domingo, 26 de febrero de 2006

Odisea de Homero- parte 12

Así habló, y al pasar a su lado, el insensato dio una patada a Odiseo en la cadera, aunque no consiguió echarlo fuera del camino, sino que éste se mantuvo firme. Entonces Odiseo dudaba entre arrancarle la vida saltando tras él con el palo o levantarle y tirarle de cabeza contra el suelo, pero se aguantó y se contuvo. El porquero, en cambio, se encaró con él y le reprendió, y levantando las manor suplicó así:

«Ninfas de la fuente, hijas de Zeus, si alguna vez Odiseo quemó en vuestro honor muslos de corderos o cabritos cubriéndolos con gorda grasa, cumplidme este deseo: que vuelva este hombre conducido por un dios. Seguro que él acabaría con toda la insolencia que ahora pasea por la ciudad, mientras malos pastores acaban con los ganados.»

Y le contestó Melantio, el cabrero:

«¡Ay, ay, qué cosa ha dicho este perro urdidor de intrigas! Me lo voy a llevar algún día lejos de Itaca en negra nave de Buenos bancos para que me entreguen por él un buen precio, porque ¡ojalá Apolo, el de arco de plaza, alcance hoy mismo a Telémaco dentro del palacio o sucumba a manos de los pretendientes, lo mismo que Odiseo ha perdido en tierras lejanas el día de su regreso!»

Así diciendo, los dejó caminando lentamente; en cambio, él se puso en camino y llegó enseguida a la morada del rey. Entró y sentó entre los pretendientes, frente a Eurímaco, pues a éste era a quien más estimaba. Pusieron junto a él una porción de carne los que servían y la venerable ama de llaves le llevó pan y se lo dejó al lado para que lo comiera.

Odiseo y el divino porquero se detuvieron en su caminar; les llegaba el sonido de la sonora lira, pues Femio se había puesto a cantar para ellos. Entonces Odiseo tomó de la mano al porquero y le dijo:

«Eumeo, a lo que parece ésta es la hermosa morada de Odiseo, pues se destaca tanto que se la puede ver fácilmente entre otras muchas. Una estancia sigue a la otra, su patio está cercado con muro y cornisa y sus puertas bien firmes son de doble hoja. Ningún hombre podría rendirla por la fuerza. Me parece que muchos hombres se están banqueteando dentro, pues se levanta un olor a grasa y resuena la lira, a la que los dioses han hecho compañera del banquete.»

Y contestando le dijiste, porquero Eumeo:

«Con facilidad lo has percatado, que no eres sandio tampoco en lo demás. Pero, vamos, pensemos cómo actuar. Entra tú primero en la agradable morada y mézclate con los pretendientes, que yo me quedaré aquí; o, si quieres, quédate tú y entraré yo primero. Pero no te quedes parado mucho tiempo, no sea que te vea alguien fuera y te tire algo o te eche. Esto es to que te aconsejo que consideres.»

Y le contestó luego el sufridor, el divino Odiseo:

«Lo sé, me doy cuenta, se lo dices a quien comprende. Con que marcha tú primero y yo me quedaré aquí, que ya sé lo que son golpes y pedradas. Mi ánimo es paciente, pues he sufrido muchos males en el mar y la guerra; que venga esto después de aquello. Cuando tiene apetito, no es posible acallar al maldito estómago que tantas desgracias suele acarrear a los hombres; por culpa suya incluso las bien entabladas naves se preparan para surcar el estéril mar portando la desgracia a hombres enemigos.»

Así hablaban entre sí. Entonces un perro que estaba tumbado enderezó la cabeza y las orejas, el perro Argos, a quien el sufridor Odiseo había criado, aunque no pudo disfrutar de él, pues antes se marchó a la divina Ilión. Al principio le solían llevar los jóvenes a perseguir cabras montaraces, ciervos y liebres, pero ahora yacía despreciado una vez que se hubo ausentado Odiseo entre el estiércol de mulos y vacas que estaba amontonado ante la puerta a fin de que los siervos de Odiseo se lo llevaran para abonar sus extensos campos. Allí estaba tumbado el perro Argos, lleno de pulgas. Cuando vio a Odiseo cerca, entonces sí que movió la cola y dejó caer sus orejas, pero ya no podia acercarse a su amo. Entonces Odiseo, que le vio desde lejos, se enjugó una lágrima sin que se percatara Eumeo y le preguntó:

«Eumeo, es extraño que este perro esté tumbado entre el estiércol. Su cuerpo es hermoso, aunque ignoro si, además de hermoso, era rápido en la carrera o, por el contrario, era como esos perros falderos que crían los señores por lujo.»

Y contestándole dijiste, porquero Eumeo:

«Este perro era de un hombre que ha muerto lejos de aquí. Si su cuerpo y obras fueron como cuando lo dejó Odiseo al marchar a Troya, pronto lo admirarías al contemplar su rapidez y vigor, que nunca salía huyendo de ninguna bestia en la profundidad del espeso bosque cuando la perseguía pues también era muy diestro en seguir el rastro. Pero ahora lo tiene vencido la desgracia, pues su amo ha perecido lejos de su patria y las mujeres no se cuidan de él; que los siervos, cuando los amos ya no mandan, no quieren hacer los trabajos que les corresponden, pues Zeus, que ve a lo ancho, quita a un hombre la mitad de su valía cuando le alcanza el día de la esclavitud.»

Así diciendo entró en la morada, agradable para vivir, y se fue derecho por el mégaron en busca de los ilustres pretendientes. Y a Argos le arrebató el destino de la negra muerte al ver a Odiseo después de veinte años.

Telémaco, semejante a los dioses, fue el primero en ver al porquero avanzar por la casa y enseguida le hizo señas invitándole a ponerse a su lado. Eumeo echó una ojeada, tomó una banqueta que estaba cerca (donde se solía sentar el trinchante para repartir abundante carne entre los pretendientes cuando se banqueteaban en el palacio) y llevándoselo lo puso junco a la mesa de Telémaco y se sentó. Entonces el heraldo tomó una porción, sacó pan del canasto y se lo ofreció.

Enseguida, detrás de Eumeo, entró en el patio Odiseo semejante a un miserable y viejo mendigo que se apoyaba en su bastón y cubría su cuerpo con ropas que daban pena, sentóse sobre el umbral de madera de fresno dentro de las puertas y se apoyó en la jamba de madera de ciprés que un artesano había pulimentado hábilmente y enderezado con la plomada. Telémaco llamó junto a sí al porquero y le dijo mientras cogía un pan entero del hermoso canasto y cuanta carne le cupo en las manos:

«Lleva esto al forastero y ofréceselo, y aconséjale que vaya recorriendo todos los pretendientes y les pida, que no es buena la vergüenza para el hombre necesitado.»

Así dijo; echó a andar el porquero cuando hubo oído su palabra y, poniéndose cerca, le dijo aladas palabras:

«Forastero, Telémaco te entrega esto y te aconseja que vayas recorriendo todos los pretendientes y les pidas, que dice que no es buena la vergüenza para un hombre necesitado.»

Y contestándole dijo el astuto Odiseo:

«Soberano Zeus, ¡que Telémaco sea próspero entre los hombres y obtenga todo cuanto anhela en su corazón!»

Así dijo; tomólo en sus dos manos y lo puso a sus pies, sobre el sucio zurrón; y lo comió mientras cantaba el aedo en el palacio.

Cuando lo había comido terminó el divino aedo y los pretendientes comenzaron a alborotar en el palacio.

Entonces Atenea se puso cerca de Odiseo Laertíada y lo apremió a que recogiera mendrugos entre los pretendientes y pudiera conocer quiénes eran rectos y quiénes injustos, aunque ni aun así iba a librar a ninguno de la muerte. Así que se puso en marcha para mendigar de izquierda a derecha a cada uno de ellos, extendiendo sus manos a todas partes como si fuera un mendigo de siempre. Los pretendientes le daban compadecidos, se admiraban de él y se preguntaban unos a otros quién podría ser y de dónde vendría. Entonces habló entre ellos Melantio, el cabrero:

«Escuchadme, pretendientes de la ilustre reina, sobre este forastero, pues yo lo he visto ya antes. En realidad lo ha traído aquí el porquero, aunque no sé de cierto de dónde se precia de ser su linaje.»

Así dijo, y Antínoo reprendió al porquero:

«Porquero ilustre, ¿por qué lo has traído a la ciudad? ¿Es que no tenemos suficientes vagabundos, mendigos pegajosos, aguafiestas? ¿O es que te parecen pocos los que se reúnen aquí para comer la hacienda de tu señor y has invitado también a éste?»

Y contestándole dijiste, porquero Eumeo:

«Antínoo, con ser noble no dices palabras justas. Pues ¿quién sale a traer de fuera un forastero como no sea uno de los servidores del pueblo, un adivino, un curador de enfermedades o un trabajador de la madera, o incluso un aedo inspirado que complazca con sus cantos? Estos sí, éstos son los hombres a quienes se invita a venir sobre la extensa tierra, pero nadie invitaría a un vagabundo a que le importune.

«Y es que tú has sido siempre entre todos los pretendientes el más duro para con los siervos de Odiseo, y en especial para conmigo. Ahora que a mí no me importa mientras me viva en el palacio la prudente Penélope y Telémaco, semejante a los dioses.»

Y Telémaco le contestó discretamente:

«Calla, no me contestes a éste con tantas palabras. Antínoo acostumbra a provocar continuamente con palabras duras e incluso incita a los demás.»

Así dijo, y dirigió a Antínoo aladas palabras:

«Antínoo, en verdad tu cuidas de mí como un padre de su hijo al aconsejarme que arroje del palacio al forastero con palabra tajante; que no cumpla dios esto. Toma algo y dáselo; no lo veo con malos ojos, sino que te ordeno que lo hagas. Y no tengas temor por causa de mi madre ni de ninguno de los siervos que hay en la casa del divino Odiseo. Aunque creo que es otro pensamiento el que albergas en tu pecho, pues prefieres comer tú a destajo antes que dárselo a otro.»

Y Antínoo le contestó y dijo:

«¡Telémaco fanfarrón, incapaz de reprimir tu ira, qué cosa has dicho! Si todos los pretendientes le dieran tanto como yo, su casa lo retendría durante tres meses lejos de aquí.»

Así dijo, y tomándolo de debajo de la mesa, le enseñó el escabel sobre el que apoyaba sus brillantes pies mientras se daba al banquete. Pero todos los demás le dieron y llenaron su zurrón de pan y carne. Iba ya Odiseo por el pavimento a probar los regalos de los aqueos, cuando se detuvo junto a Antínoo y le dijo su palabra:

«Dame, amigo, que no me pareces el menos noble de los aqueos, sino el más excelente, pues te asemejas a un rey. Por ello tienes que darme incluso más comida que los demás y yo diré tu nombre por la infinita tierra. También yo habité en otro tiempo en casa rica y daba a menudo a un vagabundo así, de cualquier ralea que fuera y cualquier cosa que llegara precisando. Tenía miles de esclavos y otras muchas cosas con las que los hombres viven bien y se les llama ricos. Pero Zeus Cronida me arruinó pues debió de quererlo así enviándome con unos errantes piratas a Egipto, camino largo, para que pereciera. Atraqué mis cuvadas naves en el río Egipto. Entonces ordené a mis leales compañeros que se quedaran junto a ellas para vigilarlas y envié espías a puestos de observación con orden de que regresaran, pero éstos, cediendo a su ambición, saquearon los hermosos campos de los egipcios, se llevaron a las mujeres y tiernos niños y mataron a los hombres. Pronto llegó el griterío a la ciudad, así que, al escucharlo, se presentaron al despuntar la aurora: llenóse la llanura toda de gente de a pie y a caballo y del estruendo del bronce. Zeus, el que goza con el rayo, indujo a mis compañeros a huir cobardemente y ninguno se atrevió a dar el pecho. Por todas partes nos rodeaba la destrucción. Allí mataron con agudo bronce a muchos de mis compañeros y a otros se los llevaron vivos para forzarlos a trabajar sus campos, pero a mí me llevaron a Chipre y me entregaron a un forastero que dio con nosotros, a Dmator Jasida, quien gobernaba con fuerza en Chipre. Desde allí he llegado aquí después de sufrir desgracias».

Y Antínoo le contestó y dijo:

«¿Qué dios nos ha traído aquí esta peste, esta ruina del banquete? Quédate ahí en medio, lejos de mi mesa, no sea que tengas que volver enseguida al amargo Egipto y a Chipre, que eres un mendigo audaz y desvergonzado. Te pones ante éstos, uno tras otro, y todos te dan atolondradamente, pues no tienen moderación ni sienten compasión al regalar cosas ajenas que tienen en abundancia a su disposición.»
Y le contestó retirándose el astuto Odiseo:

«¡Ay, ay, que a tu gallardía no se añade también la cordura! En verdad, no darías ni siquiera sal de tu propia hacienda a quien se te acercara si, estando en casa ajena, no has podido tomar un poco de pan para darme, y eso que tienes en abundancia a tu disposición.» Así habló; Antínoo se irritó más aún en su corazón y mirándole torvamente le dirigió aladas palabras: «Ahora es cuando creo que no vas a retirarte con bien atravesando el mégaron, ya que estás injuriándome.» Asi habló, y, tomando el escabel, se lo tiró al hombro derecho, acertándole en el extremo de la espalda. Odiseo se mantuvo en pie, firme como una roca, y el golpe de Antínoo no le hizo perder pie, pero movió la cabeza en silencio meditando secretos males. Se retiró para sentarse en el umbral, dejó el bien lleno zurrón y comenzó a hablar a los pretendientes: «Escuchadme, pretendientes de la ilustre reina, para que os diga lo que mi ánimo me ordena dentro del pecho. No es grande el dolor en las entrañas ni la pena cuando un hombre es golpeado luchando por sus posesiones, sus toros o sus blancas ovejas. Pero Antínoo me ha golpeado por causa del miserable estómago, el maldito estómago que proporciona males sin cuento a los hombres. Conque, si en verdad existen dioses y Erinis de los mendigos, que el término de la muerte alcance a Antínoo antes de su matrimonio.» Y Antínoo hijo de Eupites, le replicó: «Siéntate a comer tranquilo, forastero, o lárgate a otra parte, no sea que los jóvenes te arrastren por el palacio, por lo que dices, asiéndote del pie o del brazo y te llenen todo de arañazos.» Asi habló, y todos ellos se indignaron sobremanera. Y uno de los jóvenes orgullosos decía así: «Antínoo, cruel, no has hecho bien en golpear al pobre vagabundo, si es que existe un dios en el cielo. Que los dioses andan recorriendo las ciudades bajo la forma de forasteros de otras tierras y con otros mil aspectos, y vigilan la soberbia de los hombres o su rectitud.» Así le dijeron los pretendientes, pero él no prestaba atención a sus palabras. Telémaco hacía crecer en su corazón un gran dolor por su padre golpeado, pero no dejó caer a tierra lágrima alguna de sus párpados, sino que movió la cabeza en silencio, meditando secretos males. Cuando la prudente Penélope oyó que el forastero había sidó golpeado en el palacio dijo a sus siervas: «¡Ojalá Apolo, de ilustre arco, te alcance también a ti de esta forma!» Y la despensera Eurínome dijo: «¡Ojalá se diera cumplimiento a nuestras maldiciones! Ninguno de éstos llegaría vivo hasta la aurora de hermoso trono.» Y la prudente Penélope le dijo: «Tata, todos son enemigos, pues maquinan maldades, pero Antínoo sobre todos se asemeja a una negra Ker. Ese pobre forastero vaga por la casa pidiendo a los hombres, pues le obliga la pobreza; todos han llenado su zurrón y le han dado, pero éste le ha alcanzado con un escabel en el hombro derecho.» Así hablaba ella con sus esclavas, sentada en el dormitorio, mientras comía el divino Odiseo. Entonces llamó junto a sí al divino porquero y le dijo: «Ve, divino Eumeo, y ordena al forastero que venga para saludarlo y preguntarle si ha oído hablar sobre el sufridor Odiseo o lo ha visto con sus ojos pues parece un hombre muy asendereado. » Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo: «Reina, ojalá se callaran los aqueos; este sí que hechizaría tu corazón con lo que cuenta. Yo lo he tenido tres noches y tres días en mi cabaña (pues fue a mí a quien llegó primero después de huir de una nave), pero todavía no ha terminado de contarme sus desgracias. Como cuando un hombre contempla embelesado a un aedo que canta inspirado por los dioses y conoce versos deseables para los hombres y éstos desean escucharle sin cesar siempre que se pone a cantar, así me ha hechizado éste sentado en mi morada. Asegura que es huésped de Odiseo por parte de padre y que habitaba en Creta, donde está el linaje de Minos. Ha llegado de allí sufriendo penalidades, después de mucho rodar, y afirma haber oído sobre Odiseo vivo y cercano, en el rico pueblo de los tesprotos; y trae a casa numerosos tesoros.» Y le dijo la prudente Penélope: «Marcha, invítalo a venir aquí para que me lo cuente en persona. Que se diviertan éstos fuera o aquí en la casa, puesto que su ánimo está alegre: y es que sus bienes están intactos en su palacio; se los comen los siervos, en cambio ellos vienen todos los días a nuestro palacio y, sacrificando toros y ovejas y gordas cabras, se banquetean y beben el rojo vino sin mesura. Todo se está perdiendo, pues no hay un hombre como Odiseo para apartar de su casa esta peste. Si Odiseo llegara a su sierra patria haría pagar enseguida, junto con su hijo, las violencias de estos hombres.» Así habló, y Telémaco lanzó un gran estornudo y toda la casa resonó espantosamente. Rióse Penélope y dirigió a Eumeo aladas palabras: «Marcha y haz venir frente a mí al forastero. ¿No ves que mi hijo ha estornudado ante mis palabras? Por esto no puede dejar de cumplirse la muerte para todos los pretendientes; nadie podrá alejar de ellos la muerte y las Keres. Voy a decirte otra cosa que has de poner en tu interior: si reconozco que todo lo que dice es cierto, le vestiré de túnica y manto, hermosos vestidos.» Así habló; marchó el porquero luego que hubo escuchado su palabra y, poniéndose cerca, le dijo aladas palabras: «Padre forastero, te llama la prudente Penélope, la madre de Telémaco. Su ánimo la impulsa a preguntarte por su esposo, ya que ha sufrido muchas penas. Y si reconoce que todo lo que le dices es cierto, te vestirá de túnica y manto, cosas que más necesitas. También podrás alimentar tu vientre pidiendo comida por el pueblo, y te dará quien lo desee.» Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo: «Eumeo, contaría enseguida toda la verdad a la hija de Icario, a la prudente Penélope -pues sé muy bien sobre aquél y hemos recibido un infortunio semejante, pero temo a la multitud de los terribles pretendientes, cuya soberbia y violencia ha llegado al férreo cielo. Además, cuando ese hombre me hizo daño golpeándome al cruzar el salón y sin hacer yo nada malo, ni Telémaco ni ningún otro me protegió. Por esto aconsejo a Penélope que se quede en sus habitaciones por mucho que desee salir hasta la puesta del sol. Pregúnteme entonces sobre el día del regreso de su esposo, sentada muy cerca del fuego, pues tengo unos vestidos que dan pena y bien lo sabes tú, que ya te supliqué antes que a nadie.» Así habló, y marchó el porquero cuando hubo escuchado su palabra. Cuando atravesaba el umbral le dijo Penélope: « ¿No me lo traes, Eumeo? ¿Qué es lo que ha pensado el vagabundo? ¿Es que tiene mucho miedo de alguien o se avergüenza por otros motivos de cruzar la casa? Malo es un vagabundo vergonzoso.» Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo: «Ha hablado como le corresponde y dice lo que pensaría cualquier otro que quiere evitar la soberbia de esos hombres altivos. Conque te aconseja que esperes hasta la puesta del sol. Y es que será para ti mucho mejor, reina, que estés sola cuando dirijas tu palabra al forastero o le escuches.» Y le contestó la prudente Penélope: «No piensa como insensato el forastero, sea como fuere, pues entre los mortales hombres no hay quienes maquinen semejantes maldades, llenos de arrogancia.» Así habló ella, y el divino porquero marchó hacia la multitud de los pretendientes, una vez que le hubo manifestado todo. Luego dirigió a Telémaco aladas palabras, manteniendo cerca su cabeza para que no se enteraran los demás: «Amigo, yo me marcho a vigilar los cerdos y todo aquello, tu sustento y el mío. Ocúpate tú aquí de todo. Antes que nada mira por tu seguridad y piensa la forma de que no te pase nada, que muchos de los aqueos andan meditando males. ¡Ojalá los destruya Zeus antes de que nos llegue la desgracia!» Y Telémaco le contestó discretamente: «Así será, abuelo. Márchate después de merendar pero vuelve al amanecer y trae hermosas víctimas, que yo y los inmortales nos cuidaremos de todo esto.» Así habló; el porquero se sentó de nuevo sobre la bien pulida banqueta y después de saciar su apetito con comida y bebida se puso en marcha hacia los cerdos, abandonando el patio y el mégaron lleno de comensales.

Y éstos gozaban con la danza y el canto, pues ya había caído la tarde.

CANTO XVIII

LOS PRETENDIENTES VEJAN A ODISEO

En esto llegó un mendigo del pueblo que solía pedir por la ciudad de Itaca y sobresalía por su vientre insaciable, por comer y beber sin parar. No tenía vigor ni fortaleza, pero su cuerpo era grande al mirarlo. Su nombre era Arneo, que se lo puso su soberana madre el día de su nacimiento, pero todos los jóvenes le llamaban Iro, porque solía ir de correveidile cuando alguien se lo mandaba. Cuando llegó, empezó a perseguir a Odiseo por su casa y le insultaba diciendo aladas palabras:

«Viejo, sal del pórtico, no sea que te arrastre por el pie. ¿No has oído que todos me hacen guiños incitándome a que te arrastre? Yo, sin embargo, siento vergüenza. Conque levántate, no sea que nuestra disputa llegue a las manos.»

Y mirándole torvamente dijo el muy astuto Odiseo:

«Desgraciado, ni te hago daño alguno ni te dirijo la palabra, y no siento envidia de que alguien te dé, aunque recojas muchas cosas. Este umbral tiene cabida para los dos y no tienes por qué envidiar lo ajeno. Me pareces un vagabundo como yo y son los dioses los que dan fortuna. Pero no me provoques a luchar, no sea que me irrites y, con ser viejo, te empape de sangre el pecho y los labios. Así tendría más tranquilidad para mañana, pues no creo que volvieras por segunda vez al palacio de Odiseo Laertíada.»

Y el vagabundo Iro le contestó airado:

«¡Ay, ay, qué deprisa habla este gorrón que se parece a una vieja ennegrecida por el hollín! Y eso que podría yo pensar en dañarle golpeándolo con las dos manos y arrancar todos los dientes de sus mandíbulas, como los de un cerdo devorador de mieses, y tirarlos al suelo. Ponte el ceñidor para que todos vean que luchamos; aunque ¿cómo podrías luchar con un hombre más joven?»

Así es como se iban encolerizando sobre el pulimentado pavimento, delante de las elevadas puertas. La sagrada fuerza de Antínoo oyó a los dos y sonriendo dulcemente dijo a los pretendientes:

«Amigos, nunca hasta ahora nos había tocado en suerte una diversión como la que dios nos ha traído a esta casa. El forastero e Iro están incitándose mutuamente a llegar a las manos. Así que empujémosles enseguida.»

Así dijo y todos comenzaron a reírse; rodearon a los andrajosos mendigos y les dijo Antínoo, hijo de Eupites:

« Escuchadme, ilustres pretendientes, mientras os hablo. Hay en el fuego unos vientres de cabra, éstos que hemos dejado para la cena llenándolos de grasa y de sangre. El que venza de los dos y resulte más fuerte podrá levantarse él mismo y coger el que quiera. Además, podrá participar siempre de nuestro banquete y no permitiremos que ningún otro mendigo se nos acerque a pedir.»

Así dijo Antínoo y les agradó su palabra. Entonces el astuto Odiseo les dijo con intenciones engañosas:

«Amigos, no es posible que un viejo luche con un hombre más joven, sobre todo si está abrumado por el infortunio, pero el perverso vientre me empuja a que sucumba ante sus golpes. Conque, vamos, juradme todos con firme juramento que nadie prestará ayuda a Iro y me golpeará con mano pesada injustamente, haciéndome sucumbir ante éste por la fuerza.»

Así dijo, y todos juraron como les había pedido. Así que cuando habían completado su juramento dijo entre ellos la sagrada fuerza de Telémaco:

«Forastero, si tu corazón y tu valeroso ánimo te empujan a defenderte de éste, no temas a ninguno de los aqueos, pues tendrá que luchar contra muchos más quien te mate. Yo soy quien te hospeda y los dos reyes Antínoo y Eurímaco, ambos discretos, aprueban mis palabras.»

Así dijo, y todos asintieron. Así que Odiseo ciñó sus miembros con los andrajos y dejó al descubierto unos muslos grandes y hermosos y al descubierto quedaron sus anchos hombros, su torso y sus pesados brazos.

Entonces Atenea se puso a su lado y fortaleció los miembros del pastor de su pueblo. Todos los pretendientes se asombraron muy mucho y uno decía así al que tenía al lado:

«Pronto este Iro va a dejar de ser Iro y tener la desgracia que se ha buscado; ¡menudos muslos deja ver el viejo a través de sus andrajos!»

Así decían, y el corazón le dio un vuelco a Iro de mala manera. Pero aun así los escuderos le ciñeron y arrastraron a la fuerza atemorizado. Y sus carnes le temblaban en todo el cuerpo. Entonces Antínoo le dijo su palabra y le llamó por su nombre:

«¡Ojalá no existieras, fanfarrón, ni hubieras nacido si tanto tiemblas y temes a éste, a un viejo abrumado por el infortunio que le ha alcanzado! Pero te voy a decir algo que se va a cumplir: Si éste te vence y resulta más fuerte, te meteré en negra nave y te enviaré al continente, al rey Equeto, azote de todos los mortales, para que te corte la nariz y las orejas con cruel bronce y arrancando tus miembros se los arroje a los perros para que se los coman crudos.»

Así dijo, el temblor se apoderó todavía más de sus miembros y lo arrastraron hacia el medio. Y los dos extendieron sus brazos.

Entonces, el sufridor, el divino Odiseo, dudó entre derribarlo de forma que su alma le abandonara al caer o derribarlo suavemente y extenderlo en el suelo. Y mientras así dudaba le pareció más ventajoso derribarlo suavemente para que los aqueos no sospecharan nada. Así que levantando ambos los brazos, Iro golpeó a Odiseo en el hombro derecho y Odiseo golpeó el cuello de Iro bajo la oreja y rompió por dentro sus huesos. Al punto bajó por su boca la negra sangre y cayó al suelo gritando. Pateaba contra el suelo y hacía rechinar sus dientes, y los ilustres pretendientes levantaron sus manos y se morían de risa. Entonces Odiseo le asió por el pie y lo arrastró a lo largo del pórtico hasta llegar al patio y las puertas de la galería. Lo dejó sentado contra la cerca del patio, le puso el bastón entre las manos y le dirigió aladas palabras:

«Quédate ahí sentado para espantar a cerdos y perros, y no pretendas ser jefe de forasteros y mendigos, miserable como eres, no sea que te busques un mal todavía mayor.»

Así diciendo echó a sus hombros el sucio zurrón rasgado por muchas partes, en el que había una correa retorcida, volvió al umbral y se sentó. Los pretendientes entraron riéndose suavemente y le felicitaban con sus palabras, y uno de los jóvenes arrogantes decía así:

«Forastero, que Zeus y los demás dioses inmortales te concedan lo que más desees y sea caro a tu corazón, pues has hecho que este insaciable deje de vagabundear por el pueblo. Pronto lo llevaremos al continente, al rey Equeto, azote de todos los mortales.»

Así decían y el divino Odiseo se alegró con el presagio. Entonces Antínoo le puso al lado un gran vientre lleno de grasa y sangre. También Anfínomo puso a su lado dos panes que tomó de la cesta, le ofreció vino en copa de oro y dijo:

«Salud, padre forastero; que seas rico y feliz en el futuro, pues ahora estás envuelto en numerosas desgracias.»
Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:

«Anfínomo, de verdad que me pareces discreto, siendo hijo de tal padre, pues he oído la fama que tiene Niso de Duliquia de ser gallardo y rico. Dicen que eres hijo de éste y pareces hombre discreto. Por eso te voy a decir algo préstame atención y escúchame : nada cría la tierra más endeble que el hombre de cuantos seres respiran y caminan por ella. Mientras los dioses le prestan virtud y sus rodillas son ágiles, cree que nunca en el futuro va a recibir desgracias; pero cuando los dioses felices le otorgan miserias, incluso éstas tiene que soportarlas con ánimo paciente contra su voluntad. Pues el pensamiento de los hombres terrenos cambia con cada día que nos trae el padre de hombres y dioses. También en otro tiempo yo estuve a punto de ser rico y feliz entre los hombres, pero cometí numerosas violencias cediendo a mi fuerza y poder por confiar en mi padre y mis hermanos. Por esto ningún hombre debe ser nunca injusto, sino retener en silencio los dones que los dioses le hagan. «Estoy viendo a los pretendientes maquinar acciones semejantes, trasquilando los bienes y deshonrando a la esposa de un hombre que, te aseguro, no estará ya mucho tiempo lejos de los suyos y su patria, por el contrario, está cerca. Conque ¡ojalá un dios te saque de aquí y lleve a casa para no tener que enfrentarte con aquél el día que regrese a su tierra patria!; que creo no va a ser sin sangre la contienda entre él y los pretendientes, cuando haya entrado en su hogar.» Así habló, después de hacer libación bebió el delicioso vino y volvió a depositar la copa en manos del conductor de su pueblo. éste marchó por el palacio acongojado en su corazón moviendo la cabeza, pues ya veía en su interior la perdición. Pero ni aun así consiguió escapar a la muerte, que también a éste sujetó Atenea bajo los brazos de Telémaco para que sucumbiera con fuerza a su lanza. Y volvió a sentarse en el sillón de donde se había levantado. Entonces la diosa de ojos brillantes, Atenea, puso en la mente de la hija de Icario, la prudente Penélope, la idea de aparecer ante los pretendientes, a fin de que ensanchara aún más el corazón de éstos y resultara aún más respetable que antes a los ojos de su esposo e hijo. Sonrió sin motivo, dijo su palabra a la despensera y la llamó por su nombre: «Eurínome, mi ánimo desea, aunque nunca antes lo deseó, mostrarme ante los pretendientes por odiosos que me sigan siendo. Voy a decir a mi hijo una palabra que quizá le resulte provechosa: que no se mezcle con los pretendientes, quienes le hablan bien, pero por detrás le piensan mal.» Y Eurínome, la despensera, le dirigió su palabra: «Sí, todo esto lo dices como te corresponde, hija. Conque ve y di a tu hijo tu palabra y nada le ocultes, pero antes lava tu cuerpo y pinta tus mejillas. No vayas con el rostro tan empapado de llanto, que es cosa mala andar siempre entre penas. Tu hijo es ya tan grande como pedías a los inmortales verlo, cubierto de barba.» Y le contestó la prudente Penélope: «Eurínome, no digas, por más que te cuides de mí, que lave mi cuerpo y unja mis mejillas con aceite, que los dioses que ocupan el Olimpo me arrebataron la belleza el día que aquél se marchó en las cóncavas naves. Pero dile a Autónoe e Hipodamia que vengan, a fin de que me acompañen por el palacio. No quiero presentarme sola ante hombres, pues siento vergüenza.» Así dijo, y la anciana atravesó el mégaron para dar el recado a las mujeres y apremiarlas a que marcharan. Entonces Atenea, la diosa de ojos brillantes, concibió otra idea: derramó sobre la hija de Icario dulce sueño y ésta echóse a dormir en la misma silla y todos los miembros se le aflojaron. Entretanto, la divina entre las diosas le otorgó dones inmortales para que los aqueos se admiraran al verla. En primer lugar limpió su hermoso rostro con la belleza inmortal con que suele adornarse Citerea, de linda corona, cuando comparte el deseable coro de las Gracias. También la hizo más alta y más fuerte a la vista y la hizo más blanca que el marfil tallado. Realizado esto, sé; alejó la divina entre las diosas y llegaron del mégaron las siervas de blancos brazos, acercándose con vocerío. Entonces abandonó el sueño a Penélope, frotóse las mejillas con sus manos y dijo: «¡Qué blando letargo ha cubierto mis sufrimientos! Ojalá la casta Artemis me proporcionara una muerte así de blanda ahora mismo, para no seguir consumiendo mi vida con corazón acongojado en la nostalgia de las muchas virtudes de mi marido, pues era el más excelente de los aqueos.» Así diciendo, abandonó el brillante piso de arriba, pero no sola, que la acompañaban dos siervas. Cuando llegó juntó a los pretendientes la divina entre las mujeres se detuvo junto a una columna del ricamente labrado techo, sosteniendo ante sus mejillas un grueso velo. Y una diligente sierva se colocó a cada lado. Las rodillas de los pretendientes se debilitaron allí mismo pues había hechizado su corazón con el deseo y todos desearon acostarse junto a ella en la cama. Entonces se dirigió a Telémaco, su querido hijo: «Telémaco, ya no tienes voluntad ni juicio firmes. Cuando eras niño regías tus intereses aún mejor que ahora; en cambio, ahora que eres grande y has alcanzado la medida de la juventud y eso que cualquiera pensaría que eres hijo de un hombre rico mirando tu talla y hermosura, un ser de otro sitio, y no tienes voluntad ni juicio como es debido. ¡Qué acción es esta que se ha producido en el palacio...!, y tú que has permitido que se ultrajara a este forastero... ¿Qué pasaría si un huésped alojado en nuestro palacio recibiera este doloroso trato? Seguro que la vergüenza y el escarnio de las gentes serían para ti.» Y Telémaco le contestó discretamente: «Madre mía, no me voy a indignar porque te irrites conmigo, que pienso en mi interior y sé muy bien cada cosa, lo bueno y lo malo, aunque hasta ahora he sido todavía un niño. Pero no puedo pensar en todo con discreción, pues me asustan éstos que se sientan a mi lado maquinando maldades y yo no tengo quien me ayude. El altercado entre el forastero e Iro se ha producido no por voluntad de los pretendientes, sino porque aquél era más vigoroso. «¡Ojalá por Zeus padre, Atenea y Apolo que los pretendientes inclinaran su cabeza vencidos, en el patio los unos, dentro de la casa los otros, y se les aflojaran los miembros de la misma forma que el desdichado Iro está ahora sentado con la cabeza gacha, semejante a un borracho, sin poder tenerse en pie ni volver a casa, pues sus miembros están flojos.» Así se decían uno a otro. Y Eurímaco se dirigió a Penélope con palabras: « Hija de Icario, prudente Penélope, si te contemplaran todos los aqueos de Argos de Yaso, serían muchos más los pretendientes que se banquetearan desde el amanecer en vuestro palacio, pues sobresales entre las mujeres por tu forma y talla y por el juicio que tienes dentro bien equilibrado.» Y le contestó luego la prudente Penélope: «Eurímaco, en verdad han destruido los inmortales mis cualidades forma y cuerpo, el día en que los aqueos se embarcaron para Ilión, y con ellos estaba mi esposo Odiseo. Si al menos viniera él y cuidara mi vida, mayor sería mi gloria y yo más bella, pero estoy afligida, pues son tantos los males que la divinidad ha agitado contra mí. Cuando marchó Odiseo abandonando su tierra patria, me tomó de la mano derecha por la muñeca y me dijo: "Mujer, no creo que vuelvan incólumes de Troya todos los aqueos de buenas grebas, que dicen que los troyanos son buenos luchadores, tanto lanzando el venablo como las flechas o montando en veloces caballos, los cuales pueden decidir rápidamente una gran contienda cuando está equilibrada. Por esto, no sé si va a librarme dios o perecerá en la misma Troya. Cuida tú aquí de todo; presta atención a mis padres en el palacio como ahora, o todavía más, cuando yo esté lejos. Cuando veas que mi hijo ya tiene barba, cásate con quien desees y abandona tu casa." Así dijo aquél y todo se está cumpliendo. Llegará la noche en que el odioso matrimonio salga al encuentro de esta desgraciada a quien Zeus ha quitado la felicidad. Pero me ha llegado al corazón esta terrible aflicción: no suele ser así al menos antes no lo era el comportamiento de los pretendientes que quieren cortejar a una mujer noble, hija de un hombre rico, rivalizando entre sí; suelen llevar vacas y rico ganado para festín de los amigos de la novia y entregar a ésta brillantes presentes, pero no comerse sin pagar una hacienda ajena.» Así habló, y se llenó de alegría el sufridor, el divino Odiseo porque trataba de arrancar regalos y hechizar sus corazones con blandas palabras, mientras su mente revolvía otras intenciones. Entonces Antínoo, hijo de Eupites, se dirigió a ella: «Hija de Icario, prudente Penélope, recibe los dones que quieran traerte los aqueos pues no es bueno rechazar un regalo, que nosotros no iremos a trabajo ni a parte alguna hasta que te desposes con el mejor de los aqueos.» Así habló Antínoo y les agradó su palabra. Así que cada uno envió a un heraldo para que trajera presentes. A Antínoo le trajo su heraldo un gran peplo hermoso, bordado y con doce broches todos de oro encajados en sus bien dobladas corchetas. A Eurímaco le trajo enseguida un collar adornado de oro, engarzado con ámbar, como un sol. Sus siervos le llevaron a Euridamente dos pendientes con tres perlas, grandes como moras, que despedían una gracia sin cuento. De casa de Pisandro, el soberano hijo de Polictor, trajo un siervo una gargantilla, hermoso adorno. Cada uno de los aqueos llevó su hermoso regalo. Entonces subió la divina entre las mujeres al piso superior y a su lado las siervas portaban los hermosísimos presentes. Los pretendientes se entregaron a la danza y al deseable canto y esperaron a que llegara la tarde, y cuando estaban gozando se les echó encima la oscura tarde. Entonces colocaron tres parrillas en el palacio para que les alumbraran, y en ellas madera seca, muy seca, reseca, recién cortada con el bronce, y la mezclaron con teas. Y las siervas del sufridor Odiseo se alternaban para alumbrar. Entonces les dijo el mismo hijo de los dioses, el muy astuto Odiseo: «Siervas de Odiseo, señor vuestro largo tiempo ausente, marchad a las habitaciones de la venerable reina y moved la rueca junto a ella y divertidla sentadas en su estancia, o cardad copos de lana en vuestras manos, que yo me quedaré aquí para ofrecer luz a todos éstos. Aunque quieran aguardar a Eos, de hermoso trono, no me rendirán, que tengo mucho aguante.» Así dijo, y ellas se echaron a reír mirándose unas a otras. Entonces empezó a censurarle con palabras de reproche Melanto de lindas mejillas (la había engendrado Dolio, pero la crió Penélope y la cuidaba como a una hija y le daba juguetes, pero ni aun así sentía lástima en su corazón por Penélope, sino que solía acostarse y hacer el amor con Eurímaco). ésta, pues, reprendió a Odiseo con palabras ultrajantes: « Desgraciado forastero, estás tocado en tus mientes; no quieres ir a dormir a casa del herrero ni al albergue público, sino que te quedas aquí y hablas mucho con audacia, en medió de tantos hombres, sin sentir miedo en tu corazón. Seguro que el vino se ha apoderado de tus entrañas, o quizá siempre es así tu juicio y dices sandeces. Acaso estás fuera de ti por vencer a Iro, el vagabundo? Cuidado, no se levante contra ti alguien más fuerte que Iro y, golpeándote en la cabeza con pesadas manos, te arrastre fuera del patio manchado de sangre.» Y mirándola torvamente, le dijo el muy astuto Odiseo: «Perra, voy a ir a contar a Telémaco lo que estás diciendo, para que te corte en pedazos.» Así diciendo, espantó a las mujeres con sus palabras y se pusieron en camino por el palacio, y sus miembros estaban flojos por el terror, pues pensaban que había dicho la verdad. Entonces Odiseo se puso junto a las parrillas ardientes para alumbrarlos y dirigía su mirada a todos ellos, pero su corazón revolvía dentro del pecho lo que no iba a quedar sin cumplimiento. Y Atenea no permitió que los esforzados pretendientes contuvieran del todo los escarnios que laceran el corazón, para que el dolor se hundiera todavía más en el ánimo de Odiseo Laertíada. Así que Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó a hablar ultrajando a Odiseo y produjo risa a sus compañeros: «Escuchadme, pretendientes de la famosa reina, mientras os digo lo que mi corazón me ordena dentro del pecho. Este hombre ha llegado a casa de Odiseo no sin la voluntad de los dioses, que me parece que la luz de las antorchas sale de su misma cabeza, pues no le queda ni un solo pelo.» Así dijo, y luego se dirigió a Odiseo, destructor de ciudades: «Forastero, ¿querrías servirme como jornalero, si te acepto, en el extremo del campo (y tu jornal será suficiente), para construir cercas y plantar elevados árboles? Te ofrecería comida todo el año y te daría ropa y calzado para tus pies. Aunque ahora que has aprendido malas artes no querrás ponerte al trabajo, sino mendigar por el pueblo para alimentar tu insaciable estómago.» Y le contestó diciendo el muy astuto Odiseo: «Eurímaco, si tú y yo rivalizáramos en el trabajo durante el verano, cuando los días son largos, en la siega del heno y yo tuviera una bien curvada hoz y tú otra igual para ponernos al trabajo sin comer hasta el crepúsculo y hubiera hierba, o si hubiera dos bueyes que arrear, los mejores bueyes, rojizos y grandes, saciados ambos de heno, de igual edad y peso, nada endebles de fortaleza, y hubiera un campo de cuatro fanegas y cediera el terrón al arado..., entonces verías si soy capaz de tirar un surco bien derecho. «Lo mismo digo si hoy mismo el Cronida moviera guerra en algún lado y tuviera yo escudo y un par de lanzas y un yelmo de bronce bien ajustado a mis sienes; ibas a verme enzarzado entre los primeros combatientes y no mentarías mi estómago para ultrajarme. Pero eres arrogante y tu corazón es duro. Te crees grande y poderoso porque frecuentas la compañía de gente pequeña y villana, pero si viniera Odiseo de vuelta a su tierra patria, pronto estas puertas, con ser sobremanera anchas, te iban a resultar estrechas cuando trataras de salir huyendo a través del pórtico.» Así dijo, y Eurímaco se encolerizó más todavía, y mirándole torvamente le dirigió aladas palabras: «Ah, desgraciado, pronto voy a producirte daño por lo que dices en presencia de tantos hombres sin sentir miedo en tu corazón. Seguro que el vino se ha apoderado de tus entrañas o quizá siempre es así tu juicio y dices sandeces. ¿Acaso estás fuera de ti por haber vencido a Iro, el vagabundo?» Así diciendo, cogió el escabel, pero Odiseo fue a sentarse junto a las rodillas de Anfínomo de Duliquia por temor a Eurímaco, y éste alcanzó al escanciador en el brazo derecho. La jarra cayó al suelo con estrépito y el copero se desplomó boca arriba gritando. Los pretendientes alborotaron en el sombrío palacio y uno decía así al que tenía cerca: «¡Ojalá el forastero éste hubiera muerto en otra parte antes de venir! Así no habría organizado tal alboroto. Ahora, en cambio, estamos peleándonos por culpa de unos mendigos y no habrá placer en el magnífico festín, pues está venciendo lo peor.» Y la divina fuerza de Telémaco habló entre ellos: « Desdichados, estáis enloquecidos y ya no podéis ocultar más tiempo los efectos de la comida y bebida. Sin duda os empuja un dios. Conque marchaos a casa a dormir ahora que os habéis banqueteado bien, cuando os lo ordene el ánimo, que yo no empujaré a nadie.» Así dijo, y todos clavaron los dientes en sus labios y se admiraban de Telémaco porque había hablado audazmente. Entonces Anfínomo, ilustre hijo de Niso, el soberano hijo de Aretes, se levantó entre ellos y dijo: «Amigos, que nadie se moleste por lo dicho tan justamente, tocándole con palabras contrarias. No maltratéis tampoco al forastero ni a ninguno de los esclavos del palacio del divino Odiseo. Conque, vamos, que el copero haga una primera libación, por orden, en las copas, para que una vez realizada marchemos a casa a dormir. En cuanto al forastero, dejémoslo en el palacio de Odiseo al cuidado de Telémaco, ya que es a su casa donde ha llegado.» Así dijo y a todos les agradó su palabra. El héroe Mulio, heraldo de Duliquio, mezcló vino en la crátera era siervo de Anfínomo y, puesto en pie, repartió vino a todos. éstos libaron en honor de los dioses felices con delicioso vino y, cuando habían hecho la libación y bebido cuanto quiso su ánimo, se pusieron en camino, cada uno a su casa, para dormir.

CANTO XIX

LA ESCLAVA EURICLEA RECONOCE A ODISEO

En cambio, el divino Odiseo se quedó en el palacio ideando, con la ayuda de Atenea, la muerte contra los pretendientes, y de súbito dijo a Telémaco aladas palabras:

«Telémaco, es preciso que lleves adentro todas las armas y que, cuando los pretendientes las echen de menos y pregunten, los engañes con estas suaves palabras: "Las he retirado del fuego, pues ya no se parecen a las que dejó Odiseo cuando marchó a Troya, que están ennegrecidas hasta donde les ha alcanzado el aliento del fuego. Además, un demón ha puesto en mi interior una razón más poderosa: no sea que os llenéis de vino y, levantando disputa entre vosotros, lleguéis a heriros unos a otros y a llenar de vergüenza el convite y vuestras pretensiones de matrimonio; que el hierro por sí solo arrastra al hombre"».

Así dijo; Telémaco obedeció a su padre, y llamando a su nodriza Euriclea le dijo:

«Tata, reténme a las mujeres dentro de las habitaciones del palacio mientras transporto a la despensa las magníficas armas de mi padre a las que el humo ennegrece, pues están descuidadas por la casa mientras mi padre está ausente; que yo era hasta hoy un niño pequeño, pero ahora quiero transportarlas para que no les llegue el aliento del fuego.»

Y le respondió su nodriza Euriclea:

« Hijo, ¡ojalá hubieras adquirido ya prudencia para cuidarte de la casa y guardar todas tus posesiones! Pero ¿quién portará entonces la luz a tu lado?, pues no dejas salir a las esclavas; quienes podrían alumbrarte.»

Y Telémaco le contestó discretamente:

«El forastero, éste, pues no permitiré que esté ocioso el que toca mi vasija, aunque haya venido de lejos.»

Así dijo, y a ella se le quedaron sin alas las palabras. Así que cerró las puertas de las habitaciones, agradables para vivir.

Entonces se apresuraron Odiseo y su resplandeciente hijo a llevar adentro los cascos y los abollados escudos y las agudas lanzas, y por delante Palas Atenea hacía una luz hermosísima con una lámpara. Y Telémaco dijo de pronto a su padre:

«Padre, es una gran maravilla esto que veo con mis ojos: las paredes del palacio y los hermosos intercolumnios y las vigas de abeto y las columnas que las soportan arriba se muestran a mis ojos como si fueran de fuego encendido. Seguro que algún dios de los que poseen el ancho cielo está dentro.»

Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

«Calla y reténlo en tu pensamiento, y no preguntes; ésta es la manera de obrar de los dioses que poseen el Olimpo. Pero acuéstate, que yo me quedaré aquí para provocar todavía más a las esclavas y a tu madre; ella me preguntará sobre cada cosa entre lamentos.»
Así dijo, y Telémaco, iluminado por las brillantes antorchas, se puso en camino a través del palacio hacia el dormitorio donde solía acostarse cuando le llegaba el dulce sueño. También entonces se acostó allí y aguardaba a Eos divina. En cambio el divino Odiseo se quedó en el mégaron ideando, con la ayuda de Atenea, la muerte contra los pretendientes.

Entonces salió de su dormitorio la prudente Penélope semejante a Artemis o a la dorada Afrodita. Le habían colocado junto al hogar el sillón bien labrado con marfil y plata donde solía sentarse. Lo había fabricado en otro tiempo el artífice Icmalio y, unido a él, había puesto para los pies un escabel sobre el que se echaba una gran piel. Allí se sentó la discreta Penélope y llegaron del mégaron las esclavas de blancos brazos; retiraron el abundance pan y las mesas y copas donde bebían los arrogantes varones, y arrojaron al suelo el fuego de las parriIlas amontonando sobre él mucha leña para que hubiera luz y para calentar. Entonces Melanto reprendió a Odiseo por segunda vez: «Forastero, ¿es que incluso ahora, por la noche, vas a importunar dando vueltas por la casa y espiar a las mujeres? Vete afuera, desdichado, y contente con la comida, o vas a salir afuera enseguida, aunque sea alcanzado por un tizón.» Y mirándola torvamente le dijo el muy astuto Odiseo: «Desdichada, ¿por qué te diriges contra mí con ánimo irritado? ¿Acaso porque voy sucio y visto mi cuerpo con ropa miserable y pido limosna por el pueblo? La necesidad me empuja; así son los mendigos y los vagabundos. También yo en otro tiempo habitaba feliz mi próspera casa entre los hombres y muchas veces daba a un vagabundo, de cualquier ralea que fuese, cualquier cosa que precisara al llegar. Y eso que tenía innumerables esclavos y muchas otras cosas con las que la gente vive bien y se la llama rica. Pero Zeus Cronida me las arrebató, pues así lo quiso. Por esto, ¿cuidado, mujer!, no sea que algún día también tú pierdas toda la hermosura por la que ahora, desde luego, brillas entre las esclavas: no vaya a ser que tu señora se irrite y enfurezca contigo, o llegue Odiseo, pues aún hay una parte de esperanza. Y si éste ha perecido y no es posible que regrese, sin embargo ya tiene, por voluntad de Apolo, un hijo como Telémaco a quien ninguna de las mujeres del palacio le pasa inadvertida si es insensata, pues ya no es tan joven.» Así dijo: le escuchó la prudence Penélope y respondió a la esclava, le habló y la llamó por su nombre: «¡Atrevida, perra desvergonzada!, no se me oculta que cometes una mala acción que pagarás con tu cabeza. Sabías pues me lo has oído a mí misma que iba a preguntar al forastero en mis habitaciones acerca de mi esposo, pues estoy afligida intensamente.» Así dijo, y luego se dirigió a la despensera Eurínome: «Eurínome, trae ya una silla y sobre ella una piel para que se siente y diga su palabra el forastero y escuche la mía. Quiero interrogarle.» Así dijo; ésta llevó enseguida una pulimentada silla y sobre ella extendió una piel donde se sentó después el sufridor, el divino Odiseo. Y entre ellos comenzó a hablar la prudente Penélope: «Forastero, esto es lo primero que quiero preguntarte: ¿quién de los hombres eres y de dónde? ¿Donde están tu ciudad y tus padres? Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo: «Mujer, ninguno de los mortales sobre la inmensa tierra podría censurarte, pues en verdad tu gloria llega al ancho cielo como la de un irreprochable rey que, reinando con terror a los dioses sobre muchos y valerosos hombres, sustenta la justicia y produce la negra tierra trigo y cebada y se inclinan los árboles por el fruto, y las ovejas paren robustas y el mar proporciona peces por su buen gobierno, y el pueblo es próspero bajo su cetro. Con todo, hazme cualquier otra pregunta en tu casa, pero no me preguntes por mi linaje y tierra patria, no sea que cargues más mi espíritu de penas con el recuerdo. En verdad soy muy desgraciado, pero no está bien sentarse en casa ajena a gemir y lamentarse que es cosa mala sufrir siempre sin descanso, no sea que alguna de las esclavas se enoje contra mí o tú misma y diga que derramo lágrimas por tener la mente pesada por el vino.» Y le respondió la prudente Penélope: «Forastero, en verdad los inmortales destruyeron mis cualidades figura y cuerpo el día en que los argivos se embarcaron para Ilión y entre ellos estaba mi esposo, Odiseo. Si al menos volviera él y cuidara de mi vida, mayor sería mi gloria y yo más bella. Pero ahora estoy afligida, pues son tantos los males que la divinidad ha agitado contra mí; pues cuantos nobles dominan sobre las islas, en Duliquio y Same, y la boscosa Zante, y los que habitan en la misma Itaca, hermosa al atardecer, me pretenden contra mi voluntad y arruinan mi casa. Por esto no me cuido de los huéspedes ni de los suplicantes y tampoco de los heraldos, los ministros públicos, sino que en la nostalgia de Odiseo se consume mi corazón. éstos tratan de apresurar la boda, pero yo tramo engaños. Un dios me inspiró al principio que me pusiera a tejer un velo, una tela sutil e inacabable, y entonces les dije: "Jóvenes pretendientes míos, puesto que ha muerto el divino Odiseo, aguardad mi boda hasta que acabe un velo no sea que se me destruyan inútiles los hilos, un sudario para el héroe Laertes, para cuando le alcance el destino fatal de la muerte de largos lamentos; no vaya a ser que alguna entre el pueblo de las aqueas se irrite contra mí si es enterrado sin sudario el que tanto poseyó." Así les dije, y su ánimo generoso se dejó persuadir. Entonces hilaba sin parar durance el día la gran tela y la deshacía durante la noche, poniendo antorchas a mi lado. Así engañé y persuadí a los aqueos durante tres años, pero cuando llegó el cuarto y se sucedieron las estaciones en el transcurrir de los meses y pasaron muchos días, por fin me sorprendieron por culpa de mis esclavas ¡perras, que no se cuidan de mi! y me reprendieron con sus palabras. Así que tuve que terminar el velo y no voluntariamente, sino por la fuerza. «Ahora no puedo evitar la boda ni encuentro ya otro ardid. Mis padres me impulsan a casarme y mi hijo se indigna cuando devoran nuestra riqueza, pues se da cuenta, que ya es un hombre muy capaz de guardar su casa y Zeus le da gloria. Pero, con todo, dime tu linaje y de dónde eres, pues seguro que no has nacido de una encina de antigua historia ni de un peñasco.» Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo: «Venerable mujer de Odiseo Laertíada, ¿no vas a dejar de preguntarme sobre mi linaje? Te lo voy a contar aunque me vas a hacer un regalo de penas todavía más numerosas que las que me cercan pues ésta es la costumbre cuando un hombre está ausente de su patria durante tanto tiempo como yo, errante por muchas ciudades de mortales soportando males, pero aun así te voy a contestar a lo que me preguntas e inquieres. Creta es una tierra en medio del ponto, rojo como el vino, hermosa y fértil, rodeada de mar. En ella hay numerosos hombres, innumerables, y noventa ciudades en las que se mezclan unas y otras lenguas. En ellas están los aqueos y los magnánimos eteocretenses, en ellas los cidones y los dorios divididos en tres tribus, y los divinos pelasgos. Entre estas ciudades está Cnossós, una gran urbe donde reinó durante nueve años Minos, confidente del gran Zeus, padre de mi padre el magnánimo Deucalión. éste nos engendró a mí y al soberano Idomeneo, quien, juntamente con los Atridas, marchó a Ilión en las corvas naves. Mi ilustre nombre es Etón y soy el más joven, que él es mayor y más valiente. Allí fue donde vi a Odiseo y le di los dones de hospitalidad, pues lo había llevado a Creta la fuerza del viento cuando se dirigía hacia Troya, después de apartarlo de las Mareas. Había atracado en Amniso, cerca de donde está la gruta de Ilitia, en un puerto difícil, escapando a duras penas a las tormentas. Enseguida subió a la ciudad y preguntó por Idomeneo, pues decía que era su huésped querido y respetado. Era la décima o la undécima aurora desde que había partido con sus cóncavas naves hacia Ilión. Yo lo llevé a palacio y le procuré digna hospitalidad; le honré gentilmente con la abundancia de cosas que había en la casa y tanto a él como a sus compañeros les di harina a expensas del pueblo y rojo vino que reuní, y bueyes para sacrificar, a fin de que saciaran su apetito. «Allí permanecieron doce días los divinos aqueos, pues soplaba Bóreas, el viento impetuoso, y no dejaba estar de pie sobre el suelo algún funesto demón lo había levantado, pero al decimotercero cayó el viento y se dieron a la mar.»

Amañaba muchas mentiras al hablar, semejantes a verdades, y mientras ella le oía le corrían las lágrimas y se le consumía el cuerpo. Lo mismo que en las altas montañas se derrite la nieve a la que funde Euro después que Céfiro la hace caer y cuando está fundida los ríos aumentan su curso, así se fundían sus hermosas mejillas vertiendo lágrimas por su marido, que estaba a su lado.

Odiseo sentía piedad por su mujer cuando sollozaba, pero los ojos se le mantuvieron firmes como si fueran de cuerno o hierro, inmóviles en los párpados. Y ocultaba sus lágrimas con engaño. De nuevo le contestó con palabras y dijo:

«Forastero, ahora quiero probar si de verdad albergaste en tu palacio a mi esposo, como afirmas, junto con sus compañeros, semejantes a los dioses. Dime cómo eran los vestidos que cubrían su cuerpo y cómo era él mismo, y háblame de sus compañeros, los que le seguían.»

Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

«Mujer, es difícil decirlo después de tan larga separación, pues ya hace veinte años que marchó de allí y dejó mi patria, pero aun así te lo diré como mi corazón me lo pinta. El divino Odiseo tenía un manto purpúreo de lana, manto doble que sujetaba un broche de oro con agujeros dobles y estaba bordado por delante: un perro sujetaba entre las patas delanteras a un cervatillo moteado y lo miraba fijamente forcejear. Y esto es lo que asombraba a todos, que, siendo de oro, el uno miraba al cervatillo mientras lo ahogaba y el otro, deseando escapar, forcejeaba con los pies. También vi alrededor de su cuerpo una túnica resplandeciente y como binza de cebolla seca; ¡tan suave era y brillante como el sol! Muchas mujeres la contemplaban con admiración. Pero te voy a decir una cosa que has de poner en tu interior: no sé si Odiseo rodeaba su cuerpo con ellas ya en casa o se las dio, al marchar sobre la veloz nave, alguno de sus compañeros o tal vez incluso algún huésped (ya que Odiseo era amigo para muchos), pues pocos entre los aqueos eran semejantes a él.

«También yo le di una broncínea espada y un manto doble, hermoso, purpúreo, y una túnica orlada, y lo despedí respetuosamente sobre su nave de sólidos bancos. Le acompañaba un heraldo un poco mayor que él, de quien también te voy a decir cómo era exactamente: caído de hombros, negra la tez, rizado el cabello y de nombre Euribates. Odiseo le honraba por encima de sus otros compañeros porque le concebía pensamientos ajustados.»

Así dijo, y a ella se le levantó aún más el deseo de llorar al reconocer las señales que le había dicho Odiseo con exactitud. Y luego que se hubo saciado del gemido de abundantes lágrimas le respondió con palabras y dijo:

«Forastero, aunque ya antes eras digno de compasión, ahora vas a ser querido y respetado en mi palacio, pues yo misma le di esas vestiduras que dices las traje dobladas de la despensa y les puse un broche resplandeciente para que fuera un adorno para él; pero ya no lo recibiré nunca de vuelta en casa, pues con funesto destino marchó Odiseo en cóncava nave para ver la maldita Ilión, que no hay que nombrar.»



Y la respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

«Mujer venerada de Odiseo Laertíada, ya no desfigures más tu hermoso cuerpo ni consumas tu espíritu lamentando a tu esposo. Aunque en nada te he de reprender, pues cualquier mujer se lamenta de haber perdido a su legítimo esposo con quien ha engendrado hijos uniéndose en amor, aunque sea distinto de Odiseo, de quien dicen que era semejante a los dioses. Pero deja de gemir y atiende a mi palabra, pues te voy a hablar sinceramente y no lo voy a ocultar que ya he oído acerca del regreso de Odiseo, que está cerca y vivo en el rico pueblo de los tesprotos. También trae muchos y maravillosos bienes que ha mendigado por el pueblo, pero ha perdido a sus leales compañeros y la cóncava nave en el ponto, rojo como el vino, cuando venía de la isla de Trinaquía, pues estaban airados contra él Zeus y Helios, porque sus compañeros había matado las vacas de éste. Así que todos ellos perecieron en el alborotado ponto, pero a él lo empujó el oleaje sobre la quilla de su nave hacia tierra firme, hacia la tierra de los feacios, que han nacido cercanos a los dioses. éstos le honraron de corazón como a un dios y le dieron muchas cosas, y querían llevarlo ellos mismos a su patria sano y salvo. Podría estar aquí Odiseo hace mucho tiempo, pero a su ánimo le pareció más ventajoso marchar por tierra para reunir mucha riqueza. Así es como sobresale Odiseo por su mucha astucia entre los mortales hombres y ningún otro mortal podría rivalizar con él. Así me lo decía Fidón, el rey de los tesprotos, y juró delante de mí mientras hacía libación en su casa, que había echado su nave al mar y estaban dispuestos los compañeros que iban a llevarlo a su tierra patria, pero a mí me envió antes, pues marchaba casualmente una nave de Tesprotos a Duliquio, rica en trigo. Y me mostró cuantas riquezas había reunido Odiseo; podrían alimentar a otro hombre hasta la décima generación: ¡tantos tesoros tenía depositados en el palacio del rey! También me dijo que Odiseo había marchado a Dodona para escuchar la voluntad de Zeus, el que habla desde la divina encina de elevada copa, para enterarse si debía volver a las claras u ocultamente a su tierra patria, después de tantos años de ausencia. Así pues, él está a salvo y vendrá muy pronto, no permaneciendo ya largo tiempo lejos de los suyos y de su tierra patria.

«Sin embargo, te haré un juramento: sea testigo Zeus antes que nadie, el más excelso y poderoso de los dioses, y el Hogar del irreprochable Odiseo, al que he llegado, que todo esto se cumplirá como yo digo; durante este mismo año vendrá Odiseo, cuando se haya acabado este mes y comenzado el siguiente.»

Y se dirigió a él la prudente Penélope: «Forastero, ¡ojalá llegara a cumplirse esa palabra! Rápidamente conocerías mi amistad y muchos regalos de mi parte, hasta el punto de que cualquiera que contigo topara te llamaría dichoso. Pero mis presentimientos son y así sucederá precisamente que ni Odiseo volverá ya a casa ni tú lograrás conseguir una escolta, puesto que no hay en la casa jefes como era Odiseo entre los hombres si es que alguna vez existió para dar escolta y recibir a sus venerables huéspedes. Vamos, siervas, lavadlo y ponedle un lecho, mantas y sábanas resplandecientes, y así, bien caliente, le llegue Eos de trono de oro. Al amanecer lavadle y ungidle y que se ocupe de comer sentado en la sala junto a Telémaco. Será doloroso para aquel de los pretendientes que, por envidia, llegara a molestarlo. Ninguna otra acción llevará a cabo aquí dentro, aunque se irrite terriblemente. ¿Cómo podrías saber, forastero, que aventajo a las demás mujeres en inteligencia y consejo si comieras en el palacio sucio, vestido miserablemente? Los hombres son de corta vida; para quien es cruel y tiene sentimientos crueles piden todos los mortales tristezas en el futuro mientras viva, y una vez que está muerto todos le insultan. En cambio, el que es irreprochable y tiene sentimientos irreprochables... la fama de éste la llevan sus huéspedes a todos los hombres. Y muchos lo llaman noble.» Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo: «Mujer venerable de Odiseo Laertíada, las mantas y las resplandecientes sábanas me disgustan desde el día en que dejé los nevados montes de Creta marchando sobre la nave de largos remos.

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