domingo, 26 de febrero de 2006

Odisea de Homero- parte 11

Así habló y el hijo de Néstor deliberó en su interior cómo cumpliría su palabra, como le correspondía. Mientras así pensaba, parecióle mejor volver sus caballos hacia la rápida nave y la ribera del mar. Así que puso en la popa los hermosísimos dones, vestidos y oro, que Menelao le había dado y apremiándole decía aladas palabras:

«Embarca enseguida y ordénaselo a tus compañeros antes que llegue yo a casa y se lo anuncie al anciano; tal como tiene de irritable el ánimo no lo dejará ir, antes bien vendrá él en persona a buscarte y te aseguro que no volvería de baldío, y se irritaría sobremanera.»

Así hablando torció sus caballos de hermosas crines hacia la ciudad de los Pilios y arribó enseguida a casa.

Entretanto, Telémaco apremiaba a sus compañeros con estas órdenes:

«Poned en orden los aparejos, compañeros, en la negra nave, y embarquemos para acelerar el viaje.»

Así habló y ellos lo escucharon y obedecieron. Conque embarcaron y se sentaron sobre los bancos.

Ocupábase él en esto, así como en orar y hacer sacrificio a Atenea junto a la proa, cuando se le acercó un forastero, uno que había huido de Argos por haber dado muerte a alguien, un adivino. Por linaje era descendiente de Melampo, quien en otro tiempo vivió en Pilos, criadora de ganados, habitando con extrema prosperidad un palacio entre los pilios. Luego marchó a otras tierras huyendo de su patria y del magnánimo Neleo, el más noble de los vivientes, quien le retuvo por la fuerza muchos bienes durante un año completo. Todo este tiempo estuvo en el palacio de Fílaco encadenado con dolorosas ligaduras, padeciendo grandes sufrimientos por causa de la hija de Neleo y la pesada ceguera que puso en su mente Erinis, la diosa horrenda.

Pero consiguió escapar de la muerte y terminó llevándose a Pilos, desde Filace, sus mugidores bueyes. Así que castigó al divino Neleo por su acción indigna y llevó a casa mujer para su hermano. Y marchó luego a otras tierras, a Argos, criadora de caballos, pues su destino era que habitara allí reinando sobre numerosos argivos. Allí tomó mujer y construyó un palacio de elevado techo. Y engendró a Antifates y Mantio, robustos hijos. Antifates engendró al magnánimo Oicleo, y Oicleo a su vez a Anfiarao, salvador de su pueblo, a quien amó de corazón Zeus, portador de égida y Apolo dispensó numerosas pruebas de amistad. Pero no llegó al umbral de la vejez, sino que pereció en Tebas por la traición de una mujer. Y sus hijos fueron Alcmeón y Anfíloco. Mantio, por su parte, engendró a Polífides y a Clito. Pero, ¡ay!, que a Clito se lo llevó Eos, de hermoso trono, por ser tan bello, así que Apolo hizo adivino al magnánimo Polífides, el mejor de los hombres, una vez que hubo muerto Anfiarao. Pero, irritado con su padre, emigró a Hiperesia y, poniendo allí su morada, profetizaba para todos los hombres.

De éste era hijo el que se acercó entonces a Telémaco y su nombre era Teoclímeno. Lo encontró haciendo libación y súplicas sobre la rápida, negra nave, y le dirigió aladas palabras:

«Amigo, ya que te encuentro sacrificando en este lugar, te ruego por las ofrendas y el dios, e incluso por tu propia cabeza y la de los compañeros que te siguen, me digas la verdad y nada ocultes a mis preguntas: ¿de dónde eres? ¿Dónde se encuentran tu ciudad y tus padres?»

Y Telémaco le contestó discretamente:

«En verdad, forastero, te voy a hablar sinceramente. De origen soy itacense y mi padre es Odiseo si es que alguna vez ha existido; ahora, desde luego, ha perecido con triste muerte. Por esto he tomado compañeros y una negra nave para preguntar por mi padre, largo tiempo ausente.»

Y Teoclímeno, semejante a los dioses, le dijo a su vez:

«Así estoy también yo, huido de mi patria por matar a un hombre de mi propia tribu. Muchos son mis hermanos y parientes en Argos, criadora de caballos, y mucho es su poder sobre los aqueos. Por evitar la muerte y la negra Ker ando huyendo de éstos, que mi destino es vagar entre los hombres. Conque admíteme en tu nave, ya que he llegado a ti como suplicante; cuidado no me maten, pues creo que me andan persiguiendo.»

Y Telémaco a su vez le contestó discretamente:

«No, no te rechazaré de mi equilibrada nave si tanto lo deseas. Conque sígueme, te agasajaremos con lo que tengamos.»

Así hablando, tomó de sus manos la lanza de bronce y la tendió sobre la cubierta de la curvada nave, y también él ascendió a la nave surcadora del ponto. Luego que se hubo sentado en la proa, puso a Teoclímeno a su lado y soltaron amarras. Telémaco ordenó a sus compañeros que se aplicaran a los aparejos y éstos le obedecieron con prontitud. Así que levantaron el mástil de abeto y lo encajaron en el hueco travesaño, lo amarraron con cables y extendieron las blancas velas con correas bien trenzadas de piel de buey. Y la de ojos brillantes, Atenea, les envió un viento favorable, que se abalanzó impetuoso por el éter, para que la nave recorriera rápidamente en su carrera la salada agua del mar.

Pasaron bordeando Crunos y el río Calcis, de hermosa corriente. Se puso el sol y todos los caminos se llenaron de sombra, y la nave dio proa a Feas impulsada por el viento favorable de Zeus y pasó junto a la divina Elide, donde dominan los epeos. Desde allí enfiló Telémaco hacia las Islas Puntiagudas cavilando si conseguiría escapar o sería sorprendido.

Entre tanto, Odiseo y el divino porquero se daban a comer en la cabaña y junto a ellos comían otros hombres. Cuando habían echado de sí el deseo de comer y beber, se dirigió a ellos Odiseo tratando de probar si el porquero aún le seguiría agasajando gentilmente y le ordenaba quedarse en la majada o si le despachaba a la ciudad:

«Escúchame, Eumeo, y también vosotros, todos sus compañeros. Al amanecer deseo ponerme en camino hasta la ciudad para mendigar. No quiero ser ya un peso para ti y los compañeros. Pero dame indicaciones y un buen compañero que me guíe, que me lleve hasta allí. En la ciudad vagaré por mi cuenta, por si alguien me larga un vaso de vino y un mendrugo. También me presentaré en el palacio del divino Odiseo para dar noticias a la prudente Penélope y quizás me acerque a los soberbios pretendientes por si me dan de comer, que tienen alimentos en abundancia. Con diligencia haría yo cuanto quisieran, porque te voy a decir una cosa y tú ponla en tu mente y escúchame : por la gracia de Hermes, el mensajero, el que da gracia y honor a las obras de los hombres, ningún hombre podría competir conmigo en habilidad para remejer el fuego y quemar leña seca, para trinchar, asar y escanciar; en fin, para cuanto los plebeyos sirven a los nobles.»

Y tú, porquero Eumeo, le dijiste irritado:

«Ay, forastero, ¿por qué te ha venido a la mente ese proyecto? Lo que tú deseas en verdad es morir allí si pretendes mezclarte con el grupo de los pretendientes, cuya soberbia y violencia han llegado al férreo cielo. No son como tú los que sirven a aquéllos; son jóvenes bien vestidos de manto y túnica, siempre brillantes de cabeza y rostro quienes les sirven. Y las bien pulimentadas mesas están repletas de pan y carne y de vino. Conque quédate aquí. Nadie te va a molestar mientras estés conmigo, ni yo ni los compañeros que tengo. Y cuando llegue el querido hijo de Odiseo te vestirá de manto y túnica y te despedirá a donde tu corazón te empuje.»

Y le contestó a continuación el sufridor, el divino Odiseo:

«¡Ojalá, Eumeo, llegues a ser tan amado del padre Zeus como tu eres de mí por librarme del vagabundeo y de la miseria! Que no hay nada peor para el hombre que ser vagabundo; por culpa del maldito estómago sufren pesares los hombres a quienes les llega el vagar, la desgracia y el dolor. Pero ya que me retienes y aconsejas que aguarde a aquél, háblame de la madre del divino Odiseo y de su padre, a quien aquél abandonó cuando se acercaba al umbral de la vejez; dime si viven aún bajo los rayos del sol o ya han muerto y están en la morada de Hades.»

Y le contestó el porquero, caudillo de hombres:

«En verdad, huésped, te voy a hablar con toda sinceridad. Laertes vive todavía, aunque todos los días le pide a Zeus morir en su palacio, pues se lamenta terriblemente por su ausente hijo y por su prudente esposa que le dejó afligido al morir y le puso en la más cruel vejez. Ella murió de dolor por su ilustre hijo, de muerte cruel ¡que nadie muera así de quienes viviendo aquí conmigo me son amigos y obran como amigos! Mientras ella vivió, aunque entre dolores, me agradaba hablarle y preguntarle, ya que ella me había criado junto con Ctimena de luengo peplo, ilustre hija suya, a quien parió la última de sus hijos. Junto con ésta me crié y poco menos que a ésta me quería su madre. Pero cuando llegamos ambos a la amable juventud, entregaron a Ctimena como esposa a alguien de Same, recibiendo una buena dote, y a mí me vistió de hermosos túnica y manto y, dándome calzado para mis pies, me envió al campo. Y me amaba de corazón. Ahora echo en falta todo aquello, pero con todo, los dioses felices están haciendo prosperar la labor de la que me ocupo. De aquí como y bebo a incluso doy a los necesitados, pero no me es dado oír las palabras ni las obras de mi dueña desde que ha caído sobre el palacio esa peste de hombres soberbios. Y eso que los siervos necesitamos mucho hablar con la dueña y conocer todas las órdenes y comer y beber e, incluso, llevarnos algo al campo; cosas, en fin, que alegran siempre el corazón de los siervos.»

Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:

«¡Ay, ay!, así que ya de pequeño, porquero Eumeo, anduviste errante lejos de tu patria y de tus padres. Vamos, dime —y cuéntame con verdad si fue devastada la ciudad de amplias calles en que habitaban tu padre y tu venerable madre, o si te capturaron hombres enemigos cuando te hallabas solo junto a tus ovejas o bueyes y te trajeron en sus naves a venderte en casa de este hombre, quien seguro que entregó un precio digno de ti.»

Y a su vez le contestó el porquero, caudillo de hombres:

«Forastero, ya que me preguntas esto e inquieres, escucha en silencio, goza y recuéstate a beber vino. Interminables son estas noches: hay para dormir y para escuchar complacido. No tienes por qué acostarte antes de tiempo, que el mucho dormir es dañino. De los demás, si a alguien le impulsa el corazón, que salga a acostarse y al despuntar la aurora desayúnese y conduzca los cerdos del dueño. Pero nosotros gocemos con nuestras tristes penas, recordándolas mientras bebemos y comemos en mi cabaña, que también un hombre goza con sus penas cuando ya tiene mucho sufrido y mucho trajinado. Así que te voy a contar lo que me preguntas.
«Hay una isla llamada Siría no sé si la conoces de oídas por cima de Ortigia, donde el sol da la vuelta; no es excesivamente populosa, pero es buena, cría buenos pastos y buenos animales, abunda en vino y en trigo. La pobreza jamás se acerca al pueblo y las odiosas enfermedades tampoco rondan a los mortales. Sólo cuando envejecen sus habitantes en la ciudad se acerca Apolo, el del arco de plata, junto con Artemis, y los matan acechándolos con sus suaves dardos. Allí hay dos ciudades y todo está repartido entre ellas. Sobre las dos reinaba mi padre, Ktesio Ormenida, semejante a los inmortales.

«Conque un día llegaron allí unos fenicios, célebres por sus naves, unos lañas, llevando en su negra nave muchas maravillas. Mi padre tenía en palacio una mujer fenicia, hermosa y grande, conocedora de labores brillantes. Entonces los muy taimados fenicios la sedujeron. Cuando estaba lavando, un fenicio se unió con ella en amor y lecho junto a la cóncava nave, cosa que trastorna la mente de las hembras, incluso de la que es laboriosa. Luego le preguntó quién era y de dónde procedía, y ella le habló enseguida del palacio de elevado techo de su padre: "Me precio de ser de Sidón, abundante en bronce, y soy hija del poderoso y rico Arybante, pero me raptaron unos piratas de Tafos cuando volvía del campo y me trajeron a casa de este hombre para venderme, y él pagó un precio digno de mí." «Y le contestó el hombre que se había unido a hurtadillas con ella: "Bien podrías volver con nosotros a casa para que puedas ver el palacio de elevado techo de tu padre y madre y a ellos mismos, que todavía viven y se los llama ricos." Y la mujer se dirigió a él y le contestó con su palabra: "Bien podría ser así, marineros, pero sólo si me queréis asegurar con juramento que me llevaréis intacta a casa." Así dijo y todos juraron como ella les pidió. «Conque cuando habían concluido su juramento, de nuevo les dijo y contestó con su palabra: "Chitón ahora, que ninguno de vuestros compañeros me dirija la palabra si me encuentra en la calle o junto a la fuente, no sea que alguien vaya a casa y se lo cuente al viejo y éste lo barrunte y me sujete con dolorosas ligaduras y a vosotros os prepare la muerte. Así que retened mis palabras en vuestra mente y apresurad la compra de lo necesario para el viaje. Y cuando la nave se encuentre llena de alimentos, que alguien venga al palacio con rapidez para comunicármelo. Os traeré oro, cuanto halle a mano, y estoy dispuesta a daros otras cosas como pasaje: en efecto, yo cuido en palacio del hijo de este hombre, un crío ya muy despierto, pues corretea conmigo hasta la puerta. Podría llevármelo a la nave y os produciría un buen precio si vais a venderlo a cualquier parte en el extranjero." Así diciendo, marchó al hermoso palacio. «Los fenicios permanecieron todo el año con nosotros y llenaron su negra nave con bienes mercados. Y cuando su cóncava nave ya estaba cargada para volver, enviaron un mensajero a la mujer para que les diera el recado. Llegó al palacio de mi padre un hombre muy astuto con un collar de oro engastado con electro. Las esclavas del palacio y mi venerable madre lo palpaban con sus manos y lo contemplaban con sus ojos, prometiendo un buen precio. Y él hizo una seña a la mujer sin decir palabra y luego marchó a la cóncava nave. Ella me tomó de la mano y me sacó fuera. Encontró en el pórtico copas y mesas de unos convidados que frecuentaban la casa de mi padre. Habíanse marchado éstos a la asamblea y al lugar de reunión del pueblo, así que escondió tres copas en su regazo y se las llevó y yo en mi inocencia la seguía. Se puso el sol y todos los caminos se llenaron de sombra, cuando, marchando a buen paso, llegamos al ilustre puerto donde estaba la veloz nave de los fenicios. «Embarcaron haciéndonos subir a los dos y navegaban los húmedos caminos. Y Zeus envió viento favorable. «Durante seis días navegamos sin parar, día y noche, y cuando el Cronida Zeus nos trajo el séptimo día, Artemis Flechadora alcanzó a la mujer y ésta se desplomó con ruido sobre la sentina como una gaviota del mar. Así que la arrojaron por la borda para que fuera pasto de focas y peces y yo quedé solo acongojado en mi corazón. «El viento que los llevaba y el agua los impulsaron a Itaca, donde Laertes me compró con su dinero. Así es como llegué a ver con mis ojos esta tierra.» Y Odiseo, de linaje divino, le contestó con su palabra: «Eumeo, mucho en verdad has conmovido mi corazón dentro del pecho al contar detalladamente cuánto has sufrido, pero también Zeus te ha puesto un bien al lado de un mal, ya que llegaste sufriendo mucho al palacio de un hombre bueno que te proporciona gentilmente comida y bebida, y llevas una existencia agradable. «En cambio, yo he llegado aquí después de recorrer sin rumbo muchas ciudades de mortales.» Esto es lo que se contaban mutuamente y se echaron a dormir, pero no mucho tiempo, un poquito sólo, porque enseguida se presentó Eos, de trono de oro. En esto los compañeros de Telémaco, ya en tierra, desataron las velas, quitaron el mástil rápidamente y se dirigieron luego remando hacia el fondeadero. Arrojaron el ancla y amarraron el cable; luego desembarcaron sobre la ribera del mar, se prepararon el almuerzo y mezclaron rojo vino. Y cuando habían echado de sí el deseo de comer y beber, comenzó Telémaco a hablarles con discreción: «Llevad vosotros la negra nave a la ciudad, que yo voy a inspeccionar los campos y los pastores. Por la tarde bajaré a la ciudad después de ver mis labores. Y al amanecer os voy a ofrecer un buen banquete de carnes y agradable vino como recompensa por el viaje.» Y Teoclímeno, semejante a los dioses, se dirigió a él: «¿Adónde iré yo, hijo mío? ¿A qué palacio voy a ir de los que dominan en la pedregosa Itaca? ¿Acaso marcharé directamente a tu palacio y al de tu madre?» Y Telémaco le contestó discretamente: «En otras circunstancias te pediría que fueras a nuestro palacio y no echarías en falta dones de hospitalidad, pero será peor para ti, pues yo voy a estar ausente y mi madre no podrá verte, que no se deja ver a menudo en la casa ante los pretendientes, sino que trabaja su telar lejos de éstos en el piso de arriba. Así que te diré de un hombre a cuya casa podrías ir: Eurímaco, hijo brillante del prudente Pólibo, a quien los itacenses miran como a un dios, pues es con mucho el más excelente y quien más ambiciona casar con mi madre y conseguir la dignidad de Odiseo. Pero sólo Zeus Olímpico, el que habita en el éter, sabe si les va a proporcionar antes de las nupcias el día de la destrucción.» Cuando así hablaba le sobrevoló un pájaro por la derecha, un halcón, veloz mensajero de Apolo. Desplumaba entre sus patas una paloma y las plumas cayeron a tierra entre la nave y el mismo Telémaco. Conque Teoclímeno, llamándolo aparte, lejos de sus compañeros, le tomó de la mano, le dijo su palabra y le llamó por su nombre: «Telémaco, este pájaro te ha volado por la derecha no sin la voluntad del dios, pues al verlo de frente me he percatado que era un ave agüeral. Así que no existe otra estirpe más regia que la vuestra en el pueblo de Itaca. Siempre seréis dominadores.» Y Telémaco le contestó a su vez discretamente: «Forastero, ¡ojalá se cumpliera esa palabra! Pronto sabrías de mi afecto y mis muchos dones, de forma que cualquiera que te encontrara te llamaría dichoso.» Dijo, y se dirigió a Pireo, fiel compañero: «Pireo Clitida, tú eres quien más me has obedecido de estos compañeros en lo demás; lleva también ahora al forastero a tu casa y agasájale gentilmente y respétalo hasta que yo llegue.» Y Pireo, famoso por su lanza, le contestó: « Telémaco, aunque te quedes aquí mucho tiempo yo me llevaré a éste y no echará en falta dones de hospitalidad.» Así diciendo, subió a la nave y apremió a los compañeros para que embarcaran también ellos y soltaran amarras. Conque subieron y se sentaron sobre los bancos. Telémaco ató bajo sus pies hermosas sandalias y tomó su ilustre lanza, aguzada con agudo bronce, de la cubierta del navío. Los compañeros soltaron amarras y echando la nave al mar enfilaron hacia la ciudad como se lo había ordenado Telémaco, el querido hijo del divino Odiseo. Y sus pies lo llevaban veloz, dando grandes zancadas, hasta que llegó a la majada donde tenía las innumerables cerdas, con las que pasaba la noche el porquero, que era noble, que conocía la bondad hacia sus dueños.

CANTO XVI

TELÉMACO RECONOCE A ODISEO

En esto Odiseo y el divino porquero se preparaban el desayuno al despuntar la aurora dentro de la cabaña, encendiendo fuego habían despedido a los pastores junto con las manadas de cerdos. Cuando se acercaba Telémaco, no ladraron los perros de incesantes ladridos, sino que meneaban la cola.

Percatóse el divino Odiseo de que los perros meneaban la cola, le vino un ruido de pasos y enseguida dijo a Eumeo aladas palabras:

«Eumeo, sin duda se acerca un compañero o conocido, pues los perros no ladran, sino que menean la cola. Y oigo ruido de pasos.»

No había acabado de decir toda su palabra, cuando su querido hijo puso pie en el umbral. Levantóse sorprendido el porquero y de sus manos cayeron los cuencos con los que se ocupaba de mezclar rojo vino. Salió al encuentro de su señor y besó su rostro, sus dos hermosos ojos y sus manos; y le cayó un llanto abundante. Como un padre acoge con amor a su hijo que vuelve de lejanas tierras después de diez años, a su único hijo amado por quien sufriera indecibles pesares, así el divino porquero besó a Telémaco, semejante a los inmortales, abrazando todo su cuerpo como si hubiera escapado de la muerte. Y, entre lamentos, decía aladas palabras:

«Has venido, Telémaco, como dulce luz. Creía que ya no volvería a verte más cuando marchaste a Pilos con tu nave. Vamos, entra, hijo mío, para que goce mi corazón contemplándote recién llegado de otras tierras. Que no vienes a menudo al campo ni junto a los pastores, sino que te quedas en la ciudad, pues es grato a tu ánimo contemplar el odioso grupo de los pretendientes.»

Y Telémaco le contestó a su vez discretamente:

«Así se hará, abuelo, que yo he venido aquí por ti, para verte con mis ojos y oír de tus labios si mi madre está todavía en palacio o ya la ha desposado algún hombre; que la cama de Odiseo está llena de telarañas por falta de quien se acueste en ella.»

Y se dirigió a él el porquero, caudillo de hombres:

«¡Claro que permanece ella en tu palacio con ánimo paciente! Las noches se le consumen entre dolores y los días entre lágrimas.»

Así diciendo, tomó de sus manos la lanza de bronce. Entonces Telémaco se puso en camino y traspasó el umbral de piedra, y cuando entraba, su padre le cedió el asiento. Pero Telémaco le contuvo y dijo:

«Sientate, forastero, que ya encontraremos asiento en otra parte de nuestra majada. Aquí está el hombre que nos lo proporcionará.»

Así diciendo, volvió a sentarse. El porquero le extendió ramas verdes y por encima unas pieles, donde fue a sentarse el querido hijo de Odiseo. También les acercó el porquero fuentes de carne asada que habían dejado de la comida del día anterior, amontonó rápidamente pan en canastas y mezcló en un jarro vino agradable. Y luego fue a sentarse frente al divino Odiseo.

Conque echaron mano de los alimentos que tenían delante y cuando habían arrojado de sí el deseo de comer y beber, Telémaco se dirigió al divino porquero:

«Abuelo, ¿de dónde ha llegado este forastero? ¿Cómo le han traído hasta Itaca los marineros? ¿Quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que haya llegado a pie hasta aquí.»

Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

«En verdad, hijo, te voy a contar toda la verdad. De origen se precia de ser de la vasta Creta y asegura que ha recorrido errante muchas ciudades de mortales. Que así se lo ha hilado el destino. Ahora ha llegado a mi majada huyendo de la nave de unos tesprotos y yo te lo encomiendo a ti; obra como gustes, se precia de ser tu suplicante.»

Y Telémaco le contestó discretamente:

«Eumeo, en verdad has dicho una palabra dolorosa. ¿Cómo voy a recibir en mi casa a este huésped? En cuanto a mí, soy joven y no confío en mis brazos para rechazar a un hombre si alguien lo maltrata. Y en cuanto a mi madre, su ánimo anda cavilando en su interior si permanecerá junto a mí y cuidará de su casa por vergüenza del lecho de su esposo y de las habladurías del pueblo, o si se marchará ya en pos del más excelente de los aqueos que la pretenda y le ofrezca más riquezas.

«Pero ya que ha llegado a tu casa, vestiré al forastero con manto y túnica, hermosos vestidos, y le daré afilada espada y sandalias para sus pies y le enviaré a donde su ánimo y su corazón lo empujen. Pero si quieres, retenlo en la majada y cuídate de él, que yo enviaré ropas y toda clase de comida para que no sea gravoso ni a ti ni a tus compañeros. Sin embargo, yo no la dejaría ir adonde están los pretendientes pues tienen una insolencia en exceso insensata, no sea que le ultrajen y a mí me cause una pena terrible; es difícil que un hombre, aunque fuerte, tenga éxito cuando está entre muchos, pues éstos son, en verdad, más poderosos.»

Y le dijo el sufridor, el divino Odiseo:

«Amigo puesto que me es permitido contestarte, mucho se me ha desgarrado el corazón al escuchar de vuestros labios cuántas obras insolentes realizan los pretendientes en el palacio contra tu voluntad, siendo como eres. Dime si te dejas dominar de buen grado o es que te odia la gente del pueblo, siguiendo una inspiración de la divinidad, o si tienes algo que reprochar a tus hermanos, en los que un hombre suele confiar cuando surge una disputa por grande que sea. ¡Ojalá fuera yo así de joven con los impulsos que siento o fuera hijo del irreprochable Odiseo u Odiseo en persona que vuelve después de andar errante! pues aún hay una parte de esperanza. ¡Que me corte la cabeza un extranjero si no me convertía en azote de todos ellos, presentándome en el megaron de Odiseo Laertíada! Pero si me dominaran por su número, solo como estoy, preferiría morir en mi palacio asesinado antes que ver continuamente estas acciones vergonzosas: maltratar a forasteros y arrastrar por el palacio a las esclavas, sacar vino continuamente y comer el pan sin motivo, en vano, para un acto que no va a tener cumplimiento».

Y Telémaco le contestó discretamente:

«Forastero, te voy a hablar sinceramente. No me es hostil todo el pueblo porque me odie, ni tengo nada que reprochar a mis hermanos, en los que un hombre suele confiar cuando surge una disputa, por grande que sea. Que el Cronida siempre dio hijos únicos a nuestra familia: Arcisío engendró a Laertes, hijo único, y a Odiseo lo engendró único su padre; a su vez Odiseo, después de engendrarme sólo a mí, me dejó en el palacio sin poder disfrutarme.

«Ello es que cuantos nobles dominan en las islas, Duliquio, Same y la Boscosa Zante, y cuantos mandan en la escarpada Itaca pretenden a mi madre y arruinan mi hacienda. Ella no se niega a este odioso matrimonio ni es capaz de poner un término, así que los pretendientes consumen mi casa y creo que pronto acabarán incluso conmigo mismo. Pero en verdad esto está en las rodillas de los dioses.

«Abuelo, tú marcha rápido y di a la prudente Penélope que estoy a salvo y he llegado de Pilos. Entre tanto, yo permaneceré aquí y tú vuelve después de darle a ella sola la noticia; que no se entere ninguno de los demás aqueos, pues son muchos los que maquinan la muerte contra mí.»

Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

«Lo sé, me doy cuenta, se lo ordenas a quien lo comprende. Pero, vamos, vamos, dime y contéstame con verdad si hago el mismo camino para anunciárselo al desdichado Laertes, quien mientras tanto ha estado vigilando entre lamentos la labor de Odiseo y comía y bebía con los esclavos cuando su ánimo le empujaba a ello. En cambio, ahora desde que tú marchaste a Pilos con la nave, dicen que ya ni come ni bebe ni vigila la labor, sino que permanece sentado entre llantos y se le seca la piel pegada a los huesos.»

Y Telémaco le contestó discretamente:

«Es triste, pero lo dejaremos aunque nos duela, que si todo dependiera de los mortales, primero elegiríamos el día del regreso del padre. Conque marcha con la noticia y no andes por los campos en busca de Laertes. Ahora bien, dirás a mi madre que envíe a escondidas a la despensera y pronto, pues ésta se lo puede comunicar al anciano.»

Así dijo y apremió al porquero. Tomó éste las sandalias y atándolas a sus pies se dirigió hacia la ciudad. No se le ocultó a Atenea que el porquero Eumeo había salido de la majada y se acercó allí asemejándose a una mujer hermosa y grande, conocedora de labores brillantes.

Se detuvo a la puerta de la cabaña y se le apareció a Odiseo.

Telémaco no la vio ni se percató pues los dioses no se hacen visibles a todos los mortales, pero la vieron Odiseo y los perros, aunque no ladraron, sino que huyeron espantados entre gruñidos a otra parte de la majada.

Atenea hizo señas con sus cejas, diose cuenta el divino Odiseo y salió de la habitación junto a la larga pared del patio. Se puso cerca de ella y Atenea le dijo:

«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides; manifiesta ya tu palabra a tu hijo y no se la ocultes más, a fin de que preparéis la muerte y Ker para los pretendientes y marchéis a la ínclita ciudad. Tampoco yo estaré mucho tiempo lejos de ellos, pues estoy ansiosa de luchar.»

Así dijo Atenea y lo tocó con su varita de oro. Primero puso en su cuerpo un manto bien limpio y una túnica, y aumentó su estatura y juventud. Luego volvió a tornarse moreno, sus mandíbulas se extendieron y de su mentón nació negra barba.

Cuando hubo realizado esto, marchó Atenea y Odiseo se encaminó a la cabaña. Su hijo se asombró al verlo y volvió la vista a otro lado no fuera un dios, y hablándole dijo aladas palabras:

«Forastero, ahora me pareces distinto de antes; tienes otros vestidos y tu piel no es la misma. En verdad eres un dios de los que poseen el vasto Olimpo. Sé benevolente para que te entregue en agradecimiento objetos sagrados y dones de oro bien trabajado. Cuídate de nosotros.»

Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:

«No soy un dios ¿por qué me comparas con los inmortales? sino tu padre por quien sufres dolores sin cuento soportando entre lamentos las acciones violentas de esos hombres.»

Así hablando besó a su hijo y dejó que el llanto cayera a tierra de sus mejillas, pues antes lo estaba conteniendo, siempre inconmovible.

Y Telémaco aún no podía creer que era su padre, le dijo de nuevo contestándole:

«Tú no eres Odiseo, mi padre, sino un demón que me hechiza para que me lamente con más dolores todavía, pues un hombre no sería capaz con su propia mente de maquinar esto si un dios en persona no viene y le hate a su gusto y fácilmente joven o viejo. Que tú hace poco eras viejo y vestías ropas desastrosas, en cambio ahora pareces un dios de los que poseen el vasto cielo.»

Y contestándole dijo Odiseo rico en ardides:

« Telémaco, no está bien que no te admires muy mucho ni te alegres de que tu padre esté en casa. Ningún otro Odiseo te vendrá ya aquí, sino éste que soy yo, tal cual soy, sufridor de males, muy asendereado, y he llegado a los veinte años a mi patria. En verdad esto es obra de Atenea la Rapaz que me convierte en el hombre que ella quiere pues puede : unas veces semejante a un mendigo y otras a un hombre joven vestido de hermosas ropas, que es fácil para los dioses que poseen el vasto cielo exaltar a un mortal o arruinarlo.»

Así hablando se sentó, y Telémaco, abrazado a su padre, sollozaba derramando lágrimas. A los dos les entró el deseo de llorar y lloraban agudamente, con más intensidad que los pájaros pigargos o águilas de curvadas garras, a quienes los campesinos han arrebatado las crías antes de que puedan volar. Así derramaban ellos bajo sus párpados un llanto que daba lástima. Y se hubiera puesto el sol mientras sollozaban, si Telémaco no se hubiera dirigido enseguida a su padre:

«Padre mío, ¿en qué nave te han traído a Itaca los marineros?, ¿quiénes se preciaban de ser?, pues no creo que hayas llegado aquí a pie.»

Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:

«Desde luego, hijo, te voy a decir la verdad. Me han traído los feacios, célebres por sus naves, quienes escoltan también a otros hombres que llegan hasta ellos. Me han traído dormido sobre el ponto en rápida nave y me han depositado en Itaca, no sin entregarme brillantes regalos bronce, oro en abundancia y ropa tejida. Todo está en una gruta por la voluntad de los dioses. Así que por fin he llegado aquí por consejo de Atenea, para que decidamos sobre la muerte de mis enemigos. Conque, vamos, enumérame a los pretendientes para que yo vea cuántos y quiénes son, que después de reflexionar en mi irreprochable ánimo te diré si podemos enfrentarnos a ellos nosotros dos sin ayuda, o buscamos a otros.»

Y Telérnaco le contestó discretamente:

«Padre, siempre he oído la fama que tienes de ser buen luchador con las manos y prudente en tus resoluciones, pero has dicho algo extesivamente grande ¡me atenaza la admiración!, pues no sería posible que dos hombres lucharan contra muchos y aguerridos.

»Respecto a los pretendientes no son una decena ni sólo dos, sino muchas más. Enseguida sabrás su número: de Duliquio son cincuenta y dos jóvenes selectos y le siguen seis escuderos ; de Same proceden veinticuatro hombres, de Zante veinte hijos de aqueos y de Itaca misma doce, todos excelentes, con quienes están el heraldo Medonte, el divino aedo y dos siervos conocedores de los servicios del banquete. Si nos enfrentáramos a todos ellos mientras están dentro, temo que no podrías castigar aunque hayas vuelto sus violencias en forma amarga y terrible.

»Pero si puedes pensar en alguien que nos defienda, dímelo, alguien que con ánimo amigo nos sirva de ayuda.»

Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:

«Te to diré; ponlo en tu pecho y escúchame. Piensa si Atenea en unión del padre Zeus nos pueden defender o tengo que pensar en otro aliado.»

Y Telémaco le contestó discretamente:

«Excelentes en verdad son los dos aliados de que me hablas, pues se apuestan arriba, entre las nubes, y ambos dominan a los hombres y a los dioses inmortales.»

Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:

«Sí, en verdad no estarán mucho tiempo lejos de la fuerte lucha cuando la fuerza de Ares juzgue en mi palacio entre los pretendientes y nosotros. Pero tú marcha a casa al despuntar la aurora y reúnete con los soberbios pretendientes, que a mí me conducirá después el porquero bajo el aspecto de un mendigo miserable y viejo.

«Si me deshonran en el palacio, que tu corazón soporte el que yo reciba malos tratos, aunque me arrastren por los pies hasta la puerta o incluso me arrojen sus dardos. Tú mira y aguanta, pero ordénales, eso sí, que repriman sus insensateces dirigiéndote a epos con palabras dulces. Aunque no te harán caso, pues ya tienen a su lado el día de su destino. Te voy a decir otra cosa que has de poner en tus mientes: cuando Atenea, de muchos pensamientos, lo ponga en mi interior, te haré señas con la cabeza; tú entonces calcula cuántas arenas guerreras hay en el mégaron y sube a depositarlas en lo más profundo de la habitación del piso de arriba. Cuando te pregunten los pretendientes ansiosamente, contéstales con suaves palabras: "Las he retirado del fuego, pues ya no se parecen a las que dejó Odiseo cuando marchó a Troya, que están manchadas hasta donde las llega el aliento del fuego. Además el Cronida ha puesto en mi pecho una razón más importante: no sea que os llenéis de vino y levantando una disputa entre vosotros, lleguéis a heriros mutuamente y a llenar de vergüenza el banquete y vuestras pretensiones de matrimonio; que el hierro por sí sólo arrastra al hombre." Luego deja sólo para nosotros dos un par de espadas y otro de lamas y dos escudos para nuestros brazos, a fin de que los sorprendamos echándonos sobre ellos. Te voy a decir otra cosa y tú ponla en tu interior : si de verdad eres mío y de mi propia sangre, que nadie se entere de que Odiseo está en casa; que no lo sepa Laertes ni el porquero, ni ninguno de los siervos ni siquiera la misma Penélope, sino solos tú y yo. Conozcamos la actitud de las mujeres y pongamos a prueba a los siervos, a ver quién nos honra y quién no se cuida y te deshonra, siendo quien eres.»

Y contestándole dijo su ilustre hijo:

«Padre, creo que de verdad vas a conocer mi coraje y enseguida, pues no es precisamente la irreflexión lo que me domina. Pero, con todo, no creo que vayamos a sacar ganancia ninguno de los dos. Te insto a que reflexiones, pues vas a recorrer en vano durante un tiempo los campos para probar a cada hombre, mientras ellos devoran tranquilamente en palacio nuestros bienes, insolentemente y sin cuidarse de nada. Te aconsejo, por el contrario, que trates de conocer a las siervas, las que te deshonran y las que te son inocentes. No me agradaría que fuéramos por las majadas poniendo a prueba a los hombres; ocupémonos después de esto, si es que en verdad conoces algún presagio de Zeus, portador de égida.»

Mientras así hablaban, arribó a Itaca la bien trabajada nave que había traído de Pilos a Telémaco y compañeros.

Cuando éstos entraron en el profundo puerto, empujaron a la negra nave hacia el litoral y sus valientes servidores les llevaron las armas. Luego llevaron a casa de Clitio los hermosos dones y enviaron un heraldo al palacio de Odiseo para comunicar a Penélope que Telémaco estaba en el campo y había ordenado llevar la nave a la ciudad para que la ilustre reina no sintiera temor ni derramara tiernas lágrimas.

Encontráronse el heraldo y el divino porquero para comunicar a la mujer el mismo recado y, cuando ya habían llegado al palacio del divino rey, fue el heraldo quien habló en medio de las esclavas.

«Reina, tu hijo ha llegado.»

Luego el porquero se acercó a Penélope y le dijo lo que su hijo le había ordenado decir. Cuando hubo acabado todo su encargo, se puso en camino hacia los cerdos abandonando los patios y el palacio.

Los pretendientes estaban afligidos y abatidos en su corazón; salieron del mégaron a lo largo de la pared del patio y se sentaron allí mismo, cerca de las puertas. Y Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó a hablar entre ellos:

«Amigos, gran trabajo ha realizado Telémaco con este viaje; ¡y decíamos que no lo llevaría a término! Vamos, botemos una negra nave, la mejor, y reunamos remeros que vayan enseguida a anunciar a aquéllos que ya está de vuelta en casa.»

No había terminado de hablar, cuando Anfínomo volviéndose desde su sitio, vio a la nave dentro del puerto y a los hombres amainando velas o sentados al remo. Y sonriendo suavemente dijo a sus compañeros:

«No enviemos embajada alguna; ya están aquí. O se lo ha manifestado un dios o ellos mismos han visto pasar de largo a la nave y no han podido alcanzarla.»

Así dijo, y ellos se levantaron para encaminarse a la ribera del mar. Enseguida empujaron la negra nave hacia el litoral y sus valientes servidores les llevaron las armas. Marcharon todos juntos a la plaza y no permitieron que nadie, joven o viejo, se sentara a su lado. Y comenzó a hablar entre ellos Antínoo, hijo de Eupites:

«¡Ay, ay, cómo han librado del mal los dioses a este hombre! Durante días nos hemos apostado vigilantes sobre las ventosas cumbres, turnándonos continuamente. Al ponerse el sol, nunca pasábamos la noche en tierra sino en el mar, esperando en la rápida nave a la divina Eos, acechando a Telémaco para sorprenderlo y matarlo. Pero entre tanto un dios le ha conducido a casa.

Con que meditemos una triste muerte para Telémaco aquí mismo y que no se nos escape, pues no creo que mientras él viva consigamos cumplir nuestro propósito, que él es hábil en sus resoluciones y el pueblo no nos apoya del todo.

«Vamos, antes de que reúna a los aqueos en asamblea..., pues no creo que se desentienda, sino que, rebosante de cólera, se pondrá en pie para decir a todo el mundo que le hemos trenzado la muerte y no le hemos alcanzado. Y el pueblo no aprobará estas malas acciones cuando le escuche. ¡Cuidado, no vayan a causamos daño y nos arrojen de nuestra tierra y tengamos que marchar a país ajeno ! Conque apresurémonos a matarlo en el campo lejos de la ciudad, o en el camino. Podríamos quedarnos con su bienes y posesiones repartiéndolas a partes iguales entre nosotros y entregar el palacio a su madre y a quien case con ella, para que se lo queden. Pero si estas palabras no os agradan, sino que preferís que él viva y posea todos sus bienes patrios, no volvamos desde ahora a reunirnos aquí para comer sus posesiones; que cada uno pretenda a Penélope asediándola con regalos desde su palacio, y quizá luego case ella con quien le entregue más y le venga destinado. »

Así habló y todos quedaron en silencio. Entonces se levantó y les dijo Anfínomo, ilustre hijo de Niso, el soberano hijo de Aretes (éste era de Duliquio, rica en trigo y pastos, y capitaneaba a los pretendientes; era quien más agradaba a Penélope por sus palabras, pues estaba dotado de buenas mientes)... Con sentimientos de amistad hacia ellos se levantó y dijo:

«Amigos, yo al menos no desearía acabar con Telémaco, pues la raza de los reyes es terrible de matar. Así que conozcamos primero la decisión de los dioses. Si la voluntad del gran Zeus lo aprueba, yo seré el primero en matarlo y os incitaré a los demás, pero si los dioses tratan de impedirlo, os aconsejo que pongáis término.»

Así dijo Anfínomo y les agradó su palabra. Se levantaron al punto y se encaminaron a casa de Odiseo y llegados allí se sentaron en pulidos sillones.

Entonces Penélope decidió mostrarse ante los pretendientes, poseedores de orgullosa insolencia, pues se había enterado de que pretendían matar a su hijo en palacio se lo había dicho el heraldo Medonte, que conocía su decisión. Se puso en camino hacia el mégaron junto con sus siervas y cuando hubo llegado junto a los pretendientes, la divina entre las mujeres, se detuvo junto a una columna del bien labrado techo, sosteniendo delante de sus mejillas un grueso velo. Censuró a Antínoo, le dijo su palabra y le llamó por su nombre:

«Antínoo, insolente, malvado; dicen en Itaca que eres el mejor entre tus compañeros en pensamiento y palabra, pero no eres tal. ¡Ambicioso!, por qué tramas la muerte y el destino para Telémaco y no prestas atención a los suplicantes, cuyo testigo es Zeus? No es justo tramar la muerte uno contra otro. ¿Es que no recuerdas cuando tu padre vino aquí huyendo por terror al pueblo, pues éste rebosaba de ira porque tu padre, siguiendo a unos piratas de Tafos, había causado daño a los tesprotos que eran nuestros aliados? Querían matarlo y romperle el corazón y comerse su mucha hacienda, pero Odiseo se lo impidió y los contuvo, deseosos como estaban. Ahora tú te comes sin pagar la hacienda de Odiseo, pretendes a su mujer y tratas de matar a su hijo, produciéndome un gran dolor. Te ordeno que pongas fin a esto y se lo aconsejes a los demás.»

Y Eurímaco, hijo de Pólibo, le contestó:

«Hija de Icario, prudente Penélope, cobra ánimos. No te preocupes por esto. No existe ni existirá ni va a nacer hombre que ponga sus manos sobre tu hijo Telémaco, al menos mientras yo viva y vean mis ojos sobre la tierra. Además, te voy a decir otra cosa que se cumplirá: pronto correría la sangre de ése por mi lanza pues también a mí Odiseo, el destructor de ciudades, sentándome muchas veces sobre sus rodillas me ponía en las manos carne asada y me ofrecía rojo vino. Por esto Telémaco es para mí el más querido de los hombres y te ruego que no temas su muerte al menos a manos de los pretendientes; en cuanto a la que procede de los dioses, ésa es imposible evitarla.»

Así habló para animarla, aunque también él tramaba la muerte contra Telémaco.

Entonces Penélope subió al brillante piso de arriba y lloraba a Odiseo, su esposo, hasta que Atenea de ojos brillantes le puso dulce sueño sobre los párpados.

El divino porquero llegó al atardecer junto a Odiseo y su hijo cuando éstos se preparaban la cena, después de sacrificar un cerdo de un año. Entonces Atenea se acercó a Odiseo Laertíada y tocándole con su varita le hizo viejo de nuevo y vistió su cuerpo de tristes ropas, para que el porquero no lo reconociera al verlo de frente y fuera a comunicárselo a la prudente Penélope sin poder guardarlo para sí.

Telémaco fue el primero en dirigirle su palabra:

«Ya has llegado, Eumeo: ¿qué se dice por la ciudad? ¿Han vuelto ya los arrogantes pretendientes de su emboscada, o todavía esperan a que yo vuelva a casa?»

Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

«No tenía yo que inquirir ni preguntar eso al bajar a la ciudad. Mi ánimo me empujó a comunicar mi recado y volver aquí de nuevo. Pero se encontró conmigo un veloz enviado de tus compañeros, un heraldo que habló a tu madre antes que yo. También sé otra cosa, pues la he visto con mis ojos: al volver para acá había ya atravesado la ciudad en el lugar donde está el cerro de Hermes cuando vi entrar en nuestro puerto una veloz nave; había en ella numerosos hombres y estaba cargada de escudos y lanzas de doble punta. Pensé que eran ellos, pero no lo sé con certeza.»

Así habló, y sonrió la sagrada fuerza de Telémaco dirigiendo los ojos a su padre, evitando al porquero. Cuando habían acabado del trajin de preparar la comida, cenaron y su ánimo no se vio privado de un alimento proporcional. Y una vez que habían arrojado de sí el deseo de comer y beber, volvieron su pensamiento al dormir y recibieron el don del sueño.

CANTO XVII: ODISEO MENDIGA ENTRE LOS PRETENDIENTES

Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de los dedos de rosa, calzó Telémaco bajo sus pies hermosas sandalias, el querido hijo del divino Odiseo, tomó la fuerte lanza que se adaptaba bien a sus manos deseando marchar a la ciudad y dijo a su porquero:

«Abuelo, yo me voy a la ciudad para que me vea mi madre, pues no creo que abandone los tristes lamentos y los sollozos acompañados de lágrimas, hasta que me vea en persona. Así que te voy a encomendar esto: lleva a la ciudad a este desdichado forastero para que mendigue allí su pan el que quiera le dará un mendrugo y un vaso de vino, pues yo no puedo hacerme cargo de todos los hombres, afligido como estoy en mi corazón. Y si el forastero se encoleriza, peor para él, que a mí me place decir verdad.»

Y contestándole dijo el astuto Odiseo:

«Amigo, tampoco yo quiero que me retengan. Para un pobre es mejor mendigar por la ciudad que por los campos y me dará el que quiera, pues ya no soy de edad para quedarme en las majadas y obedecer en todo a quien da las órdenes y los encargos. Conque, marcha, que a mí me llevará este hombre, a quien has ordenado, una vez que me haya calentado al fuego y haya solana. Tengo unas ropas que son terriblemente malas y temo que me haga daño la escarcha mañanera, pues decís que la ciudad está lejos.»

Así dijo, y Telémaco cruzó la majada dando largas zancadas; iba sembrando la muerte para los pretendientes.

Cuando llegó al palacio, agradable para vivir, dejó la lanza que llevaba junto a una elevada columna y entró en el interior, traspasando el umbral de piedra.

La primera en verlo fue la nodriza Euriclea, que extendía cobertores sobre los bien trabajados sillones y se dirigió llorando hacia él. A su alrededor se congregaron las demás siervas del sufridor Odiseo y acariciándolo besaban su cabeza y hombros.

Salió del dormitorio la prudente Penélope, semejante a Artemis o a la dorada Afrodita, y echó llorando sus brazos a su querido hijo, le besó la cabeza y los dos hermosos ojos y, entre lamentos, decía aladas palabras:

«Has llegado, Telémaco, como dulce luz. Ya no creía que volvería a verte desde que marchaste en la nave a Pilos, a ocultas y contra mi voluntad, en busca de noticias de tu padre. Vamos, cuéntame cómo has conseguido verlo.»

Y Telémaco le contestó discretamente:

«Madre mía, no despiertes mi llanto ni conmuevas mi corazón dentro del pecho, ya que he escapado de una muerte terrible. Conque, báñate, viste tu cuerpo con ropa limpia, sube al piso de arriba con tus esclavas y promete a todos los dioses realizar hecatombes perfectas, por si Zeus quiere llevar a cabo obras de represalia.

«Yo marcharé al ágora para invitar a un forastero que me ha acompañado cuando volvía de allí. Lo he enviado por delante con mis divinos compañeros y he ordenado a Pireo que lo lleve a su casa y lo agasaje gentilmente y honre hasta que yo llegue.»

Así habló, y a Penélope se le quedaron sin alas las palabras. Así que se bañó, vistió su cuerpo con ropa limpia y prometió a todos los dioses realizar hecatombes perfectas por si Zeus quería llevar a cabo obras de represalia.

Entonces Telémaco atravesó el mégaron portando su lanza y le acompañaban dos veloces lebreles. Atenea derramó sobre él la gracia y todo el pueblo se admiraba al verlo marchar. Y los arrogantes pretendientes le rodearon diciéndole buenas palabras, pero en su interior meditaban secretas maldades. Telémaco entonces evitó a la muchedumbre de éstos y fue a sentarse donde se sentaban Méntor, Antifo y Haliterses, quienes desde el principio eran compañeros de su padre. Y éstos le preguntaban por todo. Se les acercó Pireo, célebre por su lanza, llevando al forastero a través de la ciudad hasta la plaza. Entonces Telémaco ya no estuvo mucho tiempo lejos de su huésped, sino que se puso a su lado. Y Pireo le dirigió primero aladas palabras:

«Telémaco, envía pronto unas mujeres a mi casa para que te devuelva los regalos que te hizo Menelao.»

Y Telémaco le contestó discretamente:

«Pireo, en verdad no sabemos cómo resultará todo esto. Si los pretendientes me matan ocultamente en palacio y se reparten todos los bienes de mi padre, prefiero que tú te quedes con los regalos y los goces antes que alguno de ellos. Pero si consigo sembrar para éstos la muerte y Ker, llévalos alegre a mi casa, que yo estaré alegre.»

Así diciendo condujo a casa a su asendereado huésped. Cuando llegaron al palacio agradable para vivir, dejaron sus mantos sobre sillas y sillones y se bañaron en bien pulimentadas bañeras. Después que las esclavas les hubieron bañado, ungido con aceite y puesto mantos de lana y túnicas, salieron de las bañeras y fueron a sentarse en sillas. Y una esclava derramó sobre fuente de plata el aguamanos que llevaba en hermosa jarra de oro para que se lavaran, y a su lado extendió una mesa pulimentada. Y la venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió abundantes piezas, favoreciéndolas entre los que estaban presentes. Entonces la madre se sentó frente a él, junto a una columna del mégaron, se reclinó en un asiento y revolvía entre sus manos suaves copos de lana. Y ellos echaron mano de los alimentos que tenían delante.

Cuando habían arrojado de sí el deseo de comer y beber, comenzó a hablar entre ellos la prudente Penélope:

«Telémaco, en verdad voy a subir al piso de arriba y acostarme en el lecho que tengo regado de lágrimas desde que Odiseo partió a Ilión con los Atridas. Y es que no has sido capaz, antes de que los arrogantes pretendientes llegaran a esta casa, de hablarme claramente del regreso de tu padre, si es que has oído algo.»

Y Telémaco le contestó discretamente:

«Madre, te voy a contar la verdad. Marchamos a Pilos junto a Néstor, pastor de su pueblo, quien me recibió en su elevado palacio y me agasajó gentilmente, como un padre a su hijo recién llegado de otras tierras después de largo tiempo. Así de amable me recibió junto con sus ilustres hijos. Me dijo que no había oído nunca a ningún humano hablar sobre Odiseo, vivo o muerto, pero me envió junto al Atrida Menelao, famoso por su lanza, con caballos y un carro bien ajustado. Allí vi a la argiva Helena, por quien troyanos y argivos sufrieron mucho por voluntad de los dioses. Enseguida me preguntó Menelao, de recia voz guerrera, qué necesidad me había llevado a la divina Lacedemonia y yo le conté toda la verdad.

«Entonces, contestándome con su palabra, dijo: "¡Ay, ay! ¡Conque querían dormir en el lecho de un hombre intrépido quienes son cobardes! Como una cierva acuesta a sus dos recién nacidos cervatillos en la cueva de un fuerte león y mientras sale a pastar en los hermosos valles, aquél regresa a su guarida y da vergonzosa muerte a ambos, así Odiseo dará vergonzosa muerte a aquéllos. ¡Padre Zeus, Atenea y Apolo, ojalá que siendo como cuando en la bien construida Lesbos se levantó para disputar y luchó con Filomeleides, lo derribó violentamente y todos los aqueos se alegraron! Ojalá que con tal talante se enfrentara Odiseo con los pretendientes: corto el destino de todos sería y amargas sus nupcias. En cuanto a lo que me preguntas y suplicas, no querría apartarme de la verdad y engañarte. Conque no te ocultaré ni guardaré secreto sobre lo que me dijo el veraz anciano del mar. Este dijo que lo había visto sufriendo fuertes dolores en el palacio de la ninfa Calipso, quien lo retenía por la fuerza, y que no podía regresar a su tierra patria porque no tenía naves provistas de remos ni compañeros que le acompañaran por el ancho lomo del mar. Así me dijo el Atrida Menelao, famoso por su lanza, y luego de acabar su relato regresamos. Los inmortales me concedieron un viento favorable y me escoltaron velozmente hasta mi patria.»

Así habló y conmovió el ánimo de Penélope.

Entonces Teoclímeno, semejante a los dioses, comenzó a hablar entre ellos:

«Esposa venerable de Odiseo Laertíada, en verdad él no sabe nada; escucha mi palabra, pues te voy a profetizar con veracidad y no voy a ocultarte nada. ¡Sea testigo Zeus, antes que los demás dioses, y la mesa de hospitalidad y el hogar del irreprochable Odiseo, al que he llegado, de que en verdad Odiseo ya está en su tierra patria, sentado o caminando, sabedor de estas malas acciones y sembrando la muerte para todos los pretendientes. Este es el augurio que yo observé, y me hice oír de Telémaco mientras estaba en la nave de buenos bancos».

Y le contestó la prudente Penélope:

«Forastero, ¡ojalá se cumpliera esta tu palabra! Entonces conocerías mi amistad enseguida y numerosos regalos de mí, hasta el punto de que cualquiera que contigo topara te llamaría dichoso.»

Así hablaban unos con otros.

Los pretendientes, por su parte, se complacían arrojando discos y venablos ante el palacio de Odiseo, en el sólido pavimento donde acostumbraban, llenos de arrogancia. Pero cuando fue la hora de comer y les llegaron de todas partes del campo los animales que les traían los de siempre, se dirigió a ellos Medonte (éste era quien más les agradaba de los heraldos y solía acompañarlos al banquete):

«Mozos, una vez que todos habéis complacido vuestro ánimo con los juegos, dirigíos al palacio para preparar el almuerzo, que no es cosa mala yantar a su tiempo.»

Así habló y ellos se pusieron en pie y marcharon obedeciendo su palabra. Cuando llegaron a la bien edificada morada dejaron sus mantos en sillas y sillones y sacrificaron grandes ovejas y gordas cabras; sacrificaron cebones y un toro del rebaño para preparar su almuerzo.

Entre tanto Odiseo y el divino porquero se disponían a marchar del campo a la ciudad y comenzó a hablar el porquero, caudillo de hombres:

«Forastero, puesto que deseas marchar hoy mismo a la ciudad, como recomendó mi soberano (que yo, desde luego, preferiría dejarte para vigilar la majada, pero tengo respeto por mi amo y temo que me reprenda después y en verdad son duras las reprimendas de los amos), marchemos ya, pues el día está avanzado y quizá sea peor esperar a la tarde.»

Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:

«Lo sé, me doy cuenta, se lo dices a quien lo comprende. Conque marchemos y tú sé mi guía. Dame un bastón si es que tienes uno cortado para que me apoye, pues decís que el camino es muy resbaladizo.»

Así dijo y echó a sus hombros el sucio zurrón desgarrado por muchas partes, en el que había una correa retorcida. Entonces Eumeo le dio el deseado bastón y se pusieron los dos en camino, quedando perros y pastores para guardar la majada.

Eumeo condujo hacia la ciudad a su soberano, que se asemejaba a un miserable y viejo mendigo, que se apoyaba en su bastón y cubría su cuerpo con vestidos que daban pena. Cuando en su marcha por el empinado sendero se encontraban cerca de la ciudad y llegaron a una fuente labrada de hermosa corriente, a donde iban por agua los ciudadanos (la habían construido Itaco, Nerito y Polictor en el centro de un bosque de álamos negros que crecían con su agua; era completamente redonda y de lo alto de una piedra caía agua fría, y encima de ella había un altar de las Ninfas, donde solían sacrificar todos los ciudadanos), allí se topó con ellos Melantio, hijo de Dolio, que conducía las cabras, las que sobresalían entre todo el ganado, para festín de los pretendientes; y con él marchaban dos pastores.

Cuando los vio les reprendió de palabra y llamándolos por su nombre les dijo algo atroz e inconveniente que hizo saltar el corazón de Odiseo:

«Vaya, vaya, un desgraciado conduce a otro desgraciado; es claro que dios siempre lleva a la gente hacia los de su calaña. ¿Adónde, miserable porquero, llevas a ese gorrón, a ese mendigo pegajoso, a ese aguafiestas? Arrimará los hombros a muchas puertas para rascarse mientras pide mendrugos, que no espadas ni calderos. Si me lo dieras a mí para vigilante de mi majada, para mozo de cuadra y para llevar brezos a mis chivos, quizá bebiendo leche de cabra echaría gordos muslos. Pero ahora que ha aprendido esas malas artes no querrá ponerse a trabajar, que preferirá mendigar por el pueblo y alimentar su insaciable estómago. Conque te voy a decir algo que se va a cumplir: si se acerca a la casa del divino Odiseo, sus tortillas van a romper muchas banquetas que lloverán sobre su cabeza desde las manos de esos hombres, pues va a ser su blanco por la casa.»

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