lunes, 27 de febrero de 2006

Odisea de Homero- 13

Me voy a acostar como antes, cuando dormía noches insomnes, pues ya he descansado muchas noches en lecho miserable aguardando a Eos, de hermoso trono. Tampoco son agradables a mi ánimo los baños de pies; ninguna mujer tocará mi pie de las que te son servidoras en el palacio, si no hay alguna muy anciana y de sentimientos fieles que haya soportado en su ánimo tantas cosas como yo. A ésa no le impediría tocar mis pies.» Y se dirigió a él la prudente Penélope: «Huésped, amigo, pues jamás ha Ilegado a mi casa ningún hombre tan sensato de entre los huéspedes de lejanas tierras; con qué sabiduría dices todo, con qué discreción. Tengo una anciana que alberga en su mente decisiones discretas, la que alimentó y crió a aquel desdichado recibiéndolo en sus brazos cuando lo parió su madre. ésta te lavará los pies, aunque está muy débil. Conque, vamos, levántate enseguida, prudente Euriclea, y lava al compañero en edad de tu soberano. También estarán así los pies y manos de Odiseo, pues los mortales envejecen enseguida en medio de la desgracia.» Así dijo; la anciana se ocultaba con las manos el rostro y derramaba calientes lágrimas, y dijo lastimera palabra: «¡Ay, hijo mío, que no tenga yo remedios para ti...! Con tener el ánimo temeroso de los dioses, Zeus to ha odiado más que a los demás hombres, que jamás mortal alguno quemó tantos pingües muslos para Zeus, el que se alegra con el rayo, ni excelentes hecatombes como tú le has ofrecido con la súplica de poder llegar a una ancianidad feliz y poder alimentar a un hijo ilustre. En cambio sólo a ti to ha privado del brillante día del regreso. Tal vez se burlen también así de aquél las esclavas de hospedadores de lejanas tierras cuando llegue al magnífico palacio de alguno, como se burlan de ti todas estas perras a las que no permites que te laven para evitar el escarnio y numerosos oprobios. A mí, sin embargo, me lo ordena la hija de Icario, la prudente Penélope, aunque no contra mi voluntad. Por esto te lavaré los pies, por la propia Penélope y a la vez por ti mismo, pues se me conmueve dentro el ánimo con tus penas. Pero, vamos, atiende ahora a una palabra que to voy a decir: muchos forasteros infortunados han venido aquí, pero creo que jamás he visto a ninguno tan parecido a Odiseo en el cuerpo, voz y pies, como tú.» Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo: «Anciana, así dicen cuantos nos han visto con sus ojos, que somos parecidos el uno al otro, como tú misma dices dándote cuenta.» Así dijo; la anciana tomó un caldero reluciente y le lavaba los pies; echó mucha agua fría y sobre ella derramó caliente. Entonces Odiseo se sentó junto al hogar y se volvió rápidamente hacia la oscuridad, pues sospechó enseguida que ésta, al cogerlo, podría reconocer la cicatriz y sus planes se harían manifiestos. La anciana se acercó a su soberano y lo lavaba. Y enseguida reconoció la cicatriz que en otro tiempo le hiciera un jabalí con su blanco colmillo cuando fue al Parnaso en compañía de Autólico y sus hijos, el padre ilustre de su madre, que sobresalía entre los hombres por el hurto y el juramento. Se lo había concedido el dios Hermes, pues en su honor quemaba muslos de corderos y cabritos en agradecimiento y éste le asistía benévolo. Cuando Autólico fue a la opulenta población de Itaca, se encontró a un hijo recién nacido de su hija. Euriclea lo puso sobre sus rodillas cuando había terminado de cenar y le habló y llamó por su nombre: «Autólico busca tú mismo un nombre para el hijo de tu hija, pues muy deseado es para ti.» Y a su vez respondió Autólico y dijo: «Yerno e hija mía, ponedle el nombre que voy a decir. Ya que he llegado hasta aquí enfadado con muchos hombres y mujeres a través de la fértil tierra, que su nombre epónimo sea Odiseo. Y cuando en la plenitud de la juventud llegue a la gran casa materna, al Parnaso donde tengo las riquezas, yo le daré de ellas y lo despediré contento.» Por esto había marchado Odiseo, para que le diera espléndidos regalos. Autólico y los hijos de Autólico le acogieron cariñosamente con las manos y con dulces palabras. Y la madre de su madre, Anfitea, abrazó a Odiseo y le besó la cabeza y hermosos ojos. Autólico ordenó a sus gloriosos hijos que dispusieran la comida y éstos escucharon al que se lo mandaba. Enseguida llevaron un toro de cinco años, lo desollaron, prepararon y dividieron todo; lo partieron habilidosamente, lo clavaron en asadores y después de asarlo cuidadosamente distribuyeron los panes. Así que comieron durante todo el día, hasta que se puso el sol, y nadie carecía de un bien distribuido alimento. Y cuando el sol se puso y cayó la noche, se acostaron y recibieron el don del sueño. Tan pronto como se mostró Eos, la hija de la mañana, la de dedos de rosa; salieron de cacería los perros y los mismos hijos de Autólico, y entre ellos iba el divino Odiseo. Ascendieron al elevado monte Parnaso, vestido de selva, y enseguida llegaron a los ventosos valles. El sol caía sobre los campos cultivados recién salido de las plácidas y profundas corrientes de Océano, cuando llegaron los cazadores a un valle. Delante de ellos iban los perros buscando las huellas y detrás los hijos de Autólico, y entre ellos marchaba el divino Odiseo blandiendo, cerca de los perros, su lanza de larga sombra. Un enorme jabalí estaba tumbado en una densa espesura a la que no atravesaba el húmedo soplo de los vientos al agitarse ni golpeaba con sus rayos el resplandeciente Helios ni penetraba la lluvia por completo ¡tan densa era!, y una gran alfombra de hojas la cubría. Llegó al jabalí el ruido de los pies de hombres y perros cuando marchaban cazando y desde la espesura, erizada la crin y briIlando fuego sus ojos, se detuvo frente a ellos. Odiseo fue el primero en acometerlo, levantando la lanza de larga sombra con su robusta mano deseando herirlo. El jabalí se le adélantó y le atacó sobre la rodilla y, lanzándose oblicuamente, desgarró con el colmillo mucha carne, pero no llegó al hueso del mortal. En cambio Odiseo le hirió alcanzándole en la paletilla derecha y la punta de la resplandeciente lanza lo atravesó de parte a parte y cayó en el polvo dando chillidos, y escapó volando su ánimo. Enseguida le rodearon los hijos de Autólico, vendaron sabiamente la herida del irreprochable Odiseo semejante a un dios y con un conjuro retuvieron la negra sangre. Pronto llegaron a casa de su padre y Autólico y los hijos de Autólico lo curaron bien, le dieron espléndidos regalos y, alegres, lo enviaron contento a su patria Itaca. Su padre y venerable madre se alegraron al verlo volver y le preguntaban detalladamente por la cicatriz, qué le había pasado. Y él les contó con detalle cómo mientras cazaba, le había herido un jabalí con su blanco colmillo al marchar al Parnaso con los hijos de Autólico. La anciana tomó entre las palmas de sus manos esta cicatriz y la reconoció después de examinarla. Soltó el pie para que se le cayera y la pierna cayó en el caldero. Resonó el bronce, inclinóse él hacia atrás, hacia el lado opuesto, y el agua se derramó por el suelo. El gozo y el dolor invadieron al mismo tiempo el corazón de la anciana y sus dos ojos se llenaron de lágrimas, y su floreciente voz se le pegaba. Asió de la barba a Odiseo y dijo: «Sin duda eres Odiseo, hijo mío: no te había reconocido antes de ahora, hasta tocar a todo mi señor.» Así dijo e hizo señas a Penélope con los ojos queriendo indicar que su esposo estaba dentro. Pero ésta no pudo verla, aunque estaba enfrente, ni comprenderla, pues Atenea le había distraído la atención. Entonces Odiseo acercó sus manos, la asió de la garganta con la derecha y con la otra la atrajo hacia sí diciendo: «Nodriza, ¿por qué quieres perderme? Tú misma me criaste sobre tus pechos. Ya he llegado a la tierra patria tras sufrir muchas penalidades, a los veinte años. Pero ya que te has dado cuenta y un dios lo ha puesto en tu interior, calla, no vaya a ser que se dé cuenta algún otro en el palacio; porque te voy a decir esto y ciertamente se va a cumplir: si con la ayuda de un dios hiciese sucumbir a los ilustres pretendientes, no te perdonaré ni a ti, con ser mi nodriza, cuando mate a las otras esclavas en mi palacio.» Y le contestó la prudente Euriclea: «Hijo mío, ¡qué palabra ha escapado del cerco de tus dientes! Sabes que mi ánimo es firme y no domable; me mantendré como una sólida piedra o como el hierro. Te voy a decir otra cosa que has de poner en tu interior: si por tu causa un dios hace sucumbir a los ilustres pretendientes, entonces te hablaré minuciosamenre respecto a las mujeres del palacio, quiénes te deshonran y quiénes son inocentes.» Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo: «Nodriza, ¿por qué me las vas a señalar tú? Yo mismo las observaré y conoceré a cada una, pero mantén en silencio tus palabras y confía en los dioses.» Así dijo, y la anciana marchó a través del mégaron para traer agua de lavar los pies, pues la primera se había derramado toda. Y después que lo lavó y ungió con espeso aceite, de nuevo arrastró Odiseo la silla cerca del fuego para calentarse, y ocultó la cicatriz con los andrajos. Y la prudente Penélope comenzó a hablar entre ellos: «Forastero, sólo esto te voy a preguntar, poco más, que va a ser pronto la hora de dormir para aquel de quien el sueño se apodere dulcemente, aun estando afligido. A mí me ha dado un dios una pena inmensa, pues durante el día, aunque me lamente y gima, me complace atender a mis labores y las de las esclavas en el palacio, pero luego que llega la noche y el sueño las invade a todas, yazco en el lecho mientras agudas angustias inquietan sin cesar mi agitado corazón. Como cuando la hija de Pandáreo, el amarillo Aedón, canta hermosamente recién entrada la primavera sobre el tupido follaje de los árboles cambia a menudo de tono y vierte su voz de múltiples ecos llorando a su hijo Itilo, hijo del rey Zeto, a quien en otro tiempo mató con el bronce sin darse cuenta, así también mi ánimo vacila entre permanecer junto a mi hijo y guardar todo intacto, mis bienes y esclavas y la casa grande de elevada techumbre, por vergüenza al lecho conyugal y a las habladurías del pueblo, o seguir a aquel de los aqueos que sea el mejor y me pretenda en el palacio entregándome innumerables presentes de boda. Porque mientras mi hijo era todavía pequeño e irreflexivo no me permitía casarme y abandonar la casa de mi esposo, pero ahora que es mayor y ha llegado al límite de la edad juvenil, incluso desea que me marche del palacio, indignado por los bienes que le comen los aqueos. «Conque, vamos, interprétame este sueño, escucha: veinte gansos comían en mi casa trigo remojado con agua y yo me alegraba contemplándolos, pero vino desde el monte una gran águila de corvo pico y a todos les rompió el cuello y los mató, y ellos quedaron esparcidos por el palacio, todos juntos, mientras el águila ascendía hacia el divino éter. Yo lloraba a gritos, aunque era un sueño, y se reunieron en torno a mí las aqueas de lindas trenzas, mientras me lamentaba quejumbrosamente de que el águila me hubiera matado a los gansos. Entonces volvió ésta y se posó sobre la parte superior del palacio y, llamando con voz humana, dijo: "Cobra ánimos, hija del muy celebrado Icario, que no es un sueño, sino visión real y feliz que habrá de cumplirse. Los gansos son los pretendientes y yo antes era el águila, pero ahora he regresado como esposo tuyo, yo que voy a dar a todos los pretendientes un destino ignominioso." Así dijo y luego me abandonó el dulce sueño. Cuando miré en derredor vi a los gansos en el palacio comiendo trigo junto a la gamella en el mismo sitio de costumbre.» Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo: «Mujer, no es posible en modo alguno interpretar el sueño dándole otra intención, después que el mismo Odiseo te ha manifestado cómo lo va a llevar a cabo. Clara parece la muerte para los pretendientes, para todos en verdad; ninguno escapará a la muerte y a las Keres.» Y le contestó la prudente Penélope: «Forastero, sin duda se producen sueños inescrutables y de oscuro lenguaje y no todos se cumplen para los hombres. Porque dos son las puertas de los débiles sueños: una construida con cuerno, la otra con marfil. De éstos, unos llegan a través del bruñido marfil, los que engañan portando palabras irrealizables; otros llegan a través de la puerta de pulimentados cuernos, los que anuncian cosas verdaderas cuando llega a verlos uno de los mortales. Y creo que a mí no me ha llegado de aquí el terrible sueño, por grato que fuera para mí y para mi hijo. «Te voy a decir otra cosa que has de poner en tu interior: esta aurora llegará infausta, pues me va a alejar de la casa de Odiseo. Voy a establecer un certamen, las hachas de combate que aquél colocaba en línea recta como si fueran escoras, doce en total. él se colocaba muy lejos y hacía pasar el dardo una y otra vez a través de ellas. Ahora voy a establecer este certamen para los pretendientes y el que más fácilmente tienda el arco entre sus manos y haga pasar una flecha por todas las doce hachas, a ése seguiré inmediatamente dejando esta casa legítima, muy hermosa, llena de riquezas. Creo que algún día me acordaré de ella incluso en sueños.» Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo: «Mujer venerable de Odiseo Laertíada, no difieras por más tiempo ese certamen en tu casa, pues el muy astuto Odiseo llegará antes de que ellos toquen ese pulido arco, tiendan la cuerda y atraviesen el hierro con la flecha.» Y le dijo a su vez la prudente Penélope: «Si quisieras deleitarme, forastero, sentado junto a mí en la sala, no se me vertería el sueño sobre los párpados, pero no es posible que los hombres estén siempre sin dormir, que los inmortales han establecido una porción para cada uno de los mortales sobre la fértil tierra. Así que subiré al piso de arriba y me acostaré en el funesto lecho, siempre regado por mis lágrimas desde que Odiseo marchó a la maldita Ilión que no hay que nombrar. Allí me acostaré; tú acuéstate en esta estancia extendiendo algo por el suelo, o que te pongan una cama.» Así diciendo, subió al resplandeciente piso superior; mas no sola, que con ella marchaban también las otras esclavas. Y cuando hubo subido al piso superior con las esclavas, se puso a llorar a Odiseo, su esposo, hasta que la de ojos brillantes le infundió sueño sobre los párpados, Atenea.
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CANTO XX

LA ÚLTIMA CENA DE LOS PRETENDIENTES

Entonces el divino Odiseo comenzó a acostarse en el vestíbulo; extendió la piel no curtida de un buey y sobre ella muchas pieles de ovejas que habían sacrificado los aqueos, y Eurínome echó sobre él un manto cuando se hubo acostado.

Y mientras Odiseo yacía allí desvelado, meditando males en su interior contra los pretendientes, salieron del palacio riendo y chanceando unas con otras las mujeres que solían acostarse con éstos. El ánimo de Odiseo se conmovía dentro del pecho y lo meditaba en su mente y en su corazón si se lanzaría detrás y causaría la muerte a cada una, o si todavía las iba a dejar unirse por última y postrera vez con los orgullosos pretendientes. Y su corazón le ladraba dentro. Como la perra que camina alrededor de sus tiernos cachorrillos ladra a un hombre y se lanza a luchar con él si no lo conoce, así también le ladraba dentro el corazón indignado por las malas acciones. Y se golpeó el pecho y reprendió a su corazón con estas razones:

«¡Aguanta, corazón!, que ya en otra ocasión tuviste que soportar algo más desvergonzado, el día en que el Cíclope de furia incontenible comía a mis valerosos compañeros. Tú lo soportaste hasta que, cuandó creías morir, la astucia te sacó de la cueva.»

Así dijo increpando a su corazón y éste se mantuvo sufridor, pero él se revolvía aquí y allá. Como cuando un hombre revuelve sobre abundante fuego un vientre lleno de grasa y sangre, pues desea que se ase deprisa, así se revolvía él a uno y otro lado, meditando cómo pondría las manos sobre los desvergonzados pretendientes, siendo él solo contra muchos. Entonces Atenea bajó del cielo y se llegó a su lado semejante en su cuerpo a una mujer y colocándose sobre su cabeza le dijo esta palabra:

«¿Por qué estás desvelado todavía, desdichado, más que ningún mortal? Esta es tu casa y tu mujer está en ella y tu hijo es como cualquiera desearía que fuese su hijo.»

Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

«Sí, diosa, todo eso lo dices con razón, pero lo que medita mi espíritu dentro del pecho es cómo pondría mis manos sobre los desvergonzados pretendientes solo como estoy, mientras que ellos están siempre dentro en grupo. También medito esto dentro del pecho, lo más importante: si lograra matarlos por la voluntad de Zeus y de ti misma, ¿a dónde podría refugiarme? Esto es lo que te invito a considerar.»

Y a su vez le dijo la diosa de ojos brillantes, Atenea:

«Desdichado, cualquiera suele seguir el consejo de un compañero peor, aunque éste sea mortal y no conciba muchas ideas, pero yo soy una diosa, la que constantemente te protege en tus dificultades. Te voy a hablar claramente: aunque nos rodearan cincuenta compañías de hombres de voz articulada, deseosos de matar por causa de Ares, incluso a éstos podrías arrebatarles los bueyes y las pingües ovejas. Conque procura coger el sueño; es locura mantenerse en vela y vigilar durante toda la noche cuando ya vas a salir de tus desgracias.»,

Así diciendo, le vertió sueño sobre los párpados y se volvió al Olimpo la divina entre las diosas.

Cuando ya comenzaba a vencerlo el sueño, el que desata las preocupaciones del espíritu y afloja los miembros, despertó su fiel esposa y rompió a llorar sentada en el blando lecho. Y luego que se hubo saciado de llorar la divina entre las mujeres, suplicó en primer lugar a Artemis:

«Artemis, diosa soberana hija de Zeus, ¡ojalá me quitaras la vida ahora mismo arrojando a mi pecho una flecha, o que me arrebatara un huracán y me llevara sobre los brumosos caminos arrojándome en la desembocadura del refluente Océano como cuando los huracanes se llevaron a las hijas de Pandáreo!. Los dioses aniquilaron a sus padres y ellas quedaron huérfanas en el palacio, pero la divina Afrodita las alimentó con queso y dulce miel y con delicioso vino; Hera les otorgó una belleza y prudencia superior a todas las mujeres; la casta Artemis les concedió gran estatura, y Atenea les enseñó a realizar labores brillantes. Un día que Afrodita había subido al elevado Olimpo a fin de pedir para ellas el cumplimiento de un floreciente matrimonio a Zeus, que goza con el rayo (pues éste conoce todo, tanto la suerte como el infortunio de los mortales hombres), las Harpías arrebataron a las doncellas y se las entregaron a las odiosas Erinias para que fueran sus criadas. ¡Así me mataran los que poseen mansiones en el Olimpo, o me alcanzara con sus flechas Artemis, de lindas trenzas, para hundirme en la odiosa tierra y ver a Odiseo y no tener que satisfacer los designios de un hombre inferior a él! Que la desgracia es soportable cuando uno pasa los días llorando, acongojado en su corazón, si por la noche se apodera de él el sueño (pues éste hace olvidar lo bueno y lo malo cuando cubre los párpados), pero a mí la divinidad incluso me envía malos sueños, pues esta noche ha vuelto a dormir a mi lado un hombre igual a como era Odiseo cuando marchó con el ejército. Con que mi corazón se llenó de alegría, pues no creía que era un sueño, sino realidad.»

Así dijo, y enseguida llegó Eos, de trono de oro. Mientras aquélla lloraba, escuchó su voz el divino Odiseo y, meditando después, se le hacía que ella ya le había reconocido y puesto a su cabecera. Así que recogió el manto y las pieles en que se había acostado y las puso sobre una silla dentro del mégaron, pero la piel de buey se la llevó afuera. Y suplicó a Zeus, levantando sus manos:

«Zeus padre, si por vuestra voluntad me habéis traído a mi patria sobre lo seco y lo húmedo, después de llenarme de males en exceso, que cualquiera de los hombres que se despiertan dentro muestre un presagio, y que fuera se muestre otro prodigio de Zeus.»

Así dijo suplicando y le escuchó Zeus, el que ve a lo ancho. Al punto tronó desde el resplandeciente Olimpo, desde lo alto de las nubes, y se alegró el divino Odiseo. El presagio lo envió una molinera desde la casa, cerca de donde el pastor de su pueblo tenía las muelas en las que se afanaban doce mujeres en total, fabricando harina de cebada y trigo, médula de los hombres. Las demás mujeres dormían ya, una vez que hubieron molido su trigo pero esta, que era la más débil, todavía no había terminado. Entonces se puso en pie y dijo su palabra, señal para su amo:

«Zeus padre, que reinas sobre dioses y hombres, has tronado fuertemente desde el cielo estrellado y en ninguna parte hay nubes. Como señal, sin duda, se lo muestras a alguien. Cúmpleme ahora también a mí, desdichada, la palabra que voy a decirte: que los pretendientes tomen su agradable comida hoy por última y postrera vez en el palacio de Odiseo. Ellos son quienes con el cansado trabajo han hecho flaquear mis rodillas mientras fabricaba harina; que cenen ahora por última vez.»

Así dijo, y se alegró con el presagio el divino Odiseo y con el trueno de Zeus, pues pensaba que castigaría a los culpables.

Entonces se congregaron las esclavas en el hermoso palacio de Odiseo y encendían en el hogar el infatigable fuego. Telémaco se levantó del lecho, mortal igual a un dios, después de vestir sus vestidos, se echó a los hombros la aguda espada, ató a sus relucientes pies hermosas sandalias y, asiendo la fuerte lanza de punta de bronce, se puso sobre el umbral y dijo a Euriclea:

«Tata, ¿habéis honrado al huésped con lecho y comida, o yace descuidado?; pues así es mi madre, aun siendo prudente: honra inconsideradamente al peor de los hombres de voz articulada y, en cambio, al mejor lo despide sin haberlo honrado.»

Y a su vez le dijo la prudente Euriclea:

«Hijo, no vayas ahora a culpar a la inocente, pues mientras él quiso bebió vino y de comida aseguró que ya no le apetecía más, que ella se lo preguntaba. Cuando, finalmente, se acordó del lecho y del sueño, tu madre ordenó a las esclavas preparárselo, pero él no quiso dormir en lecho y colchas, sino en el vestíbulo sobre una piel no curtida de buey y pieles de ovejas, como alguien completamente mísero y desventurado. Y nosotras le cubrimos con un manto.»

Así dijo; Telémaco salió del mégaron sosteniendo la lanza a su lado marchaban dos veloces lebreles, y echó a caminar hacia el ágora junto a los aqueos de hermosas grebas.

Entonces la divina entre las mujeres, Euriclea, hija de Ope Pisenórida, comenzó a dar órdenes a las mujeres:

«Vamos, unas barred diligentes y regad el palacio, y colocad en las labradas sillas tapetes purpúreos; otras fregad con esponjas todas las mesas y limpiad las cráteras y las labradas copas de doble asa; y otras marchad por agua a la fuente y volved enseguida con ella, pues los pretendientes no estarán mucho tiempo lejos del palacio, sino que volverán temprano, que hoy es para todos día de fiesta».

Así dijo, y ellas la escucharon y obedecieron. Unas veinte marcharon hacia la fuente de aguas profundas y otras trabajaban habilidosamente allí mismo, en la casa.

En esto entraron los nobles sirvientes, quienes luego cortaron leña bien y con habilidad. Las mujeres volvieron de la fuente y detrás llegó el porquero conduciendo tres cerdos los mejores entre todos ; los dejó paciendo en el hermoso cercado y se dirigió a Odiseo con dulces palabras:

«Forastero ¿te ven mejor los aqueos ahora, o te siguen ultrajando en el palacio, como antes?»

Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

«¡Ojalá, Eumeo, castigaran ya los dioses el ultraje que éstos infieren con insolencia ejecutando acciones inicuas en casa extraña y sin tener ni parte de vergüenza!»

Esto es lo que se decían uno a otro cuando se les acertó Melantio, e1 cabrero, conduciendo junto con dos pastores las cabras que sobresalían entre todo el rebaño para festín de los pretendientes; las ató bajo el sonoro pórtico y se dirigió a Odiseo con mordaces palabras:

«Forastero, ¿vas a seguir importunando en el palacio pidiendo limosna a los hombres?; ¿es que no vas a salir fuera? Creo que no nos vamos a separar sin que pruebes mis brazos, pues tú no pides como se debe. También hay otros convites entre los aqueos.»

Así dijo, péro a éste no le contestó el muy astuto Odiseo, sino que movió la cabeza en silencio, meditando males. Después de éstos llegó tercero Filetio el caudillo de hombres, llevando una vaca no paridera y pingues cabras para los pretendientes (los habían pasado los barqueros, quienes también transportan a los demás hombres, a cualquiera que les llegue): las ató bajo el sonoro pórtico e interrogaba al porquero poniéndose a su lado:

«Porquero, ¿quién es este forastero recién llegado a nuestra casa?, ¿de qué hombres se precia de ser?, ¿dónde están su familia y su tierra patria? ¡Infeliz!, desde luego parece por su cuerpo un rey soberano. En verdad los dioses abruman con desgracia a los hombres que vagan mucho, cuando incluso a los reyes otorgan infortunio.»

Así dijo y poniéndose a su lado le saludó con la diestra y, hablándole, dijo aladas palabras:

«Bienvenido, padre huésped, ¡ojalá tengas felicidad en el futuro, que lo que es ahora estás sujeto por numerosos males! Padre Zeus, ningún otro de los dioses es más cruel que tú; una vez que crea a los hombres no los compadece de que caigan en el infortunio y los tristes dolores. ¡Cosa singular!, según lo vi los ojos me lloraban, pues me acordé de Odiseo; que también aquél, creo yo, vaga entre los hombres con tales andrajos, si es que de alguna manera vive aún y ve la luz del sol. Porque si ya está muerto y en las mansiones de Hades... ¡ay de mí, irreprochable Odiseo, el que me puso al frente de las vacas, siendo niño aún en el país de los cefalenios! Ahora éstas son innumerables; de ninguna manera le podría crecer más a un hombre la raza de vacunos de anchas frentes. Pero otros me ordenan traerlas para comérselas ellos y no se cuidan de su hijo en el palacio ni temen la venganza de los dioses, pues desean ya repartirse las posesiones del señor, largo tiempo ausente. Y mi corazón revuelve esto dentro del pecho: es cosa mala marchar mientras vive su hijo al pueblo de otros, emigrando con estas vacas hacia hombres de un país extraño, pero todavía lo es más quedarme aquí guardando las vacas para otros y soportar tristezas. Hace tiempo me habría marchado huyendo junto a otros reyes poderosos, pues esto ya es insoportable, pero aún espero que ese desdichado vuelva de algún sitio y haga dispersarse a los pretendientes en el palacio.»

Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

«Boyero, puesto que no pareces cobarde ni insensato sé bien que la prudencia te ha llegado a la mente, te diré y juraré un gran juramento: ¡sea testigo Zeus antes que los demás dioses y la hospítalaria mesa y el Hogar de Odiseo al que he llegado!; mientras estés tú mismo aquí dentro, vendrá a casa Odiseo y con tus ojos podrás ver muertos, si quieres, a los pretendientes que aquí mandan.»

Y el boyero le dijo:

«Forastero, ¡ojalá el Cronida cumpliera de verdad esta tu palabra! Conocerías entonces cuál es mi fuerza y qué brazos me acompañan.»

También Eumeo suplicaba a todos los dioses que el prudente Odiseo volviera a casa. Y esto es lo que se decían uno al otro.

Entre tanto los pretendientes preparaban la muerte contra Telémaco. Se les acercó por el lado izquierdo un pájaro, el águila que vuela alto, reteniendo a una temblorosa paloma, y Anfínomo comenzó a hablar entre ellos y dijo:

«Amigos, no nos saldrá bien la decisión de dar muerte a Telémaco, conque pensemos en la comida.»

Así dijo Anfínomo y a ellos les agradó su palabra. Entraron en el palacio del divino Odiseo, pusieron sus mantos sobre siIlas y sillones y comenzaron a sacrificar grandes ovejas y pingües cabras, así como gordos cerdos y una vaca del rebaño. Luego asaron las entrañas, las repartieron, mezclaron el vino en las cráteras y el porquero distribuía las copas; Filetio, caudiIlo de hombres, les distribuía el pan en hermosos canastos y Melantio vertía el vino. Y ellos echaron mano de los alimentos que tenían delante.

Telémaco, pensando astutamente, hizo sentar a Odiseo dentro del bien construido palacio, junto al umbral de piedra, le puso una pobre silla y una mesa pequeña y le colocaba parte de las asaduras y le vertía vino en copa de oro. Y le dijo estas palabras:

«Siéntate aquí con los hombres y bebe vino; yo mismo te libraré de las injurias y de las manos de todos los pretendientes, pues esta casa no es del pueblo, sino de Odiseo, y la adquirió para mí. En cuanto a vosotros, pretendientes, contened vuestras manos para que nadie suscite disputa ni altercado.»

Así habló; todos ellos clavaron los dientes en sus labios y admiraban a Telémaco, porque había hablado audazmente. Y entre ellos habló Antínoo, hijo de Eupites:

«Por más dura que sea, aceptemos, aqueos, la palabra de Telémaco quien mucho nos ha amenazado. No lo quiso Zeus Cronida, si no ya le habríamos parado los pies en el palacio, aunque sea sonoro hablador.»

Así dijo Anfínomo, pero Telémaco no hizo caso de sus palabras.

Los heraldos iban conduciendo a través de la ciudad la sagrada hecatombe de los dioses, mientras los melenudos aqueos se congregaban bajo el sombrío bosque de Apolo, el que hiere de lejos. Y después que hubieron asado la carne de las partes externas, las retiraron, repartieron y celebraban un gran banquete. Y los que servían pusieron junto a Odiseo una porción igual a las que había tocado en suerte a ellos; así lo había ordenado Telémaco, el hijo del divino Odiseo.

Y Atenea no dejaba que los arrogantes pretendientes contuvieran del todo los escarnios que laceran el corazón, para que el dolor se hundiera todavía más en el ánimo de Odiseo Laertíada. Había entre los pretendientes un hombre de pensamientos impíos. Ctesipo era su nombre y en Same habitaba su casa. éste pretendía a la esposa de Odiseo, largo tiempo ausente, confiado en sus muchas posesiones. Y decía entonces a los soberbios pretendientes:

«Escuchadme, ilustres pretendientes, lo que voy a deciros. El forastero tiene una parte igual, como es razonable, pues no es decoroso ni justo privar del festín a los huéspedes de Telémaco, cualquiera que llegue a este palacio. Pero también yo voy a darle un regalo de hospitalidad para que él mismo se lo entregue al bañero o a otro de los esclavos que habitan el palacio del divino Odiseo.»

Así diciendo, cogió de una bandeja una pata de buey y se la arrojó con robusta mano. Odiseo inclinó la cabeza ligeramente, la esquivó y sonrió en su ánimo con sonrisa sardónica. La pata dio en el bien construido muro y Telémaco reprendió a Ctesipo con su palabra:

«Ctesipo, lo mejor para tu vida ha sido no alcanzar al forastero, pues él ha evitado el golpe; en caso contrario, yo te habría alcanzado de lleno con la agúda lanza, y en vez de boda, tu padre se habría cuidado de tu funeral. Por esto, que ninguno muestre sus insolencias en mi casa, pues ya comprendo y sé cada cosa, las buenas y las malas. Hace poco aún era niño y toleraba, aun viéndolo, el degüello de ovejas así como el vino que se bebía y la comida, pues es difícil que uno solo contenga a muchos. Conque, vamos, no me causéis ya más daños como si fuerais enemigos, aunque si me queréis matar con el bronce, sería mejor morir que ver continuamente estas obras inicuas: a los huéspedes maltratados y a las esclavas indignamente forzadas en mi hermoso palacio.»

Así dijo y todos ellos enmudecieron en el silencio. Y más tarde dijo Agelao Damastórida:.

«Amigos. ninguno vaya a irritarse contestando con razones contrarias a lo dicho con justicia. No maltratéis al forastero ni a ningún otro de los esclavos que hay en la casa de Odiseo, aunque yo diría una palabra dulce a Telémaco y a su madre, si ésta fuera agradable a su corazón: mientras vuestro ánimo confiaba en que regresaría a casa el prudente Odiseo, no os indignabais porque permanecieran los pretendientes ni por retenerlos en la casa; incluso habría sido lo mejor si Odiseo hubiese regresado a casa. Pero ya es evidente que no ha de volver de ningún modo; conque, vamos, siéntate junto a tu madre y dile que case con quien sea el mejor y le entregue más cosas, para que tú sigas poseyendo con alegría todo lo de tu padre, comiendo y bebiendo, y ella cuide la casa de otro.»

Y le contestó Telémaco discretamente:

«¡No, por Zeus, Agelao, y por las tristezas de mi padre quien puede que haya muerto o ande errante lejos de Itaca! De ninguna manera trato de retrasar el casamiento de mi madre; por el contrario, la exhorto a casarse con el que quiera e incluso le doy regalos innumerables. Pero me avergüenzo de arrojarla del palacio contra su voluntad, con palabra forzosa. ¡No permita la divinidad que esto suceda!»
Así dijo Telémaco, y Palas Atenea levantó una risa inextinguible entre los pretendientes y les trastornó la razón. Reían con mandíbulás ajenas y comían carne sanguinolenta; sus ojos se llenaban de lágrimas y su ánimo presagiaba el llanto. Entonces les habló Teoclímeno, semejante a un dios:

«¡Ah, desdichados!, ¿qué mal es éste que padecéis? En noche están envueltas vuestras cabezas y rostros y de vuestras rodillas abajo. Se enciende el gemido y vuestras mejillas están llenas de lágrimas. Con sangre están rociados los muros y los hermosos intercolumnios y de fantasmas lleno el vestíbulo y lleno está el patio de los que marchan a Erebo bajo la oscuridad. El sol ha desaparecido del cielo y se ha extendido funesta niebla.» Así dijo, y todos se rieron de él dulcemente. Y Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó a hablar entre ellos: «Está loco el forastero recién llegado de tierra extraña. Vamos, jóvenes, llevadlo rápidamente fuera de la casa; que marche al ágora, ya que piensa que aquí es de noche.» Y le contestó Teoclímeno, semejante a un dios: «Eurímaco, no to he pedido que me des acompañamiento, que tengo ojos, oídos y ambos pies y una razón bien construida en mi pecho, en absoluto incongruente. Con éstos me voy afuera, pues veo claro que la destrucción se os acerca, de la que no va a poder huir ninguno de los pretendientes, los que en la casa de Odiseo, semejante a un dios, insultáis a los hombres y ejecutáis acciones inicuas.» Así diciendo salió del palacio, agradable vivienda, y marchó a casa de Pireo, quien lo recibió benévolo. Y los pretendientes se miraban unos a otros e irritaban a Telémaco, burlándose de sus huéspedes. Así decía uno de los arrogantes jóvenes: «Telémaco, nadie es más desafortunado con los huéspedes que tú. Tienes uno como ese mendigo vagabundo necesitado de comida y vino, en absoluto conocedor de hazañas ni de vigor, sino un peso muerto de la tierra, y ese otro que se levantó a vaticinar; si me hicieras caso, lo mejor sería que metiéramos a los forasteros en una nave de muchos bancos y los enviáramos a Sicilia, donde te darían un precio conveniente.» Así dijeron los pretendientes, pero Telémaco no hacía caso de sus palabras, sino que miraba a su padre en silencio, aguardando siempre cuándo pondría las manos sobre los desvergonzados pretendientes. Y la hermosa hija de Icario, la prudence Penélope, poniendo su sillón enfrente escuchaba las palabras de cada uno de los hombres en el palacio. Así es como se prepararon, entre risas, un almuerzo dulce y agradable, pues habían sacrificado en abundancia. Pero ninguna otra cena podría ser más desgraciada como la que iban a prepararles más tarde la diosa y el fuerte hombre, pues ellos fueron los primeros en ejecutar acciones indignas.

CANTO XXI
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EL CERTAMEN DEL ARCO

Entonces Atenea, la diosa de ojos brillantes, inspiró en la mente de la hija de Icario, la prudente Penélope, que dispusiera el arco y el ceniciento hierro en el palacio de Odiseo para los pretendientes, como competición y para comienzo de la matanza. Subió a la alta escalera de su casa y tomando en su vigorosa mano una bien curvada llave, hermosa, de bronce y con mango de marfil, echó a andar con sus esclavas hacia la última habitación donde se hallaban los objetos preciosos del señor bronce, oro y labrado hierro. Allí estaba también el flexible arco y el carcaj de las flechas con muchos y dolorosos dardos que le había dado como regalo un huésped, Ifito Eurítida, semejante a los inmortales, cuando lo encontró en Lacedemonia. Se encontraron los dos en Mesenia, en casa del prudente Ortíloco. Odiseo había ido por una deuda que le debía todo el pueblo: en efecto, unos mesenios se le habían llevado de Itaca trescientas ovejas, con sus pastores, en naves de muchos bancos. A causa de éstas, Odiseo caminó mucho camino seguido, aunque era joven, pues le habían mandado su padre y otros ancianos. Ifito, por su parte, buscaba unos animales que le habían desaparecido, doce yeguas y mulos pacientes en el trabajo. éstas serían después muérte y destrucción para él, cuando llegó junto al hijo de Zeus de ánimo esforzado, junto al mortal Heracles concebidor de grandes empresas, quien, aun siendo su huésped, lo mató en su casa. ¡Desdichado!, no temió la venganza de los dioses ni respetó la mesa que le había puesto; y, después de matarlo, retuvo a las yeguas de fuertes pezuñas en el palacio. Cuando buscaba a éstas, se encontró con Odiseo y le dio el arco que usaba el gran Eurito y que había legado a su hijo al morir en su elevado palacio.

Odiseo, por su parte, le entregó aguda espada y fuerte lanza como inicio de una afectuosa amistad, pero no llegaron a sentarse uno a la mesa del otro, pues antes el hijo de Zeus mató a Ifito Eurítida, semejante a los inmortales, quien había dado el arco a Odiseo. éste lo llevaba en su patria, pero no lo tornó al marchar al combate sobre las negras naves, sino que estaba en el palacio como recuerdo de su huésped.

Cuando hubo llegado a la habitación la divina entre las mujeres y puso el pie sobre el umbral de roble (en otro tiempo lo había pulido sabiamente el artífice, había enderezado con la plomada y levantado las jambas colocando sobre ella las resplandecientes puertas) desató la correa del tirador, introdujo la llave apuntando de frente y corrió los cerrojos de las puertas. éstas resonarón como el toro que pace en la pradera ¡tanto resonó la hermosa puerta empujada por la llave! y se le abrieron inmediatamente. Luego ascendió a la hermosa tarima donde estaban las arcas en que yacían los perfumados vestidos. Extendió el brazo, tomó del clavo el arco con su misma funda, el cual resplandecía, y sentada con él sobre sus rodillas, rompió a llorar ruidosamente sin soltar el arco del rey. Luego que se hubo saciado del gemido de muchas lágrimas, echó a andar hacia el mégaron en busca de los ilustres pretendientes con el flexible arco entre sus manos y la aljaba portadora de dardos con muchas y dolorosas saetas; y junto a ella las siervas llevaban un arcón en que había mucho hierro y bronce, ¡los trofeos de un soberano como él!

Cuando llegó a los pretendientes, se detuvo junto a una columna del techo, sólidamente construido, sosteniendo un grueso velo ante sus mejillas; y a uno y a otro lado de ella estaba en pie una fiel doncella.

Al punto se dirigió a los pretendientes y dijo:

«Escuchadme, ilustres pretendientes que hacéis uso de esta casa para comer y beber sin cesar un instante, la de un hombre que lleva ausente largo tiempo. Ningún otro pretexto podéis poner sino que estáis deseosos de casaros conmigo y tomarme por mujer. Conque, vamos, pretendientes, esto es lo que se os muestra como certamen: colocaré el gran arco del divino Odiseo y aquel que lo tense más fácilmente y haga pasar el dardo por las doce hachas, a éste seguiré inmediatamente abandonando esta casa querida, muy hermosa, llena de riqueza, de la que un día, creo, me acordaré incluso en sueños.»

Así dijo y ordenó a Eumeo, el divino porquero, que ofreciera a los pretendientes el arco y el ceniciento hierro. Eumeo lo recibió llorando y lo puso en tierra; y al otro lado lloraba el boyero cuando vio el arco del soberano. Y Antínoo les increpó, les habló y llamó por su nombre:

«Necios campesinos, que sólo pensáis en las cosas del día; cobardes, ¿por qué derramáis lágrimas y conmovéis el ánimo de esta mujer? Dolorida está ya por otras razones, desde que perdió a su esposo. Conque, vamos, sentaos a comer en silencio o marchaos afuera a llorar y dejad ahí mismo el arco, certamen inofensivo para los pretendientes. No creo que se tense fácilmente este bien pulido arco, pues no hay entre todos éstos un hombre como era Odiseo. Le vi me acuerdo siendo yo niño pequeño.»

Así dijo, y es que en su interior esperaba tensar el arco y hacer pasar la flecha por el hierro. Pero en verdad el irreprochable Odiseo, a quien entonces deshonraba en el palacio incitaba a sus compañeros, iba a darle a probar, antes que a nadie, el dardo despedido de sus manos.

Y entre ellos habló la sagrada fuerza de Telémaco:

«No, no me ha hecho muy prudente Zeus, el hijo de Crono; mi madre, prudente como es, me dice que va a seguir a otro dejando esta casa y yo me río y alegro con ánimo insensato. Conque apresuraos, pretendientes, que esta competición os la gane una mujer cual no hay ya en la tierra aquea ni en la sagrada Pilos ni en Argos ni en Micenas ni en la misma Itaca ni en el oscuro continente. Pero también vosotros lo sabéis, ¿qué necesidad tengo de alabar a mi madre? Así que, vamos, no lo retraséis con pretextos ni esperéis más tiempo a tender el arco para que os veamos. También yo probaré este arco y, si logro tenderlo y traspasar el hierro con la flecha, no dejaría, para dolor mío, esta casa mi venerable madre por seguir a otro, ni me quedaría yo atrás cuando soy capaz de llevarme el hermoso trofeo de mi padre.»

Así dijo, y quitándose el manto purpúreo de los hombros, se puso en pie y descolgó de su hombro la aguda espada. En primer lugar colocó las hachas abriendo para todas un largo surco, las alineó a cuerda y puso tierra alrededor.

El asombro se apoderó de todos los que veían cuán ordenadamente las había colocado nunca antes lo habían visto. Entonces fue a ponerse sobre el umbral y probar el arco. Tres veces lo movió deseando tenderlo y tres veces desistió de su ímpetu esperando en su interior tender la cuerda y atravesar el hierro con una flecha. Y quizá lo habría tendido, tirando con fuerza por cuarta vez, pero Odiseo le hizo señas de que no, aunque mucho lo deseaba. Y habló de nuevo entre ellos la sagrada fuerza de Telémaco:

«¡Ay, ay, creo que voy a ser en adelante cobarde y débil!, o quizá es que soy demasiado joven y no puedo confiar en mis brazos para rechazar a un hombre cuando alguien me ataca primero. Pero, vamos; vosotros que sois superiores a mi en fuerzas, probad el arco y acabemos el certamen.»

Así diciendo, dejó el arco en él suelo, lejos de sí, lo apoyó contra las bien ajustadas, bien pulidas puertas y colgó la aguda flecha de una hermosa anilla y volvió a sentarse en la silla de donde se había levantado. Y entre ellos habló Antínoo, hijo de Eupites:


«Compañeros, levantaos todos, uno tras otro, comenzando por la derecha del lugar donde se escancia el vino.»

Así dijo Antínoo, y les agradó su palabra.

Levantóse el primero Leodes, hijo de Enopo, el cual era su arúspice y se sentaba junto a una hermosa crátera, siempre en el rincón más escondido; sólo a él eran odiosas las iniquidades y estaba indignado contra todos los pretendientes. Entonces fue el primero en tomar el arco y el agudo dardo y marchó a ponerse sobre el umbral. Probó el arco y no pudo tenderlo, pues antes se cansó de tirar hacia atrás con sus blandas, no encallecidas manos. Y dijo entre los pretendientes:

«Amigos, yo no puedo tenderlo, que ló coja otro. Este arco privará de la vida y del alma a muchos nobles. Aunque es preferible morir que no conseguir aquello por lo que estamos reunidos siempre aquí, esperando todos los días. Ahora cualquiera espera y desea en su ánimo casarse con Penélope, la esposa de Odiseo, pero una vez que pruebe el arco y lo vea, que pretenda, buscando con regalos de boda, a alguna otra de las aqueas de hermoso peplo, y aquélla rápidamente se casará con quien más cosas le regale y le venga designado por el destino.»

Así diciendo, dejó el arco en el suelo, lejos de sí, lo apoyó contra las bien ajustadas, bien pulidas puertas y colgó la aguda flecha de una hermosa anilla, y volvió a sentarse en la silla de donde se había levantado.

Entonces le increpó Antínoo, le habló y le llamó por su nombre:

«Leodes, ¡qué palabra terrible e inaguantable me he irritado al escucharla ha escapado del cerco de tus dientes!; que este arco privará a los pretendientes de la vida y el alma porque tú no puedes tenderlo. No, sólo a ti no te parió tu venerable madre para ser tirador de arco y flechas, pero otros ilustres pretendientes lo tenderán enseguida.»

Así dijo y ordenó a Melantio el cabrero:

«Apresúrate a encender fuego en el palacio, Melantio, y coloca al lado un sillón grande con pieles encima; y trae un gran pan de sebo que hay dentro para que calentemos el arco, lo untemos con grasa y lo probemos, para terminar de una vez el certamen.»

Así dijo; Melantio encendió enseguida un fuego infatigable, acercóle un sillón, con pieles encima y llevó un gran pan de sebo que había dentro. Los jóvenes calentaron el arco y trataron de tenderlo, pero no podian., pues estaban muy faltos de fuerzas. Pero todavía Antínoo estaba a la expectativa y Eurímaco semejante a un diós, jefes de los pretendientes y señaladamente los mejores por su valor. Habían salido del palacio, en mutua compañía, el boyero y el porquero del divino Odiseo. Y les siguió él mismo, el divino Odiseo, desde la casa; y cuando ya estaban fuera de las puertas y del patio les habló con suaves palabras:

«Boyero y tú, porquero, Les diré alguna palabra o mejor la mantendré oculta? El ánimo me ordena decirla. ¿Como seríais para defender a Odiseo si llegara de alguna parte, así de repente, y alguna divinidad lo enviara? ¿Defenderíais a los pretendientes o a Odiseo? Contestad como el corazón y el ánimo os lo ordenen.»

Y el boyero dijo:

«Zeus padre, ¡ojalá cumplieras este deseo mío de que llegue aquel hombre conducido por alguna divinidad! Conocerías cuál es mi fuerza y qué brazos me acompañan.»

Eumeo suplicaba a todos los dioses de la misma manera que regresara a casa el prudente Odiseo.

Y una vez que éste conoció su verdadero pensamiento, de nuevo les contestó con sus palabras y dijo:

«Ya está él dentro; soy yo mismo, que después de pasar muchas calamidades he llegado a los veinte años a la tierra patria. También me doy cuenta que sólo vosotros dos entre los esclavos deseabais mi llegada, que de los otros, a ninguno he oído que suplicara para que yo regresara a casa. Así que a vosotros dos os diré la verdad de lo que va a suceder: si por mi mano la divinidad hace sucumbir a los ilustres pretendientes, os daré a ambos esposa y posesiones, y casas edificadas cerca de la mía; y seréis, además, compañeros y hermanos de mi Telémaco.

Vamos, os voy a mostrar otra señal manifiesfa para que me reconozcáis bien y confiéis en vuestro ánimo, la cicatriz que en otro tiempo me infirió un jabalí con su blanco colmillo, cuando marché al Parnaso con los hijos de Autólico.»

Así diciendo, apartó los andrajos de la gran cicatriz y luego que éstos la vieron y examinaron bien cada parte rompieron en llanto, echaron los brazos alrededor del prudente Odiseo y le besaban y acariciaban la cabeza y los hombros. También él besaba sus cabezas y manos y se les habría puesto la luz del sol mientras lloraban, si no los hubieran calmado y hablado Odiseo mismo:

«Contened el llanto y el gemido, no sea que alguien os vea si sale del pálacio y vaya adentro a decirlo. Entrad uno tras otro, no juntos; primero yo y después vosotros. La señal será la siguiente: todos los demás, cuantos son ilustres pretendientes no dejarán que me sean entregados el arco y el carcaj, pero tú, divino Eumeo, llévalo a través de la habitación para ponerlo en mi mano y di a las mujeres que cierren las puertas del palacio ajustándolas fuertemente. En el caso de que alguna oiga gemido o golpe de hombres entre nuestras paredes que no acuda a la puerta, que se quede en silenció junto a su labor. En cuanto a ti, divino Filetio, te encargo cerrar con llave las puertas del patio y poner enseguida una cadena.»

Así diciendo, entró en la bien construida casa y se fue a sentar en la silla de donde se había levantado; y después entraron los dos siervos del divino Odiseo.

Eurímaco ya estaba moviendo el arco con las manos hacia uno y otro lado, calentándolo con el brillo del fuego, pero ni aun así podía tenderlo y se afligía grandemente en su noble corazón. Así que suspiró, dijo su palabra, habló y llamó por su nombre:

«¡Ay, ay, en verdad siento pesar por mí mismo y por todos! Y no es que me lamente tanto por la boda, aunque me duela pues hay muchas otras aqueas, unas en la misma Itaca rodeada de mar y otras en las restantes ciudades, como porque seamos tan débiles de fuerza comparados con el divino Odiseo, que no podemos tender el arco. ¡Será una vergüenza que se enteren los venideros!»

Y Antínoo, hijo de Eupites, se dirigió luego a él:

«Eurímaco, nó será así y lo sabes también tú. Ahora se celebra en el pueblo la sagrada fiesta del dios. ¿Quién podría tender el arco? Dejadle tranquilamente en el suelo y las hachas de dóble filo dejémoslas ahí puestas, pues no creo que se las lleve nadie que venga al palacio de Odiséo Laertíada. Con que vamos, que el cópero haga una primera ofrenda, por orden, en las copas para que una vez realizada dejemos el curvado arco. Ordenad a Melantió que traiga cabras al amanecer, las que sobresalgan entre todas, para que probemos el arco y terminemos el certamen de una vez, después de ofrecer muslos a Apolo, famoso por su arco.»

Así dijo Antínoo, y les agradó su palabra. Así que los heraldos vertieron agua sobre sus manos y unos jóvenes coronaban con vino las cráteras y lo distribuyeron entre todos haciendo una primera ofrenda en las copas. Y después que hubieron hecho libación y bebido cuanto quiso su apetito, les dijo meditando engaños el muy astuto Odiseo:

«Escuchadme, pretendientes de la ilustre reina, mientras os digo lo que el corazón me ordena dentro del pecho. Me dirijo principalmente a Eurímaco y Antínoo, semejante a un dios, puésto que él ha dicho oportunamente qué dejéis ahora el arco y os volváis a los dioses, que al amanecer la divinidad dará fuerzas al que quisiere. Vamos, dadme el pulimentado arco para que pueda probar con vosotros mi fuerza y mis brazos, para ver si tengo todavía el vigor cual antes tenía en mis flexibles miembros, o ya me lo han destruido la vida errante y la falta de cuidados.»

Así dijo, y todos ellos se indignaron sobremanera temiendo que lograse tender el pulido arco.

Entonces Antínoo le increpó y llamó por su nombre:

«¡Ah, miserable entre los forasteros, no tienes ni el más mínimo seso! ¿No te contentas con participar tranquilamente del festín con nosotros, los poderosos, y que no se te prive de nada del banquete, e incluso escuchar nuestras palabras y conversación? Ningún otro forastero ni mendigo escucha nuestras palabras. Te trastorna el vino, dulce como la miel, el que daña a quien lo arrebata con avidez y no lo bebe comedidamente. El vino perdió también al ilustre centauro Euritión en el palacio del muy noble Pirítoo cuando marchó al país de los Lapitas. Cuando había dañado su mente con el vino, cometió enloquecido acciones indignas en la casa de Pirítoo, pero la indignación se apoderó de los héroes y se arrojaron sobre él, lo arrastraron afuera a través del vestíbulo y le cortaron orejas y nariz con cruel bronce. Y él, dañado en su mente, se marchó soportando su desgracia con ánimo demente. Por esto se produjo la contienda entre hombres y Centauros, y aquél fue el primero que encontró el mal para sí mismo por haberse cargado de vino.

«También a ti te anuncio una gran desgracia si tiendes el arco, pues no encontrarás afabilidad en nuestro pueblo y te enviaremos en negra nave al rey Equeto, azote de todos los mortales, y de allí no podrás escapar a salvo. Así que bebe tranquito y no trates de rivalizar con hombres más jóvenes»

Y la prudente Penélope se dirigió luego a él:

«Antínoo, no es decoroso ni justo ultrajar a los huéspedes de Telémaco, cualquiera que llegue a este palacio. ¿Crees que si el huésped lograra tender el arco, confiado en sus manos y fuerza, me llevaría a casa y haría su esposa? Ni siquiera él mismo alberga en su pecho tal esperanza. Que ninguno de vosotros coma con corazón acongojado por causa de éste, pues no parece cosa en modo alguno razonable.»

Y Eurímaco, hijo de Pólibo, le contestó:

«Hija de Icario, prudente Penélope, no creemos que éste te vaya a llevar, ni parece razonable, pero nos llenan de vergüenza las murmuraciones de hombres y mujeres, no sea que alguna vez el peor de los aqueos pueda decir: "En vérdad son hombres muy inferiores los que pretenden a la esposa de un hombre irreprochable, pues no son capaces de tender el pulido arco; en cambio un mendigo cualquiera que llegó errante tendió fácilmente el arco y atravesó el hierro."

«Así dirá y tales reproches serán para nosotros.»

Y la prudente Penélope se dirigió a él:

«Eurímaco, no es posible en modo alguno que tengan buena fama en el pueblo quienes deshonran la casa de un varón principal y se la comen. ¿Por qué os hacéis merecedores de tales oprobios? Este forastero es muy alto y vigoroso y afirma ser hijo de un padre de noble linaje. Vamos, dadle el pulimentado arco, para que veamos. Os diré algo que se va a cumplir: si lograra tenderlo y Apolo le diera gloria, le vestiré de manto y túnica, hermosos vestidos, y le daré un agudo venablo para protección contra perros y hombres y una espada de doble filo; también le daré sandalias para sus pies y le enviaré a donde su corazón le empuje.»

Y Telémaco le habló discretamente:

«Madre mía, ninguno de los aqueos tiene más poder que yo para dar el arco o negárselo a quien yo quiera, ni cuantos gobiernan sobre la áspera Itaca ni cuantos en las islas de junto a la Elide, criadora de caballos. Ninguno de éstos me forzaría contra mi voluntad si yo quisiera de una vez dar este arco al extranjero para llevárselo. Conque, vamos, marcha a tu habitación y ocúpate de las labores que te son propias, el telar y la rueca, y ordena a tus esclavas que se apliquen a las suyas. El arco será cuestión de los hombres y principalmente de mi, de quien es el poder en este palacio»"

Y ella volvió asombrada a su habitación poniendo en su pecho la prudente palabra de su hijo. Y luego que hubo subido al piso superior con sus siervas, rompió a llorar por Odiseo, su esposo, hasta que Atenea, de ojos brillantes, le echó dulce sueño sobre los párpados.

Entonces el divino porquero tomó el curvado arco y se disponía a llevarlo, cuando los pretendientes todos empezaron a amenazarlo en el palacio; y uno de los jóvenes arrogantes decía así:

«¿Adónde llevas el curvado arco, miserable porquero, insensato? Creo que bien pronto te van a comer lejos de aquí los perros, junto a las marranas que tú cuidabas, si Apolo y los demás dioses nos son propicios.»

Así dijeron, y éste dejó el arco en el mismo sitio atemorizado porque todos, le amenazaban en el palacio. Pero Telémaco le dijo entre amenazas desde el otro lado:

«Abuelo, sigue adelante con el arco no creo que hagas bien en obedecer a todos, no sea que yo, con ser más joven, te persiga hasta el campo arrojándote piedras, pues soy más fuerte. ¡Ojalá fuera tan superior en manos y vigor a cuantos pretendientes están en mi casa! Pronto despediría de mi palacio a alguno para que se marchara vergonzosamente, pues maquinan maldades.»

Así dijo y todos los pretendientes se rieron dulcemente de él y abandonaron su terrible cólera contra Telémaco. El porquero llevó el arco por la habitación y poniéndose junto al prudente Odiseo se lo entregó. Luego llamó a la nodriza Euriclea y le dijo:

«Prudente Euriclea, Telémaco ordena que cierres bien las puertas del mégaron y que, si alguna de las siervas oye gemidos o golpes de hombres dentro de nuestras paredes, que no acuda a la puerta, que se quede en silencio junto a su labor.»

Así dijo; a Euriclea se le quedaron sin alas las palabras y cerró enseguida las puertas del mégaron, agradable para habitar.

Filetio salió sigilosamente y cerró enseguida las puertas del bien cercado patio. Había bajo el pórtico el cable de papiro de una curvada nave; con éste sujetó las puertas, entró y fue a sentarse en la silla de la que se, había levantado mirando directamente a Odiseo.

éste ya estaba manejando el arco, dándole vueltas probándolo por uno y otro lado no fuera que la carcoma hubiera roído el cuerno mientras su dueño estaba ausente.

Y uno de los pretendientes decía así, mirando al que tenía cerca:

«Desde luego es un hombre conocedor y entendido en arcos. Quizá también él tiene de éstos en casa o siente impulsos de construirlos, según lo mueve entre sus manos aquí y allá este vagabundo conocedor de desgracias.»

Y otro de los jóvenes arrogantes decía así:

«íOjalá consiguiera tanto provecho como va a conseguir tender el arco!»

Así decían los pretendientes. Entretanto el muy astuto Odiseo, luego que hubo palpado y examinado por todas partes el gran arco... Como cuando un hombre entendido en liras y canto consigue fácilmente tender la cuerda con una clavija nueva, atando a uno y otro lado la bien retorcida tripa de una oveja, así tendió Odiseo sin esfuerzo el gran arco. Luego lo tomó con su mano derecha, palpó la cuerda y ésta resonó semejante al hermoso trino de una golondrina. Entonces les entró gran pesar a los pretendientes y se les tornó el color. Zeus retumbó con fuerza mostrando una señal y se llenó de alegría el sufridor, el divino Odiseo porque el hijo de Crono, de torcidos pensamientos, le había enviado un prodigio. Y tomó un agudo dardo que tenía suelto sobre la mesa, pues los otros estaban dentro del cóncavo carcaj, los que iban a probar pronto los aqueos. Lo acomodó en la encorvadura, tiró del nervio y de las barbas alli sentado, desde su misma silla, disparó el dardo apuntando de frente y no marró ninguna de las hachas desde el primer agujero, pues la flecha de pesado bronce salió atravesándolas.

Entonces dijo a Telémaco:

«Telémaco, este huésped que tienes sentado en tu palacio no lo cubre de vergüenza, que no he errado el blanco ni me he fatigado tratando de tender el arco. Todavía me queda vigor, no como me echan en cara los pretendientes por deshonrarme. Pero ya es hora de que los aqueos preparen su cena mientras haya luz y que luego se solacen con el canto y la lira, pues éstos son complemento de un banquete.»

Así dijo, e hizo una señal con las cejas. Telémaco se ciñó la aguda espada, el hijo del divino Odiseo; puso su mano sobre la lanza y se quedó en pie junto a su mismo sillón, armado de reluciente bronce.


CANTO XXII
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LA VENGANZA

Entonces el muy astuto Odiseo se despojó de sus andrajos, saltó al gran umbral con el arco y el carcaj lleno de flechas y las derramó ante sus pies diciendo a los pretendientes:

«Ya terminó este inofensivo certamen; ahora veré si acierto a otro blanco que no ha alcanzado ningún hombre y Apolo me concede gloria.»

Así dijo, y apuntó la amarga saeta contra Antínoo. Levantaba éste una hermosa copa de oro de doble asa y la tenía en sus manos para beber el vino. La muerte no se le había venido a las mientes, pues ¿quién creería que, entre tantos convidados, uno, por valiente que fuera, iba a causarle funesta muerte y negro destino? Pero Odiseo le acertó en la garganta y le clavó una flecha; la punta le atravesó en línea recta el delicado cuello, se desplomó hacia atrás, la copa se le cayó de la mano al ser alcanzado y al punto un grueso chorro de humana sangre brotó de su nariz. Rápidamente golpeó con el pie y apartó de sí la mesa, la comida cayó al suelo y se mancharon el pan y la carne asada.

Los pretendientes levantaron gran tumulto en el palacio al verlo caer, se levantaron de sus asientos lanzándose por la sala y miraban por todas las bien construidas paredes, pero no había en ellas escudo ni poderosa lanza que poder coger. E increparon a Odiseo con coléricas palabras:

«Forastero, haces mal en disparar el arco contra los hombres; ya no tendrás que afrontar más certámenes, pues te espera terrible muerte. Has matado a uno que era el más excelente de. los jóvenes de Itaca; te van a comer los buitres aquí mismo.»

Así lo imaginaban todos, porque en verdad creían que lo había matado involuntariamente; los necios no se daban cuenta de que también sobre ellos pendía el extremo de la muerte. Y mirándolos torvamente les dijo el muy astuto Odiseo:

«Perros, no esperabais que volviera del pueblo troyano cuando devastabais mi casa, forzabais a las esclavas y, estando yo vivo tratabais de seducir a mi esposa sin temer a los dioses que habitan el ancho cielo ni venganza alguna de los hombres. Ahora pende sobre vosotros todos el extremo de la muerte.»

Así habló y se apoderó de todos el pálido terror y buscaba cada uno por dónde escapar a la escabrosa muerte. Eurímaco fue el único que le contestó diciendo:

«Si de verdad eres Odiseo de Itaca que ha llegado, tienes razón en hablar así de las atrocidades que han cometido los aqueos en el palacio y en el campo. Pero ya ha caído el causante de todo, Antínoo; fue él quien tomó la iniciativa, no tanto por intentar el matrimonio como por concebir otros proyectos que el Cronida no llevó a cabo: reinar sobre el pueblo de la bien construida Itaca tratando de matar a tu hijo con asechanzas. Ya ha muerto éste por su destino, perdona tú a tus conciudadanos, que nosotros, para aplacarte públicamente, te compensaremos de lo que se ha comido y bebido en el palacio estimándolo en veinte bueyes cada uno por separado, y te devolveremos bronce y oro hasta que tu corazón se satisfaga; antes de ello no se te puede reprochar que estés irritado.»

Y mirándole torvamente le dijo el muy astuto Odiseo:

«Eurímaco, aunque me dierais todos los bienes familiares y añadierais otros, ni aun así contendría mis manos de matar hasta que los pretendientes paguéis toda vuestra insolencia. Ahora sólo os queda luchar conmigo o huir, si es que alguno puede evitar la muerte y las Keres, pero creo que nadie escapará a la escabrosa muerte.

Así habló y las rodillas y el corazón de todos desfallecieron allí mismo. Eurímaco habló otra vez entre ellos y dijo:

«Amigos, no contendrá este hombre sus irresistibles manos, sino que una vez que ha cogido el pulido arco y el carcaj lo disparará desde el pulido umbral hasta matarnos a todos. Pensemos en luchar; sacad las espadas, defendeos con las mesas de los dardos que causan rápida muerte. Unámonos todos contra él por si logramos arrojarlo del umbral y las puertas, vayamos por la ciudad y que se promueva gran alboroto: sería la última vez que manejara el arco.»

Así habló, y sacando la aguda espada de bronce, de doble filo, se lanzó contra él con horribles gritos. Al mismo tiempo le disparó una saeta el divino Odiseo, y acertándole en el pecho, junto a la tetilla, le clavó la veloz flecha en el hígado. Se le cayó de la mano al suelo la espada y doblándose se desplomó sobre la mesa y derribó por tierra los manjares y la copa de doble asa. Golpeó el suelo con su frente, con espíritu conturbado, y sacudió la silla con ambos pies, y una niebla se esparció por sus ojos.

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