domingo, 26 de febrero de 2006

Odisea de Homero- parte X

CANTO XIII

LOS FEACIOS DESPIDEN A ODISEO.

LLEGADA A ITACA

Así habló, y todos enmudecieron en el silencio; estaban poseídos como por un hechizo en el sombrío palacio. Entonces Alcínoo le contestó y dijo:

«Odiseo, ya que has llegado a mi palacio de piso de bronce, de elevado techo, creo que no vas a volver a casa errabundo otra vez por mucho que hayas sufrido. En cuanto a vosotros, cuantos acostumbráis a beber en mi palacio el rojo vino de los ancianos escuchando al aedo, os voy a hacer este encargo: el forastero ya tiene, en un arca bien pulimentada, oro bien trabajado y cuantos regalos le han traído los consejeros de los feacios. Démosle también un gran trípode y una caldera cada hombre, que nosotros después os recompensaremos recogiéndolo por el pueblo, pues es doloroso que uno haga dones gratis.»

Así habló Alcínoo y les agradó su palabra. Y se marchó cada uno a su casa con ganas de dormir.

Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se apresuraron hacia la nave llevando el bronce propio de los guerreros.

Y la sagrada fuerza de Alcínoo, marchando en persona, colocó todo bien bajo los bancos de la nave, no fuera que causaran daño a alguno de los compañeros durante el viaje cuando se apresuraran moviendo los remos.

Luego marcharon al palacio de Alcínoo y dispusieron el almuerzo. La sagrada fuerza de Alcínoo sacrificó entre ellos un buey en honor de Cronida Zeus, el que oscurece las nubes, el que gobierna a todos. Quemaron los muslos y se repartieron gustosos un magnífico banquete; y entre ellos cantaba el divino aedo, Demódoco, venerado por su pueblo. Pero Odiseo volvía una y otra vez su cabeza hacia el resplandeciente sol, deseando que se pusiera, pues ya pensaba en el regreso. Como cuando un hombre desea vivamente cenar cuando su pareja de bueyes ha estado todo el día arrastrando el bien construido arado por el campo la luz del sol se pone para él con agrado, ya que se va a cenar, y sus rodillas le duelen al caminar, así se puso el sol con agrado para Odiseo.

Y volvió a dirigirse a los feacios amantes del remo y, dirigiéndose sobre todo a Alcínoo, dijo su palabra:

«Poderoso Alcínoo, el más ilustre de tu pueblo, haced una libación y devolvedme a casa sin daño. Y a vosotros, ¡salud! Ya se me ha proporcionado lo que mi ánimo deseaba, una escolta y amables regalos que ojalá los dioses, hijos de Urano, hagan prosperar. ¡Que encuentre en casa, al volver, a mi irrepochable esposa junto con los míos sanos y salvos! Vosotros quedaos aquí y seguid llenando de gozo a vuestras esposas legítimas y a vuestros hijos; que los dioses os repartan bienes de todas clases y que ningún mal se instale entre vosotros.»

Así habló y todos aprobaron sus palabras y aconsejaban dar escolta al forastero, porque había hablado como le correspondía. Entonces Alcínoo se dirigió a un heraldo:

« Pontónoo, mezcla una crátera y reparte vino a todos en el palacio, para que demos escolta al forastero hasta su tierra patria después de orar al padre Zeus.»

Así habló, y Pontónoo mezcló el vino que alegra el corazón y se lo repartió a todos, uno tras otro. Y libaron desde sus mismos asientos en honor de los dioses felices, los que poseen el ancho cielo.

El divino Odiseo se puso en pie, colocó una copa de doble asa en manos de Arete y le dijo aladas palabras:

«Sé siempre feliz, reina hasta que te lleguen la vejez y la muerte que andan rondando a los hombres. Yo vuelvo a casa, goza tú en este palacio entre tus hijos, tu pueblo y el rey Alcínoo.»

Así hablando el divino Odiseo traspasó el umbral. Y la fuerza de Alcínoo le envió un heraldo para que le condujera hasta la rápida nave y la ribera del mar. También le envió Arete a sus esclavás, a una con un manto bien lavado y una túnica, a otra le dio un arca adornada para que la llevara y otra portaba trigo y rojo vino.

Cuando arribaron a la nave y al mar, sus ilustres acompañantes colocaron todo en la cóncava nave, la bebida y la comida toda, y para Odiseo extendieron una manta y una sábana en la cubierta de proa, para que durmiera sin despertar. Subió él y se acostó en silencio, y ellos se sentaron en los bancos, cada uno en su sitio, y soltaron el cable de una piedra pérforada. Después se inclinaron y batían el mar con el remo.

A Odiseo se le vino un sueño profundo a los párpados, sueño sosegado, delicioso, semejante en todo a la muerte. Y la nave... como los cuadrúpedos caballos se arrancan todos a la vez en la llanura a los golpes del látigo y elevándose velozmente apresuran su marcha, así se elevaba su proa y un gran oleaje de púrpura rompía en el resonante mar. Corría ésta con firmeza, sin estorbos; ni un halcón la habría alcanzado, la más rápida de las aves. Y en su carrera cortaba veloz las olas del mar portando a un hombre de pensamientos semejantes a los de los dioses que había sufrido muchos dolores en su ánimo al probar batallas y dolorosas olas, pero que ya dormía imperturbable, olvidado de todas sus penas.

Y cuando despuntó el más brillante astro, el que avanza anunciando la luz de Eos que nace de la mañana, la nave se acercó para fondear en la isla.

En el pueblo de Itaca hay un puerto, el de Forcis, el viejo del mar, y en él hay dos salientes escarpados que se inclinan hacia el puerto y que dejan fuera el oleaje producido por silbantes vientos; dentro, las naves de buenos bancos permanecen sin amarras cuando llegan al término del fondeadero. Al extremo del puerto hay un olivo de anchas hojas y cerca de éste una gruta sombría y amable consagrada a las ninfas que llaman Náyades. Hay dentro cráteras y ánforas de piedra y también dentro fabrican las abejas sus panales. Hay dentro grandes telares de piedra donde las ninfas tejen sus túnicas con púrpura marina ¡una maravilla para velas! y también dentro corren las aguas sin cesar. Tiene dos puertas, la una del lado de Bóreas accesible a los hombres; la otra, del lado de Noto, es en cambio sólo para dioses y no entran por ella los hombres, que es camino de inmortales. Hacia allí remaron, pues ya lo conocían de antes, y la nave se apresuró a fondear en tierra firme, como a media altura ¡tales eran las manos de los remeros que la impulsaban! éstos descendieron de la nave de buenos bancos y levantando primero a Odiseo de la cóncava nave, le colocaron sobre la arena, rendido por el sueño, junto con su manta y resplandeciente sábana. También sacaron las riquezas que los ilustres feacios le habían donado cuando volvía a casa por voluntad de la magnánima Atenea.

Conque colocaron todo junto, cerca del tronco de olivo, lejos del camino no fuera que algún caminante cayera sobre ello y lo robara antes de que Odiseo despertase, y se volvieron a casa.

Pero el que sacude la tierra no se había olvidado de las amenazas que había hecho al divino Odiseo al principio y preguntó la decisión de Zeus:

«Padre Zeus, ya no tendré nunca honores entre los dioses inmortales si los mortales no me honran, los feacios que, además, son de mi propia estirpe. Yo pensaba que Odiseo regresaría a casa después de mucho sufrir el regreso no se lo había quitado del todo porque tú se lo prometiste desde el principio, pero los feacios lo han traído durmiendo en rápida nave sobre el ponto y lo han dejado en Itaca. Le han entregado además innumerables regalos, bronce y oro en abundancia y ropa tejida, tantos como jamás habría sacado de Troya si hubiera vuelto incólume con su parte sorteada del botín.»

Y le contestó y dijo el que reúne las nubes, Zeus:

«¡Ay, ay, poderoso dios que sacudes la tierra, qué cosas has dicho! Nunca lo deshonrarán los dioses. Sería difícil despachar sin honores al más antiguo y excelente. Si alguno de los hombres, cediendo a su violencia y poder, no lo honra, tienes y tendrás siempre tu compensación. Obra como desees y sea agradable a tu ánimo.»

Y le contestó Poseidón, el que sacude la tierra:

«Enseguida actuaría, oh tú que oscureces las nubes, como dices, pero estoy siempre acechando tu cólera y procurando evitarla. Con todo, quiero ahora destruir en el brumoso ponto la hermosa nave de los feacios en su viaje de vuelta, para que se contengan y dejen de escoltar a los hombres. Quiero también ocultar su ciudad toda bajo un monte» Y le contestó y dijo el que reúne las nubes, Zeus:

«Amigo mío, creo que lo mejor será que, cuando todo el pueblo esté contemplando desde la ciudad a la nave acercándose, coloques cerca de tierra un peñasco semejante a una rápida nave, para que todos se asombren y puedas ocultar su ciudad bajo un gran monte.»

Luego que oyó esto Poseidón, el que sacude la tierra, se puso en camino hacia Esqueria, donde los feacios nacen, y allí se detuvo. Y la nave surcadora del ponto se acercó en su veloz carrera. El que sacude la tierra se acercó, la convirtió en piedra y la estableció firmemente, como si tuviera raíces, golpeándola con la palma de su mano. Y se alejó de allí. Los feacios de largos remos se dirigían mutuamente aladas palabras, hombres célebres por sus naves, y decía uno así mirando al que tenía al lado:

«Ay de mí, ¿quién ha encadenado en el ponto a la rápida nave en su regreso a casa? Ya se la veía del todo.»

Así decía uno pues no sabían cómo había sucedido. Entonces Alcínoo habló entre ellos y dijo:

«¡Ay, ay, en verdad ya me ha alcanzado el antiguo presagio de mi padre, quien aseguraba que Poseidón se irritaría con nosotros por ser prósperos acompañantes de todo el mundo! Decía que algún día destruiría en el brumoso ponto una hermosa nave de los feacios al volver de una expedición, y que ocultaría nuestra ciudad bajo un monte. Así decía el anciano y todo se está cumpliendo ahora. Conque, vamos, obedeced todos lo que yo os señale: dejad de acompañar a los mortales cuando alguien llegue a nuestra ciudad. Sacrificaremos a Poseidón doce toros escogidos, por si se compadece y no nos oculta la ciudad bajo un enorme monte.»

Así habló y ellos sintieron miedo y prepararon los toros. Así es que suplicaban al soberano Poseidón los jefes y consejeros de los feacios, en pie, rodeando el altar.

En esto se despertó el divino Odiseo acostado en su tierra patria, pero no la reconoció pues ya llevaba mucho tiempo ausente. La diosa Palas Atenea esparció en torno suyo una nube, la hija de Zeus, para hacerlo irreconocible y contarle todo, no fuera que su esposa, ciudadanos y amigos le reconocieran antes de que los pretendientes pagaran todos sus excesos. Por esto, todo le parecía distinto al soberano, los largos caminos, los puertos de cómodo anclaje, las elevadas rocas y los verdeantes árboles.

Así que se puso en pie de un salto y comenzó a mirar su tierra patria. Dio un grito lastimero, golpeó sus muslos con las palmas de las manos y entre lamentos decía su palabra:

«Ay de mí, ¿a qué tierra de mortales he llegado? ¿Son acaso soberbios, salvajes y carentes de justicia, o amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad hacia los dioses?. ¿A dónde llevo tantas riquezas?, ¿por dónde voy a marchar? ¡Ojalá me hubiera quedado junto a los féacios! También podría haberme llegado a otro rey de los muy poderosos y quizá éste me habría recibido como amigo y escoltado de vuelta a casa, porque ahora no sé dónde dejar esto ni voy a dejarlo aquí, no sea que se me convierta en botín de otro. iAy!, ¡ay!, en verdad no eran del todo prudentes ni justos los jefes y consejeros de los feacios, quienes me han traído a otra tierra. Decían que me iban a llevar a Itaca, hermosa al atardecer, pero no lo han cumplido. Que Zeus los castigue, el dios de los suplicantes, el que vigila a todos los hombres y castiga a quien yerra.

«Pero, ea, voy a contar mis riquezas y a contemplarlas, no sea que se marchen llevándose algo en la cóncava nave.»

Así diciendo, se puso a contar los hermosos trípodes y calderos y el oro y la hermosa ropa tejida. Pero no echó nada de menos. Y sentía dolor por su tierra patria caminando por la ribera del resonante mar, en medio de lamentos.

Conque se le acercó Atenea, semejante en su aspecto a un hombre joven, un pastor de rebaños delicado como suelen ser los hijos de los reyes, portando sobre sus hombros un manto doble, bien trabajado. Bajo sus brillantes pies llevaba sandalias y en sus manos un venablo.

Alegróse al verla Odiseo y fue a su encuentro; y hablándole dirigió aladas palabras:

«Amigo, puesto que eres el primero a quien encuentro en este país, ¡salud! No te me acerques con aviesas intenciones, salva esto y sálvame a mí, pues te lo pido como a un dios y me he acercado a tus rodillas. Dime esto en verdad para que yo lo sepa: ¿qué tierra es ésta, qué pueblo, qué hombres viven aquí? ¿Es una isla hermosa al atardecer o la ribera de un continente de fecunda tierra que se inclina hacia el mar?

Y la diosa de ojos brillantes, Atenea, se dirigió a él a su vez:

«Eres tonto, forastero, o vienes de lejos si me preguntas por esta tierra. No carece de nombre, no. La conocen muy muchos, tanto los que habitan hacia la aurora y el sol como los que se orientan hacia la brumosa oscuridad. Cierto que es escarpada y difícil para cabalgar, pero tampoco es excesivamente pobre, aunque no extensa: en ella se produce trigo sin medida y también vino. Siempre tiene lluvia y floreciente rocío; alimenta buenas cabras y buenos toros; hay madera de todas clases y abrevaderos inagotables. Por eso, forastero, el nombre de Itaca ha llegado incluso hasta Troya, que aseguran se encuentra muy lejos de la tierra aquea.»

Así habló, y el sufridor, el divino Odiseo, sintió gozo y alegría por su tierra patria: así se lo había dicho Palas Atenea, la hija de Zeus, el que lleva égida.

Y hablándole le dijo aladas palabras (aunque no la verdad) y, de nuevo, tomó la palabra, controlando continuamente en el pecho su astuto pensamiento:

«He oído sobre Itaca incluso en la extensa Creta, lejos, más allá del Ponto. Y ahora he llegado yo con estas riquezas. He dejado otro tanto a mis hijos y ando huyendo, pues he matado a Ortíloco, hijo de Idomeneo, el que vencía en la extensa Creta a los hombres comerciantes con sus rápidos pies. Quería éste privarme de todo mi botín conseguido en Troya, por el que sufrí dolores probando guerras y dolorosas olas, porque no servía complaciente a su padre en el pueblo de los troyanos, sino que mandaba yo sobre otros compañeros. Y lo alcancé con mi lanza guarnecida de bronce cuando volvía del campo, emboscándome cerca del camino con un amigo. La oscura noche cubría el cielo nadie nos vio, y le arranqué la vida a escondidas. Así que, luego de matarlo con el agudo bronce, me dirigí a una nave de ilustres fenicios y les supliqué, entregándoles abundante botín, que me dejaran en Pilos o en la divina Elide, donde dominan los epeos, pero la fuerza del viento los alejó de allí muy contra su voluntad, pues no querían engañarme.

«Así que hemos llegado por la noche después de andar a la deriva. Remamos con vigor hasta el puerto y ninguno de nosotros se acordó de almorzar por más que lo ansiábamos. Conque descendimos todos de la nave y nos acostamos. A mí se me vino un dulce sueño, cansado como estaba, y ellos, sacando mis riquezas de la cóncava nave, las dejaron cerca de donde yo yacía sobre la arena.

«Y embarcando se marcharon a la bien habitada Sidón. Así que yo me quedé atrás con el corazón acongojado.»

Así dijo y sonrió la diosa de ojos brillantes, Atenea, y lo acarició con su mano. Tomó entonces el aspecto de una mujer hermosa y grande, conocedora de labores brillantes, y le habló y dijo aladas palabras:

«Astuto sería y trapacero el que te aventajara en toda clase de engaños, por más que fuera un dios el que tuvieras delante. Desdichado, astuto, que no te hartas de mentir, ¿es que ni siquiera en tu propia tierra vas a poner fin a los engaños y las palabras mentirosas que te son tan queridas? Vamos, no hablemos ya más, pues los dos conocemos la astucia: tú eres el mejor de los mortales todos en el consejo y con la palabra, y yo tengo fama entre los dioses por mi previsión y mis astucias. Pero ¡aun así, no has reconocido a Palas Atenea, la hija de Zeus, la que te asiste y protege en todos tus trabajos, la que te ha hecho querido a todos los feacios! De nuevo he venido a ti para que juntos tramemos un plan para ocultar cuantas riquezas te donaron los ilustres feacios al volver a casa por mi decisión, y para decirte cuántas penas estás destinado a soportar en tu bien edificada morada. Tú has de aguantar por fuerza y no decir a hombre ni mujer, a nadie, que has llegado después de vagar; soporta en silencio numerosos dolores aguantando las violencias de los hombres.»

Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:

«Es difícil, diosa, que un mortal te reconozca si contigo topa, por muy experimentado que sea, pues tomas toda clase de apariencias. Ya sabía yo que siempre me has sido amiga mientras los hijos de los aqueos combatíamos en Troya, pero desde que saqueamos la elevada ciudad de Príamo y nos embarcamos y un dios dispersó a los aqueos no lo había vuelto a ver, hija de Zeus. No te vi embarcar en mi nave para protegerme de desgracia alguna, sino que he vagado siempre con el corazón acongojado hasta que los dioses me han librado del mal, hasta que en el rico pueblo de los feacios me animaste con tus palabras y me condujiste en persona hasta la ciudad. Ahora te pido abrazado a tus rodillas (pues no creo que haya llegado a Itaca hermosa al atardecer sino que ando dando vueltas por alguna otra tierra y creo que tú me has dicho esto para burlarte y confundirme), dime si de verdad he llegado a mi patria.»

Y le contestó la diosa de ojos brillantes, Atenea:

«En tu pecho siempre hay la misma cordura. Por esto no puedo abandonarte en el dolor, porque eres discreto, sagaz y sensato. Cualquier otro que llegara después de andar errante, marcharía gustosamente a ver a sus hijos y esposa en el palacio; sólo tú no deseas conocer ni enterarte hasta que hayas puesto a prueba a tu mujer, quien permanece inconmovible en el palacio mientras las noches se le consumen entre dolores y los días entre lágrimas. En verdad, yo jamás desconfié, pues sabía que volverías después de haber perdido a todos sus compañeros, pero no quise enfrentarme con Poseidón, hermano de mi padre, quien había puesto el rencor en su corazón irritado porque le habías cegado a su hijo.

«Pero, vamos, te voy a mostrar el suelo de Itaca para que te convenzas. Este es el puerto de Forcis, el viejo del mar, y éste el olivo de anchas hojas, al extremo del puerto. Cerca de él, la gruta sombría, amable, consagrada a las ninfas que llaman Náyades. Es la cueva amplia y sombría donde tú solías sacrificar a las Ninfas numerosas hecatombes perfectas. Y éste es el monte Nérito, revestido de bosque.»

Así diciendo, la diosá dispersó la nube y apareció el país ante sus ojos. Alegróse entonces el sufridor, el divino Odiseo, y se llenó de gozo por su patria y besó la tierra donadora de grano. Luego suplicó a las Ninfas levantando sus manos:

«Ninfas Náyades, hijas de Zeus, nunca creí que volvería a veros. Alegraos con mi suave súplica, volveré a haceros dones como antes si la hija de Zeus, la diosa Rapaz, me permite benévola que viva y hace crecer a mi hijo.»

Y se dirigió a él la diosa de ojos brillantes, Atenea:

«Cobra ánimo, no te preocupes ahora de esto; coloquemos ahora mismo tus riquezas en lo profundo de la divina gruta a fin de que se conserven intactas y pensemos para que todo salga lo mejor posible.»

Así hablando, la diosa se introdujo en la sombría gruta buscando un escondrijo por ella, mientras Odiseo la seguía de cerca llevando todo, el oro y el sólido bronce y los bien fabricados vestidos que le habían donado los feacios. Conque colocó todo bien y arrimó un peñasco a la entrada Palas Atenea, la hija de Zeus, el que lleva égida. Y sentándose los dos junto al tronco del olivo sagrado, meditaban la muerte para los soberbios pretendientes. La diosa de ojos brillantes, Palas Atenea, comenzó a hablar:

«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo, rico en ardides, piensa cómo vas a poner tus manos sobre los desvergonzados pretendientes que llevan ya tres años mandando en tu palacio, cortejando a tu divina esposa y haciéndole regalos de esponsales, aunque ella se lamenta continuamente por tu regreso y da esperanzas a todos y hace promesas a cada uno enviándoles recados, si bien su mente revuelve otros planes.»

Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

«¡Ay, ay! ¡Conque he estado a punto de perecer en mi palacio con la vergonzosa muerte del Atrida Agamenón si tú, diosa, no me hubieras revelado todo, como es debido! Vamos, trama un plan para que los haga pagar y asísteme tú misma poniendo dentro de mí el mismo vigor y valentía que cuando destruimos las espesas almenas de Troya. Si tú me socorrieras con el mismo interés, diosa de ojos brillantes, sería capaz de luchar junto a ti contra trescientos hombres, diosa soberana, siempre que me socorrieras benevolente.»

Y la diosa de ojos brillantes, Palas Atenea, le contestó:

«En verdad, estaré a tu lado y no me pasarás desapercibido cuando tengamos que arrostrar este peligro. Conque creo que mancharán con su sangre y sus sesos el maravilloso pavimento los pretendientes que consumen tu hacienda.

«Vamos, te voy a hacer irreconocible para todos: arrugaré la hermosa piel de tus ígiles miembros y haré desaparecer de tu cabeza los rubios cabellos; lo cubriré de harapos que te harán odioso a la vista de cualquier hombre y llenaré de legañas tus antes hermosos ojos, de forma que parezcas desastroso a los pretendientes, a tu esposa y a tu hijo, a quienes dejaste en palacio.

«Llégate en primer lugar al porquero, el que vigila tus cerdos, quien se mantiene fiel y sigue amando a tu hijo y a la prudente Penélope. Lo encontrarás sentado junto a los cerdos; éstos están paciendo junto a la Roca del Cuervo, cerca de la fuente Aretusa, comiendo innumerables bellotas y bebiendo agua negra, cosas que crían en los cerdos abundante grasa. Detente allí, siéntate a su lado y pregúntale por todo, mientras yo voy a Esparta de hermosas mujeres a buscar a tu hijo Telémaco, Odiseo, pues ha marchado a la extensa Lacedemonia junto a Menelao para preguntar noticias sobre ti, por si aún vives.»

Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

«¿Por qué no se lo dijiste, si conoces todo en tu interior? ¿Acaso para que también él sufriera penalidades vagando por el estéril ponto mientras los demás consumen mí hacienda?»

Y le contestó la diosa de ojos brillantes, Palas Atenea:

«No te préocupes demasiado por él. Yo misma lo escolté para que cosechara fama de valiente marchando allí. En verdad, no sufre penalidad alguna, está en el palacio del Atrida y tiene de todo a su disposición. Cierto que unos jóvenes le acechan en negra nave con intención de matarlo antes de que regrese a tu tierra, pero no creo que esto suceda antes de que la tierra abrace a alguno de los pretendientes que consumen tu hacienda. »

Hablando así, lo tocó Atenea con su varita: arrugó la hermosa piel de sus ágiles miembros e hizo desaparecer de su cabeza los rubios cabellos; colocó sobre sus miembros la piel de un anciano y llenó de legañas sus antes hermosos ojos. Le cubrió de andrajos miserables y una túnica desgarrada, sucia, ennegrecida por el humo, y le vistió con una gran piel, ya sin pelo, de veloz ciervo; le dio un cayado y un feo zurrón rasgado por muchos sitios y con la correa retorcida.

Así deliberaron y se separaron los dos; y ella marchó luego a la divina Lacedemonia en busca del hijo de Odiseo.


CANTO XIV

ODISEO EN LA MAJADA DE EUMEO

Entonces él se puso en camino desde el puerto a través de un sendero escarpado en lugar boscoso por las cumbres, hacia donde Atenea le había manifestado que encontraría al divino porquero, el que cuidaba de su hacienda más que los demás siervos que el divino Odiseo había adquirido. Y lo encontró sentado en el pórtico, donde tenía edificada una elevada cuadra, hermosa y grande, aislada, en lugar abierto. El porquero mismo la había edificado para los cerdos de su soberano ausente, lejos de su dueña y del anciano Laertes, con piedras de cantera, y lo había coronado de espino; tendió fuera una empalizada completa, espesa y cerrada, sacando estacas de lo negro de una encina.

Dentro de la cuadra había construido doce pocilgas, unas junto a otras, para encamar a las cerdas, y en cada una se encerraban cincuenta cerdas, todas hembras que habían ya parido. Los cerdos dormían fuera y eran muy inferiores en número, pues los habían diezmado los divinos pretendientes con sus banquetes: el porquero les enviaba cada vez el mejor de sus robustos cebones, trescientos sesenta en total.

También dormían a su lado cuatro perros, semejantes a fieras, que alimentaba el porquero, caudillo de hombres.

Este andaba entonces sujetando a sus pies unas sandalias después de cortar una moteada piel de buey. Los demás porqueros, tres en total, habían marchado cada uno por su lado con los cerdos en manada; al cuarto lo había enviado Eumeo a la fuerza a la ciudad para que llevara un cebón a los soberbios pretendientes a fin de que lo sacrificaran y saciaran con la carne su apetito.

De pronto los perros de incesantes ladridos vieron a Odiseo y corrieron hacia él ladrando. Entonces Odiseo se sentó astutamente y el cayado se le escapó de las manos.

Allí, sin duda, en su propia cuadra habría sufrido un dolor vergonzoso, pero el porquero, siguiéndolos con veloces pies, se lanzó a través del portico la piel cayó de sus manos y a grandes voces dispersó a los perros en varias direcciones con una espesa pedrea. Y se dirigió al soberano:

«Anciano, por poco te han despedazado los perros en un instante y quizá me habrías culpado a mí. También a mí me han dado los dioses dolores y lamentos, pues sentado lloro a mi divino soberano y cebo cerdos para que se los coman otros. En cambio, él andará errante por pueblos y ciudades extranjeras mendigando comida si es que vive aún y contempla la luz del sol.

«Pero sígueme, vayamos a mi cabaña, anciano, para que también tú sacies el apetito de comer y beber y me digas de dónde eres y cuántas penas has tenido que sufrir.»

Así diciendo, lo condujo a su cabaña el divino porquero; le hizo entrar y sentarse, extendió maleza espesa y encima tendió la piel de una hirsuta cabra salvaje, su propia yacija, grande y peluda. Alegróse Odiseo porque lo había recibido así y le dijo su palabra llamándolo por su nombre:

«Forastero, ¡que Zeus y los demás dioses inmortales te concedan lo que más vivamente deseas, ya que me has acogido con bondad!»

Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

«Forastero, no es santo deshonrar a un extraño, ni aunque viniera uno más miserable que tú, que de Zeus son los forasteros y mendigos todos. Nuestros dones son pequeños, pero amistosos, pues la naturaleza de los siervos es tener siempre miedo cuando dominan nuevos soberanos. En verdad, los dioses han impedido el regreso de quien me habría estimado gentilmente y otorgado cuanto un dueño bondadoso suele conceder a su siervo una casa, un lote de tierra y una esposa solicitada, cuando éste se esfuerza por él y un dios hace prosperar sus labores, como está haciendo prosperar el trabajo en el que yo me mantengo activo. Por esto me habría beneficiado mucho mi soberano si hubiera envejecido aquí, pero ha muerto ¡así pereciera por completo la raza de Helena, pues aflojó las rodillas de muchos hombres!, pues también mi soberano marchó por causa del honor de Agamenón a Ilión, de buenos potros, para combatir a los troyanos.»

Hablando así, sujetó enseguida su túnica con el ceñidor y se puso en camino de las pocilgas donde tenía encerradas las manadas de cochinillos. Tomó dos de allí y los sacrificó, quemó, troceó y atravesó con asadores. Y, después de asar todos, se los ofreció a Odiseo calientes en sus mismos asadores y extendió blanca harina. Después mezcló vino agradable como la miel en su cuenco y se sentó enfrente, y animándole decía:

«Come ahora, forastero, lo que es dado comer a los siervos, cochinillo, que de los cebones se encargan los pretendientes, sin miedo a la venganza divina ni compasión. No aman los dioses felices las acciones impías, sino que honran la justicia y las obras discretas de los hombres. Es cierto que son enemigos y hostiles quienes invaden una tierra ajena, por más que Zeus les conceda el botín, pero cuando vuelven repletos a las naves para regresar a su patria, incluso a éstos les sobreviene un pesado temor a la venganza divina. Sin duda, los pretendientes deben conocer porque quizá hayan oído la palabra de algún dios la triste muerte de Odiseo, pues no quieren cortejar con justicia ni volver a sus posesiones, y con gusto devoran entre excesos la hacienda, despreocupadamente. Todas las noches y días que nos manda Zeus sacrifacan víctimas, no sólo una ni sólo dos ovejas; y el vino... lo consumen a cántaros, sin mesura. Y es que la fortuna de Odiseo era inmensa; ninguno de los héroes del oscuro continente ni de la misma Itaca poseía tanta. Ni veinte hombres juntos tienen tanta abundancia. Te voy a echar la cuenta: doce rebaños en el continente, otros tantos de ovejas, otros tantos de cerdos y cabras apacientan para él pastores asalariados y sus propios pastores. Aquí se alimentan en total once numerosos rebaños de cabras en el extremo de la isla, pues se las vigilan hombres de bien. Todos los días, sin excepción, cada uno de éstos lleva a los pretendientes un animal, la mejor de sus gordas cabras. Y yo vigilo y protejo estos cerdos y les hago llegar el mejor de ellos, eligiéndolo bien. »

Así habló mientras Odiseo comía la carne y bebía el vino con voracidad, en silencio. Y estaba sembrando la desgracia para los pretendientes.

Cuando acabó de almorzar y saciar su apetito con la comida, le entregó Eumeo un cuenco repleto de vino en el que solía él beber. Aquél lo recibió y se alegró en su interior y, hablando, le dijo aladas palabras:

«Amigo, ¿quién te compró con sus bienes, tan rico y poderoso como dices? Aseguras que ha perecido por causa del honor de Agamenón; dime su nombre por si lo conozco ¡siendo como es! Seguro que Zeus y los demás dioses inmortales saben si te puedo hablar de él porque lo haya visto, pues he vagado mucho.»

Y le contestó el porquero, caudillo de hombres:

«Anciano, ningún caminante que viniera con noticias de él lograría persuadir a su esposa y querido hijo, que los vagabundos suelen mentir por mor del sustento y no gustan de decir verdad. Todo caminante que llega al pueblo de Itaca se llega a mi dueña para decirle mentiras. Claro que ella lo acoge con amor y le pregunta detalladamente, y las lágrimas se deslizan de sus mejillas lamentándose por él, como es propio de mujer que ha perdido a su marido en tierra extraña.

«Puede que tú también, anciano, inventes cualquier cuento con tal de que alguien te regale una túnica y un manto. Pero seguro que los perros y las veloces aves están tratando de arrancar la piel de sus huesos y su alma le ha abandonado, o puede que lo hayan devorado los peces en el mar y sus huesos anden tirados por tierra, revueltos entre la arena. Así es como ha muerto él, y a todos los suyos, y sobre todo a mí, sólo nos queda tristeza para el futuro. Que no podré nunca encontrar a un soberano tan bueno adonde quiera que vaya, ni aunque vuelva a casa de mi padre y mi madre, donde un día nací y ellos me criaron. Y es que no es tan grande mi dolor por ellos aunque mucho deseo verlos en mi tierra patria como es la añoranza que me ha invadido por Odiseo ausente. No me atrevo, forastero, a nombrarlo incluso ausente ¡tanto me estimaba y se preocupaba por mí!, pero lo llamo amigo aunque se encuentre lejos.»

Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:

«Amigo, puesto que lo niegas por completo y crees que nunca volverá, tu corazón anda ya sin esperanza. Pero yo lo voy a decir y no a tontas, sino con jurameto que Odiseo viene de camino hacia acá. Este será el don por mi buena nueva cuando haya llegado él: vestidme con un manto y una túnica hermosas; no antes, pues no te aceptaría por más necesitado que estuviera. Que para mí es más odioso que las puertas de Hades el que por ceder a su pobreza cuenta mentiras. Sea testigo Zeus antes que ningún otro dios y la mesa de hospitalidad y el hogar del irreprochable Odiseo al que acabo de llegar. En verdad todo esto se cumplirá tal como anuncio: dentro de este mismo año llegará Odiseo; cuando acabe este mes y entre otro, volverá a casa y hará pagar a cuantos deshonran a su esposa a ilustre hijo.»

Y contestando le dijiste, porquero Eumeo:

«Anciano, no te voy a conceder ese don por tu buena nueva ni va a regresar ya Odiseo a casa, pero bebe gustoso y volvamos nuestros recuerdos a otro lado; no me traigas esto a la memoria, que mi ánimo se llena de dolor cada vez que alguien me recuerda a mi fiel soberano.

«Dejemos, pues, el juramento, aunque ¡ojalá vuelva Odiséo! como quiero yo y quieren Penélope, el anciano Laertes y Telémaco, semejante a los dioses. También ahora me lamento sin consuelo por el hijo que engendró Odiseo, por Telémaco. Cuando los dioses lo criaron semejante a un retoño, ya decía yo que no sería en nada inferior, entre los hombres, a su querido padre, admirable en cuerpo y aspecto; pero alguno de los inmortales o quizá de los hombres debe haberle dañado la bien equilibrada mente, pues ha marchado a la divina Pilos en busca de noticias de su padre, y los ilustres pretendientes lo acechan al volver a casa para que desaparezca sin gloria de Itaca la progenie del divino Arcisio. Pero dejemos a éste, ya sea sorprendido, ya escape porque el Cronida tienda su mano sobre él.

«Vamos, cuéntame ahora, anciano, tus propias desgracias y dime con verdad para que yo lo sepa: ¿quién y de dónde eres entre los hombres? Dónde se encuentran tu ciudad y tus padres? ¿En qué barco has llegado? ¿Cómo te han traído hasta Itaca los marineros y quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que hayas llegado aquí a pie».

Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:.

«En verdad, te voy a contestar con exactitud. Ni aunque tuviéramos por mucho tiempo comida y dulce bebida para celebrar un festín dentro de tu cabaña mientras los demás continúan su labor podría yo fácilmente, ni siquiera en un año entero, acabar la narración de cuantas penalidades ha soportado mi ánimo por voluntad de los dioses. Mi raza procede de Creta lo digo bien alto y soy hijo de un hombre rico. Numerosos hijos legítimos nacieron de su esposa en el palacio y fueron criados, pero a mí me parió una madre comprada, una concubina, aunque mi padre, Cástor Hilacida, de cuya rata me precio de ser, me estimaba igual que a sus legítimos. Como un dios era venerado éste en el pueblo de Creta por su abundancia, riqueza y vigorosos hijos. Pero las Keres de la muerte se lo llevaron a las moradas de Hades y sus magnánimos hijos sortearon la hacienda y se la repartieron, entregándome a mí una nonada y una casa. Caséme con mujer de casa rica por mis muchas virtudes, que no era yo inútil ni temeroso de luchar. Pero ya se ha acabado todo, aunque viendo la caña seca te darás cuenta, pues un gran infortunio me abruma.

«En verdad, Ares y Atenea me concedieron audacia y hombría. Cada vez que elegía para el combate a hombres sobresalientes, sembrando desgracias para el enemigo, jamás mi valeroso corazón puso los ojos en la muerte, sino que, saltando el primero, solía matar con mi lanza a cuantos enemigos no se igualaran a mis pies. Así era yo en el combate.

«En cambio, no me agradaba la labor ni el cuidado de la hacienda que suele criar hijos brillantes: siempre me gustaron las naves remeras, los combates, los bien torneados venablos y las flechas, cosas funestas que suelen causar espanto en los demás. Sin embargo, la divinidad puso en mi alma estos intereses, que cada hombre se complace en un trabajo. Antes de que los hijos de los aqueos desembarcaran en Troya, ya me había puesto nueve veces al frente de hombres y naves de veloces proas contra gentes de otras tierras. Y conseguía mucho botín, del que elegía lo mejor, y también me tocaba mucho en suerte. Así que rápidamente prosperó mi casa y me convertí en un hombre temido y respetado en Creta.

«Pero cuando Zeus, que ve a lo ancho, dispuso la luctuosa expedición que iba a aflojar las rodillas de muchos hombres, nos dieron órdenes a mí y al ilustre Idomeneo de capitanear las naves que marchaban a Ilión. No había medio de negarse, nos lo impedían las duras habladurías del pueblo. Allí combatimos nueve años los hijos de los aqueos, pero al décimo destruimos la ciudad de Príamo y volvimos a casa en las naves; y un dios dispersó a los aqueos. Entonces fue cuando el providence Zeus meditó desgracias contra mí, miserable. Había permanecido sólo un mes complaciéndome con mis hijos y legítima esposa, cuando mi ánimo me impulsó a hacer una expedición a Egipto después de equipar bien mis naves en compañía de mis divinos compañeros.

«Equipé nueve naves y enseguida se congregó la dotación. Durante seis días comieron en mi casa mis leales compañeros; les ofrecí numerosas víctimas para que las sacrificaran en honor de los dioses y prepararan comida para sí. Conque el séptimo día zarpamos tranquilamente de la extensa Creta impulsados por un Bóreas fresco, agradable, como si navegáramos por una corriente. Ninguna nave se me dañó, nosotros estábamos sanos y salvos, y a las naves las dirigían el viento y los pilotos.

«A los cinco días llegamos al Egipto de buena corriente y atraqué mis bien equilibradas naves en este río. Entonces ordené a mis leales compañeros que se quedaran junto a ellas para vigilarlas y envié espías a lugares de observación con orden de que regresaran, pero éstos, cediendo a su ambición y dejándose arrastrar por sus impulsos, saquearon los hermosos campos de los egipcios, se llevaron a las mujeres y niños y mataron a los hombres. Pronto llegó el griterío a la ciudad, así que al escucharlo se presentaron al despuntar la aurora. Llenóse la llanura toda de gentes de pie y a caballo y del estruendo del bronce. Zeus, el que goza con el rayo, indujo a mis compañeros a huir cobardemente y ninguno se atrevió a dar el pecho. Por todas partes nos rodeaba la destrucción; allí mataron con agudo bronce a muchos de mis compañeros y a otros se los llevaron vivos para forzarlos a trabajar sus campos.

«Entonces Zeus puso en mi mente el siguiente plan (¡ojalá hubiera muerto saliendo al encuentro de mi destino allí en Egipto, pues todavía me tenía que tender sus brazos la desgracia!): al punto quité de mi cabeza el bien trabajado yelmo y de mis hombros el escudo y arrojé de mi brazo la lanza. Lleguéme frente al carro del rey y besé sus rodillas. él me protegió y se compadeció de mí y, sentándome en su carro, me condujo a su palacio con lágrimas en mis ojos. Cierto que muchos trataron de acosarme con sus lamas deseando matarme pues estaban muy enfurecidos, pero el rey me protegió por temor a la cólera de Zeus Hospitalario, el que se irrita sobremanera por las obras malvadas.

«Allí mé quedé siete años y conseguí reunir mucha riqueza entre los egipcios pues todos me regalaban. Pero cuando se acercó el octavo año cumpliendo su ciclo llegó un hombre fenicio conocedor de mentiras, un laña que ya había causado perjuicios a muchos hombres. éste me convenció para marchar a Fenicia, donde tenía su casa y posesiones. Allí permanecí durante un año completo junto a él, pero cuando pasaron meses y días en el ciclo del año y pasaron las estaciones me envió a Libia en una nave surcadora del ponto, tramando falacias para que llevara con él una mercancía, pero en realidad con intención de venderme y cobrar inmensa fortuna. Le seguía en la nave a la fuerza pues ya barruntaba yo algo. ésta corría impulsada por un Bóreas fresco, agradable, a la altura del centro de Creta. Y Zeus nos preparaba la perdición.

«Cuando por fin dejamos atrás Creta y no se veía tierra alguna, sino sólo cielo y mar, el Cronida puso una oscura nube sobre la cóncava nave y bajo ella se oscureció el ponto. Y Zeus comenzó a tronar al tiempo que lanzaba un rayo contra la nave. Y esta se revolvió toda sacudida por el rayo de Zeus y se Ilenó de azufre. Todos cayeron fuera de la nave y, semejantes a las cornejas marinas eran arrastrados por las olas en torno a la nave. Dios les había arrebatado el regreso. En cuanto a mí..., afligido como estaba, el mismo Zeus puso entre mis manos el mástil gigantesco de la nave de azuloscura proa para que escapara una vez más de la perdición. Así que, trabado al mástil, me dejaba llevar de los funestos vientos. Durante nueve días me dejé llevar y al décimo una gran ola rodante me acercó era noche cerrada a la tierra de los tesprotos, donde me acogió sin pagar precio el héroe Fidón, el rey de los tesprotos.

«Acercóseme su hijo cuando ya estaba yo agotado por la imtemperie y el cansancio y me llevó a casa sosteniéndome en su brazo hasta que llegó al palacio de su padre, donde me vistió de manto y túnica.

«Allí fue donde supe de Odiseo, pues el rey me dijo que estaba hospedándolo y agasajándolo a punto de volver a su tierra patria. Además, me mostró cuantas riquezas había conseguido Odiseo reunir bronce y oro y bien trabajado hierro. En verdad, podrían éstas alimentar a otro hombre hasta la décima generación: ¡tantos tesoros tenía depositados en el palacio del rey! Me dijo que Odiseo había marchado a Dodona para escuchar la voluntad de Zeus, el que habla desde la divina encina de elevada copa, para enterarse si debía volver a las claras u ocultamente al próspero pueblo de Itaca, después de tantos años de ausencia. Y juró ante mí, mientras hacía una libación en su palacio, que ya tenía dispuesta una nave y compañeros que lo escoltarían hasta su tierra patria. Pero a mí me despidió antes, pues resultó que una nave de tesprotos estaba a punto de zarpar hacia Duliquia, rica en grano. Les ordenó que me enviaran gentilmente al rey Acasto, pero les agradó más una malvada decisión sobre mi persona, para que aún estuviera más cerca de la perdición. Así que cuando la nave surcadora del ponto se había alejado bastante de tierra urdieron contra mí la esclavitud; me despojaron de túnica y manto y echaron sobre mí miserables andrajos y una mala túnica rasgada, lo que estás viendo ahora con tus ojos.

«Llegaron al atardecer a los campos de Itaca, hermosa al atardecer. Una vez allí, me ataron fuertemente a la nave de buenos bancos con un bien torneado cable y descendiendo precipitadamente a la ribera del mar se dispusieron a cenar. Pero los mismos dioses, sin duda, aflojaron mis ligaduras fácilmente. Cubrí mi cabeza con los andrajos y, deslizándome por el pulido timón hasta dar de pechos en el mar, comencé a nadar con ambos brazos como si fueran remos, y pronto estuve fuera de su alcance. Salí del agua por donde hay un bosque de verdeantes encinas y caí desplomado. Los tesprotos me buscaron aquí y allá, dando grandes gritos, pero como no les interesara molestarse más, embarcaron de nuevo en su cóncava nave. Conque han sido los dioses mismos los que me han ocultado fácilmente y me han hecho llegar al establo de un hombre prudente, pues mi destino es que viva aún.»

Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

«Ay, desdichado forastero, de verdad que has conmovido mi ánimo al contarme detalladámente tus sufrimientos y vagabundeos, pero no creo que sean razonables tus palabras y no vas a convencerme de cuanto has dicho sobre Odiseo. ¿Por qué tienes que mentir en vano siendo como eres? Yo mismo reconozco el regreso de mi soberano; muy odioso debió de hacerse a los ojos de todos los dioses cuando no lo dejaron morir entre los troyanos ni en brazos de los suyos, una vez que hubo concluido la guerra. Entonces le habría construido una tumba el ejército panaqueo y habría él cobrado gran fama para su hijo, pero ahora se lo han llevado las Harpías sin gloria alguna. Así que yo ando solitario entre mis cerdos y no me acerco a la ciudad, si no me ordena ir la prudente Penélope cuando llega alguna noticia. Entonces todos se sientan a preguntar detalles, tanto los que sienten dolor por la larga ausencia de su soberano como los que se alegran consumiendo su hacienda sin pagar. Pero a mí no me agrada ir allá a preguntar desde que me engañó con sus palabras un etolio que llegó a mi casa, vagabundo de muchas tierras, tras haber dado muerte a un hombre. Yo le agasajé y él me aseguró que lo había visto en casa de Idomeneo, en Creta, reparando las naves que le habían quebrado los vendavales. También me aseguró que volvería para el verano o el otoño con muchas riquezas en compañía de sus divinos compañeros.

«Conque no me halagues con mentiras ni trates de encantarme también tú, anciano sufridor, una vez que la divinidad lo ha traído junto a mí. Si lo respeto y agasajo no es por eso, sino por veneración a Zeus Hospitalario y por compasión hacia ti.»

Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

De verdad que tienes un ánimo desconfiado cuando no consigo persuadirte y no logro convencerte ni siquiera con juramento.

«Pero, vamos, hagamos un pacto y que sean testigos los dioses que poseen el Olimpo: si vuelve tu soberano a esta casa, vísteme con manto y túnica y envíame a Duliquio, donde place a mi ánimo; pero si no vuelve tu soberano, como afirmo, ordena a las esclavas que me despeñen desde una gran roca para que todo mendigo se guarde de mentir.»

Y le contestó y dijo el divino porquero:

«Forastero, ¡había yo de tener a los ojos de los hombres buena fama y virtud ahora y para siempre, si después de introducirte en mi cabaña y darte dones de hospitalidad te matara y arrebatara la vida! ¡Con buenos sentimientos iba yo después a dirigir mis plegarias a Zeus Cronida!

«Pero ya es hora de cenar; pronto tendré dentro a mis compañeros para preparar en la cabaña sabrosa comida.»

Esto se decían uno a otro, cuando se acercaron cerdos y porqueros. Los encerraron para que se acostaran por grupos y se levantó un inenarrable estruendo de cerdas acomodándose en las pocilgas.

Después, el divino porquero daba estas órdenes a sus compañeros:

«Traed el mejor cerdo para que se lo sacrifique al forastero de lejanas tierras, que también nosotros tendremos parte, los que ya llevamos tiempo soportando miserias por culpa de los cerdos de blancos dientes, pues otros se comen nuestro esfuerzo sin pagarlo.»

Así diciendo, partió leña con su implacable bronce y ellos metieron un cerdo bien gordo de cinco años, poniéndole junto al hogar. Y el porquero no se olvidó de los inmortales, pues estaba dotado de noble corazón. Así que arrojó al fuego, como primicias, unos pelos de la cabeza del cerdo de blancos dientes y oró a todos los dioses para que volviera el prudence Odiseo a casa.

Luego levantó el cerdo y lo golpeó con una rama de encina que había dejado al hacer leña. Y el alma abandonó a éste. Así que lo degollaron, chamuscaron y trocearon, y el porquero envolvió los trozos en gorda grasa, miembro por miembro, y arrojó algunos al fuego rebozándolos en harina de cebada; después los partieron y atravesaron con pinchos, los asaron con cuidado y sacaron y pusieron sobre la mesa de trinchar. Levantóse el porquero para distribuirlos pues su corazón conocía la equidad y dividió todo en siete partes: una la ofreció, al tiempo que oraba, a las Ninfas y a Hermes, el hijo de Maya, y las demás las distribuyó a cada uno. Odiseo recibió contento con el alargado lomo del cerdo de blancos dientes, pues éste fortaleció el ánimo del soberano, y dirigiéndose a Eumeo dijo el prudence Odiseo:

«¡Ojalá, Eumeo, seas tan querido al padre Zeus como lo eres de mí, pues, siendo como soy, me has distinguido con tus bienes.»

Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

«Come, desdichado forastero, y alégrate con todo lo que tienes a tu alcance, que dios te dará unas cosas y otras las dejará pasar, según le cumpla a su ánimo, pues lo puede todo.»

Así diciendo, ofreció las primicias a los dioses que han nacido para siempre y, luego de libar, puso rojo vino en manos de Odiseo, el destructor de ciudades, que se hallaba sentado junto a su porción.

También les repartió pan Mesaulio, a quien había adquirido el porquero mismo, una vez que se hubo ausentado su soberano y se quedó sólo, lejos de su dueña y del anciano Laertes. Se lo había comprado a los tafios con su propio dinero.

Y ellos echaron mano de los alimentos que tenían delante y, cuando hubieron arrojado de sí el deseo de comer y beber, les retiró Mesaulio el pan y se dispusieron a ir al lecho, saciados de pan y carne.

Y llegó una noche desapacible, noche sin luna, que Zeus estuvo lloviendo toda ella, pues soplaba un fuerte Céfiro que siempre trae lluvia. Entonces se dirigió Odiseo a ellos para poner a prueba al porquero, por ver si se quitaba el manto y se lo entregaba o incitaba a uno de sus compañeros, ya que tanto se preocupaba de él:

«Escuchadme ahora, Eumeo y todos vosotros, compañeros; os voy a decir mi palabra con una súplica, pues me ha impulsado el perturbador vino, el que hace cantar y reír suavemente incluso al más prudente, el que induce a danzar y hace soltar palabras que estarían mejor no dichas. Pero ya que he empezado a hablar, no voy a ocultároslo. ¡Ojalá fuera yo joven y mi vigor no estuviera trabado como cuando marchamos a poner una emboscada junto a Troya! Iban como jefes Odiseo y el Atrida Menelao y junto a ellos mandaba yo como tercero, pues ellos me lo ordenaron. Cuando ya habíamos llegado a la empinada muralla de la ciudad nos apostamos entre espesos espinos, en un cañaveral bajo nuestras armas y se nos vino una noche desapacible, glacial, pues caía el Bóreas. Así que se nos vino de arriba una nieve helada, como escarcha, y el hielo se condensaba en nuestros escudos. Todos tenían mantos y túnicas y dormían apaciblemente cubriendo sus hombros con los escudos, pero yo había dejado al marchar mi manto a unos compañeros por imprevisión, pues no creía que iría a tener frío en absoluto; así que había partido sólo con mi escudo y una escarcela brillante. Cuando ya estaba terciada la noche y los astros declinaban, me dirigí a Odiseo, que estaba a mi lado, tocándolo con mi codo y él enseguida prestó oidos "Laertiada de linaje divino, Odiseo rico en ardides, ya no me contaré más entre los vivos pues me está doblegando el temporal, que no tengo manto. Un dios me ha engañado para que viniera con una sola túnica y ahora ya no hay escape posible."

«Así dije y él enseguida echó mano a esta treta ¡cómo era el hombre para decidir y combatir! y hablando en voz baja me dijo su palabra: "Calla, no te oiga alguno de los aqueos." Así diciendo se apoyó sobre el codo y levantando la cabeza dijo su palabra: "Escuchadme, los míos: acaba de venirme un sueño divino mientas dormía. Nos hemos alejado demasiado de las naves, que vaya alguien a decir al Atrida Agamenón, pastor de su pueblo, si ordena que vengan más hombres desde las naves." Así dijo y enseguida se levantó Toante, hijo de Andremón, y dejando su rojo manto echó a correr hacia las naves. Así que yo me acosté con alegría envuelto en su manto y se mostró Eos de trono de oro. ¡Ojalá fuera yo joven y mi vigor no estuviera trabado, pues quizá alguno de los porqueros me daría un manto en esta cuadra tanto por amor como por respeto a un hombre valeroso!, que ahora me desprecian por tener mala ropa sobre mi cuerpo.»

Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

«Anciano es una irreprochable historia la que has contado y no creo que hayas dicho palabra inútil, fuera de lugar. Por eso no vas a carecer de vestido ni de cosa alguna de la que está bien que tengan los desdichados suplicantes que nos salen al encuentro; pero cuando amanezca sacudirás tus andrajos, pues no hay aquí muchos mantos ni túnicas de recambio para cubrirse, que cada hombre tiene sólo uno. Mas cuando venga el querido hijo de Odiseo, él te dará un manto y una túnica y te enviará a donde tu corazón lo empuje.»

Así diciendo, se levantó y le tendió un camastro cerca del fuego y le puso encima pieles de ovejas y cabras.

Echóse allí Odiseo y sobre él arrojó Eumeo un manto grueso y grande que tenía de repuesto para cuando se levantara terrible temporal.

Así que allí se acostó Odiseo, y los jóvenes a su lado. Pero al porquero no le gustaba dormir lejos de la piara, por lo que se aprestó a salir y Odiseo se alegró por lo mucho que se cuidaba de su hacienda, aunque él estaba lejos. Primero se echó a los fuertes hombros la aguda espada y luego se vistió un grueso manto que le protegiera del viento; tomó la piel de un cabrón bien gordo y un agudo venablo que le protegiera de perros y hombres; y se puso en camino, deseando dormir, hacia el lugar donde dormían los machos, bajo una cóncava roca, al abrigo del Bóreas.


CANTO XV

TELÉMACO REGRESA A ITACA

Entre tanto había marchado Palas Atenea hacia la extensa Lacedemonia para sugerir el regreso al ilustre hijo del magnánimo Odiseo y ordenarle que regresara.

Y encontró a Telémaco y al brillante hijo de Néstor durmiendo en el pórtico del glorioso Menelao, aunque en verdad sólo al hijo de Néstor dominaba el dulce sueño, que a Telémaco no lo sujetaba el blando sueño y en la noche inmortal agitaba en su interior la angustia por su padre. Se acercó Atenea, la de ojos brillantes y le dijo:

«Telémaco, no está bien vagar más tiempo lejos de casa dejando allí tus bienes y a hombres tan soberbios. ¡Cuidado, no vayan a repartirse y devorarlo todo mientras tú haces un viaje baldío! Vamos, apremia a Menelao, de recia voz guerrera, para que te despida, a fin de que encuentres a tu ilustre madre todavía en casa, que ya su padre y hermanos andan empujándola a que se case con Eurímaco, pues éste aventaja a todos los pretendientes en regalarla y en aumentar su dote. Guárdate de que no se lleve de casa, contra tu voluntad, algún bien. Pues ya sabes cómo es el alma de una mujer: está dispuesta a acrecentar la casa de quien la despose olvidando y despreocupándose de sus primeros hijos y de su esposo, una vez que ha muerto.

«Conque ponte en camino y deja todo en manos de la esclava que te parezca la mejor, hasta que los dioses te den una esposa ilustre.

«Te voy a decir algo más, ponlo en tu interior: los más nobles de los pretendientes te han puesto emboscada en el paso entre Itaca y la escarpada Same, deliberadamente, pues desean matarte antes de que llegues a tu tierra patria. Pero no creo que esto suceda antes de que la tierra abrace a alguno de los pretendientes que se comen tu hacienda. Así que aleja de las islas tu bien construida nave y navega por la noche, pues te enviará viento favorable aquel de los inmortales que te custodia y protege. Tan pronto como hayas llegado a la ribera de Itaca, envía la nave y a tus compañeros a la ciudad y tú marcha primero junto al porquero, el que vigila los cerdos y te es fiel. Pasa allí la noche y envíale a la ciudad para que anuncie a la prudente Penélope que estás a salvo y has llegado de Pilos.»

Hablando asi marchó hacia el lejano Olimpo. Despertó Telémaco al hijo de Néstor de su dulce sueño empujándole con el pie y le dijo su palabra:

«Despierta, Pisístrato, hijo de Néstor, unce al carro los caballos de una sola pezuña a fin de apresurar nuestro viaje.»

Y le contestó Pisfstrato, el hijo de Néstor:

«Telémaco, no es posible conducir en la oscura noche, aunque estemos ansiosos de ponernos en camino. Pronto despuntará la aurora. Esperemos a que el héroe Atrida Menelao, ilustre por su lanza, nos traiga sus dones, los ponga en el carro y nos despida con palabras amables; que un huésped se acuerda cada día del hombre que te ha acogido si éste le ha ofrecido su amistad.»

Así habló y al punto apareció Eos de trono de oro.

Y se les acercó Menelao, de recia voz guerrera, levantándose del lecho de junto a Helena de lindas trenzas.

Cuando lo vio el hijo de Odiseo vistió apresuradamente sobre su cuerpo la brillante túnica, echó sobre sus resplandecientes hombros un gran manto y se dirigió a la puerta. Y colocándose a su lado le dijo el querido hijo de Odiseo:

«Atrida Menelao, vástago de Zeus, pastor de tu pueblo, despídeme ya a mi querida patria, pues mi ánimo desea regresar.»

Y le contestó Menelao, de recia voz guerrera:

«Telémaco, no te detendré más tiempo si deseas volver, que también a mí me irrita quien recibe a ún huésped y te ama en exceso o en exceso te aborrece. Todo es mejor si es moderado. La misma bajeza comete quien anima a su huésped a que se vaya, cuando éste no quiere hacerlo, que quien se lo impide cuando lo desea. Hay que agasajar al huésped cuando está en tu casa, pero también despedirlo si lo desea. Mas espera a que traiga mis hermosos dones y los ponga en el carro, dones hermosos lo verás con tus propios ojos, y a que diga a las mujeres que preparen en palacio un almuerzo de cuanto aquí abunda. Que es honor y gloria, al tiempo que provecho, el que os marchéis por la tierra inmensa después de almorzar. Si deseas volver por la Hélade y el centro de Argos, para que yo mismo te acompañe, unciré mis caballos y te conduciré por las ciudades de los hombres. Nadie nos despedirá con las manos vacías, sino que nos darán algo para llevarnos un trípode de buen bronce, un jarrón o dos mulos o una copa de oro.»

Y Telémaco le contestó con sensatez:

«Atrida Menelao, vástago de Zeus, caudillo de tu pueblo, quiero volver ya a mis cosas, pues no he dejado al venir ningún vigilante de mis posesiones; no quiero que por buscar a mi padre vaya a perderme yo, o que me desaparezca del palacio algún tesoro de valor.»

Luego que le oyó Menelao, de recia voz guerrera, ordenó a su esposa y esclavas que preparasen en palacio un almuerzo de cuanto allí abundaba. Acercósele después Eteoneo, hijo de Boeto, tras levantarse de la cama pues no habitaba lejos, y le ordenó Menelao, de recia voz guerrera, que encendiera fuego y asara carne. Y aquél no desobedeció.

Menelao ascendió a su perfumado dormitorio, pero no sólo, que junto a él marchaban Helena y Megapentes. Cuando habían llegado adonde tenía sus tesoros el Atrida Menelao, tomó una copa de doble asa y ordenó a su hijo Megapentes que llevara una crátera de plata. Helena habíase detenido junto a sus areas donde tenía peplos multicolores que ella misma había bordado. Tomó uno de éstos y se lo llevó Helena, divina entre las mujeres, el más hermoso por sus adornos y el más grande brillaba como una estrella y estaba encima de los demás.

Conque atravesaron el palacio hasta que llegaron junto a Telémaco. Y le dijo el rubio Menelao:

«Telémaco, ¡ojalá Zeus, el tronador esposo de Hera, lo lleve a término el regreso tal como tú tu pretendes! En cuanto a los dones..., te voy a entregar el más hermoso y estimable de cuantos tesoros tengo en casa. Te voy a dar una crátera trabajada, toda ella de plata, con los bordes fundidos con oro, obra de Hefesto me la dio el héroe Fédimo, rey de los sidonios, cuando su palacio me cobijó al regresar yo allí. Esto quiero regalarte a ti.»

Hablando así, puso en sus manos la copa de doble asa el héroe Atrida; luego el vigoroso Megapentes le acercó una crátera de plata. También se le acercó Helena, de lindas mejillas, con el peplo en sus manos, le dijo su palabra y le llamó por su nombre:

«También yo, hijo mío, te entrego este regalo, recuerdo de las manos de Helena, para que se lo lleves a tu esposa en el momento de la deseada boda, y que permanezca junto a tu madre en palacio hasta entonces. Que llegues feliz a tu bien edificada morada y a tu tierra patria.»

Así diciendo lo puso en sus manos y él lo recibió gozoso. Lo tomó después el héroe Pisístrato y lo puso en la caja del carro, no sin admirarlo con toda su alma.

Después el rubio Menelao los condujo hasta el salón y ambos se sentaron en sillas y sillones. Y una esclava derramó sobre fuente de plata el aguamanos que llevaba en hermosa jarra de oro para que se lavaran y a su lado extendió una mesa pulimentada. Y la venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió abundantes piezas escogidas favoreciéndoles entre los que estaban presentes. El hijo de Boeto repartía la carne y distribuía las porciones, y el hijo del ilustre Menelao escanciaba el vino. Echaron ellos mano de los alimentos que tenían delante y, cuando habían arrojado de sí el deseo de comer y beber, Telémaco y el brillante hijo de Néstor uncieron los caballos, subieron al carro de variados colores y lo condujeron fuera del portico y de la resonante galería. Y el rubio Menelao salió tras ellos llevando en su mano derecha rojo vino en copa de oro, para que marcharan después de hacer libación.

Se colocó delante de los caballos y dijo como despedida:

«¡Salud, muchachos!, y transmitid mis saludos a Néstor, pastor de su pueblo, pues fue conmigo tierno como un padre mientras los hijos de los aqueos combatíamos en Troya.»

Y Telémaco le contestó discretamente:

«Vástago de Zeus, de verdad que al llegar comunicaremos a aquél todo, según nos lo has dicho. ¡Ojalá al volver yo a Itaca encontrara a Odiseo en casa y pudiera decirle que vengo de junto a ti y he ganado toda tu amistad!, pues llevo regalos hermosos y buenos.»

Mientras así hablaba le voló un pájaro por la derecha, un halcón que llevaba entre sus garras a un enorme ganso blanco, doméstico, de algún corral pues le seguían gritando hombres y mujeres ; y el halcón se acercó a aquéllos y se lanzó por la derecha, frente a los caballos. A1 verlo se llenaron de contento y alegróseles a todos el ánimo.

Y entre ellos comenzó a hablar Pisfstrato, el hijo de Néstor:

«Piensa, Menelao, vástago de Zeus, caudillo de tu pueblo, si es para nosotros o para ti para quien ha mostrado el dios este presagio.»

Así dijo, y Menelao, amado de Ares, se puso a cavilar para poder contestarle oportunamente después de pensarlo.

Pero Helena, de largo peplo, tomándole delantera dijo su palabra:

«Escuchadme, voy a hacer una predicción tal como los inmortales me lo están poniendo en el pecho y como creo que se va a cumplir. Del mismo modo que este halcón ha venido del monte y arrebatado al ganso mientras se alimentaba en la casa donde está su progenie y sus padres, así Odiseo, después de mucho sufrir y mucho vagar, llegará a casa y los hará pagar, o quizá ya está en casa sembrando la muerte para todos los pretendientes.»

Y Telémaco le contestó discretamente:

«¡Ojalá lo disponga así Zeus, el tronante esposo de Hera! En este cáso te invocaría también allí como a una diosa.»

Así dijo y sacudió con el látigo a los caballos. Y éstos se lanzaron velozmente hacia la llanura precipitándose por la ciudad.

Y arrastraron el yugo por ambos lados durance todo el día. Se puso el sol y todos los caminos se llenaron de sombra cuando llegaron a Feras, a casa de Diocles, hijo de Ortíloco, a quien Alfeo engendró. Allí pasaron la noche y éste les entregó dones de hospitalidad.

Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, uncieron sus caballos y ascendieron al carro de variados colores y lo condujeron fuera del pórtico y de la resonante galería. Restalló el látigo para que partieran y los caballos se lanzaron muy a gusto. Por fin llegaron a la elevada ciudad de Pilos y Telémaco se dirigió al hijo de Néstor:

«Hijo de Néstor, ¿podrías cumplir mi palabra si me haces una promesa?, ya que nos preciamos de tener viejos lazos de hospitalidad por el amor de nuestros padres, además de ser de la misma edad, y este viaje nos habrá de unir más. No me lleves más allá de la nave, déjame aquí mismo, no sea que el anciano me retenga contra mi voluntad en su palacio por mor de agasajarme. Y tengo que llegar pronto.»

Añadir comentario

 
Los contenidos de esta bitácora están bajo la licencia de Creative Commons