viernes, 24 de febrero de 2006

Odisea de Homero- parte V

CANTO V
ODISEO LLEGA A ESQUERIA

DE LOS FEACIOS

En esto, Eos se levantó del lecho, de junto al noble Titono, para llevar la luz a los inmortales y a los mortales. Los dioses se reunieron en asamblea, y entre ellos Zeus, que truena en lo alto del cielo, cuyo poder es el mayor. Y Atenea les recordaba y relataba las muchas penalidades de Odiseo. Pues se interesaba por éste, que se encontraba en el palacio de la ninfa:

«Padre Zeus y demás bienaventurados dioses inmortales, que ningún rey portador de cetro sea benévolo ni amable ni bondadoso y no sea justo en su pensamiento, sino que siempre sea cruel y obre injustamente, ya que no se acuerda del divino Odiseo ninguno de los ciudadanos entre los que reinaba y era tierno como un padre. Ahora éste se encuentra en una isla so­portando fuertes penas en el palacio de la ninfa Calipso y no tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo acompa­ñen por el ancho lomo del mar. Y, encima, ahora desean ma­tar a su querido hijo cuando regrese a casa, pues ha marchado a la sagrada Pilos y a la divina Lacedemonia en busca de noti­cias de su padre».


Y le contestó y dijo Zeus, el que amontona las nubes:

«Hija mía, ¡qué palabra ha escapado del cerco de tus dientes! ¿Pues no concebiste tú misma la idea de que Odiseo se venga­ra de aquéllos cuando llegara? Tú acompaña a Telémaco dies­tramente, ya que puedes, para que regrese a su patria sano y salvo, y que los pretendientes regresen en la nave.»

Y luego se dirigió a Hermes, su hijo, y le dijo:

«Hermes, puesto que tú eres el mensajero en lo demás, ve a comunicar a la ninfa de lindas trenzas nuestra firme decisión: la vuelta de Odiseo el sufridor, que regrese sin acompañamien­to de dioses ni de hombres mortales. A los veinte días llegará en una balsa de buena trabazón a la fértil Esqueria, después de padecer desgracias, a la tierra de los feacios, que son semejan­tes a los dioses, quienes lo honrarán como a un dios de todo corazón y lo enviarán a su tierra en una nave dándole bronce, oro en abundancia y ropas, tanto como nunca Odiseo hubiera sacado de Troya si hubiera llegado indemne habiendo obteni­do parte del botín. Pues su destino es que vea a los suyos, lle­gue a su casa de alto techo y a su patria.»

Así dijo, y el mensajero Argifonte no desobedeció. Conque ató, luego a sus pies hermosas sandalias, divinas, de oro, que suelen llevarlo igual por el mar que por la ilimitada tierra a la par del soplo del viento. Y cogió la varita con la que hechiza los ojos de los hombres que quiere y los despierta cuando duer­men. Con ésta en las manos echó a volar el poderoso Argifon­te y llegado a Pieria cayó desde el éter en el ponto, y se movía sobre el oleaje semejante a una gaviota que, pescando sobre los terribles senos del estéril ponto, empapa sus espesas alas en el agua del mar. Semejante a ésta se dirigía Hermes sobre las nu­merosas olas.

Pero cuando llegó a la isla lejana salió del ponto color viole­ta y marchó tierra adentro hasta que llegó a la gran cueva en la que habitaba la ninfa de lindas trenzas. Y la encontró dentro. Un gran fuego ardía en el hogar y un olor de quebradizo cedro y de incienso se extendía al arder a lo largo de la isla. Calipso tejía dentro con lanzadera de oro y cantaba con hermosa voz mientras trabajaba en el telar. En torno a la cueva había naci­do un florido bosque de alisos, de chopos negros y olorosos ci­preses, donde anidaban las aves de largas alas, los búhos y hal­cones y las cornejas marinas de afilada lengua que se ocupan de las cosas del mar.


Había cabe a la cóncava cueva una viña tupida que abunda­ba en uvas, y cuatro fuentes de agua clara que corrían cercanas unas de otras, cada una hacia un lado, y alrededor, suaves y frescos prados de violetas y apios. Incluso un inmortal que allí llegara se admiraría y alegraría en su corazón.

El mensajero Argifonte se detuvo allí a contemplarlo; y, luego que hubo admirado todo en su ánimo, se puso en camino hacia la ancha cueva. Al verlo lo reconoció Calipso, divina en­tre las diosas, pues los dioses no se desconocen entre sí por más que uno habite lejos. Pero no encontró dentro al magná­nimo Odiseo, pues éste, sentado en la orilla, lloraba donde muchas veces, desgarrando su ánimo con lágrimas, gemidos y pesares, solía contemplar el estéril mar. Y Calipso, la divina entre las diosas, preguntó a Hermes haciéndolo sentar en una silla brillante, resplandeciente:

«¿Por qué has venido, Hermes, el de vara de oro, venerable y querido? Pues antes no venías con frecuencia. Di lo que piensas, mi ánimo me empuja a cumplirlo si puedo y es posible realizarlo. Pero antes sígueme para que te ofrezca los dones de hospitalidad.»


Habiendo hablado así, la diosa colocó delante una mesa lle­na de ambrosía y mezcló rojo néctar. El mensajero bebió y co­mió, y después que hubo cenado y repuesto su ánimo con la comida, le dijo su palabra:

«Me preguntas tú, una diosa, por qué he venido yo, un dios.

Pues bien, voy a decir con sinceridad mi palabra, pues lo man­das. Zeus me ordenó que viniera aquí sin yo quererlo. ¿Quién atravesaría de buen grado tanta agua salada, indecible? Además, no hay ninguna ciudad de mortales en la que hagan sacrificios a los dioses y perfectas hecatombes.

«Pero no le es posible a ningún dios rebasar o dejar sin cumplir la voluntad de Zeus, el que lleva la égida. Dice que se encuentra contigo un varón, el más desgraciado de cuantos lu­charon durante nueve años en derredor de la ciudad de Pría­mo. Al décimo regresaron a sus casas, después de destruir la ciudad, pero en el regreso faltaron contra Atenea, y ésta les levantó un viento contrario. Allí perecieron todos sus fieles compañeros, pero a él el viento y grandes olas lo acercaron aquí. Ahora te ordena que lo devuelvas lo antes posible, que su destino no es morir lejos de los suyos, sino ver a los suyos y regresar a su casa de elevado techo y a su patria.»

Así dijo, y Calipso, divina entre las diosas, se estremeció, habló y le dijo palabras aladas:

«Sois crueles, dioses, y envidiosos más que nadie, ya que os irritáis contra las diosas que duermen abiertamente con un hombre si lo han hecho su amante. Así, cuando Eos, de rosados dedos, arrebató a Orión, os irritasteis los dioses que vi­vís con facilidad, hasta que la casta Artemis de trono de oro lo mató en Ortigia, atacándole con dulces dardos. Así, cuando Deméter, de hermosas trenzas, cediendo a su impulso, se unió en amor y lecho con Jasión en campo tres veces labrado. No tardó mucho Zeus en enterarse, y lo mató alcanzándolo con el resplandeciente rayo. Así ahora os irritáis contra mí, dioses, porque está conmigo un mortal. Yo lo salvé, que Zeus le destrozó la rápida nave arrojándole el brillante rayo en me­dio del ponto rojo como el vino. Allí murieron todos sus no­bles compañeros, pero a él el viento y las olas lo acercaron aquí. Yo lo traté como amigo y lo alimenté y le prometí ha­cerlo inmortal y sin vejez para siempre. Pero puesto que no es posible a ningún dios rebasar ni dejar sin cumplir la voluntad de Zeus, el que lleva la égida, que se vaya por el mar estéril si aquél lo impulsa y se lo manda. Mas yo no te despediré de cualquier manera, pues no tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo acompañen sobre el ancho lomo del mar. Sin embargo, le aconsejaré benévola y nada le ocultaré para que llegue a su tierra sano y salvo.»


Y el mensajero, el Argifonte, le dijo a su vez:

«Entonces despídele ahora y respeta la cólera de Zeus, no sea que se irrite contigo y sea duro en el futuro.»

Cuando hubo hablado así partió el poderoso Argifonte.

Y la soberana ninfa acercóse al magnánimo Odiseo luego que hubo escuchado el mensaje de Zeus. Lo encontró sentado en la orilla. No se habían secado sus ojos del llanto, y su dulce vida se consumía añorando el regreso, puesto que ya no le agradaba la ninfa, aunque pasaba las noches por la fuerza en la cóncava cueva junto a la que lo amaba sin que él la amara. Du­rante el día se sentaba en las piedras de la orilla desgarrando su ánimo con lágrimas, gemidos y dolores, y miraba al estéril mar derramando lágrimas.

Y deteniéndose junto a él le dijo la divina entre las diosas:

«Desdichado, no te me lamentes más ni consumas tu exis­tencia, que te voy a despedir no sin darte antes buenos conse­jos. ¡Hala!, corta unos largos maderos y ensambla una amplia balsa con el bronce. Y luego adapta a ésta un elevado tablazón para que te lleve sobre el brumoso ponto, que yo te pondré en ella pan y agua y rojo vino en abundancia que alejen de ti el hambre. También te daré ropas y te enviaré por detrás un viento favorable de modo que llegues a tu patria sano y salvo, si es que lo permiten los dioses que poseen el ancho cielo, quienes son mejores que yo para hacer proyectos y cum­plirlos.»

Así habló; estremecióse el sufridor, el divino Odiseo, y ha­blando le dirigió aladas palabras:

«Diosa, creo que andas cavilando algo distinto de mi mar­cha, tú que me apremias a atravesar el gran abismo del mar en una balsa, cosa difícil y peligrosa; que ni siquiera las bien equi­libradas naves de veloz proa lo atraviesan animadas por el fa­vorable viento de Zeus. No, yo no subiría a una balsa mal que te pese, si no aceptas jurarme con gran juramento, diosa, que no maquinarás contra mí desgracia alguna.»

Así habló; sonrió Calipso, divina entre las diosas, le acarició la mano y le dijo su palabra, llamándole por su nombre:

«Eres malvado a pesar de que no piensas cosas vanas, pues te has atrevido a decir tales palabras. Sépalo ahora la Tierra, y desde arriba el ancho Cielo y el agua que fluye de la Estige éste es el mayor y el más terrible juramento para los biena­venturados dioses que no maquinaré contra ti desgracia al­guna. Esto es lo que yo pienso y te voy a aconsejar, cuanto para mí misma pensaría cuando me acuciara tal necesidad. Mi proyecto es justo, y no hay en mi pecho un ánimo de hierro, sino compasivo.»


Hablando así la divina entre las diosas marchó luego delante y él marchó tras las huellas de la diosa. Y llegaron a la profun­da cueva la diosa y el varón. Éste se sentó en el sillón de don­de se había levantado Hermes, y la ninfa le ofreció toda clase de comida para comer y beber, cuantas cosas suelen yantar los mortales hombres. Sentóse ella frente al divino Odiseo y las siervas le colocaron néctar y ambrosía. Echaron mano a los alimentos preparados que tenían delante y después que se sa­ciaron de comida y bebida empezó a hablar Calipso, divina en­tre las diosas:

«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo, rico en ardides, ¿así que quieres marcharte enseguida a tu casa y a tu tierra pa­tria? Vete enhorabuena. Pero si supieras cuántas tristezas te deparará el destino antes de que arribes a tu patria, te queda­rías aquí conmigo para guardar esta morada y serías inmortal por más deseoso que estuvieras de ver a tu esposa, a la que continuamente deseas todos los días. Yo en verdad me precio de no ser inferior a aquélla ni en el porte ni en el natural, que no conviene a las mortales jamás competir con las inmortales ni en porte ni en figura.»

Y le dijo el muy astuto Odiseo:

«Venerable diosa, no te enfades conmigo, que sé muy bien cuánto te es inferior la discreta Penélope en figura y en estátu­ra al verla de frente, pues ella es mortal y tú inmortal sin vejez. Pero aun así quiero y deseo todos los días marcharme a mi casa y ver el día del regreso. Si alguno de los dioses me maltra­tara en el ponto rojo como el vino, lo soportaré en mi pecho con ánimo paciente; pues ya soporté muy mucho sufriendo en el mar y en la guerra. Que venga esto después de aquello.»

Así dijo. El sol se puso y llegó el crepusculo. Así que se diri­gieron al interior de la cóncava cueva a deleitarse con el amor en mutua compañía.

Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, Odiseo se vistió de túnica y manto, y ella, la ninfa, vistió una gran túnica blanca, fina y graciosa, colocó al­rededor de su talle hermoso cinturón de oro y un velo sobre la cabeza, y a continuación se ocupó de la partida del magnánimo Odiseo. Le dio una gran hacha de bronce bien manejable, agu­zada por ambos lados y con un hermoso mango de madera de olivo bien ajustado. A continuación le dio una azuela bien pu­limentada, y emprendió el camino hacia un extremo de la isla donde habían crecido grandes árboles, alisos y álamos negros y abetos que suben hasta el cielo, secos desde hace tiempo, rese­cos, que podían flotar ligeros. Luego que le hubo mostrado dónde crecían los árboles, marchó hacia el palacio Calipso, di­vina entre las diosas, y él empezó a cortar troncos y llevó a cabo rápidamente su trabajo. Derribó veinte en total y los cor­tó con el bronce, los pulió diestramente y los enderezó con una plomada mientras Calipso, divina entre las diosas, le lleva­ba un berbiquí. Después perforó todos, los unió unos con otros y los ajustó con clavos y junturas. Cuanto un hombre buen conocedor del arte de construir redondearía el fondo de una amplia nave de carga, así de grande hizo Odiseo la balsa. Plantó luego postes, los ajustó con vigas apiñadas y construyó una cubierta rematándola con grandes tablas. Hizo un mástil y una antena adaptada a él y construyó el timón para gobernarla. Cubrióla después con cañizos de mimbre a uno y otro lado para que fuera defensa contra el oleaje y puso encima mucha madera. Entre tanto, le trajo Calipso, divina entre las diosas, tela para hacer las velas, y él las fabricó con habilidad. Ató en ellas cuerdas, cables y bolinas y con estacas la echó al divino mar.

Era el cuarto día y ya tenía todo preparado. Y al quinto lo dejó marchar de la isla la divina Calipso después de lavarlo y ponerle ropas perfumadas. Entrególe la diosa un odre de ne­gro vino, otro grande de agua y un saco de víveres, y le añadió abundantes golosinas. Y le envió un viento próspero y cálido.

Así que el divino Odiseo desplegó gozoso las velas al viento y sentado gobernaba el timón con habilidad. No caía el sueño sobre sus párpados contemplando las Pléyades y el Bootes, que se pone tarde, y la Osa, que llaman carro por sobrenombre, que gira allí y acecha a Orión y es la única privada de los baños de Océano. Pues le había ordenado Calipso, divina entre las diosas, que navegase teniéndola a la mano izquierda. Navegó durante diecisiete días atravesando el mar, y al decimoctavo aparecieron los sombríos montes del país de los feacios, por donde éste le quedaba más cerca y parecía un escudo sobre el brumoso ponto.


El poderoso, el que sacude la tierra, que volvía de junto a los etiopes, lo vio de lejos, desde los montes Sólymos, pues se le apareció surcando el mar. Irritóse mucho en su corazón, y moviendo la cabeza habló a su ánimo:

«¡Ay!, seguro que los dioses han cambiado de resolución respecto a Odiseo mientras yo estaba entre los etíopes, que ya está cerca de la tierra de los feacios, donde es su destino esca­par del extremo de las calamidades que le llegan. Pero creo que aún le han de alcanzar bastantes desgracias.»

Cuando hubo hablado así, amontonó las nubes y agitó el mar, sosteniendo el tridente entre sus manos, e hizo levantarse grandes tempestades de vientos de todas clases, y ocultó con las nubes al mismo tiempo la tierra y el ponto. Y la noche sur­gió del cielo. Cayeron Euro y Noto, Céfiro de soplo violento y Bóreas que nace en cielo despejado levantando grandes olas. Entonces las rodillas y el corazón de Odiseo desfallecieron, e irritado dijo a su magnánimo espíritu:

«Ay de mí, desgraciado, ¿qué me sucederá por fin ahora? Mucho temo que todo lo que dijo la diosa sea verdad; me ase­guró que sufriría desgracias en el ponto antes de regresar a mi patria, y ahora todo se está cumpliendo. ¡Con qué nubes ha ce­rrado Zeus el vasto cielo y agitado el ponto, y las tempestades de vientos de todas clases se lanzan con ímpetu!

«Seguro que ahora tendré una terrible muerte. ¡Felices tres y cuatro veces los dánaos que murieron en la vásta Troya por dar satisfacción a los Atridas! Ojalá hubiera muerto yo y me hubiera enfrentado con mi destino el día en que cantos troya­nos lanzaban contra mí broncíneas lanzas alrededor del Pelida muerto! Allí habría obtenido honores fúnebres y los aqueos celebrarían mi gloria, pero ahora está determinado que sea sorprendido por una triste muerte.»

Cuando hubo dicho así, le alcanzó en lo más alto una gran ola que cayó terriblemente y sacudió la balsa. Odiseo se preci­pitó fuera de la balsa soltando las manos del timón, y un terri­ble huracán de mezclados vientos le rompió el mástil por la mitad. Cayeron al mar, lejos, la vela y la antena, y a él lo tuvo largo tiempo sumergido sin poder salir con presteza por el ím­petu de la ingente ola, pues le pesaban los vestidos que le había dado la divina Calipso.

A1 fin emergió mucho después y escupió de su boca la amarga agua del mar que le caía en abundancia, con ruido, desde la cabeza. Pero ni aun así se olvidó de la balsa, aunque estaba agotado, sino que lanzándose entre las olas se apoderó de ella. El gran oleaje la arrastraba con la corriente aquí y allá. Como cuando el otoñal Bóreas arrastra por la llanura los espi­nos y se enganchan espesos unos con otros, así los vientos la llevaban por el mar por aquí y por allá. Unas veces Noto la lanzaba a Bóreas para que se la llevase, y otras Euro la cedía a Céfiro para perseguirla.

Pero lo vio Ino Leucotea, la de hermosos tobillos, la hija de Cadmo que antes era mortal dotada de voz, mas ahora par­ticipaba del honor de los dioses en el fondo del mar. Compa­decióse de Odiseo, que sufría pesares a la deriva, y emergió vo­lando del mar semejante a una gaviota; se sentó sobre la balsa y le dijo:

«¡Desgraciado! ¿Por qué tan acerbamente se ha encolerizado contigo Poseidón, el que sacude la tierra, para sembrarte tan­tos males? No te destruirá por mucho que lo desee. Conque obra del modo siguiente, pues paréceme que eres discreto: quí­tate esos vestidos, deja que la balsa sea arrastrada por los vien­tos, y trata de alcanzar nadando la tierra de los feacios, donde es tu destino que te salves. Toma, extiende este velo inmortal bajo tu pecho, y no temas padecer ni morir. Mas cuando alcan­ces con tus manos tierra firme, suéltalo enseguida y arrójalo al ponto rojo como el vino, muy lejos de tierra, y apártate lejos.»

Cuando hubo hablado así la diosa, le dió el velo, y con pres­teza se sumergió en el alborotado ponto, semejante a una ga­viota, y una negra ola la ocultó. El divino Odiseo, el sufridor, dio en cavilar y habló irritado a su magnánimo corazón:


«¡Ay de mí! ¡No vaya a ser que alguno de los inmortales urde contra mí una trampa, cuando me ordena abandonar la balsa! Mas no obedeceré, que yo vi a lo lejos con mis propios ojos la tierra donde me dijo que tendría asilo. Más bien, pues me parece mejor, obraré así: mientras los maderos sigan uni­dos por las ligazones permaneceré aquí y aguantaré sufriendo males, pero una vez que las olas desencajen la balsa me pondré a nadar, pues no se me alcanza prevision mejor.»

Mientras esto agitaba en su mente, y en su corazón, Posei­don, el que sacude la tierra, levantó una gran ola, terrible y pe­nosa, abovedada, y lo arrastró. Como el impetuoso viento agi­ta un montón de pajas secas que dispersa acá y allá, así disper­só los grandes maderos de la balsa. Pero Odiseo montó en un madero como si cabalgase sobre potro de carrera y se quitó los vestidos que le había dado la divina Calipso. Y al punto exten­dió el velo por su pecho y púsose boca abajo en el mar, exten­didos los brazos, ansioso de nadar.

Y el poderoso, el que sacude la tierra, lo vio, y moviendo la cabeza, habló a su ánimo:

. «Ahora que has padecido muchas calamidades vaga por el ponto hasta que llegues a esos hombres vástagos de Zeus. Pero ni aun así creo que estimarás pequeña tu desgracia.»

Cuando hubo hablado así, fustigó a los caballos de hermosas crines y enfiló hacia Egas, donde tiene ilustre morada.

Pero Atenea, la hija de Zeus decidió otra cosa: cerró el ca­mino a todos los vientos y mandó que todos cesaran y se cal­maran; levantó al rápido Bóreas y quebró las olas hasta que Odiseo, movido por Zeus, llegara a los feacios, amantes del remo, escapando a la muerte y al destino.

Así que anduvo éste a la deriva durante dos noches y dos días por las sólidas olas, y muchas veces su corazón presintió la muerte. Pero cuando Eos, de lindas trenzas, completó el tercer día, cesó el viento y se hizo la calma, y Odiseo vio cerca la tie­rra oteando agudamente desde lo alto de una gran ola. Como cuando parece agradable a los hijos la vida de un padre que yace enfermo entre grandes dolores, consumiéndose durante mucho tiempo, pues le acomete un horrible demón y los dioses le libran felizmente del mal, así de agradable le parecieron a Odiseo la tierra y el bosque, y nadaba apresurándose por poner los pies en tierra firme. Pero cuando estaba a tal distancia que se le habría oído al gritar, sintió el estrépito del mar en las ro­cas. Grandes olas rugían estrepitosamente al romperse con es­truendo contra tierra firme, y todo se cubría de espuma mari­na, pues no había puertos, refugios de las naves, ni ensenadas, sino acantilados, rocas y escollos. Entonces se aflojaron las ro­dillas y el corazón de Odiseo y decía afligido a su magnánimo corazón:

«¡Ay de mí! Después que Zeus me ha concedido inesperada­mente ver tierra y he terminado de surcar este abismo, no en­cuentro por dónde salir del canoso mar. Afuera las rocas son puntiagudas, y alrededor las olas se levantan estrepitosamente, y la roca se yergue lisa y el mar es profundo en la orilla, sin que sea posible poner allí los pies y escapar del mal. Temo que al salir me arrebate una gran ola y me lance contra pétrea roca, y mi esfuerzo sería inútil. Y si sigo nadando más allá por si en­cuentro una playa donde rompe el mar oblicuamente o un puerto marino, temo que la tempestad me arrebate de nuevo y me lleve al ponto rico en peces mientras yo gimo profunda­mente, o una divinidad lance contra mí un gran monstruo ma­rino de los que cría a miles la ilustre Anfitrite. Pues sé que el ilustre, el que sacude la tierra, está irritado conmigo.»

Mientras meditaba esto en su mente y en su corazón, lo arrastró una gran ola contra la escarpada orilla, y allí se habría desgarrado la piel y roto los huesos si Atenea, la diosa de ojos brillantes, no le hubiese inspirado a su ánimo lo siguiente: lan­zóse, asió la roca con ambas manos y se mantuvo en ella gi­miendo hasta que pasó una gran ola. De este modo consiguió evitarla, pero al refluir ésta lo golpeó cuando se apresuraba y lo lanzó a lo lejos en el ponto. Como cuando al sacar a un pul­po de su escondrijo se pegan infinitas piedrecitas a sus tentácu­los, así se desgarró en la roca la piel de sus robustas manos.

Luego lo cubrió una gran ola, y allí habría muerto el desgra­ciado Odiseo contra lo dispuesto por el destino si Atenea, la diosa de ojos brillantes, no le hubiera inspirado sensatez. Así que emergiendo del oleaje que rugía en dirección a la costa, nadó dando cara a la tierra por si encontraba orillas batidas por las olas o puertos de mar. Y cuando llegó nadando a la boca de un río de hermosa corriente, aquél le pareció el mejor lugar, libre de piedras y al abrigo del viento. Y al advertir que fluía le suplicó en su ánimo:

«Escucha, soberano, quienquiera que seas; llego a ti, muy deseado, huyendo del ponto y de las amenazas de Poseidón. Incluso los dioses inmortales respetan al hombre que llega errante como yo llego ahora a tu corriente y a tus rodillas des­pués de sufrir mucho. Compadécete, soberano, puesto que me precio de ser tu suplicante.»

Así dijo; hizo éste cesar al punto su corriente, retirando las olas, e hizo la calma delante de él, llevándolo salvo a la misma desembocadura. Y dobló Odiseo ambas rodillas y los robustos brazos, pues su corazón estaba sometido por el mar. Tenía todo el cuerpo hinchado, y de su boca y nariz fluía mucho agua salada: así que cayó sin aliento y sin voz y le sobrevino un te­rrible cansancio. Mas cuando respiró y se recuperó su ánimo, desató el velo de la diosa y lo echó al río que fluye hacia el mar, y al punto se lo llevó una gran ola con la corriente y lue­go la recibió Ino en sus manos. Alejóse del río, se echó delante de una junquera y besó la fértil tierra. Y, afligido, decía a su magnánimo corazón:

«¡Ay de mí! ¿Qué me va a suceder? ¿Qué me sobrevendrá por fin? Si velo junto al río durante la noche inspiradora de preocupaciones, quizá la dañina escarcha y el suave rocío ven­zan al tiempo mi agonizante ánimo a causa de mi debilidad, pues una brisa fría sopla antes del alba desde el río. Pero si subo a la colina y umbría selva y duermo entre las espesas matas, si me dejan el frío y el cansancio y me viene el dulce sueño, temo convertirme en botín y presa de las fieras.».

Después de pensarlo, le pareció que era mejor así, y echó a andar hacia la selva y la encontró cerca del agua en lugar bien visible; y se deslizó debajo de dos matas que habían nacido del mismo lugar, una de aladierma y otra de olivo. No llegaba a ellos el húmedo soplo de los vientos ni el resplandeciente sol los hería con sus rayos, ni la lluvia los atravesaba de un extremo a otro (tan apretados crecían entrelazados uno con el otro). Bajo ellos se introdujo Odiseo, y luego preparó ancha cama con sus manos, pues había un gran montón de hojarasca como para acoger a dos o tres hombres en el invierno por ri­guroso que fuera. A1 verla se alegró el divino Odiseo, el sufridor, y se acostó en medio y se echó encima un montón de ho­jas. Como el que esconde un tizón en negra ceniza en el extre­mo de un campo (y no tiene vecinos) para conservar un ger­men de fuego y no tener que ir a encenderlo a otra parte, así se cubrió Odiseo con las hojas y Atenea vertió sobre sus ojos el sueño para que se le calmara rápidamente el penoso cansancio, cerrándole los párpados.



CANTO VI

ODISEO Y NAUSÍCAA

Aí es como dormía allí el sufridor, el divino Odiseo, ago­tado por el sueño y el cansancio.

En tanto marchó Atenea al país y a la ciudad de los hombres feacios que antes habitaban la espaciosa Hiperea cerca de los Cíclopes, hombres soberbios que los dañaban con­tinuamente, pues eran superiores en fuerza. Sacándolos de allí los condujo Nausítoo, semejante a un dios, y los asentó en Es­queria, lejos de los hombres industriosos; rodeó la ciudad con un muro, construyó casas a hizo los templos de los dioses y repartió los campos. Pero éste, vencido ya por Ker, había marchado a Hades, y entonces gobernaba Alcínoo, inspirado en sus designios por los dioses.


Al palacio de éste se encaminó Atenea, la de ojos brillantes, planeando el regreso para el magnánimo Odiseo. Llegó a la muy adornada estancia en la que dormía una joven igual a las diosas en su porte y figura, Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo. Y dos sirvientas que poseían la belleza de las Gracias es­taban a uno y otro lado de la entrada, y las suntuosas puertas estaban cerradas. Apresuróse Atenea como un soplo de viento hacia la cama de la joven, y se puso sobre su cabeza y le dirigió su palabra tomando la apariencia de la hija de Dimante, famo­so por sus naves, pues era de su misma edad y muy grata a su ánimo.

Asemejándose a ésta, le dijo Atenea, la de ojos brillantes:

«Nausícaa, ¿por qué tan indolente te parió tu madre? Tienes descuidados los espléndidos vestidos, y eso que está cercana tu boda, en que es preciso que vistas tus mejores galas y se las proporciones también a aquellos que lo acompañen. Pues de cosas así resulta buena fama a los hombres y se complacen el padre y la venerable madre.

Conque marchemos a lavar tan pronto como despunte la aurora; también yo ire contigo como compañera para que dis­pongas todo enseguida, porque ya no vas a estar soltera mucho tiempo, que te pretenden los mejores de los feacios en el pue­blo donde también tú tienes tu linaje. Así que, anda, pide a tu ilustre padre que prepare antes de la aurora mulas y un carro que lleve los cinturones, las túnicas y tu espléndida ropa. Es para ti mucho mejor ir así que a pie, pues los lavaderos están muy lejos de la ciudad.»

Cuando hubo hablado así se marchó Atenea, la de los bri­llantes, al Olimpo, donde dicen que está la morada siempre se­gura de los dioses, pues no es azotada por los vientos ni moja­da por las lluvias, ni tampoco la cubre la nieve. Permanece siempre un cielo sin nubes y una resplandeciente claridad la envuelve. Allí se divierten durante todo el día los felices dio­ses. Hacia allá marchó la de ojos brillantes cuando hubo aconsejado a la joven.


Al punto llegó Eos, la de hermoso trono, que despertó a Nausícaa; de lindo pelo, y asombrada del sueño echó a correr por el palacio para contárselo a sus progenitores, a su padre y a su madre. Y encontró dentro a los dos; ella estaba sentada junto al hogar con sus siervas hilando copos de lana teñidos con púrpura marina; a él lo encontró a las puertas cuando marchaba con los ilustres reyes al Consejo, donde lo reclama­ban los nobles feacios.

Así que se acercó a su padre y le dijo:

«Querido papá, ¿no podrías aparejarme un alto carro de buenas ruedas para que lleve a lavar al río los vestidos que ten­go sucios? Que también a ti conviene, cuando estás entre los principales, participar en el Consejo llevando sobre tu cuerpo vestidos limpios. Además, tienes cinco hijos en el palacio, dos casados ya, pero tres solteros en la flor de la edad, y éstos siempre quieren ir al baile con los vestidos bien limpios, y todo esto está a mi cargo.»

Así dijo, pues se avergonzaba de mentar el floreciente ma­trimonio a su padre. Pero él comprendió todo y le respondió con estas palabras:

«No te voy a negar las mulas, hija, ni ninguna otra cosa. Ve; al momento los criados lo prepararán un alto carro de buenas­ ruedas con una cesta ajustada a él.»

Cuando hubo dicho así, daba órdenes a sus criados y éstos al momento le obedecieron. Prepararon fuera el carro mulero de buenas ruedas, trajeron mulas y las uncieron al yugo. La joven sacó de la habitación un lujoso vestido y lo colocó en el bien pulido carro, y la madre puso en un capacho abundante y rica comida, así como golosinas, y en un odre de cuero de cabra vertió vino. La joven subió al carro, y todavía le dió en un re­cipiente de oro aceite húmedo para que se ungiera con sus sirvientas. Tomó Nausícaa el látigo y las resplandecientes rien­das y lo restalló para que partieran. Y se dejó sentir el batir de las mulas, y mantenían una tensión incesante llevando los ves­tidos y a ella misma; mas no sola, que con ella marchaban sus esclavas. Así que hubieron llegado a la hermosisima corriente del río donde estaban los lavaderos perennes (manaba un cau­dal de agua muy hermosa para lavar incluso la ropa más sucia), soltaron las mulas del carro y las arrearon hacia el río de her­mosos torbellinos para que comieran la fresca hierba suave como la miel. Tomaron ellas en sus manos los vestidos, los lle­varon a la oscura agua y los pisoteaban con presteza en las pi­las, emulándose unas a otras.


Una vez que limpiaron y lavaron toda la suciedad, extendie­ron la ropa ordenadamente a la orilla del mar precisamente donde el agua devuelve a la tierra los guijarros más limpios.

Y después de bañarse y ungirse con el grasiento aceite, to­maron el almuerzo junto a la orilla del río y aguardaban a que la ropa se secara con el resplandor del sol.

Apenas habían terminado de disfrutar el almuerzo, las cria­das y ella misma se pusieron a jugar con una pelota, despoján­dose de sus velos. Y Nausícaa, de blancos brazos, dio comien­zo a la danza. Como Artemis va por los montes, la Flecha­dora, ya sea por el Taigeto muy espacioso o por el Erimanto, mientras disfruta con los jabalíes y ligeros ciervos, y con ella las ninfas agrestes, hijas de Zeus portador de la égida, partici­pan en los juegos y disfruta en su pecho Leto... (de todas ellas tiene por encima la cabeza y el rostro, así que es fácilmente re­conocible, aunque todas son bellas), así se distinguía entre to­das sus sirvientas la joven doncella.

Pero cuando ya se disponían a regresar de nuevo a casa, después de haber uncido las mulas y doblado los bellos vesti­dos, la diosa de ojos brillantes, Atenea, dispuso otro plan: que Odiseo se despertara y viera a la joven de hermosos ojos que lo conduciría a la ciudad de los feacios. Conque la princesa tiró la pelota a una sirvienta y no la acertó; arrojóla en un profundo remolino y ellas gritaron con fuerza. Despertó el divino Odi­seo, y sentado meditaba en su mente y en su corazón:

«¡Ay de mí! ¿De qué clase de hombres es la tierra a la que he llegado? ¿Son soberbios, salvajes y carentes de justicia o ami­gos de los forasteros y con sentimientos de piedad hacia los dioses?. Y es el caso que me rodea un griterío femenino como de doncellas, de ninfas que poseen las elevadas cimas de los montes, las fuentes de los ríos y los prados cubiertos de hierba. ¿O es que estoy cerca de hombres dotados de voz arti­culada? Pero, ea, yo mismo voy a comprobarlo a intentaré verlo.»


Cuando hubo dicho así, salió de entre los matorrales el divi­no Odiseo, y de la cerrada selva cortó con su robusta mano una rama frondosa para cubrirse alrededor las vergüenzas. Y se puso en camino como un león montaraz que, confiado en su fuerza, marcha empapado de lluvia y contra el viento y le ar­den los ojos; entonces persigue a bueyes o a ovejas o anda tras los salvajes ciervos; pues su vientre lo apremia a entrar en un recinto bien cerrado para atacar a los ganados. Así iba a mez­clarse Odiseo entre las doncellas de lindas trenzas, aun estando desnudo, pues la necesidad lo alcanzaba. Y apareció ante ellas terriblemente afeado por la salmuera.

Temblorosas se dispersan cada una por un lado hacia las sa­lientes riberas. Sola la hija de Alcínoo se quedó, pues Atenea le infundió valor en su pecho y arrojó el miedo de sus miembros. Y permaneció a pie firme frente a Odiseo. Éste dudó entre su­plicar a la muchacha de lindos ojos abrazado a sus rodillas o pedirle desde lejos, con dulces palabras, que le señalara su ciu­dad y le entregara ropas. Y mientras esto cavilaba, le pareció mejor suplicar desde lejos con dulces palabras, no fuera que la doncella se irritara con él al abrazarle las rodillas. Así que pro­nunció estas dulces y astutas palabras:

«A ti suplico, soberana. ¿Eres diosa o mortal? Si eres una di­vinidad de las que poseen el espacioso cielo, yo te comparo a Arternis, la hija del gran Zeus, en belleza, talle y distinción, y si eres uno de los mortales que habitan la tierra, tres veces felices tu padre y tu venerable madre; tres veces felices también tus hermanos, pues bien seguro que el ánimo se les ensancha por tu causa viendo entrar en el baile a tal retoño; y con mucho el más feliz de todos en su corazón aquel que venciendo con sus presentes te lleve a su casa. Que jamás he visto con mis ojos semejante mortal, hombre o mujer. Al mirarte me atenaza el asombro. Una vez en Delos vi que crecía junto al altar de Apolo un retoño semejante de palmera (pues también he ido allí y me seguía un numeroso ejército en expedición en que me iban a suceder funestos males.) Así es que contemplando aque­llo quedé entusiasmado largo tiempo, pues nunca árbol tal ha­bía crecido de la tierra.

«Del mismo modo te admiro a ti, mujer, y te contemplo ab­sorto al tiempo que temo profundamente abrazar tus rodillas. Pero me alcanza un terrible pesar. Ayer escapé del ponto, rojo como el vino, después de veinte días. Entretanto me han za­randeado sin cesar el oleaje y turbulentas tempestades desde la isla Ogigia, y ahora por fin me ha arrojado aquí algún demón, sin duda para que sufra algún contratiempo; pues no creo que éstos vayan a cesar, sino que todavía los dioses me preparan muchas desventuras.

«Pero tú, sobrerana, ten compasión, pues es a ti a quien pri­mero encuentro después de haber soportado muchas desgra­cias, que no conozco a ninguno de los hombres que poseen esta tierra y ciudad. Muéstrame la ciudad y dame algo de ropa para cubrirme si al venir trajiste alguna para envoltura de tus vestidos. ¡Que los dioses te concedan cuantas cosas anhelas en tu corazón: un marido, una casa, y te otorguen también una feliz armonía! Seguro que no hay nada más bello y mejor que cuando un hombre y una mujer gobiernan la casa con el mis­mo parecer; pesar es para el enemigo y alegría para el amigo, y, sobre todo, ellos consiguen buena fama. »

Y le respondió luego Nausícaa, la de blancos brazos:

«Forastero, no pareces hombre plebeyo ni insensato. El mismo Zeus Olímpico reparte la felicidad entre los hombres tanto a nobles como a plebeyos, según quiere a cada uno. Sin duda también a ti te ha concedido esto, y es preciso que lo so­portes con firmeza hasta el fin.

«Ahora que has llegado a nuestra ciudad y a nuestra tierra, no te verás privado de vestidos ni de ninguna otra cosa de las que son propias del desdichado suplicante que nos sale al en­cuentro. Te mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Los feacios poseen esta ciudad y esta tierra; yo soy la hija del magnánimo Alcínoo, en quien descansa el poder y la fuerza de los feacios.»

Así dijo, y ordenó a las doncellas de lindas trenzas:

«Deteneos, siervas. ¿A dónde húís por ver a este hombre? ¿Acaso creéis que es un enemigo? No existe viviente ni puede nacer hombre que llegue con ánimo hostil al país de los fea­cios, pues somos muy queridos de los dioses y habitamos lejos en el agitado ponto, los más apartados, y ningún otro mortal tiene trato con nosotros.

«Peró éste ha llegado aquí como un desdichado después de andar errante, y ahora es preciso atenderle. Que todos los huéspedes y mendigos proceden de Zeus, y para ellos una dá­diva pequeña es querida. ¡Vamos!, dadle de comer y de beber y lavadlo en el río donde haya un abrigo contra el viento. »

Así dijo; ellas se detuvieron y se animaron unas a otras, hi­cieron sentar a Odiseo en lugar resguardado, según lo había ordenado Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo, le proporcio­náron un manto y una túnica como vestido, le entregaron aceite húmedo en una ampolla de oro y lo apremiaban para que se bañara en las corrientes del río.

Entonces, por fin, dijo el divino Odiseo a las siervas:

«Siervas, deteneos ahí lejos mientras me quito de los hom­bros la salmuera y me unjo con aceite, pues ya hace tiempo que no hay grasa sobre mi cuerpo; que no me lavaré yo frente a vosotras, pues me avergüenzo de permanecer desnudo entre doncellas de lindas trenzas. »

Así dijo y ellas se alejaron y se lo contaron a la muchacha. Cónque el divino Odiseo púsose a lavar su cuerpo en las aguas del río y a quitarse la salmuera que cubría sus anchas espaldas y sus hombros, y limpió de su cabeza la espuma de la mar infa­tigable. Después que se hubo lavado y ungido con aceite, se vistió las ropas que le proporcionara la no sometida donce­lla. Entonces le concedió, Atenea, la hija de Zeus, aparecer más apuesto y robusto e hizo caer de su cabeza espesa cabellera, se­mejante a la flor del jacinto. Así como derrama oro sobre plata un diestro orfebre a quien Hefesto y Palas Atenea han enseña­do toda clase de artes y termina graciosos trabajos, así Atenea vertió su gracia sobre la cabeza y hombros de Odiseo. Fuese entonces a sentar a lo lejos junto a la orilla del mar, resplande­ciente de belleza y de gracia, y la muchacha lo contemplaba.


Por fin dijo a las siervas de lindas trenzas:

«Esuchadme, siervas de blancos brazos, mientras os hablo; no en contra de la voluntad de todos los dioses, los que poseen el Olimpo, tiene trato este hombre con los feacios semejantes a los dioses. Es verdad que antes me pareció desagradable, pero ahora es semejante a los dioses, los que poseen el amplio cielo. ¡Ojalá semejante varón fuera llamado esposo mío habitando aquí y le cumpliera permanecer con nosotros! Vamos, siervas, dad al huésped comida y bebida.»

Así dijo; ellas la escucharon y al punto realizaron sus deseos: pusieron comida y bebida junto a Odiseo y verdad es que co­mía y bebía con voracidad el sufridor, el divino Odiseo, pues durante largo tiempo estuvo ayuno de comida.

De pronto Nausícaa, de blancos brazos, cambió de parecer. Después de haber plegado sus vestidos los colocó en el hermo­so carro, unció las mulas de fuertes cascos y ascendió ella mis­ma. Animó a Odiseo, le llamó por su nombre y le dirigió su palabra:

«Forastero, levántate ahora para ir a la ciudad y para que yo te acompañe a casa de mi prudente padre, donde te aseguro que verás a los más excelentes de todos los feacios. Pero ahora cuidate de obrar así ya que no me pareces insensato : mientras vayamos por los campos y las labores de los hom­bres, marcha presto con las sirvientas tras las mulas y el carro y yo seré guía. Pero cuando subamos a la ciudad... a ésta la ro­dea una elevada muralla; hay un hermoso puerto a ambos la­dos de la ciudad y es estrecha la entrada, y las curvadas naves son arrastradas por el camino, pues todos ellos tienen refugios para sus naves. También tienen en torno al hermoso templo de Poseidón el ágora construida con piedras gigantescas que hunden sus raíces en la tierra. Aquí se ocupan los hombres de los aparejos de sus negras naves, cables y velas, y aquí afilan sus remos. Pues los feacios no se ocupan de arco y carcaj, sino de mástiles y remos, y de proporcionadas naves con las que re­corren orgullosos el canoso mar. De éstos quiero evitar el amargo comentario, no sea que alguno murmure por detrás, pues muchos son los soberbios en el pueblo, y quizá alguno, el más vil, diga al salirnos al encuentro: "¿Quién es este hermoso y apuesto forastero que sigue a Nausícaa?, ¿dónde lo encontró? Quizá llegue a ser su esposo, o quizá es algún navegante al que, errante en su nave, le dio hospitalidad, de los hombres que viven lejos, ya que nadie vive cerca de aquí. O quizá un dios le ha bajado del cielo tras invocarlo y lo va a tener con ella para siempre. Mejor si ha encontrado por ahí un esposo de fuera, pues desdeña a los demás feacios en el pueblo, aunque son muchos y nobles los que la pretenden." Así dirán, y para mí estas palabras serán odiosas. Pero yo también me indigna­ría con otra que hiciera cosas semejantes contra la voluntad de su padre y de su madre y se uniera con hombres antes que ce­lebre público matrimonio.

«Conque, forastero, haz caso de mi palabra para que consi­gas pronto de mi padre escolta y regreso.

«Encontrarás un espléndido bosque de Atenea junto al ca­mino, de álamos negros; allí mana una fuente y alrededor hay un prado; allí está el cercado de mi padre y la florida viña, tan cerca de la ciudad que se oye al gritar. Espera un poco allí sen­tado para que nosotras alcancemos la ciudad y lleguemos a casa de mi padre, y cuando supongas que hemos llegado al pa­lacio, disponte entonces a marchar a la ciudad de los feacios y pregunta por la casa de mi padre, el magnánimo Alcínoo. Es fácilmente reconocible y hasta un niño pequeño te puede conducir, pues no es nada semejante a las casas de los demás fea­cios: ¡tal es el palacio del héroe Alcínoo! Y una vez que te co­bijen la casa y el patio, cruza rápidamente el mégaron para lle­gar hasta mi madre; ella está sentada en el hogar a la luz del fuego, hilando copos purpúreos ¡una maravilla para ver­los! apoyada en la columna. Y sus esclavas se sientan detrás de ella. Allí también está el trono de mi padre apoyado contra la columna, en el que se sienta a beber su vino como un dios inmortal. Pásalo de largo y arrójate a abrazar con tus manos las rodillas de mi madre, a fin de que consigas pronto el día del regreso, para tu felicidad, aunque seas de lejana tierra. Pues si ella te guarda sentimientos amigos en su corazón, podrás cum­plir el deseo de ver a los tuyos, tu bien construida casa y tu tie­rra patria.»

Hablando así golpeó con su brillante látigo a las mulas y éstas abandonaron veloces las corrientes del río: trotaban muy bien y cruzaban bien las patas. Y ella llevaba las riendas para que pudieran seguirle a pie las sirvientas y Odiseo; así es que manejaba el látigo con tiento.

Y se sumergió Helios y al punto llegaron al famoso bosque­cillo sagrado de Atenea, donde se sentó el divino Odiseo:

Y se puso a invocar a la hija del gran Zeus:

«Escúchame, hija de Zeus, portador de égida, Atritona, es­cúchame en este momento, ya que antes no me escuchaste cuando sufrí naufragio, cuando me golpeó el famoso, el que sacude la tierra. Concédeme llegar a la tierra de los feacios como amigo y digno de lástima.»

Así dijo suplicando y le escuchó Palas Atenea.

Pero no le salió al encuentro, pues respetaba al hermano de su padre que mantenía su cólera violenta contra Odiseo, semejante a un dios, hasta que llegara a su patria.

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