viernes, 24 de febrero de 2006

Odisea de Homero- parte III

CANTO IV

TELÉMACO VIAJA A ESPARTA

PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE


Llegaron éstos a la cóncava y cavernosa Lacedemonia y se encaminaron al palacio del ilustre Menelao. Lo en­contraron con numerosos allegados, celebrando con un banquete la boda de su hijo e ilustre hija. A su hija iba a enviar­la al hijo de Aquiles, el que rompe las filas enemigas; que en Troya se la ofreció por vez primera y prometió entregarla, y los dioses iban a llevarles a término las bodas. Mandábale ir con caballos y carros a la muy ilustre ciudad de los mirmido­nes, sobre los cuales reinaba aquél. A su hijo le entregaba como esposa la hija de Alector, procedente de Esparta. El vi­goroso Megapentes, su hijo, le había nacido muy querido de una esclava, que los dioses ya no dieron un hijo a Helena luego que le hubo nacido el primer hijo la deseada Hermione, que poseía la hermosura de la dorada Afrodita.

Conque se deleitaban y celebraban banquetes en el gran pa­lacio de techo elevado los vecinos y parientes del ilustre Mene­lao; un divino aedo les cantaba tocando la cítara, y dos volati­neros giraban en medio de ellos, dando comienzo a la danza.

Y los dos jóvenes, el héroe Telémaco y el ilustre hijo de Néstor se detuvieron y detuvieron los caballos a la puerta del palacio. Violos el noble Eteoneo cuando salía, ágil servidor del ilustre Menelao, y echó a andar por el palacio para comunicár­selo al pastor de su pueblo. Y poniéndose junto a él le dijo ala­das palabras:

«Hay dos forasteros, Menelao, vástago de Zeus, dos mozos semejantes al linaje del gran Zeus. Dime si desenganchamos sus rápidos caballos o les mandamos que vayan a casa de otro que los reciba amistosamente.»

Y el rubio Menelao le dijo muy irritado:

«Antes no eras tan simple, Eteoneo, hijo de Boeto, mas aho­ra dices sandeces corno un niño. También nosotros llegamos aquí, los dos, después de comer muchas veces por amor de la hospitalidad de otros hombres. ¡Ojalá Zeus nos quite de la po­breza para el futuro! Desengancha los caballos de los foraste­ros y hazlos entrar para que se les agasaje en la mesa».


Así dijo; salió aquél del palacio y llamó a otros diligentes servidores para que lo acompañaran. Desengancharon los ca­ballos sudorosos bajo el yugo y los ataron a los pesebres, al lado pusieron escanda y mezclaron blanca cebada; arrimaron los carros al muro resplandeciente e introdujeron a los foraste­ros en la divina morada. Estos, al observarlo, admirábanse del palacio del rey, vástago de Zeus; que había un resplandor como del sol o de la luna en el palacio de elevado techo del glorioso Menelao. Luego que se hubieron saciado de verlo con sus ojos, marcharon a unas bañeras bien pulidas y se lavaron. Y luego que las esclavas los hubieron ungido con aceite, les pusieron ropas de lana y mantos y fueron a sentarse en sillas junto al Atrida Menelao. Y una esclava virtió agua de lavamanos que traía en bello jarro de oro sobre fuente de plata y colo­có al lado una pulida mesa. Y la venerable ama de llaves trajo pan y sirvió la mesa colocando abundantes alimentos, favoreciéndoles entre los que estaban presentes. Y el trinchador les sacó platos de carnes de todas clases y puso a su lado copas de oro. Y mostrándoselos, decía el prudente Menelao:

«Comed y alegraos, que luego que os hayáis alimentado con estos manjares os preguntaremos quiénes sois de los hombres. Pues sin duda el linaje de vuestros padres no se ha perdido, sino que sois vástagos de reyes que llevan cetro de linaje divi­no, que los plebeyos no engendran mozos así.»

Así diciendo puso junto a ellos, asiéndolo con la mano, un grueso lomo asado de buey que le habían ofrecido a él mismo como presente de honor. Echaron luego mano a los alimentos colocados delante, y después que arrojaron el deseo de comida y bebida, Telémaco habló al hijo de Néstor acercando su cabeza para que los demás no se enteraran:

«Observa, Nestórida grato a mi corazón, el resplandor de bronce en el resonante palacio, y el del oro, el eléctro, la pla­ta y el marfil. Seguro que es así por dentro el palacio de Zeus Olímpico. ¡Cuántas cosas inefables!, el asombro me atenaza al verlas.»

El rubio Menelao se percató de lo que decía y habló aladas palabras:

Hijos míos, ninguno de los mortales podría competir con Zeus, pues son inmortales su casa y posesiones; pero de los hombres quizá alguno podría competir conmigo o quizá no en riquezas; las he traído en mis naves y llegué al octavo año después de haber padecido mucho y andar errante mucho tiempo. Errante anduve por Chipre, Fenicia y Egipto; llegué a los etiopes, a los sidonios, a los erembos y a Libia, donde los corderos enseguida crían cuernos, pues las ovejas paren tres veces en un solo año. Ni amo ni pastor andan allí faltos de queso ni de carne, ni de dulce leche, pues siempre es­tán dispuestas para dar abundante leche. Mientras andaba yo errante por allí, reuniendo muchas riquezas, otro mató a mi hermano a escondidas, sin que se percatara, con el engaño de su funesta esposa. Así que reino sin alegría sobre estas rique­zas. Ya habréis oído esto de vuestros padres, quienes quiera que sean, pues sufrí muy mucho y destruí un palacio muy agradable para vivir que contenía muchos y valiosos bienes. ¡Ojalá habitara yo mi palacio aún con un tercio de éstos, pero estuvieran sanos y salvos los hombres que murieron en la ancha Troya lejos de Argos, criadora de caballos. Y aunque lloro y me aflijo a menudo por todos en mi palacio, unas veces deleito mi ánimo con el llanto y otras descanso, que pronto trae can­sancio el frío llanto. Mas no me lamento tanto por ninguno, aunque me aflija, como por uno que me amarga el sueño y la comida al recordarlo, pues ninguno de los aqueos sufrió tanto como Odiseo sufrió y emprendió. Para él habían de ser las preocupaciones, para mí el dolor siempre insoportable por aquél, pues está lejos desde hace tiempo y no sabemos si vive o ha muerto. Sin duda lo lloran el anciano Laertes y la discreta Penélope y Telémaco, a quien dejó en casa recién nacido.»


Así dijo y provocó en Telémaco el deseo de llorar por su pa­dre. Cayó a tierra una lágrima de sus párpados al oír hablar de éste, y sujetó ante sus ojos el purpúreo manto con las manos.

Menelao se percató de ello, y dudaba en su mente y en su corazón si dejarle que recordara a su padre o indagar él prime­ro y probarlo en cada cosa en particular. En tanto que agitaba esto en su mente y en su corazón, salió Helena de su perfuma­da estancia de elevado techo semejante a Afrodita, la de rueca de oro.

Colocó Adrastra junto a ella un sillón bien trabajado, y Alci­pe trajo un tapete de suave lana. También trajo Filo la canasti­lla de plata que le había dado Alcandra, mujer de Pólibo, quien habitaba en Tebas la de Egipto, donde las casas guardan mu­chos tesoros. (Dio Pólibo a Menelao dos bañeras de plata, dos trípodes y diez talentos de oro. Y aparte, su esposa hizo a Helena bellos obsequios: le regaló una rueca de oro v una canasti­lla sostenida por ruedas de plata, sus bordes terminados con oro.) Ofreciósela, pues, Filo, llena de hilo trabajado, y sobre él se extendía un huso con lana de color violeta. Y se sentó en la silla y a sus pies tenía un escabel. Y luego preguntó a su espo­so, con su palabra, cada detalle:

«¿Sabemos ya, Menelao, vástago de Zeus, quiénes de los hombres se precian de ser éstos que han llegado a nuestra casa? ¿Me engañaré o será cierto lo que voy a decir? El ánimo me lo manda. Y es que creo que nunca vi a nadie tan semejan­te, hombre o mujer (¡el asombro me atenaza al contemplarlo!), como éste se parece al magnífico hijo de Odiseo, a Telémaco, a quien aquel hombre dejó recién nacido en casa cuando los aqueos marchasteis a Troya por causa de mí, ¡desvergonzada!, para llevar la guerra.»

Y el rubio Menelao le contestó diciendo:

«También pienso yo ahora, mujer, tal como lo imaginas, pues tales eran los pies y las manos de aquél, y las miradas de sus ojos, y la cabeza y por encima los largos cabellos. Así que, al recordarme a Odiseo, he referido ahora cuánto sufrió y se fatigó aquél por mí. Y él vertía espeso llanto de debajo de sus cejas sujetando con las manos el purpúreo manto ante sus ojos.»

Y luego Pisístrato, el hijo de Néstor, le dijo:

«Atrida Menelao, vástago de Zeus, caudillo de tu pueblo, en verdad éste es el hijo de aquél, tal como dices, pero es pruden­te y se avergüenza en su ánimo de decir palabras descaradas al venir por primera vez ante ti, cuya voz nos cumple como la de un dios.

«Néstor me ha enviado, el caballero de Gerenia, para seguir­lo como acompañante, pues deseaba verte a fin de que le sugi­rieras una palabra o una obra. Pues muchos pesares tiene en palacio el hijo de un padre ausente si no tiene otros defensores como le sucede a Telémaco. Ausentóse su padre y no hay otros defensores entre el pueblo que lo aparten de la des­gracia.»

Y el rubio Menelao contestó y dijo a éste:

«!Ay!, ha venido a mi casa el hijo del querido hombre que por mí padeció muchas pruebas. Pensaba estimarlo por encima de los demás argivos cuando volviera, si es que Zeus Olímpi­co, el que ve a lo ancho, nos concedía a los dos regresar en las veloces naves. Le habría dado como residencia una ciudad en Argos y lé habría edificado un palacio trayéndolo desde Itaca con sus bienes, su hijo y todo el pueblo, después de despoblar una sola ciudad de las que se encuentran en las cercanías y son ahora gobernadas por mí. Sin duda nos habríamos reunido con frecuencia estando aquí y nada nos habría separado en siendo amigos y estando contentos, hasta que la negra nube de la muerte nos hubiera envuelto. Pero debía envidiarlo el dios que ha hecho a aquel desdichado el único que no puede regresar.»

Añadir comentario

 
Los contenidos de esta bitácora están bajo la licencia de Creative Commons