañeros de cuarto, y sabia muchas cosas que simplemente no se debían saber, como que San Agustín usaba debajo del hábito un jubón de lana que no se quitó en catorce años, y que Arnaldo de Vilanova, el nigromante, se volvió impotente desde niño por una mordedura de alacrán. Su fervor por la palabra escrita era una urdimbre de respeto solemne e irreverencia comadrera. Ni sus propios manuscritos estaban a salvo de esa dualidad. Habiendo aprendido el catalán para traducirlos, Alfonso se metió un rollo de páginas en los bolsillos, que siempre tenía llenos de recortes de periódicos y manuales de oficios raros, y una noche los perdió en la casa de las muchachitas que se acostaban por hambre. Cuando el abuelo sabio se enteró, en vez de hacerle el escándalo temido comentó muerto de risa que aquel era el destino natural de la literatura. En cambio, no hubo poder humano capaz de persuadirlo de que no se llevara los tres cajones cuando regresó a su aldea natal, y se soltó en improperios cartagineses contra los inspectores del ferrocarril que trataban de mandarlos como carga, hasta que consiguió quedarse con ellos en el vagón de pasajeros. «El mundo habrá acabado de joderse -dijo entonces- el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga.» Eso fue lo último que se le oyó decir. Había pasado una semana negra con los preparativos finales del viaje, porque a medida que se apro-ximaba la hora se le iba descomponiendo el humor, y se le traspapelaban las intenciones, y las cosas que ponía en un lugar aparecían en otro, asediado por los mismos duendes que ator-mentaban a Fernanda.<br /><br />-Collons -maldecía-. Me cago en el canon 27 del sínodo de Londres.<br /><br />Germán y Aureliano se hicieron cargo de él. Lo auxiliaron como a un niño, le prendieron los pasajes y los documentos migratorios en los bolsillos con alfileres de nodriza, le hicieron una lista pormenorizada de lo que debía hacer desde que saliera de Macondo hasta que desembarcara en Barcelona, pero de todos modos echó a la basura sin darse cuenta un pantalón con la mitad de su dinero. La víspera del viaje, después de clavetear los cajones y meter la ropa en la misma maleta con que había llegado, frunció sus párpados de almejas, señaló con una especie de bendición procaz los montones de libros con los que habla sobrellevado el exilio, y dijo a sus amigos:<br /><br />-¡Ahí les dejo esa mierda!<br /><br />Tres meses después se recibieron en un sobre grande veintinueve cartas y más de cincuenta retratos, que se le habían acumulado en los ocios de altamar. Aunque no ponía fechas, era evidente el orden en que había escrito las cartas. En las primeras contaba con su humor habitual las peripecias de la travesía, las ganas que le dieron de echar por la borda al sobrecargo que no le permitió meter los tres cajones en el camarote, la imbecilidad lúcida de una señora que se aterraba con el número 13, no por superstición sino porque le parecía un número que se había quedado sin terminar, y la apuesta que se ganó en la primera cena porque reconoció en el agua de a bordo el sabor a remolachas nocturnas de los manantiales de Lérida. Con el transcurso de los días, sin embargo, la realidad de a bordo le importaba cada vez menos, y hasta los acontecimientos más recientes y triviales le parecían dignos de añoranza, porque a medida que el barco se alejaba, la memoria se le iba volviendo triste. Aquel proceso de nostalgización pro-gresiva era también evidente en los retratos. En los primeros parecía feliz, con su camisa de inválido y su mechón nevado, en el cabrilleante octubre del Caribe. En los últimos se le veía con un abrigo oscuro y una bufanda de seda, pálido de sí mismo y taciturnado por la ausencia, en la cubierta de un barco de pesadumbre que empezaba a sonambular por océanos otoñales. Germán y Aureliano le contestaban las cartas. Escribió tantas en los primeros meses, que se sentían entonces más cerca de él que cuando estaba en Macondo, y casi se aliviaban de la rabia de que se hubiera ido. Al principio mandaba a decir que todo seguía igual, que en la casa donde nació estaba todavía el caracol rosado, que los arenques secos tenían el mismo sabor en la yesca de pan, que las cascadas de la aldea continuaban perfumándose al atardecer. Eran otra vez las hojas de cuaderno rezurcidas con garrapatitas moradas, en las cuales dedicaba un párrafo especial a cada uno. Sin embargo, y aunque él mismo no parecía advertirlo, aquellas cartas de recuperación y estímulo se iban transformando poco a poco en pastorales de desengaño. En las noches de invierno, mientras hervía la sopa en la chimenea, añoraba el calor de su trastienda, el zumbido del sol en los almendros polvorientos, el pito del tren en el sopor de la siesta, lo mismo que añoraba en Macondo la sopa de invierno en la chimenea, los pregones del vendedor de café y las alondras fugaces de la primavera. Aturdido por dos nostalgias enfrentadas como dos espejos, perdió su maravilloso sentido de la irrealidad, hasta que terminó por recomendarles a todos que se fueran de Macondo, que olvidaran cuanto él les había enseñado del mundo y del corazón humano, que se cagarán en Horacio, y que en cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que et pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda la primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera.<br /><br />Álvaro fue el primero que atendió el consejo de abandonar a Macondo. Lo vendió todo, hasta el tigre cautivo que se burlaba de los transeúntes en el patio de su casa, y compró un pasaje eterno en un tren que nunca acababa de viajar. En las tarjetas postales que mandaba desde las estaciones intermedias, describía a gritos las imágenes instantáneas que había visto por la ventanilla del vagón, y era como ir haciendo trizas y tirando al olvido el largo poema de la fugacidad: los negros quiméricos en los algodonales de la Luisiana, los caballos alados en la hierba azul de Kentucky, los amantes griegos en el crepúsculo infernal de Arizona, la muchacha de suéter rojo que pintaba acuarelas en los lagos de Michigan, y que le hizo con los pinceles un adiós que no era de despedida sino de esperanza, porque ignoraba que estaba viendo pasar un tren sin regreso. Luego se fueron Alfonso y Germán, un sábado, con la idea de regresar el lunes, y nunca se volvió a saber de ellos. Un año después de la partida del sabio catalán, el único que quedaba en Macondo era Gabriel, todavía al garete, a merced de la azarosa caridad de Nigromanta, y contestando los cuestionarios del concurso de una revista francesa, cuyo premio mayor era un viaje a París. Aureliano, que era quien recibía la suscripción, lo ayudaba a llenar los formularios, a veces en su casa, y casi siempre entre los pomos de loza y el aire de valeriana de la única botica que quedaba en Macondo, donde vivía Mercedes, la sigilosa novia de Gabriel. Era lo último que iba quedando de un pasado cuyo aniquilamiento no se consumaba, porque seguía aniquilándose indefinidamente, consumiéndose dentro de sí mismo, acabándose a cada minuto pero sin acabar de acabarse jamás. El pueblo había llegado a tales extremos de inactividad, que cuando Gabriel ganó el concurso y se fue a París con dos mudas de ropa, un par de zapatos y las obras completas de Rabelais, tuvo que hacer señas al maquinista para que el tren se detuviera a recogerlo. La antigua calle de los Turcos era entonces un rincón de abandono, donde los últimos árabes se dejaban llevar hacia la muerte por la costumbre milenaria de sentarse en la puerta, aunque hacia muchos años que habían vendido la última yarda de diagonal, y en las vitrinas sombrías solamente quedaban los maniquíes decapitados. La ciudad de la compañía bananera, que tal vez Patricia Brown trataba de evocar para sus nietos en las noches de intolerancia y pepinos en vinagre de Prattville, Alabama, era una llanura de hierba silvestre. El cura anciano que había sustituido al padre Ángel, y cuyo nombre nadie se tomó el trabajo de averiguar, esperaba la piedad de Dios tendido a la bartola en una hamaca, atormentado por la artritis y el insomnio de la duda, mientras los lagartos y las ratas se disputaban la herencia del templo vecino. En aquel Macondo olvidado hasta por los pájaros, donde el polvo y el calor se habían hecho tan tenaces que costaba trabajo respirar, recluidos por la soledad y el amor y por la soledad del amor en una casa donde era casi imposible dormir por el estruendo de las hormigas coloradas, Aureliano y Amaranta Úrsula eran los únicos seres felices, y los más felices sobre la tierra.<br /><br />Gastón había vuelto a Bruselas. Cansado de esperar el aeroplano, un día metió en una maletita las cosas indispensables y su archivo de correspondencia y se fue con el propósito de regresar por el aire, antes de que sus privilegios fueran cedidos a un grupo de aviadores alemanes que habían presentado a las autoridades provinciales un proyecto más ambicioso que el suyo. Desde la tarde del primer amor, Aureliano y Amaranta Úrsula habían seguido aprovechando los escasos descuidos del esposo, amándose con ardores amordazados en encuentros azarosos y casi siempre interrumpidos por regresos imprevistos. Pero cuando se vieron solos en la casa sucumbieron en el delirio de los amores atrasados. Era una pasión insensata, desquiciante, que hacía temblar de pavor en su tumba a los huesos de Fernanda, y los mantenía en un estado de exaltación per- etua.<br /><br />Los chillidos de Amaranta Úrsula, sus canciones agónicas, estallaban lo mismo a las dos de la tarde en la mesa del comedor, que a las dos de la madrugada en el granero. «Lo que más me duele -reía- es tanto tiempo que perdimos.» En el aturdimiento de la pasión, vio las hormigas devastando el jardín, saciando su hambre prehistórica en las maderas de la casa, y vio el torrente de lava viva apoderándose otra vez del corredor, pero solamente se preocupó de combatirlo cuando lo encontró en su dormitorio. Aureliano abandonó los pergaminos, no volvió a salir de la casa, y contestaba de cualquier modo las cartas del sabio catalán. Perdieron el sentido de la realidad, la noción del tiempo, el ritmo de los hábitos cotidianos. Volvieron a cerrar puertas y ventanas para no demorarse en trámites de desnudamientos, y andaban por la casa como siempre quiso estar Remedios, la bella, y se revolcaban en cueros en los barrizales del patio, y una tarde estuvieron a punto de ahogarse cuando se amaban en la alberca. En poco tiempo hicieron más estragos que las hormigas coloradas: destrozaron los muebles de la sala, rasgaron con sus locuras la hamaca que había resistido a los tristes amores de campamento del coronel Aureliano Buendía, y destriparon los colchones y los vaciaron en los pisos para sofocarse en tempestades de algodón. Aunque Aureliano era un amante tan feroz como su rival, era Amaranta Úrsula quien comandaba con su ingenio disparatado y su voracidad lírica aquel paraíso de desastres, como si hubiera concentrado en el amor la indómita energía que la tatarabuela consagró a la fabricación de animalitos de caramelo. Además, mientras ella cantaba de placer y se moría de risa de sus propias invenciones, Aureliano se iba haciendo más absorto y callado, porque su pasión era ensimismada y calcinante. Sin embargo, ambos llegaron a tales extremos de virtuosismo, que cuando se agotaban en la exaltación le sacaban mejor partido al cansancio.<br /><br />Se entregaron a la idolatría de sus cuerpos, al descubrir que los tedios del amor tenían posibilidades inexploradas, mucho más ricas que las del deseo. Mientras él amasaba con claras de huevo los senos eréctiles de Amaranta Úrsula, o suavizaba con manteca de coco sus muslos elásticos y su vientre aduraznado, ella jugaba a las muñecas con la portentosa criatura de Aureliano, y le pintaba ojos de payaso con carmín de labios y bigotes de turco con carboncillo de las cejas, y le ponía corbatines de organza y sombreritos de papel plateado. Una noche se embadurnaron de pies a cabeza con melocotones en almíbar, se lamieron como perros y se amaron como locos en el piso del corredor, y fueron despertados por un torrente de hormigas carniceras que se disponían a devorarlos vivos.<br /><br />En las pausas del delirio Amaranta Úrsula contestaba las cartas de Gastón. Lo sentía tan distante y ocupado, que su regreso le parecía imposible. En una de las primeras cartas él contó que en realidad sus socios habían mandado el aeroplano, pero que una agencia marítima de Bruselas lo había embarcado por error con destino a Tanganyika, donde se lo entregaron a la dispersa comunidad de los Makondos. Aquella confusión ocasionó tantos contratiempos que solamente la recuperación del aeroplano podía tardar dos años. Así que Amaranta Úrsula descartó la posibilidad de un regreso inoportuno. Aureliano, por su parte, no tenía más contacto con el mundo que las cartas del sabio catalán, y las noticias que recibía de Gabriel a través de Mercedes, la boticaria silenciosa. Al principio eran contactos reales. Gabriel se había hecho reembolsar el pasaje de regreso para quedarse en París, vendiendo los periódicos atrasados y las botellas vacías que las camareras sacaban de un hotel lúgubre de la calle Dauphine. Aureliano podía imaginarlo entonces con un suéter de cuello alto que sólo se quitaba cuando las terrazas de Montparnasse se llenaban de enamorados primaverales, y durmiendo de día y escribiendo de noche para confundir el hambre, en el cuarto oloroso a espuma de coliflores hervidas donde había de morir Rocamadour. Sin embargo, sus noticias se fueron haciendo poco a poco tan inciertas, y tan esporádicas y melancólicas las cartas del sabio, que Aureliano se acostumbró a pensar en ellos como Amaranta Úrsula pensaba en su marido, y ambos quedaron flotando en un universo vacío, donde la única realidad cotidiana y eterna era el amor.<br /><br />De pronto, como un estampido en aquel mundo de inconsciencia feliz, llegó la noticia del regreso de Gastón. Aureliano y Amaranta Úrsula abrieron lo ojos, sondearon sus almas, se miraron a la cara con la mano en el corazón, y comprendieron que estaban tan identificados que preferían la muerte a la separación. Entonces ella le escribió al marido una carta de verdades contradictorias, en la que le reiteraba su amor y sus ansias de volver a verlo, al mismo tiempo que admitía como un designio fatal la imposibilidad de vivir sin Aureliano. Al contrario de lo que ambos esperaban, Gastón les mandó una respuesta tranquila, casi paternal, con dos hojas enteras consagradas a prevenirlos contra las veleidades de la pasión, y un párrafo final con votos inequívocos por que fueran tan felices como él lo fue en su breve experiencia conyugal. Era una actitud tan imprevista, que Amaranta Úrsula se sintió humillada con la idea de haber proporcionado al marido el pretexto que él deseaba para abandonarla a su suerte. El rencor se le agravó seis meses después, cuando Gastón volvió a escribirle desde Leopoldville, donde por fin había recibido el aeroplano, sólo para pedir que le mandaran el velocípedo, que de todo lo que había dejado en Macondo era lo único que tenía para él un valor sentimental. Aureliano sobrellevó con paciencia el despecho de Amaranta Úrsula, se esforzó por demostrarle que podía ser tan buen marido en la bonanza como en la adversidad, y las urgencias cotidianas que los asediaban cuando se les acabaron los últimos dineros de Gastón crearon entre ellos un vínculo de solidaridad que no era tan deslumbrante y capitoso como la pasión, pero que les sirvió para amarse tanto y ser tan felices como en los tiempos alborotados de la salacidad. Cuando murió Pilar Ternera estaban esperando un hijo.<br /><br />En el sopor del embarazo, Amaranta Úrsula trató de establecer una industria de collares de vértebras de pescados. Pero a excepción de Mercedes, que le compró una docena, no encontró a quién vendérselos. Aureliano tuvo conciencia por primera vez de que su don de lenguas, su sabiduría enciclopédica, su rara facultad de recordar sin conocerlos los pormenores de hechos y lugares remotos, eran tan inútiles como el cofre de pedrería legítima de su mujer, que entonces debía valer tanto como todo el dinero de que hubieran podido disponer, juntos, los últimos habitantes de Macondo. Sobrevivían de milagro. Aunque Amaranta Úrsula no perdía el buen humor, ni su ingenio para las travesuras eróticas, adquirió la costumbre de sentarse en el corredor después del almuerzo, en una especie de siesta insomne y pensativa. Aureliano la acompañaba. A veces permanecían en silencio hasta el anochecer, el uno frente a la otra, mirándose a los ojos, amándose en el sosiego con tanto amor como antes se amaron en el escándalo. La incertidumbre del futuro les hizo volver el corazón hacia el pasado. Se vieron a sí mismos en el paraíso perdido del diluvio, chapaleando en los pantanos del patio, matando lagartijas para colgárselas a Úrsula, jugando a enterrarla viva, y aquellas evocaciones les revelaron la verdad de que habían sido felices juntos desde que tenían memoria. Profundizando en el pasado, Amaranta Úrsula recordó la tarde en que entró al taller de platería y su madre le contó que el pequeño Aureliano no era hijo de nadie porque había sido encontrado flotando en una canastilla. Aunque la versión les pareció inverosímil, carecían de información para sustituirla por la verdadera. De lo único que estaban seguros, después de examinar todas las posibilidades, era de que Fernanda no fue la madre de Aureliano. Amaranta Úrsula se inclinó a creer que era hijo de Petra Cotes, de quien sólo recordaba fábulas de infamia, y aquella suposición les produjo en el alma una torcedura de horror.<br /><br />Atormentado por la certidumbre de que era hermano de su mujer, Aureliano se dio una escapada a la casa cural para buscar en los archivos rezumantes y apolillados alguna pista cierta de su filiación. La partida de bautismo más antigua que encontró fue la de Amaranta Buendía, bautizada en la adolescencia por el padre Nicanor Reyna, por la época en que éste andaba tratando de probar la existencia de Dios mediante artificios de chocolate. Llegó a ilusionarse con la posibilidad de ser uno de los diecisiete Aurelianos, cuyas partidas de nacimiento rastreó a través de cuatro tomos, pero las fechas de bautismo eran demasiado remotas para su edad.<br /><br />Viéndolo extraviado en laberintos de sangre, trémulo de incertidumbre, el párroco artrítico que lo observaba desde la hamaca le preguntó compasivamente cuál era su nombre.<br /><br />-Aureliano Buendía -dijo él.<br /><br />-Entonces no te mates buscando -exclamó el párroco con una convicción terminante-. Hace muchos años hubo aquí una calle que se llamaba así, y por esos entonces la gente tenía la costumbre de ponerles a los hijos los nombres de las calles.<br /><br />Aureliano tembló de rabia.<br /><br />-¡Ah! -dijo-, entonces usted tampoco cree.<br /><br />-¿En qué?<br /><br />-Que el coronel Aureliano Buendía hizo treinta y dos guerras civiles y las perdió todas - ontestó Aureliano-. Que el ejército acorraló y ametralló a tres mil trabajadores, y que se llevaron los cadáveres para echarlos al mar en un tren de doscientos vagones.<br /><br />El párroco lo midió con una mirada de lástima.<br /><br />-Ay, hijo suspiró-. A mi me bastaría con estar seguro de que tú y yo existimos en este momento.<br /><br />De modo que Aureliano y Amaranta Úrsula aceptaron la versión de la canastilla, no porque la creyeran, sino porque los ponía a salvo de sus terrores. A medida que avanzaba el embarazo se iban convirtiendo en un ser único, se integraban cada vez más en la soledad de una casa a la que sólo le hacía falta un último soplo para derrumbarse. Se habían reducido a un espacio esencial, desde el dormitorio de Fernanda, donde vislumbraron los encantos del amor sedentario, hasta el principio del corredor, donde Amaranta Úrsula se sentaba a tejer botitas y sombreritos de recién nacido, y Aureliano a contestar las cartas ocasionales del sabio catalán. El resto de la casa se rindió al asedio tenaz de la destrucción. El taller de platería, el cuarto de Melquíades, los reinos primitivos y silenciosos de Santa Sofía de la Piedad quedaron en el fondo de una selva doméstica que nadie hubiera tenido la temeridad de desentrañar. Cercados por la voracidad de la naturaleza, Aureliano y Amaranta Úrsula seguían cultivando el orégano y las begonias y defendían su mundo con demarcaciones de cal, construyendo las últimas trincheras de la guerra inmemorial entre el hombre y las hormigas. El cabello largo y descuidado, los moretones que le amanecían en la cara, la hinchazón de las piernas, la deformación del antiguo y amoroso cuerpo de comadreja, le habían cambiado a Amaranta Úrsula la apariencia juvenil de cuando llegó a la casa con la jaula de canarios desafortunados y el esposo cautivo, pero no le alteraron la vivacidad del espíritu. «Mierda -solía reír-. Quién hubiera pensado que de veras íbamos a terminar viviendo como antropófagos!» El último hilo que los vinculaba con el mundo se rompió en el sexto mes del embarazo, cuando recibieron una carta que evidentemente no era del sabio catalán. Había sido franqueada en Barcelona, pero la cubierta estaba escrita con tinta azul convencional por una ca- igrafía administrativa, y tenía el aspecto inocente e impersonal de los recados enemigos.<br /><br />Aureliano se la arrebató de las manos a Amaranta Úrsula cuando se disponía a abrirla.<br /><br />-Ésta no -le dijo-. No quiero saber lo que dice.<br /><br />Tal como él lo presentía, el sabio catalán no volvió a escribir.<br /><br />La carta ajena, que nadie leyó, quedó a merced de las polillas en la repisa donde Fernanda olvidó alguna vez su anillo matrimonial, y allí siguió consumiéndose en el fuego interior de su mala noticia, mientras los amantes solitarios navegaban contra la corriente de aquellos tiempos de postrimerías, tiempos impenitentes y aciagos, que se desgastaban en el empeño inútil de hacerlos derivar hacia el desierto del desencanto y el olvido. Conscientes de aquella amenaza, Aureliano y Amaranta Úrsula pasaron los últimos meses tomados de la mano, terminando con amores de lealtad el hijo empezado con desafueros de fornicación. De noche, abrazados en la cama, no los amedrentaban las explosiones sublunares de las hormigas, ni el fragor de las polillas, ni el silbido constante y nítido del crecimiento de la maleza en los cuartos vecinos.<br /><br />Muchas veces fueron despertados por el tráfago de los muertos. Oyeron a Úrsula peleando con las leyes de la creación para preservar la estirpe, y a José Arcadio Buendía buscando la verdad quimérica de los grandes inventos, y a Fernanda rezando y al coronel Aureliano Buendía embruteciéndose con engaños de guerras y pescaditos de oro, y a Aureliano Segundo agonizando de soledad en el aturdimiento de las parrandas, y entonces aprendieron que las obsesiones dominantes prevalecen contra la muerte, y volvieron a ser felices con la certidumbre de que ellos seguirían amándose con sus naturalezas de aparecidos, mucho después de que otras especies de animales futuros les arrebataran a los insectos el paraíso de miseria que los insectos estaban acabando de arrebatarles a los hombres.<br /><br />Un domingo, a las seis de la tarde, Amaranta Úrsula sintió los apremios del parto. La sonriente comadrona de las muchachitas que se acostaban por hambre la hizo subir en la mesa del comedor, se le acaballó en el vientre, y la maltrató con galopes cerriles hasta que sus gritos fueron acallados por los berridos de un varón formidable. A través de las lágrimas, Amaranta Úrsula vio que era un Buendía de los grandes, macizo y voluntarioso como los José Arcadios, con los ojos abiertos y clarividentes de los Aurelianos, y predispuesto para empezar la estirpe otra vez por el principio y purificarla de sus vicios perniciosos y su vocación solitaria, porque era el único en un siglo que había sido engendrado con amor.<br /><br />-Es todo un antropófago -dijo-. Se llamará Rodrigo.<br /><br />-No -la contradijo su marido-. Se llamará Aureliano y ganará treinta y dos guerras.<br /><br />Después de cortarle el ombligo, la comadrona se puso a quitarle con un trapo el ungüento azul que le cubría el cuerpo, alumbrada por Aureliano con una lámpara. Sólo cuando lo voltearon boca abajo se dieron cuenta de que tenía algo más que el resto de los hombres, y se inclinaron para examinarlo. Era una cola de cerdo.<br /><br />No se alarmaron. Aureliano y Amaranta Úrsula no conocían el precedente familiar, ni recordaban las pavorosas admoniciones de Úrsula, y la comadrona acabó de tranquilizarlos con la suposición de que aquella cola inútil podía cortarse cuando el niño mudara los dientes. Luego no tuvieron ocasión de volver a pensar en eso, porque Amaranta Úrsula se desangraba en un manantial incontenible. Trataron de socorrerla con apósitos de telaraña y apelmazamientos de ceniza, pero era como querer cegar un surtidor con las manos. En las primeras horas, ella hacía esfuerzos por conservar el buen humor. Le tomaba la mano al asustado Aureliano, y le suplicaba que no se preocupara, que la gente como ella no estaba hecha para morirse contra la voluntad, y se reventaba de risa con los recursos truculentos de la comadrona. Pero a medida que a Aureliano lo abandonaban las esperanzas, ella se iba haciendo menos visible, como si la estuvieran borrando de la luz, hasta que se hundió en el sopor. Al amanecer del lunes llevaron una mujer que rezó junto a su cama oraciones de cauterio, infalibles en hombres y animales, pero la sangre apasionada de Amaranta Úrsula era insensible a todo artificio distinto del amor. En la tarde, después de veinticuatro horas de desesperación, supieron que estaba muerta porque el caudal se agotó sin auxilios, y se le afiló el perfil, y los verdugones de la cara se le desvanecieron en una aurora de alabastro, y volvió a sonreír.<br /><br />Aureliano no comprendió hasta entonces cuánto quena a sus amigos, cuánta falta le hacían, y cuánto hubiera dado por estar con ellos en aquel momento. Puso al niño en la canastilla que su madre le había preparado, le tapó la cara al cadáver con una manta, y vagó sin rumbo por el pueblo desierto, buscando un desfiladero de regreso al pasado. Llamó a la puerta de la botica, donde no había estado en los últimos tiempos, y lo que encontró fue un taller de carpintería. La anciana que le abrió la puerta con una lámpara en la mano se compadeció de su desvarío, e insistió en que no, que allí no había habido nunca una botica, ni había conocido jamás una mujer de cuello esbelto. y ojos adormecidos que se llamara Mercedes. Lloró con la frente apoyada en la puerta de la antigua librería del sabio catalán, consciente de que estaba pagando los llantos atrasados de una muerte que no quiso llorar a tiempo para no romper los hechizos del amor. Se rompió los puños contra los muros de argamasa de El Niño de Oro, clamando por Pilar Ternera, indiferente a los luminosos discos anaranjados que cruzaban por el cielo, y que tantas veces había contemplado con una fascinación pueril, en noches de fiesta, desde el patio de los alcaravanes. En el último salón abierto del desmantelado barrio de tolerancia un conjunto de acordeones tocaba los cantos de Rafael Escalona, el sobrino del obispo, heredero de los secretos de Francisco el Hombre. El cantinero, que tenía un brazo seco y como achicharrado por haberlo levantado contra su madre, invitó a Aureliano a tomarse una botella de aguardiente, y Aureliano lo invitó a otra. El cantinero le habló de la desgracia de su brazo. Aureliano le habló de la desgracia de su corazón, seco y como achicharrado por haberlo levantado contra su hermana.<br /><br />Terminaron llorando juntos y Aureliano sintió por un momento que el dolor había terminado. Pero cuando volvió a quedar solo en la última madrugada de Macondo, se abrió de brazos en la mitad de la plaza, dispuesto a despertar al mundo entero, y gritó con toda su alma:<br /><br />-¡Los amigos son unos hijos de puta!<br /><br />Nigromanta lo rescató de un charco de vómito y de lágrimas. Lo llevó a su cuarto, lo limpió, le hizo tomar una taza de caldo. Creyendo que eso lo consolaba, tachó con una raya de carbón los incontables amores que él seguía debiéndole, y evocó voluntariamente sus tristezas más solitarias para no dejarlo solo en el llanto. Al amanecer, después de un sueño torpe y breve, Aureliano recobró la conciencia de su dolor de cabeza. Abrió los ojos y se acordó del niño.<br /><br />No lo encontró en la canastilla. Al primer impacto experimentó una deflagración de alegría, creyendo que Amaranta Úrsula había despertado de la muerte para ocuparse del niño. Pero el cadáver era un promontorio de piedras bajo la manta. Consciente de que al llegar había encontrado abierta la puerta del dormitorio, Aureliano atravesó el corredor saturado por los suspiros matinales del orégano, y se asomó al comedor, donde estaban todavía los escombros del parto: la olla grande, las sábanas ensangrentadas, los tiestos de ceniza, y el retorcido ombligo del niño en un pañal abierto sobre la mesa, junto a las tijeras y el sedal. La idea de que la comadrona había vuelto por el niño en el curso de la noche le proporcionó una pausa de sosiego para pensar. Se derrumbó en el mecedor, el mismo en que se sentó Rebeca en los tiempos originales de la casa para dictar lecciones de bordado, y en el que Amaranta jugaba damas chinas con el coronel Gerineldo Márquez, y en el que Amaranta Úrsula cosía la ropita del niño, y en aquel relámpago de lucidez tuvo conciencia de que era incapaz de resistir sobre su alma el peso abrumador de tanto pasado. Herido por las lanzas mortales de las nostalgias propias y ajenas, admiró la impavidez de la telaraña en los rosales muertos, la perseverancia de la cizaña, la paciencia del aire en el radiante amanecer de febrero. Y entonces vio al niño. Era un pellejo hinchado y reseco que todas las hormigas del mundo iban arrastrando trabajosamente hacia sus madrigueras por el sendero de piedras del jardín. Aureliano no pudo moverse. No porque lo hubiera paralizado el estupor, sino porque en aquel instante prodigioso se le revelaron las claves definitivas de Melquíades, y vio el epígrafe de los pergaminos perfectamente ordenado en el tiempo y el espacio de los hombres: El primero de lo estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas.<br /><br />Aureliano no había sido más lúcido en ningún acto de su vida que cuando olvidó sus muertos y el dolor de sus muertos, y volvió a clavar las puertas y las ventanas con las crucetas de Fernanda para no dejarse perturbar por ninguna tentación del mundo, porque entonces sabía que en los pergaminos de Melquíades estaba escrito su destino. Los encontró intactos, entre las plantas prehistóricas y los charcos humeantes y los insectos luminosos que habían desterrado del cuarto todo vestigio del paso de los hombres por la tierra, y no tuvo serenidad para sacarlos a la luz, sino que allí mismo, de pie, sin la menor dificultad, como si hubieran estado escritos en castellano bajo el resplandor deslumbrante del mediodía, empezó a descifrarlos en voz alta. Era la historia de la familia escrita por Melquíades hasta en sus detalles más triviales, con cien años de antici-pación.<br /><br />La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lace- emonias.<br /><br />La protección final, que Aureliano empezaba a vislumbrar cuando se dejó confundir por el amor de Amaranta Úrsula, radicaba en que Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante. Fascinado por el hallazgo, Aureliano leyó en voz alta, sin saltos, las encíclicas cantadas que el propio Melquíades le hizo escuchar a Arcadio, y que eran en realidad las predicciones de su ejecución, y encontró anunciado el nacimiento de la mujer más bella del mundo que estaba subiendo al cielo en cuerpo y alma, y conoció el origen de dos gemelos póstumos que renunciaban a descifrar los pergaminos, no sólo por incapacidad e inconstancia, sino porque sus tentativas eran prematuras. En este punto, impaciente por conocer su propio origen, Aureliano dio un salto. Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces. No lo advirtió porque en aquel momento estaba descubriendo los primeros indicios de su ser, en un abuelo concupiscente que se dejaba arrastrar por la frivolidad a través de un páramo alucinado, en busca de una mujer hermosa a quien no haría feliz. Aureliano lo reconoció, persiguió los caminos ocultos de su descendencia, y encontró el instante de su propia concepción entre los alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular, donde un menestral saciaba su lujuria con una mujer que se le entregaba por rebeldía. Estaba tan absorto, que no sintió tampoco la segunda arremetida del viento, cuya potencia ciclónica arrancó de los quicios las puertas y las ventanas, descuajó el techo de la galería oriental y desarraigó los cimientos. Sólo entonces descubrió que Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y que Francis Drake había asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.<br /> <br /><b>FIN</b>]]></description>            <pubDate>Sat, 27 May 2006 14:56:10 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Cien años de Soledad- 19</title>            <link>http://malenita.blogcindario.com/2006/05/00148-cien-anos-de-soledad-19.html</link>            <description><![CDATA[<span style="font-size:18pt">Cien años de soledad de Gabriel García Marquez</span><br /><br />XIX.<br />Amaranta Úrsula regresó con los primeros ángeles de diciembre, empujada por brisas de velero, llevando al espose amarrado por el cuello con un cordel de seda. Apareció sin ningún anuncio, con un vestido color de marfil, un hilo de perlas que le daba casi a las rodillas, sortijas de esmeraldas y topacios, y el cabello redondo y liso rematado en las orejas con puntas de golondrinas. El hombre con quien se había casado seis meses antes era un flamenco madure, esbelto, con aires de navegante. No tuvo sino que empujar la puerta de la sala para comprender que su ausencia había sido más prolongada y demoledora de le que ella suponía.<br />-Dios mío -gritó, más alegre que alarmada-, ¡cómo se ve que no hay una mujer en esta casa!<br />El equipaje no cabía en el corredor. Además del antiguo baúl de Fernanda con que la mandaron al colegio, llevaba des roperos verticales, cuatro maletas grandes, un talego para las sombrillas, ocho cajas de sombreros, una jaula gigantesca con medie centenar de canarios, y el velocípedo del marido, desarmado dentro de un estuche especial que permitía llevarlo come un violoncelo. Ni siquiera se permitió un día de descanso al cabo del largo viaje. Se puso un gastado overol de lienzo que había llevado el esposo con otras prendas de motorista, y emprendió una nueva restauración de la casa. Desbandó las hormigas coloradas que ya se habían apoderado del corredor, resucitó los rosales, arrancó la maleza de raíz, y volvió a sembrar helechos, oréganos y begonias en los tiestos del pasamanos. Se puso al frente de una cuadrilla de carpinteros, cerrajeros y albañiles que resanaron las grietas de los pisos, enquiciaren puertas y ventanas, renovaron les muebles y blanquearen las paredes por dentro y por fuera, de modo que tres meses después de su llegada se respiraba otra vez el aire de juventud y de fiesta que hubo en les tiempos de la pianola. Nunca se vio en la casa a nadie con mejor humor a toda hora y en cualquier circunstancia, ni a nadie más dispuesto a cantar y bailar, y a tirar la basura las cosas y las costumbres revenidas. De un escobazo acabó con los recuerdos funerarios y los montones de cherembecos inútiles y aparatos de superstición que se apelotonaban en los rincones, y lo único que conservó, por gratitud a Úrsula, fue el daguerrotipo de Remedios en la sala. «Miren qué lujo -gritaba muerta de risa-. ¡Una bisabuela de catorce años!» Cuando uno de les albañiles le contó que la casa estaba poblada de aparecidos, y que el único modo de espantarlos era buscando los tesoros que habían dejado enterrados, ella replicó entre carcajadas que no creía en supersticiones de hombres. Era tan espontánea, tan emancipada, con un espíritu tan moderno y libre, que Aureliano no supo qué hacer con el cuerpo cuando la vio llegar. «¡Qué bárbaro! -gritó ella, feliz, con los brazos abiertos-. ¡Miren cómo ha crecido mi adorado antropófago!» Antes de que él tuviera tiempo de reaccionar, ya ella había puesto un disco en el gramófono portátil que llevó consigo, y estaba tratando de enseñarle los bailes de moda. Lo obligó a cambiarse les escuálidos pantalones que heredó del coronel Aureliano Buendía, le regaló camisas juveniles y zapatos de des colores, y lo empujaba a la calle cuando pasaba mucho tiempo en el cuarto de Melquíades.<br />Activa, menuda, indomable, como Úrsula, y casi tan bella y provocativa como Remedies, la bella, estaba dotada de un raro instinto para anticiparse a la moda. Cuando recibía por correo les figurines más recientes, apenas le servían para comprobar que no se había equivocado en les modelos que inventaba, y que cosía en la rudimentaria máquina de manivela de Amaranta.<br />Estaba suscrita a cuanta revista de modas, información artística y música popular se publicaba en Europa, y apenas les echaba una ojeada para darse cuenta de que las cosas iban en el mundo como ella las imaginaba. No era comprensible que una mujer con aquel espíritu hubiera regresado a un pueblo muerte, deprimido por el polvo y el calor, y menos con un marido que tenía dinero de sobra para vivir bien en cualquier parte del mundo, y que la amaba tanto que se había sometido a ser llevado y traído por ella con el dogal de seda. Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba era más evidente su intención de quedarse, pues no concebía planes que no fue-ran a largo plazo, ni tomaba determinaciones que no estuvieran orientadas a procurarse una vida cómoda y una vejez tranquila en Macondo. La jaula de canarios demostraba que esos propósitos no eran improvisados. Recordando que su madre le había contado en una carta el exterminio de los pájaros, habla retrasado el viaje varios meses hasta encontrar un barco que hiciera escala en las islas Afortunadas, y allí seleccionó las veinticinco parejas de canarios más finos para repoblar el cielo de Macondo. Esa fue la más lamentable de sus numerosas iniciativas frustradas. A medida que los pájaros se reproducían, Amaranta Úrsula los iba soltando por parejas, y más tardaban en sentirse libres que en fugarse del pueblo. En vano procuró encariñarles con la pajarera que construyó Úrsula en la primera restauración. En vano les falsificó nidos de esparto en los almendros, y regó alpiste en los techos y alborotó a los cautivos para que sus cantos disuadieran a los desertores, porque éstos se remontaban a la primera tentativa y daban una vuelta en el cielo, apenas el tiempo indispensable para encontrar el rumbo de regreso a las islas Afortunadas.<br />Un año después del retorne, aunque no hubiera conseguido entablar una amistad ni promover una fiesta, Amaranta Úrsula seguía creyendo que era posible rescatar aquella comunidad elegida por el infortunio. Gastón, su marido, se cuidaba de no contrariaría, aunque desde el mediodía mortal en que descendió del tren comprendió que la determinación de su mujer había sido provocada por un espejismo de la nostalgia. Seguro de que sería derrotada por la realidad, no se tomó siquiera el trabajo de armar el velocípedo, sino que se dio a perseguir los huevos más lúcidos entre las telarañas que desprendían les albañiles, y los abría con las uñas y se gastaba las horas contemplando con una lupa las arañitas minúsculas que salían del interior. Más tarde, creyendo que Amaranta Úrsula continuaba con las reformas por no dar su brazo a torcer, resolvió armar el aparatoso velocípedo cuya rueda anterior era mucho más grande que la posterior, y se dedicó a capturar y disecar cuanto insecto aborigen encontraba en los contornos, que remitía en frascos de mermelada a su antiguo profesor de histeria natural de la Universidad de Lieja, donde había hecho estudios avanzados en entomología aunque su vocación dominante era la de aeronauta. Cuando andaba en el velocípedo usaba pantalones de acróbata, medias de gaitero y cachucha de detective, pero cuando andaba de a pie vestía de lino crudo, intachable, con zapatos blancos, corbatín de seda, sombrero canotier y una vara de mimbre en la mano. Tenía unas pupilas pálidas que acentuaban su aire de navegante, y un bigotito de pelos de ardilla. Aunque era por lo menos quince años mayor que su mujer, sus gustos juveniles, su vigilante determinación de hacerla feliz, y sus virtudes de buen amante, compensaban la diferencia. En realidad, quienes veían aquel cuarentón de hábitos cautelosos, con su sedal al cuello y su bicicleta de circo, no hubieran pedido pensar que tenía con su joven esposa un pacte de amor desenfrenado, y que ambos cedían al apremio recíproco en los lugares menos adecuados y donde los sorprendiera la inspiración, como le hicieron desde que empezaron a verse, y con una pasión que el transcurso del tiempo y las circunstancias cada vez más insólitas iban profundizando y enriqueciendo. Gastón no sólo era un amante feroz, de una sabiduría y una imaginación inagotables, sine que era tal vez el primer hombre en la historia de la especie que hizo un aterrizaje de emergencia y estuvo a punto de matarse con su novia sólo por hacer el amor en un campo de violetas.<br />Se habían conocido tres años antes de casarse, cuando el biplano deportivo en que él hacía piruetas sobre el colegio en que estudiaba Amaranta Úrsula intentó una maniobra intrépida para eludir el asta de la bandera, y la primitiva armazón de lona y papel de aluminio quedó colgada por la cola en los cables de la energía eléctrica. Desde entonces, sin hacer caso de su pierna entablillada, él iba los fines de semana a recoger a Amaranta Úrsula en la pensión de religiosas donde vivió siempre, cuyo reglamento no era tan severo como deseaba Fernanda, y la llevaba a su club deportivo. Empezaron a amarse a 500 metros de altura, en el aire dominical de las landas, y más se sentían compenetrados mientras más minúsculos iban haciéndose los seres de la tierra. Ella le hablaba de Macondo como del pueblo más luminoso y plácido del mundo, y de una casa enorme, perfumada de orégano, donde quería vivir hasta la vejez con un marido leal y des hijos indómitos que se llamaran Rodrigo y Gonzalo, y en ningún caso Aureliano y José Arcadio, y una hija que se llamara Virginia, y en ningún caso Remedios. Había evocado con una tenacidad tan anhelante el pueblo idealizado por la nostalgia, que Gastón comprendió que ella no quisiera casarse si no la llevaba a vivir en Macondo. Él estuvo de acuerdo, como lo estuvo más tarde con el sedal, porque creyó que era un capricho transitorio que más valía defraudar a tiempo. Pero cuando transcurrieron des años en Macondo y Amaranta Úrsula seguía tan contenta como el primer día, él comenzó a dar señales de alarma. Ya para entonces había disecado cuanto insecto era disecable en la región, hablaba el castellano como un nativo, y había descifrado todos los crucigramas de las revistas que recibían por correo. No tenía el pretexto del clima para apresurar el regreso, porque la naturaleza lo había dotado de un hígado colonial, que resistía sin quebrantos el bochorno de la siesta y el agua con gusarapos. Le gustaba tanto la comida criolla, que una vez se comió un sartal de ochenta y des huevos de iguana. Amaranta Úrsula, en cambio, se hacia llevar en el tren pescados y mariscos en cajas de hielo, carnes en latas y frutas almibaradas, que era lo único que podía comer, y seguía vistiéndose a la moda europea y recibiendo figurines por correo, a pesar de que no tenía dónde ir ni a quién visitar, y de que a esas alturas su marido carecía de humor para apreciar sus vestidos cortos, sus fieltros ladeados y sus collares de siete vueltas. Su secreto parecía consistir en que siempre encontraba el modo de estar ocupada, resolviendo problemas domésticos que ella misma creaba y haciendo mal ciertas cosas que corregía al día siguiente, con una diligencia perniciosa que habría hecho pensar a Fernanda en el vicio hereditario de hacer para deshacer. Su genio festivo continuaba entonces tan despierto, que cuando recibía discos nuevos invitaba a Gastón a quedarse en la sala hasta muy tarde para ensayar los bailes que sus compañeras de colegio le describían con dibujos, y terminaban generalmente haciendo el amor en los mecedores vieneses o en el suelo pelado. Lo único que le faltaba para ser completamente feliz era el nacimiento de los hijos, pero respetaba el pacto que había hecho con su marido de no tenerlos antes de cumplir cinco años de casados.<br />Buscando algo con que llenar sus horas muertas, Gastón solía pasar la mañana en el cuarto de Melquíades, con el esquivo Aureliano. Se complacía en evocar con él los rincones más íntimos de su tierra, que Aureliano conocía como si hubiera estado en ella mucho tiempo. Cuando Gastón le preguntó cómo había hecho para obtener informaciones que no estaban en la enciclopedia, recibió la misma respuesta que José Arcadio:<br />«Todo se sabe.» Además del sánscrito, Aureliano había aprendido el inglés y el francés, y algo del latín y del griego. Como entonces salía todas las tardes, y Amaranta Úrsula le había asignado una suma semanal para sus gastos personales, su cuarto parecía una sección de la librería del sabio catalán. Leía con avidez hasta muy altas horas de la noche, aunque por la forma en que se refería a sus lecturas, Gastón pensaba que no compraba los libros para informarse sino para verificar la exactitud de sus conocimientos, y que ninguno le interesaba más que los pergaminos, a los cuales dedicaba las mejores horas de la mañana. Tanto a Gastón como a su esposa les habría gustado incorporarlo a la vida familiar, pero Aureliano era hombre hermético, con una nube de misterio que el tiempo iba haciendo más densa. Era una condición tan infranqueable, que Gastón fracasó en sus esfuerzos por intimar con él, y tuvo que buscarse otro entretenimiento para llenar sus horas muertas. Fue por esa época que concibió la idea de establecer un servicio de correo aéreo.<br />No era un proyecto nuevo. En realidad lo tenía bastante avanzado cuando conoció a Amaranta Úrsula, sólo que no era para Macondo sine para el Congo Belga, donde su familia tenía in-versiones en aceite de palma. El matrimonio, la decisión de pasar unos meses en Macondo para complacer a la esposa, lo habían obligado a aplazarle. Pero cuando vio que Amaranta Úrsula estaba empeñada en organizar una junta de mejoras públicas, y hasta se reía de él por insinuar la posibilidad del regreso, comprendió que las cosas iban para largo, y volvió a establecer contacto con sus olvidados socios de Bruselas, pensando que para ser pionero daba lo mismo el Caribe que el África. Mientras progresaban las gestiones, preparó un campe de aterrizaje en la antigua región encantada que entonces parecía una llanura de pedernal resquebrajado, y estudió la dirección de les vientos, la geografía del litoral y las rutas más adecuadas para la navegación aérea, sin saber que su diligencia, tan parecida a la de míster Herbert, estaba infundiendo en el pueble la peligrosa sospecha de que su propósito no era planear itinerarios sino sembrar banano.<br />Entusiasmado con una ocurrencia que después de todo podía justificar su establecimiento definitivo en Macondo, hizo varios viajes a la capital de la provincia, se entrevistó con las autoridades, y obtuvo licencias y suscribió contratos de exclusividad. Mientras tanto, mantenía con los socios de Bruselas una correspondencia parecida a la de Fernanda con los médicos invisibles, y acabó de convencerlos de que embarcaran el primer aeroplano al cuidado de un mecánico experto, que lo armara en el puerto más próximo y lo llevara velando a Macondo. Un año después de las primeras mediciones y cálculos meteorológicos, confiando en las promesas reiteradas de sus corresponsales, había adquirido la costumbre de pasearse por las calles, mirando el cielo, pendiente de los rumores de la brisa, en espera de que apareciera el aeroplano.<br />Aunque ella no lo había notado, el regreso de Amaranta Úrsula determinó un cambio radical en la vida de Aureliano. Después de la muerte de José Arcadio, se había vuelto un cliente asiduo de la librería del sabio catalán. Además, la libertad de que entonces disfrutaba, y el tiempo de que disponía, le despertaron una cierta curiosidad por el pueblo, que conoció sin asombro. Recorrió las calles polvorientas y solitarias, examinando con un interés más científico que humano el interior de las casas en ruinas, las redes metálicas de las ventanas, rotas por el óxido y los pájaros moribundos, y los habitantes abatidos por los recuerdos. Trató de reconstruir con la imaginación el arrasado esplendor de la antigua ciudad de la compañía bananera, cuya piscina seca estaba llena hasta los bordes de podridos zapatos de hombre y zapatillas de mujer, y en cuyas casas desbaratadas por la cizaña encontró el esqueleto de un perro alemán todavía atado a una argolla con una cadena de acere, y un teléfono que repicaba, repicaba, repicaba, hasta que él lo descolgó, entendió le que una mujer angustiada y remota preguntaba en inglés, y le contestó que sí, que la huelga había terminado, que los tres mil muertos habían sido echados al mar, que la compañía bananera se había ido, y que Macondo estaba por fin en paz desde hacía muchos años. Aquellas correrías lo llevaron al postrado barrio de tolerancia, donde en otros tiempos se quemaban mazos de billetes para animar la cumbiamba, y que entonces era un vericueto de calles más afligidas y miserables que las otras, con algunos focos rojos todavía encendidos, y con yermos salones de baile adornados con piltrafas de guirnaldas, donde las macilentas y gordas viudas de nadie, las bisabuelas francesas y las matriarcas babilónicas, continuaban esperando junto a las victrolas. Aureliano no encontró quien recordara a su familia, ni siquiera al coronel Aureliano Buendía, salvo el más antiguo de los negros antillanos, un anciano cuya cabeza algodonada le daba el aspecto de un negativo de fotografía, que seguía cantando en el pórtico de la casa los salmos lúgubres del atardecer. Aureliano conversaba con él en el enrevesado papiamento que aprendió en pocas semanas, y a veces compartía el caldo de cabezas de gallo que preparaba la bisnieta, una negra grande, de huesos sólidos, caderas de yegua y tetas de melones vivos, y una cabeza redonda, perfecta, acorazada por un duro capacete de pelos de alambre, que parecía el almófar de un guerrero medieval. Se llamaba Nigromanta. Por esa época, Aureliano vivía de vender cubiertos, palmatorias y otros chécheres de la casa. Cuando andaba sin un céntimo, que era lo más frecuente, conseguía que en las fondas del mercado le regalaran las cabezas de gallo que iban a tirar en la basura, y se las llevaba a Nigromanta para que le hiciera sus sopas aumentadas con verdolaga y perfumadas con hierbabuena. Al morir el bisabuelo, Aureliano dejó de frecuentar la casa, pero se encontraba a Nigromanta baje los oscuros almendros de la plaza, cautivando con sus silbos de animal montuno a los escasos trasnochadores. Muchas veces la acompañó, hablando en papiamento de las sopas de cabezas de gallo y otras exquisiteces de la miseria, y hubiera seguido haciéndolo si ella no lo hubiera hecho caer en la cuenta de que su compañía le ahuyentaba la clientela. Aunque algunas veces sintió la tentación, y aunque a la propia Nigromanta le hubiera parecido una culminación natural de la nostalgia compartida, no se acostaba con ella. De modo que Aureliano seguía siendo virgen cuando Amaranta Úrsula regresó a Macondo y le dio un abrazo fraternal que lo dejó sin aliento.<br />Cada vez que la veía, y peor aún cuando ella le enseñaba los bailes de moda, él sentía el mismo desamparo de esponjas en los huesos que turbó a su tatarabuelo cuando Pilar Ternera le puso pretextes de barajas en el granero. Tratando de sofocar el tormento, se sumergió más a fondo en los pergaminos y eludió los halagos inocentes de aquella tía que emponzoñaba sus noches con efluvios de tribulación, pero mientras más la evitaba, con más ansiedad esperaba su risa pedregosa, sus aullidos de gata feliz y sus canciones de gratitud, agonizando de amor a cualquier hora y en los lugares menos pensados de la casa. Una noche, a diez metros de su cama, en el mesón de platería, los espesos del vientre desquiciado desbarataron la vidriera y terminaren amándose en un charco de ácido muriático. Aureliano no sólo no pudo dormir un minuto, sino que pasó el día siguiente con calentura, sollozando de rabia. Se le hizo eterna la llegada de la primera noche en que esperó a Nigromanta a la sombra de los almendros, atravesado por las agujas de hielo de la incertidumbre, y apretando en el puño el peso con cincuenta centavos que le había pedido a Amaranta Úrsula, no tanto porque los necesitara, como para complicarla, envilecería y prostituiría de algún modo con su aventura. Nigromanta lo llevó a su cuarto alumbrado con veladoras de superchería, a su cama de tijeras con el lienzo percudido de malos amores, y su cuerpo de perra brava, empedernida, desalmada, que se preparó para despacharía como si fuera un niño asustado, y se encontró de pronto con un hombre cuyo poder tremendo exigió a sus en-trañas un movimiento de reacomodación sísmica.<br />Se hicieron amantes. Aureliano ocupaba la mañana en descifrar pergaminos, y a la hora de la siesta iba al dormitorio soporífero donde Nigromanta lo esperaba para enseñarle a hacer primero como las lombrices, luego come los caracoles y por último como los cangrejos, hasta que tenía que abandonarlo para acechar amores extraviados. Pasaron varias semanas antes de que Aureliano descubriera que ella tenía alrededor de la cintura un cintillo que parecía hecho con una cuerda de violoncelo, pero que era duro como el acero y carecía de remate, porque había nacido y crecido con ella. Casi siempre, entre amor y amor, comían desnudos en la cama, en el calor alucinante y baje las estrellas diurnas que el óxido iba haciendo despuntar en el techo de cinc.<br />Era la primera vez que Nigromanta tenía un hombre fijo, un machucante de planta, como ella misma decía muerta de risa, y hasta empezaba a hacerse ilusiones de corazón cuando Aureliano le confió su pasión reprimida por Amaranta Úrsula, que no había conseguido remediar con la sustitución, sino que le iba torciendo cada vez más las entrañas a medida que la experiencia ensanchaba el horizonte del amor. Entonces Nigromanta siguió recibiéndolo con el mismo calor de siempre, pero se hizo pagar los servicios con tanto rigor, que cuando Aureliano no tenía dinero se los cargaba en la cuenta que no llevaba con números sine con rayitas que iba trazando con la uña del pulgar detrás de la puerta. Al anochecer, mientras ella se quedaba barloventeando en las sombras de la plaza, Aureliano pasaba por el corredor como un extraño, saludando apenas a Amaranta Úrsula y a Gastón que de ordinario cenaban a esa hora, y volvía a encerrarse en el cuarto, sin poder leer ni escribir, ni siquiera pensar, por la ansiedad que le provocaban las risas, los cuchichees, los retozos preliminares, y luego las explosiones de felicidad agónica que colmaban las noches de la casa. Ésa era su vida dos años antes de que Gastón empezara a esperar el aeroplano, y seguía siendo igual la tarde en que fue a la librería del sabio catalán y encontró a cuatro muchachos despotricadores, encarnizados en una discusión sobre los métodos de matar cucarachas en la Edad Media. El viejo librero, conociendo la afición de Aureliano por libros que sólo había leído Beda el Venerable, lo instó con una cierta malignidad paternal a que terciara en la controversia, y él ni siquiera tomó aliento para explicar que las cucarachas, el insecto alado más antiguo sobre la tierra, era ya la víctima favorita de les chancletazos en el Antiguo Testamento, pero que come especie era definitivamente refractaria a cualquier método de exterminio, desde las rebanadas de tomate con bórax hasta la harina con azúcar, pues sus mil seiscientas tres variedades habían resistido a la más remota, tenaz y despiadada persecución que el hombre había desatado desde sus orígenes contra ser viviente alguno, inclusive el propio hombre, hasta el extremo de que así como se atribuía al género humano un instinto de reproducción, debía atribuírsele otro más definido y apremiante, que era el instinto de matar cucarachas, y que si éstas habían logrado escapar a la ferocidad humana era porque se habían refugiado en las tinieblas, donde se hicieron invulnerables por el miedo congénito del hombre a la oscuridad, pero en cambio se volvieron susceptibles al esplendor del mediodía, de modo que ya en la Edad Media, en la actualidad y por los siglos de los siglos, el único método eficaz para matar cucarachas era el deslumbramiento solar.<br />Aquel fatalismo enciclopédico fue el principio de una gran amistad. Aureliano siguió reuniéndose todas las tardes con los cuatro discutidores, que se llamaban Alvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, los primeros y últimos amigos que tuvo en la vida. Para un hombre como él, encastillado en la realidad escrita, aquellas sesiones tormentosas que empezaban en la librería a las seis de la tarde y terminaban en los burdeles al amanecer, fueron una revelación. No se le había ocurrido pensar hasta entonces que la literatura fuera el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente, como lo demostró Álvaro en una noche de parranda. Había de transcurrir algún tiempo antes de que Aureliano se diera cuenta de que tanta arbitrariedad tenía erigen en el ejemplo del sabio catalán, para quien la sabiduría no valía la pena si no era posible servirse de ella para inventar una manera nueva de preparar los garbanzos.<br />La tarde en que Aureliano sentó cátedra sobre las cucarachas, la discusión terminó en la casa de las muchachitas que se acostaban por hambre, un burdel de mentiras en los arrabales de Macondo. La propietaria era una mamasanta sonriente, atormentada por la manía de abrir y cerrar puertas. Su eterna sonrisa parecía provocada por la credulidad de los clientes, que admitían como algo cierto un establecimiento que no existía sino en la imaginación, porque allí hasta las cosas tangibles eran irreales: los muebles que se desarmaban al sentarse, la victrola destripada en cuyo interior había una gallina incubando, el jardín de flores de papel, los almanaques de años anteriores a la llegada de la compañía bananera, los cuadros con litografías recortadas de revistas que nunca se editaron. Hasta las putitas tímidas que acudían del vecindario cuando la propietaria les avisaba que habían llegado clientes, eran una pura invención.<br />Aparecían sin saludar, con los trajecitos floreados de cuando tenían cinco años menos, y se los quitaban con la misma inocencia con que se los habían puesto, y en el paroxismo del amor exclamaban asombradas qué barbaridad, mira cómo se está cayendo ese techo, y tan pronto como recibían su peso con cincuenta centavos se lo gastaban en un pan y un pedazo de queso que les vendía la propietaria, más risueña que nunca, porque solamente ella sabía que tampoco esa comida era verdad. Aureliano, cuyo mundo de entonces empezaba en los pergaminos de Melquíades y terminaba en la cama de Nigromanta encontró en el burdelito imaginario una cura de burro para la timidez. Al principio no lograba llegar a ninguna parte, en unos cuartos donde la dueña entraba en los mejores momentos del amor y hacía toda clase de comentarios sobre los encantos íntimos de los protagonistas. Pero con el tiempo llegó a familiarizarse tanto con aquellos percances del mundo, que una noche más desquiciada que las otras se desnudó en la salita de recibo y recorrió la casa llevando en equilibrio una botella de cerveza sobre su masculinidad in-concebible.<br />Fue él quien puso de moda las extravagancias que la propietaria celebraba con su sonrisa eterna, sin protestar, sin creer en ellas, lo mismo cuando Germán trató de incendiar la casa para demostrar que no existía, que cuando Alfonso le torció el pescuezo al loro y le echó en la olla donde empezaba a hervir el sancoche de gallina.<br />Aunque Aureliano se sentía vinculado a los cuatro amigos por un mismo cariñe y una misma solidaridad, hasta el punto de que pensaba en ellos como si fueran uno solo, estaba más cerca de Gabriel que de los otros. El vínculo nació la noche en que él habló casualmente del coronel Aureliano Buendía, y Gabriel fue el único que no creyó que se estuviera burlando de alguien.<br />Hasta la dueña, que no solía intervenir en las conversaciones, discutió con una rabiosa pasión de comadrona que el coronel Aureliano Buendía, de quien en efecto había oído hablar alguna vez, era un personaje inventado por el gobierne como un pretexto para matar liberales. Gabriel, en cambio, no ponía en duda la realidad del coronel Aureliano Buendía, porque había sido compañero de armas y amigo inseparable de su bisabuelo, el coronel Gerineldo Márquez. Aquellas veleidades de la memoria eran todavía más críticas cuando se hablaba de la matanza de los trabajadores.<br />Cada vez que Aureliano tocaba el punto, no sólo la propietaria, sino algunas personas mayores que ella, repudiaban la patraña de los trabajadores acorralados en la estación, y del tren de doscientos vagones cargados de muertos, e inclusive se obstinaban en lo que después de todo había quedado establecido en expedientes judiciales y en los textos de la escuela primaria: que la compañía bananera no había existido nunca. De modo que Aureliano y Gabriel estaban vinculados por una especie de complicidad, fundada en hechos reales en los que nadie creía, y que habían afectado sus vidas hasta el punto de que ambos se encontraban a la deriva en la resaca de un mundo acabado, del cual sólo quedaba la nostalgia. Gabriel dormía donde lo sorprendiera la hora.<br />Aureliano lo acomodó varias veces en el taller de platería, pero se pasaba las noches en vela, perturbado por el trasiego de los muertos que andaban basta el amanecer por los dormitorios.<br />Más tarde se lo encomendó a Nigromanta, quien lo llevaba a su cuartito multitudinario cuando estaba libre, y le anotaba las cuentas con rayitas verticales detrás de la puerta, en los pocos espacios disponibles que habían dejado las deudas de Aureliano.<br />A pesar de su vida desordenada, todo el grupo trataba de hacer algo perdurable, a instancias del sabio catalán. Era él, con su experiencia de antiguo profesor de letras clásicas y su depósito de libros raros, quien los había puesto en condiciones de pasar una noche entera buscando la trigésimo séptima situación dramática, en un pueblo donde ya nadie tenía interés ni posibilidades de ir más allá de la escuela primaria. Fascinado por el descubrimiento de la amistad, aturdido por los hechizos de un mundo que le había sido vedado por la mezquindad de Fernanda, Aureliano abandonó el escrutinio de los pergaminos, precisamente cuando empezaban a revelársele como predicciones en versos cifrados. Pero la comprobación posterior de que el tiempo alcanzaba para todo sin que fuera necesario renunciar a los burdeles, le dio ánimos para volver al cuarto de Melquíades, decidido a no flaquear en su empeño hasta descubrir las últimas claves. Eso fue por los días en que Gastón empezaba a esperar el aeroplano, y Amaranta Úrsula se encontraba tan sola, que una mañana apareció en el cuarto.<br />-Hola, antropófago -le dijo-. Otra vez en la cueva.<br />Era irresistible, con su vestido inventado, y uno de los largos collares de vértebras de sábalo, que ella misma fabricaba. Había desistido del sedal, convencida de la fidelidad del marido, y por primera vez desde el regreso parecía disponer de un rato de ocio. Aureliano no hubiera tenido necesidad de verla para saber que había llegado. Ella se acodó en la mesa de trabajo, tan cercana e inerme que Aureliano percibió el hondo rumor de sus huesos, y se interesó en los pergaminos.<br />Tratando de sobreponerse a la turbación, él atrapó la voz que se le fugaba, la vida que se le iba, la memoria que se le convertía en un pólipo petrificado, y le habló del destino levítico del sánscrito, de la posibilidad científica de ver el futuro transparentado en el tiempo como se ve a contraluz lo escrito en el reverso de un papel, de la necesidad de cifrar las predicciones para que no se derrotaran a sí mismas, y de las Centurias de Nostradamus y de la destrucción de Cantabria anunciada por San Millán. De pronto, sin interrumpir la plática, movido por un impulso que dormía en él desde sus orígenes, Aureliano puso su mano sobre la de ella, creyendo que aquella decisión final ponía término a la zozobra. Sin embargo, ella le agarró el índice con la inocencia cariñosa con que lo hizo muchas veces en la infancia, y lo tuvo agarrado mientras él seguía contestando sus preguntas. Permanecieron así, vinculados por un índice de hielo que no transmitía nada en ningún sentido, hasta que ella despertó de su sueño momentáneo y se dio una palmada en la frente. «¡Las hormigas!», exclamó. Y entonces se olvidó de los manuscritos, llegó hasta la puerta con un paso de baile, y desde allí le mandó a Aureliano con la punta de los dedos el mismo beso con que se despidió de su padre la tarde en que la mandaron a Bruselas.<br />-Después me explicas -dijo-. Se me había olvidado que hoy es día de echar cal en los huecos de las hormigas.<br />Siguió yendo al cuarto ocasionalmente, cuando tenía algo que hacer por esos lados, y permanecía allí breves minutos, mientras su marido continuaba escrutando el cielo. Ilusionado con aquel cambio, Aureliano se quedaba entonces a comer en familia, como no lo hacía desde los primeros meses del regrese de Amaranta Úrsula. A Gastón le agradó. En las conversaciones de sobremesa, que solían prolongarse por más de una hora, se dolía de que sus socios le estuvieran engañando. Le habían anunciado el embarque del aeroplano en un buque que no llegaba, y aunque sus agentes marítimos insistían en que no llegaría nunca porque no figuraba en las listas de les barcos del Caribe, sus socios se obstinaban en que el despacho era correcto, y hasta insinuaban la posibilidad de que Gastón les mintiera en sus cartas. La correspondencia alcanzó tal grado de suspicacia recíproca, que Gastón optó por no volver a escribir, y empezó a sugerir la posibilidad de un viaje rápido a Bruselas, para aclarar las cosas, y regresar con el aeroplano. Sin embargo, el proyecto se desvaneció tan pronto como Amaranta Úrsula reiteró su decisión de no moverse de Macondo aunque se quedara sin marido. En los primeros tiempos, Aureliano compartió la idea generalizada de que Gastón era un tonto en velocípedo, y eso le suscitó un vago sentimiento de piedad. Más tarde, cuando obtuvo en los burdeles una información más profunda sobre la naturaleza de los hombres, pensó que la mansedumbre de Gastón tenía origen en la pasión desmandada. Pero cuando lo conoció mejor, y se dio cuenta de que su verdadero carácter estaba en contradicción con su conducta sumisa, concibió la maliciosa sospecha de que hasta la espera del aeroplano era una farsa. Entonces pensó que Gastón no era tan tonto como lo aparentaba, sino al contrario, un hombre de una constancia, una habilidad y una paciencia infinitas, que se había propuesto vencer a la esposa por el cansancio de la eterna complacencia, del nunca decirle que no, del simular una conformidad sin límites, dejándola enredarse en su propia telaraña, hasta el día en que no pudiera soportar más el tedio de las ilusiones al alcance de la mano, y ella misma hiciera las maletas para volver a Europa. La antigua piedad de Aureliano se transformó en una animadversión virulenta. Le pareció tan perverso el sistema de Gastón, pero al mismo tiempo tan eficaz, que se atrevió a prevenir a Amaranta Úrsula. Sin embargo, ella se burló de su suspicacia, sin vislumbrar siquiera la desgarradora carga de amor, de incertidumbre y de celos que llevaba dentro. No se le había ocurrido pensar que suscitaba en Aureliano algo más que un afecto fraternal, hasta que se pinchó un dedo tratando de destapar una lata de melocotones, y él se precipitó a chuparle la sangre con una avidez y una devoción que le erizaron la piel.<br />-¡Aureliano! -rió ella, inquieta-. Eres demasiado malicioso para ser un buen murciélago.<br />Entonces Aureliano se desbordó. Dándole besitos huérfanos en el cuenco de la mano herida, abrió los pasadizos más recónditos de su corazón, y se sacó una tripa interminable y macerada, el terrible animal parasitario que había incubado en el martirio. Le contó cómo se levantaba a medianoche para llorar de desamparo y de rabia en la ropa íntima que ella dejaba secando en el baño. Le contó con cuánta ansiedad le pedía a Nigromanta que chillara como una gata, y sollozara en su oído gastón gastón gastón, y con cuánta astucia saqueaba sus frascos de perfume para encontrarles en el cuello de las muchachitas que se acostaban por hambre. Espantada con la pasión de aquel desahogo, Amaranta Úrsula fue cerrando los dedos, contrayéndolos come un molusco, hasta que su mano herida, liberada de todo dolor y todo vestigio de misericordia, se convirtió en un nudo de esmeraldas y topacios, y huesos pétreos e insensibles.<br />-¡Bruto! -dijo, como si estuviera escupiendo-. Me voy a Bélgica en el primer barco que salga.<br />Álvaro había llegado una de esas tardes a la librería del sabio catalán, pregonando a voz en cuello su último hallazgo: un burdel zoológico. Se llamaba El Niño de Oro, y era un inmenso salón al aire libre, por donde se paseaban a voluntad no menos de doscientos alcaravanes que daban la hora con un cacareo ensordecedor. En los corrales de alambre que rodeaban la pista de baile, y entre grandes camelias amazónicas, había garzas de colores, caimanes cebados como cerdos, serpientes de doce cascabeles, y una tortuga de concha dorada que se zambullía en un minúsculo océano artificial. Había un perrazo blanco, manso y pederasta, que sin embargo prestaba servicios de padrote para que le dieran de comer. El aire tenía una densidad ingenua, como si lo acabaran de inventar, y las bellas mulatas que esperaban sin esperanza entre pétalos sangrientos y discos pasados de moda, conocían oficios de amor que el hombre había dejado olvidados en el paraíso terrenal. La primera noche en que el grupo visitó aquel invernadero de ilusiones, la espléndida y taciturna anciana que vigilaba el ingreso en un mecedor de bejuco, sintió que el tiempo regresaba a sus manantiales primarios, cuando entre los cinco que llegaban descubrió un hombre óseo, cetrino, de pómulos tártaros, marcado para siempre y desde el principio del mundo por la viruela de la soledad.<br />-¡Ay -suspiró- Aureliano!<br />Estaba viendo otra vez al coronel Aureliano Buendía, como lo vio a la luz de una lámpara mucho antes de las guerras, mucho antes de la desolación de la gloria y el exilio del desencanto, la remota madrugada en que él fue a su dormitorio para impartir la primera orden de su vida: la orden de que le dieran amor. Era Pilar Ternera. Años antes, cuando cumplió los ciento cuarenta y cinco, había renunciado a la perniciosa costumbre de llevar las cuentas de su edad, y continuaba viviendo en el tiempo estático y marginal de los recuerdes, en un futuro perfectamente revelado y establecido, más allá de los futuros perturbados por las acechanzas y las suposiciones insidiosas de las barajas.<br />Desde aquella noche, Aureliano se había refugiado en la ternura y la comprensión compasiva de la tatarabuela ignorada. Sentada en el mecedor de bejuco, ella evocaba el pasado, reconstruía la grandeza y el infortunio de la familia y el arrasado esplendor de Macondo, mientras Álvaro asustaba a los caimanes con sus carcajadas de estrépito, y Alfonso inventaba la historia truculenta de los alcaravanes que les sacaron los ojos a picotazos a cuatro clientes que se portaron mal la semana anterior, y Gabriel estaba en el cuarto de la mulata pensativa que no cobraba el amor con dinero, sino con cartas para un novio contrabandista que estaba preso al otro lado del Orinoco, porque los guardias fronterizos lo habían purgado y lo habían sentado luego en una bacinilla que quedó llena de mierda con diamantes. Aquel burdel verdadero, con aquella dueña maternal, era el mundo con que Aureliano había soñado en su prolongado cautiverio. Se sentía tan bien, tan próximo al acompañamiento perfecto, que no pensó en otro refugio la tarde en que Amaranta Úrsula le desmigajó las ilusiones. Fue dispuesto a desahogarse con palabras, a que alguien le zafara los nudos que le oprimían el pecho, pero sólo consiguió soltarse en un llanto fluido y cálido y reparador, en el regazo de Pilar Ternera. Ella lo dejó terminar, rascándole la cabeza con la yema de los dedos, y sin que él le hubiera revelado que estaba llorando de amor ella reconoció de inmediato el llanto más antiguo de la historia del hombre.<br />-Bueno, niñito -lo consoló-: ahora dime quién es.<br />Cuando Aureliano se lo dijo, Pilar Ternera emitió una risa profunda, la antigua risa expansiva que había terminado por parecer un cucurrucuteo de palomas. No había ningún misterio en el corazón de un Buendía que fuera impenetrable para ella, porque un siglo de naipes y de experiencia le había enseñado que la historia de la familia era un engranaje de repeticiones irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del eje.<br />-No te preocupes -sonrió-, En cualquier lugar en que esté ahora, ella te está esperando.<br />Eran las cuatro y media de la tarde, cuando Amaranta Úrsula salió del baño. Aureliano la vio pasar frente a su cuarto, con una bata de pliegues tenues y una toalla enrollada en la cabeza como un turbante. La siguió casi en puntillas, tambaleándose de la borrachera y entró al dormitorio nupcial en el momento en que ella se abrió la bata y se la volvió a cerrar espantada.<br />Hizo una señal silenciosa hacia el cuarto contiguo, cuya puerta estaba entreabierta, y donde Aureliano sabia que Gastón empezaba a escribir una carta.<br />-Vete -dijo sin voz.<br />Aureliano sonrió, la levantó por la cintura con las des manos, como una maceta de begonias, y la tiró boca arriba en la cama. De un tirón brutal, la despojó de la túnica de baño antes de que ella tuviera tiempo de impedirlo, y se asomó al abismo de una desnudez recién lavada que no tenía un matiz de la piel, ni una veta de vellos, ni un lunar recóndito que él no hubiera imaginado en las tinieblas de otros cuartos. Amaranta Úrsula se defendía sinceramente, con astucias de hembra sabia, comadrejeando el escurridizo y flexible y fragante cuerpo de comadreja, mientras trataba de destroncarle los riñones con las rodillas y le alacraneaba la cara con las uñas, pero sin que él ni ella emitieran un suspiro que no pudiera confundirse con la respiración de alguien que contemplara el parsimonioso crepúsculo de abril por la ventana abierta. Era una lucha feroz, una batalla a muerte, que, sin embargo, parecía desprovista de toda violencia, porque estaba hecha de agresiones distorsionadas y evasivas espectrales, lentas, cautelosas, solemnes, de modo que entre una y otra había tiempo para que volvieran a florecer las petunias y Gastón olvidara sus sueños de aeronauta en el cuarto vecino, como si fueran des amantes enemigos tratando de reconciliarse en el fondo de un estanque diáfano. En el fragor del encarnizado y ceremonioso forcejeo, Amaranta Úrsula comprendió que la meticulosidad de su silencio era tan irracional, que habría podido despertar las sospechas del marido contiguo, mucho más que los estrépitos de guerra que trataban de evitar. Entonces empezó a reír con los labios apretados, sin renunciar a la lucha, pero defendiéndose con mordiscos falsos y descomadrejeando el cuerpo poco a poco, hasta que ambos tuvieron conciencia de ser al mismo tiempo adversarios y cómplices, y la brega degeneró en un retozo convencional y las agresiones se volvieron caricias. De pronto, casi jugando, como una travesura más, Amaranta Úrsula descuidó la defensa, y cuando trató de reaccionar, asustada de lo que ella misma había hecho posible, ya era demasiado tarde. Una conmoción descomunal la inmovilizó en su centre de gravedad, la sembró en su sitie, y su voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los silbos anaranjados y les globos invisibles que la esperaban al otro lado de la muerte. Apenas tuve tiempo de estirar la mano y buscar a ciegas la toalla, y meterse una mordaza entre los dientes, para que no se le salieran los chillidos de gata que ya le estaban desgarrando las entrañas.]]></description>            <pubDate>Sat, 27 May 2006 14:55:07 +0100</pubDate>        </item>    </channel></rss>