viernes, 24 de febrero de 2006

Odisea de Homero- parte 6

CANTO VII

ODISEO EN EL PALACIO DE ALCÍNOO

Y mientras así rogaba el sufridor, el divino Odiseo, el vi­gor de las mulas llevaba a la doncella a la ciudad. Cuando al fin llegó a la famosa morada de su padre, se detuvo ante las puertas y la rodearon sus hermanos, semejan­tes a los inmortales, quienes desuncieron las mulas del carro y llevaron adentro las ropas. Ella se dirigió a su habitación y le encendió fuego una anciana de Apira, la camarera Eurime­dusa, a la que trajeron desde Apira las curvadas naves. Se la habían elegido a Alcínoo como recompensa, porque reinaba sobre todos los feacios y el pueblo lo escuchaba como a un dios. Ella fue quien crió a Nausícaa, la de blancos brazos, en el mégaron; ella le avivaba el fuego y le preparaba la cena.

Entonces Odiseo se dispuso a marchar a la ciudad, y Ate­nea, siempre preocupada por Odiseo, derramó en torno suyo una gran nube, no fuera que alguno de los magnánimos fea­cios, saliéndole al encuentro, le molestara de palabra y le pre­guntara quién era. Conque cuando estaba ya a punto de pene­trar en la agradable ciudad, le salió al encuentro la diosa Ate­nea, de ojos brillantes, tomando la apariencia de una niña pequeña con un cántaro, y se detuvo delante de él, y le preguntó luego el divino Odiseo:


«Pequeña, ¿querrías llevarme a casa de Alcínoo, el que go­bierna entre estos hombres? Pues yo soy forastero y después de muchas desventuras he llegado aquí desde lejos, de una tie­rra apartada; por esto no conozco a ninguno de los hombres que poseen esta ciudad y estas tierras de labor.»

Y le respondió luego Atenea, la diosa de ojos brillantes:

«Yo te mostraré, padre forastero, la casa que me pides, ya que vive cerca de mi irreprochable padre. Anda, ven en silen­cio y te mostraré el camino, pero no mires ni preguntes a ninguno de los hombres, pues no soportan con agrado a los foras­teros ni agasajan con gusto al que llega de otra parte. Confiados en sus rápidas naves surcan el gran abismo del mar, pues así se lo ha encomendado el que sacude la tierra, y sus naves son tan ligeras como las alas o como el pensamiento.»

Hablando así le condujo rápidamente Palas Atenea y él mar­chaba tras las huellas de la diosa. Pero no lo vieron los feacios, famosos por sus naves, mientras marchaba entre ellos por su ciudad, ya que no lo permitía Atenea, de lindas trenzas, la terrible diosa que preocupándose por él en su ánimo le había cu­bierto con una nube divina.

Odiseo iba contemplando con admiración los puertos y las proporcionadas naves, las ágoras de ellos, de los héroes y las grandes murallas elevadas, ajustadas con piedras, maravilla de ver. Y cuando al fin llegó a la famosa morada del rey, Atenea, de ojos brillantes, comenzó a hablar:

«Ese es, padre forastero, el palacio que me pedías que te mostrara; encontrarás a los reyes, vástagos de Zeus, celebran­do un banquete. Tú pasa adentro y no te turbes en tu ánimo, pues un hombre con arrojo resulta ser el mejor en toda acción, aunque llegue de otra tierra. Primero encontrarás a la reina en el mégaron; su nombre es Arete y desciende de los mismos pa­dres que engendraron a Alcínoo. A Nausítoo lo engendraron primero Poseidón, el que sacude la tierra, y Peribea, la más ex­celente de las mujeres en su porte, hija menor del magnánimo Eurimedonte, que entonces gobernaba sobre los soberbios Gigantes éste hizo perecer a su arrogante pueblo, pereciendo también él ; con ella se unió Poseidón y engendró a su hijo, el magnánimo Nausítoo, que reinó entre los feacios. Nausítoo fue el padre de Rexenor y Alcínoo. A aquél lo alcanzó Apolo, el del arco de plata, recién casado y sin hijos varones y en la casa dejó a una niña sola, a Arete, a la que Alcínoo hizo su ésposa y honró como jamás ninguna otra ha sido honrada de cuantas mujeres gobiernan una casa sometidas a su esposo. Así ella ha sido honrada en su corazón y lo sigue siendo por sus hijos y el mismo Alcínoo y por su pueblo que la contempla como a una diosa, y la saludan con agradables palabras cuando pasea por la ciudad, que no carece tampoco ella de buen juicio y resuelve los litigios, incluso a los hombres por los que siente amistad. Si ella te recibe con sentimientos amigos puedes tener la esperanza de ver a los tuyos, regresar a tu casa de alto techo y a tu tierra patria.»

Cuando hubo hablado así marchó Atenea, de ojos brillantes, por el estéril ponto y abandonó la agradable Esqueria. Llegó así a Maratón y a Atenas, de anchas calles, y penetró en la sóli­da morada de Erecteo.

Entretanto, Odiseo caminaba hacia la famosa morada de Alcínoo, y su corazón removía diversos pensamientos cuando se detuvo antes de alcanzar el broncíneo umbral. Pues hay un resplandor como de sol o de luna en el elevado palacio del magnánimo Alcínoo; a ambos lados se extienden muros de bronce desde el umbral hasta el fondo y en su torno un azula­do friso; puertas de oro cierran por dentro la sólida estancia; las jambas sobre el umbral son de plata y de plata el dintel, y el tirador, de oro. A uno y otro lado de la puerta había perros de oro y plata que había esculpido Hefesto con la habilidad de su mente para custodiar la morada del magnánimo Alcínoo perros que son inmortales y no envejecen nunca. A lo largo de la pared y a ambos lados, desde el umbral hasta el fondo, había tronos cubiertos por ropajes hábilmente tejidos, obra de mujeres. En ellos se sentaban los señores feacios mientras be­bían y comían; y los ocupaban constantemente. Había también unos jovenes de oro en pie sobre pedestales perfectamente construidos, portando en sus manos antorchas encendidas, los cuales alumbraban los banquetes nocturnos del palacio. Tiene cincuenta esclavas en su mansión: unas muelen el dorado fru­to, otras tejen telas y sentadas hacen funcionar los husos, se­mejantes a las hojas de un esbelto álamo negro, y del lino teji­do gotea el húmedo aceite. Tanto como los feacios son más expertos que los demás hombres en gobernar su rápida nave sobre el ponto, así son sus mujeres en el telar. Pues Atenea les ha concedido en grado sumo el saber realizar brillantes labores y buena cabeza.


Fuera del patio, cerca de las puertas, hay un gran huerto de cuatro yugadas y alrededor se extiende un cerco a ambos la­dos. Allí han nacido y florecen árboles: perales y granados, manzanos de espléndidos frutos, dulces itigueras y verdes oli­vos; de ellos no se pierde el fruto ni falta nunca en invierno ni en verano: son perennes. Siempre que sopla Céfiro, unos na­cen y otros maduran. La pera envejece sobre la pera, la manza­na sobre la manzana, la uva sobre la uva y también el higo sobre el higo. Allí tiene plantada una viña muy fructífera, en la que unas uvas se secan al sol en lugar abrigado, otras las ven­dimian y otras las pisan: delante están las vides que dejan salir la flor y otras hay también que apenas negrean. Allí también, en el fondo del huerto, crecen liños de verduras de todas clases siempre lozanas. También hay allí dos fuentes, la una que co­rre por todo el huerto, la otra que va de una parte a otra bajo el umbral del patio hasta la elevada morada a donde van por agua los ciudadanos. Tales eran las brillantes dádivas de los dioses en la mansión de Alcínoo.

Allí estaba el divino Odiseo, el sufridor, y lo contemplaba con admiración. Conque una vez que hubo contemplado todo boquiabierto cruzó el umbral con rapidez para entrar en la casa. Y encontró a los jefes y señores de los feacios que hacían libación con sus copas al vigilante Argifonte, a quien solían ofrecer libación en último lugar, cuando ya sentían necesidad del lecho. Así que el sufridor, el divino Odiseo, echó a andar por la casa envuelto en la espesa niebla que le había derramado Atenea, hasta que llegó ante Arete y el rey Alcínoo.

Abrazó Odiseo las rodillas de Arete y entonces, por fin, se disipó la divina nube. Quedaron todos en silencio al ver a un hombre en el palacio y se llenaron de asombro al contemplar­le. Y Odiseo suplicaba de esta guisa:

«Arete, hija de Rexenor, semejante a un inmortal, me he lle­gado a tu esposo, a tus rodillas y ante éstos tus invitados, des­pués de sufrir muchas desventuras. ¡Ojalá los dioses concedan a éstos vivir en la abundancia; que cada uno pueda legar a sus hijos los bienes de su hacienda y las prerrogativas que les ha concedido el pueblo. En cuanto a mí, proporcionadme escolta para llegar rápidamente a mi patria. Pues ya hace tiempo que padezco pesares lejos de los míos.»

Así diciendo se sentó entre las cenizas junto al fuego del ho­gar. Todos ellos permanecían inmóviles en silencio. Al fin tomó la palabra un anciano héroe, Equeneo, que era el más anciano entre los feacios y sobresalía por su palabra, pues era conocedor de muchas y antiguas cosas. Este les habló y dijo con sentimientos de amistad:

«Alcínoo, no me parece lo mejor, ni está bien, que el hués­ped permanezca sentado en el suelo entre las cenizas del ho­gar. Estos permanecen callados esperando únicamente tu pala­bra. Anda, haz que se levante y siéntalo en un trono de clavos de plata. Ordena también a los heraldos que mezclen vino para que hagamos libaciones a Zeus, el que goza con el rayo, el que asiste a los venerables suplicantes. En fin, que el ama de llaves proporcione al forastero alguna vianda de las que hay dentro.»

Cuando hubo escuchado esto, la sagrada fuerza de Alcí­noo asiendo de la mano a Odiseo, prudente y hábil en astu­cias, lo hizo levantar del hogar y lo asentó en su brillante tro­no, después de haber levantado a su hijo, al valeroso Laoda­mante, que solía sentarse a su lado y al que sobre todos quería. Una sirvienta trajo aguamanos en hermoso jarro de oro y la vertió sobre una jofaina de plata para que se lavara. A su lado extendió una pulimentada mesa. La venerable ama de llaves le proporcionó pan y le dejó allí toda clase de manjares, favore­ciéndole gustosa entre los presentes. En tanto que comía y be­bía el sufridor, divino Odiseo, la fuerza de Alcínoo dijo a un heraldo:


«Pontónoo, mezcla vino en la crátera y repártelo a todos en la casa para que ofrezcamos libaciones a Zeus, el que goza con el rayo, el que asiste siempre a los venerables suplicantes.»

Así dijo; Pontónoo mezcló el dulce vino y lo repartió entre todos, haciendo una primera ofrenda, por orden, en las copas. Una vez que hicieron las libaciones y bebieron cuanto quiso su ánimo, habló entre ellos Alcínoo y dijo:

«Escuchadme, jefes y señores de los feacios, para que os diga lo que mi corazón me ordena en el pecho. Dad ahora fin al banquete y marchad a acostaros a vuestra casa. Y a la auro­ra, después de convocar al mayor número de ancianos, ofrece­remos hospitalidad al forastero, haremos hermosos sacrificios a los dioses y después trataremos de su escolta para que el fo­rastero alcance su tierra patria sin fatiga ni esfuerzo con nues­tra escolta la que recibirá contento por muy lejana que sea, y para que no sufra ningún daño antes de desembarcar en su tierra. Una vez allí sufrirá cuantas desventuras le tejieron con el hilo en su nacimiento, cuando lo parió su madre, la Aisa y las graves Hilanderas. Pero si fuera uno de los inmortales que ha venido desde el cielo, alguna otra cosa nos preparan los dioses, pues hasta ahora siempre se nos han mostrado a las cla­ras, cuando les ofrecemos magníficas hecatombes y participan con nosotros del banquete sentados allí donde nos sentamos nosotros. Y si algún caminante solitario se topa con ellos, no se le ocultan, y es que somos semejantes a ellos tanto como los Cíclopes y la salvaje raza de los Gigantes.»

Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

«Alcínoo, deja de preocuparte por esto, que yo en verdad en nada me asemejo a los inmortales que poseen el ancho cielo, ni en continente ni en porte, sino a los mortales hombres; quien vosotros sepáis que ha soportado más desventuras entre los hombres mortales, a éste podría yo igualarme en pesares. Y todavía podría contar desgracias mucho mayores, todas cuantas soporté por la voluntad de los dioses. Pero dejadme cenar, por más angustiado que yo esté, pues no hay cosa más inoportuna que el maldito estómago que nos incita por fuerza a acordarnos de él, y aun al que está muy afligido y con un gran pesar en las mientes, como yo ahora tengo el mío, lo fuerza a comer y beber. También a mí me hace olvidar todos los males, que he padecido; y me ordena llenarlo.


«Vosotros, en cuanto apunte la aurora, apresuraos a dejarme a mí, desgraciado, en mi tierra patria, a pesar de lo que he sufrido. Que me abandone la vida una vez que haya visto mi hacienda, mis siervos y mi gran morada de elevado techo.»

Así dijo; todos aprobaron sus palabras y aconsejaban dar es­colta al forastero, ya que había hablado como le correspondía.

Una vez que hicieron las libaciones y bebieron cuanto su ánimo quiso, cada uno marchó a su casa para acostarse. Así que quedó sólo en el mégaron el divino Odiseo y a su lado se sentaron Arete y Alcínoo, semejante a un dios. Las siervas se llevaron los útiles del banquete.

Y Arete, de blancos brazos, comenzó a hablar, pues, al ver­los, reconoció el manto, la túnica y los hermosos ropajes que ella misma había tejido con sus siervas. Y le habló y le dijo ala­das palabras:

«Huésped, seré yo la primera en preguntarte: ¿quién eres?, ¿de dónde vienes?, ¿quién te dio esos vestidos?, ¿no dices que has llegado aquí después de andar errante por el ponto?»

Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:


Es doloroso, reina, que enumere uno a uno mis padeci­mientos, que los dioses celestes me han otorgado muchos. Pero con todo te contestaré a lo que me preguntas a inquieres. Lejos, en el mar, está la isla de Ogigia, donde vive la hija de Atlante, la engañosa Calipso de lindas trenzas, terrible diosa; ninguno de los dioses ni de los hombres mortales tienen trato con ella. Sólo a mí, desventurado, me llevó como huésped un demón después que Zeus, empujando mi rápida nave, la incen­dió con un brillante rayo en medio del ponto rojo como el vino. Todos mis demás valientes compañeros perecieron, pero yo, abrazado a la quilla de mi curvada nave, aguanté durante nueve días; y al décimo, en negra noche, los dioses me echaron a la isla Ogigia, donde habita Calipso de lindas trenzas, la terri­ble diosa que acogiéndome gentilmente me alimentaba y no dejaba de decir que me haría inmortal y libre de vejez para siempre; pero no logró convencer a mi corazón dentro del pe­cho. Allí permanecí, no obstante, siete años regando sin cesar con mis lágrimas las inmortales ropas que me había dado Calipso. Pero cuando por fin cumplió su curso el año octavo, me apremió e incitó a que partiera ya sea por mensaje de Zeus o quizá porque ella misma cambió de opinión. Despidióme en una bien trabada balsa y me proporcionó abundante pan y dul­ce vino, me vistió inmortales ropas y me envió un viento prós­pero y cálido.

Diecisiete días navegué por el ponto, hasta que el decimoc­tavo aparecieron las sombrías montañas de vuestras tierras. Conque se me alegró el corazón, ¡desdichado de mí!, pues aún había de verme envuelto en la incesante aflición que me proporcionó Poseidón, el que sacude la tierra, quien impulsando los vientos me cerró el camino, sacudió el mar infinito y el oleaje no permitía que yo, mientras gemía incesamente, avan­zara en mi balsa; después la destruyó la tempestad. Fue entonces cuando surqué nadando el abismo hastá que el viento y el agua me acercaron a vuestra tierra; y cuando trataba de alcan­zar la orilla, habríame arrojado violentamente el oleaje contra las grandes rocas, en lugar funesto; pero retrocedí de nuevo nadando, hasta que llegué al río, allí donde me pareció el mejor lugar, limpio de piedras y al abrigo del viento. Me dejé caer allí para recobrar el aliento y se me echó encima la noche divina. Alejéme del río nacido de Zeus y entre los matorrales acomodé mi lecho amontonando alrededor muchas hojas; y un dios me vertió profundo sueño. Allí, entre las hojas, dormí con el cora­zón afligido toda la noche, la aurora y hasta el mediodía. Se ponía el Sol cuando me abandonó el dulce sueño. Vi jugando en la orilla a las siervas de tu hija; y ella era semejante a las dio­sas. Le supliqué y no estuvo ayuna de buen juicio, como no se podría esperar que obrara una joven que se encuentra con al­guien. Pues con frecuencia los jóvenes son sandios. Me entregó pan suficiente y oscuro vino, me lavó en el río y me pro­porcionó esta ropa. Aun estando apesadumbrado te he conta­do toda la verdad.»

Y le respondió Alcínoo y dijo:

«Huésped, en verdad mi hija no tomó un acuerdo sensato al no traerte a nuestra casa con sus siervas. Y sin embargo fue ella la primera a quien dirigiste tus súplicas.»

Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

«¡Héroe! No reprendas por esto a tu irreprochable hija; ella me aconsejó seguirla con sus siervas, pero yo no quise por ver­güenza, y temiendo que al verme pudieras disgustarte. Que la raza de los hombres sobre la tierra es suspicaz.»

Y le respondió Alcínoo y dijo:

«Huésped! El corazón que alberga mi pecho no es tal como para irritarse sin motivo, pero todo es mejor si es ajustado. ¡Zeus padre, Atenea y Apolo, ojalá que siendo como eres y pensando las mismas cosas que yo pienso, tomases a mi hija por esposa y permaneciendo aquí pudiese llamarte mi yerno!; que yo te daría casa y hacienda si permanecieras aquí de buen grado. Pero ninguno de los feacios te retendrá contra tu voluntad, no sea que esto no fuera grato a Zeus. Yo te anuncio, para que lo sepas bien, tu viaje para mañana. Mientras tú des­cansas sometido por el sueño, ellos remarán por el mar encal­mado hasta que llegues a tu patria y a tu casa, o a donde quiera que te sea grato, por distance que esté (aunque más lejos que Eubea, la más lejana según dicen los que la vieron de nuestros soldados cuando llevaron allí al rubio Radamanto para que vi­sitara a Ticio, hijo de la Tierra. Allí llegaron y, sin cansan­cio, en un solo día, llevaron a cabo el viaje y regresaron a casa). Tú mismo podrás observar qué excelentes son mis navíos y mis jóvenes en golpear el mar con el remo.»


Así dijo y se alegró el divino Odiseo, el sufridor, y suplican­do dijo su palabra y lo llamó por su nombre:

«Padre Zeus, ¡ojalá cumpla Alcínoo cuanto ha prometido! Que su fama jamás se extinga sobre la nutricia tierra y que yo llegue a mi tierra patria.»

Mientras ellos cambiaban estas palabras, Arete, de blancos brazos, ordenó a las mujeres colocar lechos bajo el portico y disponer las más bellas mantas de púrpura y extender encima las colchas y sobre ellas ropas de lana para cubrirse.

Así que salieron las siervas de la sala con hachas ardiendo, y una vez que terminaron de hacer diligentemente la cama, diri­giéronse a Odiseo y lo invitaron con estas palabras:

«Huésped, levántate y ven a dormir, tienes hecha la cama.»

Así hablaron y a él le plugo marchar a acostarse. Así que allí durmió debajo del sonoro pórtico el sufridor, el divino Odiseo, en lecho taladrado. Luego se acostó Alcínoo en el interior de la alta morada; le había dispuesto su esposa y señora el lecho y la cama.



CANTO VIII

ODISEO AGASAJADO POR LOS FEACIOS

Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se levantó del lecho la sagrada fuerza de Alcínoo y se levantó Odiseo del linaje de Zeus, el des­tructor de ciudades. La sagrada fuerza de Alcínoo los conducía al ágora que los feacios tenían construida cerca de las naves. Y cuando llegaron se sentaron en piedras pulimentadas, cerca unos de otros.

Y recorría la ciudad Palas Atenea, que tomó el aspecto del heraldo del prudente Alcínoo, preparando el regreso a su pa­tria para el valeroso Odiseo. La diosa se colocaba cerca de cada hombre y le decía sú palabra:

«¡Vamos, caudillos y señores de los feacios! Id al ágora para que os informéis sobre el forastero que ha llegado reciente­mente a casa del prudente Alcínoo después de recorrer el pon­to, semejante en su cuerpo a los inmortales.»

Así diciendo movía la fuerza y el ánimo de cada uno. Bien pronto el ágora y los asientos se llenaron de hombres que se iban congregando y muchos se admiraron al ver al prudente hijo de Laertes; que Atenea derramaba una gracia divina por su cabeza y hombros e hizo que pareciese más alto y más grue­so: así sería grato a todos los feacios y temible y venerable, y Ilevaría a término muchas pruebas, las que los feacios iban a poner a Odiseo. Cuando se habían reunido y estaban ya con­gregados, habló entre ellos Alcínoo y dijo:

«Oídme, caudillos y señores de los feacios, para que os diga lo que mi ánimo me ordena dentro del pecho. Este forastero y no sé quién es ha llegado errante a mi palacio bien de los hombres de Oriente o de los de Occidente; nos pide una escolta y suplica que le sea asegurada. Apresuremos nosotros su escolta como otras veces, que nadie que llega a mi casa está suspirando mucho tiempo por ella.

«Vamos, echemos al mar divino una negra nave que nave­gue por primera vez, y que sean escogidos entre el pueblo cin­cuenta y dos jóvenes, cuantos son siempre los mejores. Atad bien los remos a los bancos y salid. Preparad a continuación un convite al volver a mi palacio, que a todos se lo ofreceré en abundancia. Esto es lo que ordeno a los jóvenes. Y los demás, los reyes que lleváis cetro, venid,a mi hermosa mansión para que honremos en el palacio al forastero. Que nadie se niegue. Y llamad al divino aedo Demódoco, a quien la divinidad há otorgado el canto para deleitar siempre que su ánimo lo empu­ja a cantar.»

Así habló y los condujo y ellos le siguieron, los reyes que lle­van cetro. El heraldo fue a llamar al divino aedo y los cincuen­ta y dos jóyenes se dirigieron, como les había ordenado, á la ri­bera del mar estéril. Cuando llegaron a la negra nave y al mar echaron la nave al abismo del mar y pusieron el mástil y las velas y ataron los remos con correas, todo según correspondía. Extendieron hacia arriba las blancás velas, anclaron a la nave en aguas profundas y se pusieron en camino para ir a la gran casa del prudente Alcínoo. Y los pórticos, el recinto de los patios y las habitaciones se llenaron de hombres que se congregaban, pues eran muchos, jóvenes y ancianos. Para ellos sacrificó Al­cínoo doce ovejas y ocho cerdos albidentes y dos bueyes de rotátíles patas. Los desollaron y prepararon a hicieron un agra­dable banquete.

Y se acercó el heraldo con el deseable aedo a quien Musa amó mucho y le había dado lo bueno y lo malo: le privó de los ojos, pero le concedió el dulce canto. Pontónoo le puso un si­llón de clavos de plata en medio de los comensales, apoyándo­lo a una elevada columna, y el heraldo le colgó de un clavo la sonora cítara sobre su cabeza. y le mostró cómo tomarla con las manos. También le puso al lado un canastillo y una linda mesa y una copa de vino para beber siempre que su ánimo le impulsara.

Y ellos echaron mano de las viándas qúe tenían delante. Y cuando hubieron arrojado el deseo de comida y bebida, Musa empujó al aedo a que cantara la gloria de los guerreros con un canto cuya fama llegaba entonces al ancho cielo: la disputa de Odiseo y del Pelida Aquiles, cómo en cierta ocasión discutieron en el suntuoso banquete de los dioses con horribles palabras. Y el soberano de hombres; Agamenón, se alegraba en su ánimó de que riñeran los mejores de los aqueos. Así se lo había dicho con su oráculo Febo Apolo en la divina Pitó cuan­do sobrépasó el umbral de piedra para ir a consultarle; en aquel momento comenzó a desarrollarse el principio de la cala­midad para teucros y dánaos por los designios del gran Zeus. Esta cantaba el muy ilustre aedo. Entonces Odiseo tomó con sus pesadas manos su grande, purpúrea manta; se lo echó par encima de la cabeza y cubrió su hermoso rostro; le daba ver­güenza déjar caer lágrimas bajo sus párpados delanté de los feacios. Siempre que el divino aedo dejaba de cantar se enjuga­ba las lágrimas y retiraba el manto de su cabeza y, tomando una copa doble, hacía libaciones a los dioses.

Pero cuando comenzaba otra vez -lo impulsaban a cantar los más nobles de los feacios porque gozaban con sus ver­sos , Odiseo se cubría nuevamente la cabeza y lloraba. A los demás les pasó inadvertido que derramaba lágrimas. Sólo Alcí­noo lo advirtió y observó, pues estaba sentado al lado y le oía gemir gravemente. Entonces dijo el soberano a los feacios amantes del remo:

«¡Oídme, caudillós y señores de los feacios! Ya hemos goza­do del bien distribuido banquete y de la cítara que es compañe­ra del festín espléndido; salgamos y probemos toda clase de juegos. Así también el huésped contará a los suyos al volver a casa cuánto superamos a los demás en el pugilato, en la lucha, en el salto y en la carrera.»

Así habló y los condujo y ellos les siguieron. El heraldo col­gó del clavo la sonora cítara y tomó de la mano a Demódoco; lo sacó del mégaron y lo conducía por el mismo camino que llevaban los mejores de los feacios para admirar los juegos,. Se pusieron en camino para ir al ágora y los seguía una gran mul­titud, miles. Y se pusieron en pie muchos y vigorosos jóvenes, se levantó Acroneo, y Ocíalo, y Elatreo, y Nauteo, y Primneo, y Anquíalo, y Eretmeo, y Ponteo, y Poreo, y Toón, y Anabesi­neo, y Anfíalo, hijo de Polineo Tectónida. Se levantó tam­bién Eurfalo, semejante a Ares, funesto para los mortales, el que más sobresalía en cuerpo y hermosura de todos los feacios después del irreprochable Laodamante. También se pusieron en pie tres hijos del egregio Alcínoo: Laodamante, Halio y Éli­toneo, parecido a un dios. Éstos hicieron la primera prueba con los pies. Desde la línea de salida se les extendía la pista y volaban velozmente por la llanura levantando polvo. Entre ellos fue con mucho el mejor en el correr el irreprochable Cli­toneo; cuanto en un campo noval es el alcance de dos mu­las, tanto se les adelantó llegando a la gente mientras los otros se quedaron atrás. Luego hicieron la prueba de la fatigo­sa lucha y en ésta venció Euríalo a todos los mejores. Y en el salto fue Anfíalo el mejor, y en el disco fue Elatreo el mejor de todos con mucho, y en el pugilato Laodamante, el noble hijo de Alcínoo. Y cuando todos hubieron deleitado su ánimo con los juegos, entre ellos habló Laodamante, el hijo de Alcínoo:

«Aquí, amigos, preguntemos al huésped si conoce y ha aprendido algún juego. Que no es vulgar en su natural: en sus músculos y piernas, en sus dos brazos, en su robusto cuello y en su gran vigor. Y no carece de vigor juvenil, sino que está quebrantado por numerosos males; que no creo yo que haya cosa peor que el mar para abatir a un hombre por fuerte que sea.»


Y Euríalo le contestó y dijo:

«Has hablado como te corresponde. Ve tú mismo a desafiar­lo y manifiéstale tu palabra.»

Cuando le oyó se adelantó el noble hijo de Alcínoo, se puso en medio y dijo a Odiseo:

«Ven aquí, padre huésped, y prueba tú también los juegos si es que has aprendido alguno. Es natural que los conozcas, pues no hay gloria mayor para el hombre mientras vive que lo que hace con sus pies o con sus manos. Vamos, pues, haz la prueba y arroja de tu ánimo las penas, pues tu viaje no se diferirá por más tiempo; ya la nave te ha sido botada y tienes preparados unos acompañantes.»

Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

«¡Laodamante! ¿Por qué me ordenáis tal cosa por burlaros de mí? Las perlas ocupan mi interior más que los juegos. Yo he sufrido antes mucho y mucho he soportado. Y ahora estoy sentado en vuestra asamblea necesitando el regreso, suplican­do al rey y a todo el pueblo.»

Entonces, Euríalo le contestó y le echó en cara:

«No, huésped, no te asemejas a un hombre entendido en juegos, cuantos hay en abundancia entre los hombres, sino al que está siempre en una nave de muchos bancos, a un comandante de marinos mercantes que cuida de la carga y vigíla las mercan­cías y las ganancias debidas al pillaje. No tienes traza de atleta.»

Y lo miró torvamente y le contestó el muy astuto Odiseo:

«¡Huésped! No has hablado bien y me pareces un insensato. Los dioses no han repartido de igual modo a todos sús ámables dones de hermosura, inteligencia y elocuencia. Un hombre es inferior por su aspecto, pero la divinidad lo corona con la hermosura de la palabra y todos miran hacia él complacidos. Les habla con firmeza y con suavidad respetuosa y sobresale entre los congregados, y lo contemplan como a un dios cuando anda por la ciudad.

«Otro, por el contrario, se parece a los inmortales en su porte, pero no lo corona la gracia cuando habla.

«Así tu aspecto es distinguido y ni un dios lo habría forma­do de otra guisa, mas de inteligencia eres necio. Me has movi­do el ánimo dentro del pecho al hablar inconvenientemente. No soy desconocedor de los juegos como tú aseguras, antes bién, creo que estaba entre los primeros mientras confiaba en mi juventud y mis brazos. Pero ahora estóy poseído por la ad­versidad y los dolores, pues he soportado mucho guerreando con los hombres y atravesando las dolorosas olas. Pero aun así, aunque haya padecido muchos males, probaré en los jue­gos: tu palabra ha mordido mi corazón y me has provocado al hablar.»

Dijo, y con su mismo vestido se levantó, tomó un disco mayor y más ancho y no poco más pesado que con el que so­lían competir entre sí los feacios. Le dio vueltas, lo lanzó de su pesada mano y la piedra resonó. Echáronse a tierra los feacios de largos remos, hombres ilustres por sus naves, por el ímpetu de la piedra, y ésta sobrevoló todas las señales al salir veloz­mente de su mano. Atenea le puso la señal tomando la forma de un hombre, le dijo su palabra y lo llamó por su nombre:

«Incluso un ciego, forastero, distinguiría a tientas la señal, pues no está mezclada entre la multitud sino mucho más ade­lante; confía en esta prueba; ninguno de los feacios la alcanza­rá ni sobrepasará.»

Así habló, y se alegró el sufridor, el divino Odiseo gozoso porque había visto en la competición un compañero a su fa­vor. Y entonces habló más suavemente a los feacios:

«Alcanzad esta señal, jóvenes; en breve lanzaré, creo yo, otra piedra tan lejos o aún más. Y aquél entre los demás fea­cios, salvo Laodamante, a quien su corazón y su ánimo le im­pulse, que venga acá, que haga la prueba puesto que me ha­béis irritado en exceso en el pugilato o en la lucha o en la carrera; a nada me niego. Pues Laodamante es mi huésped: ¿Quién lucharía con el que lo honra como huésped? Es hom­bre loco y de poco precio el que propone rivalizar en los juegos a quien le da hospitalidad en tierra extranjera, pues se cierra a sí mismo la puerta. Pero de los demás no rechazo a ninguno ni lo desprecio, sino que quiero verlo y ejecutar las pruebas frente a él. Que no soy malo en todas las competiciones cuantas hay entre los hombres. Sé muy bien tender el arco bien pulimenta­do; sería el primero en tocar a un hombre enviando mi dardo entre una multitud de enemigos aunque lo rodearan muchos compañeros y lanzaran flechas contra los hombres. Sólo Filoc­tetes me superaba en el arco en el pueblo de los troyanos cuan­do disparábamos los aqueos. De los demás os aseguro que yo soy el mejor con mucho, de cuantos mortales hay sobre la tierra que comen pan. Aunque no pretendo rivalizar con hom­bres antepasados como Heracles y Eurito Ecaliense, los que incluso con los inmortales rivalizaban en el arco. Por eso murió el gran Eurito y no llegó a la vejez en su palacio, pues Apolo lo mató irritado porque le había desafiado a tirar con el arco.


«También lanzo la jabalina a donde nadie llegaría con una flecha. Sólo temo a la carrera, no sea que uno de los feacios me sobrepase; que fui excesivamente quebrantado en medio del abundante oleaje, puesto que no había siempre provisiones en la nave y por esto mis miembros están flojos.»

Así habló, y todos enmudecieron en silencio. Sólo Alcínoo contestó y dijo:

«Huésped, puesto que esto que dices entre nosotros no es desagradable, sino que quieres mostrar la valía que te acompa­ña, irritado porque este hombre se ha acercado a injuriarte en el certamen pues no pondría en duda tu valía cualquier mor­tal que supiera en su interior decir cosas apropiadas . ...Pero, vamos, atiende a mi palabra para que a tu vez se lo comuni­ques a cualquiera de los héroes, cuando comas en tu palacio junto a tu esposa y tus hijos, acordándote de nuestra valía: qué obras nos concede Zeus también a nosotros continuamente ya desde nuestros antepasados. No somos irreprochables púgiles ni luchadores, pero corremos velozmente con los pies y somos los mejores en la navegación; continuamente tenemos agrada­bles banquetes y cítara y bailes y vestidos mudables y baños ca­lientes y camas.

«Conque, vamos, bailarines de los feacios, cuantos sois los mejores, danzad; así podrá también decir el huésped a los suyos cuando regrese a casa cuánto superamos a los demás en la náutica y en la carrera y en el baile y en el canto. Que al­guien vaya a llevar a Demódoco la sonora cítara que yace en algún lugar de nuestro palacio.»

Así habló Alcínoo semejante a un dios, y se levantó un he­raldo para llevar la curvada cítara de la habitación del rey. También se levantaron árbitros elegidos, nueve en total los que organizaban bien cada cosa en los concursos , allanaron el piso y ensancharon la hermosa pista. Se acercó el heraldo trayendo la sonora cítara a Demódoco y éste enseguida salió al centro. A su alrededor se colocaron unos jóvenes adolescentes conocedores de la danza y batían la divina pista con los pies. Odiseo contemplaba el brillo de sus pies y quedó admirado en su ánimo.

Y Demódoco, acompañándose de la cítara, rompió a cantar bellamente sobre los amores de Ares y de la de linda corona, Afrodita: cómo se unieron por primera vez a ocultas en el pa­lacio de Hefesto. Ares le hizo muchos regalos y deshonró el le­cho y la cama de Hefesto, el soberano. Entonces se lo fue a co­municar Helios, que los había visto unirse en amor. Cuando oyó Hefesto la triste noticia, se puso en camino hacia su fragua meditando males en su interior; colocó sobre el tajo el enorme yunque y se puso a forjar unos hilos irrompibles, indisolubles, para que se quedaran allí firmemente.

Y cuando había construido su trampa irritado contra Ares, se puso en camino hacia su dormitorio, donde tenía la cama, y extendió los hilos en círculo por todas partes en torno a las pa­tas de la cama; muchos estaban tendidos desde arriba, desde el techo, como suaves hilos de araña, hilos que no podría ver na­die, ni siquiera los dioses felices, pues estaban fabricados con mucho engaño. Y cuando toda su trampa estuvo extendida al­rededor de la cama, simuló marcharse a Lemnos, bien edifica­da ciudad, la que le era más querida de todas las tierras.

Ares, el que usa riendas de oro, no tuvo un espionaje ciego, pues vio marcharse lejos a Hefesto, al ilustre herrero, y se puso en camino hacia el palacio del muy ilustre Hefesto deseando el amor de la diosa de linda corona, de la de Citera. Estabá ella sentada, recién venida de junto a su padre, el poderoso hijo de Cronos. Y él entró en el palacio y la tomó de la mano y la lla­mó por su nombre:

«Ven acá, querida, vayamos al lecho y acostémonos, pues Hefesto ya no está entre nosotros, sino que se ha marchado a Lemnos, junto a los sintias, de salvaje lengua.»

Así habló, y a ella le pareció deseable acostarse. Y los dos marcharon a la cama y se acostaron. A su alrededor se exten­dían los hilos fabricados del prudence Hefesto y no les era po­sible mover los miembros ni levantarse. Entonces se dieron cuenta que no había escape posible. Y llegó a su lado el muy ilustre cojo de ambos pies, pues había vuelto antes de llegar a tierra de Lemnos; Helios mantenía la vigilancia y le dio la no­ticia y se puso en camino hacia su palacio, acongojado su cora­zón. Se detuvo en el pórtico y una rabia salvaje se apoderó de él, y gritó estrepitosamente haciéndose oír de todos los dioses:

«Padre Zeus y los demás dioses felices que vivís siempre, ve­nid aquí para que veáis un acto ridículo y vergonzoso: cómo Afrodita, la hija de Zeus, me deshonra continuamente porque soy cojo y se entrega amorosamente al pernicioso Ares; que él es hermoso y con los dos pies, mientras que yo soy lisiado. Pero ningún otro es responsable, sino mis dos padres: ¡no me debían haber engendrado! Pero mirad dónde duermen estos dos en amor; se han metido en mi propia cama. Los estoy viendo y me lleno de dolor, pues nunca esperé ni por un ins­tante que iban a dormir así por mucho que se amaran. Pero no van a desear ambos seguir durmiendo, que los sujetará mi trampa y las ligaduras hasta que mi padre me devuelva todos mis regalos de esponsales, cuantos le entregué por la mucha­cha de cara de perra. Porque su hija era bella, pero incapaz de contener sus deseos.»

Así habló, y los dioses se congregaron junto a la casa de piso de bronce. Llegó Poseidón, el que conduce su carro por la tierra; llegó el subastador, Hermes, y llegó el soberano que dis­para desde lejos, Apolo. Pero las hembras, las diosas, se queda­ban por vergüenza en casa cada una de ellas.

Se apostaron los dioses junto a los pórticos, los dadores de bienes, y se les levantó inextinguible la risa al ver las artes del prudente Hefesto. Y al verlo, decía así uno al que tenía más cerca:

«No prosperan las malas acciones; el lento alcanza al veloz. Así, ahora, Hefesto, que es lento, ha cogido con sus artes a Ares, aunque es el más veloz de los dioses que ocupan el Olim­po, cojo como es. Y debe la multa por adulterio.»

Así decían unos a otros. Y el soberano, hijo de Zeus, Apolo, se dirigió a Hermes:

«Hermes, hijo de Zeus, Mensajero, dador de bienes, ¿te gus­taría dormir en la cama junto a la dorada Afrodita sujeto por fuertes ligaduras?»

Y le contestó el mensajero el Argifonte:

«¡Así sucediera esto, soberano disparador de lejos, Apolo! ¡Que me sujetaran interminables ligaduras tres veces más que ésas y que vosotros me mirarais, los dioses y todas las diosas!»

Así dijo y se les levantó la risa a los inmortales dioses. Pero a Poseidón no le sujetaba la risa y no dejaba de rogar a Hefes­to, al insigne artesano, que liberara a Ares. Y le habló y le diri­gió aladas palabras:

«Suéltalo y te prometo, como ordenas, que te pagaré todo lo que es justo entre los inmortales dioses.»

Y le contestó el insigne cojo de ambos pies:

«No, Poseidón, que conduces tu carro por la tierra, no me ordenes eso; sin valor son las fianzas que se toman por gente sin valor. ¿Cómo iba yo a requerirte entre los inmortales dio­ses si Ares se escapa evitando la deuda y las ligaduras?

Y le respondió Poseidón, el que sacude la tierra:

«Hefesto, si Ares se escapa huyendo sin pagar la deuda, yo mismo te la pagaré.»

Y le contestó el muy insigne cojo de ambos pies:

«No es posible ni está bien negarme a tu palabra.»

Así hablando los liberó de las ligaduras la fuerza de Hefesto. Y cuando se vieron libres de las ligaduras, aunque eran muy fuertes, se levantaron enseguida: él marchó a Tracia y ella se llegó a Chipre, Afrodita, la que ama la risa. Allí la lavaron las Gracias y la ungieron con aceite inmortal, cosas que aumentan el esplendor de los dioses que viven siempre y la vistieron de­seables vestidos, una maravilla para verlos.

Esto cantaba el muy insigne aedo. Odiseo gozaba en su in­terior al oírlo y también los demás feacios que usan largos re­mos, hombres insignes por sus naves.

Alcínoo ordenó a Halio y Laodamante que danzaran solos, pues nadie rivalizaba con ellos. Así que tomaron en sus manos una hermosa pelota de púrpura (se la había hecho el sabio Pó­libo); el uno la lanzaba hacia las sombrías nubes doblándose hacia atrás y el otro saltando hacia arriba la recibía con facili­dad antes de tocar el suelo con sus pies.

Después; cuando habían hecho la prueba de lanzar la pelota en línea recta, danzaban sobre la tierra nutricia cambiando a menudo sus posiciones; los demás jóvenes aplaudían en pie en­tre la concurrencia y gradualmente se levantaba un gran murmullo.

Fue entonces cuando el divino Odiseo se dirigió a Alcínoo:

«Alcínoo, poderoso, el más insigne de todo tu pueblo, con razón me asegurabas que erais los mejores bailarines. Se ha presentado esto como un hecho cumplido, la admiración se apodera de mí al verlo.»

Así habló, y se alegró la sagrada fuerza de Alcínoo. Y ense­guida dijo a los feacios amantes del remo:

«Escuchad, caudillos y señores de los feacios. El huésped me parece muy discreto. Vamos, démosle un regalo de hospi­talidad, como es natural. Puesto que gobiernan en el pueblo doce esclarecidos reyes yo soy el decimotercero , cada uno de éstos entregadle un vestido bien lavado y un manto y un ta­lento de estimable oro. Traigámoslo enseguida todos juntos para que el huésped, con ello en sus manos, se acerque al ban­quete con ánimo gozoso. Y que Euríalo lo aplaque con sus pa­labras y con un regalo, que no dijo su palabra como le corres­pondía.»

Así dijó, y todos aprobaron sus palabras y se lo aconsejaron a Euríalo. Y cada uno envió un heraldo para que trajera los re­galos.

Entonces, Euríalo le contestó y dijo:

«Alcínoo poderoso, el más señalado de todo el pueblo, apla­caré al huésped como tú ordenas. Le regalaré esta espada Coda de bronce, cuya empuñadura es de plata y cuya vaina está ro­deada de marfil recién cortado. Y le será de mucho valor.»

Así dijo, y puso en manos de Odiseo la espada de clavos de plaza; le habló y le dirigió aladas palabras:

«Salud, padre huésped, si alguna palabra desagradable ha sido dicha, que la arrebaten los vendavales y se la lleven. Y a ti, que los dioses te concedan ver a tu esposa y llegar a to patria, pues sufres penalidades largo tiempo ya lejos de los tuyos.»

Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

«También a ti, amigo, salud y que los dioses te concedan felicidad, y que después no sientas nostalgia de la espada ésta que ya me has dado aplacándome con tus palabras.»

Así dijo, y colocó la espada de clavos de plata en torno a sus hombros.

Cuando se sumergió Helios ya tenía él a su lado los insignes regalos; los ilustres heraldos los llevaban al palacio de Alcínoo y los hijos del irreprochable Alcínoo los recibieron y colocaron los muy hermosos regalos junto a su venerable madre.

Ante ellos marchaba la sagrada fuerza de Alcínoo y al llegar se sentaron en elevados sillones.

Entonces se dirigió a Arete la fuerza de Alcínoo:

«Trae acá, mujer, un arcón insigne, el que sea mejor. Y en él coloca un vestido bien lavado y un manto. Calentadle un cal­dero de bronce con fuego alrededor y templad el agua para que se lave y vea bien puestos todos los regalos que le han traído aquí los irreprochables feacios, y goce con el banquete escu­chando también la música de una tonada. También yo le en­tregaré esta copa mía hermosísima, de oro, para qua se acuerde de mí todos los días al hacer libaciones en su palacio a Zeus y a los demás dioses.»

Así dijo, y Arete ordenó a sus. esclavas que colocaran al fue­go un gran trípode lo antes posible. Ellas colocaron al fuego ardiente una bañera de tres patas, echaron agua, pusieron leña y la encendieron debajo. Y el fuego lamía el vientre de la bañe­ra y se calentaba el agua.

Entretanto Arete traía de su tálamo un arcón hermosísimo para el huésped en él había colocado los lindos regalos, ves­tidos y oro, que los feacios le habían dado. También había co­locado en el arcón un hermoso vestido y un manto y le habló y le dirigió aladas palabras:

«Mira tú mismo esta tapa y échale enseguida un nudo, no sea que alguien la fuerce en el viaje cuando duermas dulce sue­ño al marchar en la negra nave.»

Cuando escuchó esto el sufridor, el divino Odiseo, adaptó la tapa y le echó enseguida un bien trabado nudo, el que le había enseñado en otro tiempo la soberana Circe.

Acto seguido el ama de llaves ordenó que lo lavaran una vez metido en la bañera, y él vio con gusto el baño caliente, pues no se había cuidado a menudo de él desde que había abando­nado la morada de Calipso, la de lindas trenzas. En aquella época le estaba siempre dispuesto el baño como para un dios.

Cuando las esclavas lo habían lavado y ungido con aceite y le habían puesto túnica y manto, salió de la bañera y fue hacia los hombres que bebían vino. Y Nausícaa, que tenía una her­mosura dada por los dioses se detuvo junto a un pilar del bien fabricado techo. Y admiraba a Odiseo al verlo en sus ojos; y le habló y le dijo aladas palabras:

«Salud, huésped, acuérdate de mí cuando estés en tu patria, pues es a mí la primera a quien debes la vida.»

Y le contestó y le dijo el muy astuto Odiseo:

«Nausícaa, hija del valeroso Alcínoo, que me conceda Zeus, el que truena fuerte, el esposo de Hera, volver a mi casa y ver el día del regreso. Y a ti, incluso allí te haré súplicas como a una diosa, pues tú, muchacha, me has devuelto la vida.»

Dijo, y se sentó en su sillón junto al rey Alcínoo.

Y ellos ya estaban repartiendo las porciones y mezclando el vino.

Y un heraldo se acercó conduciendo al deseable aedo, a De­módoco, honrado en el pueblo, y le hizo sentar en medio de los comensales apoyándolo junto a una enorme columna.

Entonces se dirigió al heraldo el muy inteligente Odiseo, mientras cortaba el lomo pues aún sobraba mucho de un albidente cerdo (y alrededor había abundante grasa):

«Heraldo, van acá, entrega esta carne a Demódoco para que lo coma, que yo le mostraré cordialidad por triste que esté. Pues entre todos los hombres terrenos los aedos participan de la honra y del respeto, porque Musa les ha enseñado el canto y ama a la raza de los aedos.»


Así dijo, el heraldo lo llevó y se lo puso en las manos del héroe Demódoco, y éste lo recibió y se alegró en su ánimo. Y ellos echaban mano de las viandas que tenían delante.

Cuando hubieron arrojado lejos de sí el deseo de bebida y de comida, ya entonces se dirigió a Demódoco el muy inteligente Odiseo:

«Demódoco, muy por encima de todos los mortales te ala­bo: seguro que te han enseñado Musa, la hija de Zeus, o Apo­lo. Pues con mucha belleza cantas el destino de los aqueos cuánto hicieron y sufrieron y cuánto soportaron como si tú mismo lo hubieras presenciado o lo hubieras escuchado de otro allí presente!

«Pero, vamos, pasa a otro tema y canta la estratagema del caballo de madera que fabricó Epeo con la ayuda de Atenea; la emboscada que en otro tiempo condujo el divino Odiseo hasta la Acrópolis, llenándola de los hombres que destruyeron Ilión.

«Si me narras esto como te corresponde, yo diré bien alto a todos los hombres que la divinidad te ha concedido benigna el divino canto.»

Así habló, y Demódoco, movido por la divinidad, inició y mostró su cánto desde el momento en que los argivos se embarcaron en las naves de buenos bancos y se dieron a la mar después de incendíar las tiendas de campaña. Ya estaban los emboscados con el insigne Odiseo en el ágora de los troyanos, ocultos dentro del caballo, pues los mismos troyanos lo habían arrastrado hasta la Acrópolis.

Así estaba el caballo, y los troyanos deliberaban en medio de una gran incertidumbre sentados alrededor de éste. Y les agradaban tres decisiones: rajar la cóncava madera con el mor­tal bronce, arrojarlo por las rocas empujándolo desde to alto, o dejar que la gran estatua sirviera para aplacar a los dioses. Esta última decisión es la que iba a cumplirse. Pues era su Destino que perecieran una vez que la ciudad encerrara el gran caballo de madera donde estaban sentados todos los mejores de los ar­givos portando la muerte y Ker para los troyanos. Y cantaba cómo los hijos de los aqueos asolaron la ciudad una vez que sa­lieron del caballo y abandonaron la cóncava emboscada. Y can­taba que unos por un lado y otros por otro iban devastando la elevada ciudad, pero que Odiseo marchó semejante a Ares en compañía del divino Menelao hacia el palacio de Deífobo.

Y dijo que, una vez allí, sostuvo el más terrible combate y que al fin venció con la ayuda de la valerosa Atenea.

Esto es lo que cantaba el insigne aedo, y Odiseo se derretía: el llanto empapaba sus mejillas deslizándose de sus párpados.

Como una mujer llora a su marido arrojándose sobre él caí­do ante su ciudad y su pueblo por apartar de ésta y de sus hijos el día de la muerte ella lo contempla moribundo y palpitan­te, y tendida sobre él llora a voces; los enemigos cortan con sus lanzas la espalda y los hombros de los ciudadanos y se los llevan prisioneros para soportar el trabajo y la pena, y las mejillas de ésta se consumen en un dolor digno de lástima , así Odiseo destilaba bajo sus párpados un llanto digno de lás­tima.

A los demás les pasó desapercibido que derramaba lágrimas, y sólo Alcínoo lo advirtió y observó sentado como estaba cer­ca de él y le oyó gemir pesadamente.

Entonces dijo al punto a los feacios amantes del remo:

«Escuchad, caudillos y señores de los feacios. Que Demódo­co detenga su cítara sonora, pues no agrada a todos al cantar esto. Desde que estamos cenando y comenzó el divino aedo, no ha dejado el huésped un momento el lamentable llanto. El dolor le rodea el ánimo.

«Varnos, que se detenga para que gocemos todos por igual, los que le damos hospitalidad y el huésped, pues así será mu­cho mejor. Que por causa del venerable huésped se han prepa­rado estas cosas, la escolta y amables regalos, cosas que le entregamos como muestra de afecto. Como un hermano es el huésped y el suplicante para el hombre que goce de sensatez por poca que sea. Por ello, tampoco tú escondas en tu pensa­miento astuto lo que voy a preguntarte, pues lo mejor es ha­blar. Dime tu nombre, el que te llamaban allí tu madre y tu padre y los demás, los que viven cerca de ti. Pues ninguno de los hombres carece completamente de nombre, ni el hombre del pueblo ni el noble, una vez que han nacido. Antes bien, a to­dos se lo ponen sus padres una vez que lo han dado a luz.


Dime también tu tierra, tu pueblo y tu ciudad para que te acompañen allí las naves dotadas de inteligencia. Pues entre los feacios no hay pilotos ni timones en sus naves, cosas que otras naves tienen. Ellas conocen las intenciones y los pensa­mientos de los hombres y conocen las ciudades y los fértiles campos de todos los hombres. Recorren velozmente el abismo del mar aunque estén cubiertas por la oscuridad y la niebla, y nunca tienen miedo de sufrir daño ni de ser destruidas. Pero yo he oído decir en otro tiempo a mi padre Nausítoo que Po­seidón estaba celoso de nosotros porque acompañamos a todos sin daño. Y decía que algún día destruiría en el nebuloso pon­to a una bien fabricada nave de los feacios al volver de una es­colta y nos bloquearía la ciudad con un gran monte. Así decía el anciano; que la divinidad cumpla esto o lo deje sin cumplir, como sea agradable a su ánimo.

«Pero, vamos, dime e infórmame en verdad. , por dónde has andado errante y a qué regiones de hombres has llegado. Háblame de ellos y de sus bien habitadas ciudades, los que son duros y salvajes y no justos, y los que son amigos de los foras­teros y tienen sentimientos de veneración hacia los dioses. Dime también por qué lloras y te lamentas en tu ánimo al oír el destino de los argivos, de los dánaos y de Ilión. Esto lo han hecho los dioses y han urdido la perdición para esos hombres, para que también sea motivo de canto pará los venideros. ¿Es que ha perecido ante Ilión algún pariente tuyo..., un noble yer­no, o suegro, los que son más objeto de preocupación después de nuestra propia sangre y linaje? ¿O un noble amigo de senti­mientos agradables? Pues no es inferior a un hermano el ami­go que tiene pensamientos discretos.»

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