miércoles, 31 de agosto de 2005

Una mujer, un pájaro, dos hombres y la noche

Pocas palabras por JUCECA

Una mujer,
un pájaro,
dos hombres
y la noche

A mi me tocó nacer en un barrio medio desabrido. Ni chicha ni limonada. Una calle pelada, de veredas angostas y sin un árbol. Casas de material, pocas. La mayoría casillas. Algunos les decían "ranchos", pero ranchos eran los del campo, de terrón y techo de totora.


A la totora siempre la confundí con el junco y con la espadaña, que no sé si no es todo lo mismo, y no viene al caso, porque de esos ranchos en mi calle no había. Le digo que aquello se mantiene igual. Menos casillas, más casitas con jardín, pero minga de arbolito en la vereda. Negros, entonces, pocos. Algún tamboril, muy de tanto en tanto, para Navidad y en día de Reyes, y pare de contar. Ahora no quedan. Gente trabajadora, eso sí. Algún vago había, como en todos lados. En los barrios humildes el vago se nota más.

Como en la casa no le dan, manguea mucho. Se la pasa en la esquina, como a la pesca. En las casas ricas al vago le dan, y entonces el tipo sale y no se le nota. Compra cigarros y capaz que hasta invita. Siempre hubo eso.

Saliendo de allí, a diez o doce cuadras, ya era otra cosa, porque estaba El Prado. Me gustaban los pájaros, esos senderos, y aquel silencio. Las diferencias en tan poca distancia, ¿no? Aquellas casas imponentes. Verjas altas y techos de tejas. Añosos árboles, estirados.

Raro ver gente, pero todo cuidado, prolijo. A mí me impresionaban por el tamaño. Y rara vez una ventana abierta. Yo pensaba cómo sería vivir en un caserón de esos, con altillos.

Porque todas lucían esas ventanitas chicas, allá, como quien dice donde se juntan los aleros. Había una que decían que estaba "encantada". No vivía nadie hacía años. Ahora lo pienso y no sé por qué tenerle aquel miedo. Encantada era sinónimo de hechizada, de embrujada. Pero a la vez, me veía con una muchacha que me encantaba y no me daba miedo.

Al contrario. Iba a verla encantado, pero encantado de la vida.

Y ella, encantada. En los barrios pobres hay pocas muchachas lindas. Las lindas están en los barrios lindos. Vienen bien sopeadas de generaciones atrás. No es como dicen los tangos.

Yo nunca fui bailarín de tango. Ni de tango ni de nada. El que bailaba lindo era mi hermano, pero yo no. Yo era más de conversar.

Quedarme en un rincón mirando, como un abombado, pero mirando. Hay que darse tiempo.

Si uno insiste encuentra la mirada que busca.

Hay un momento en que ella también mira y entonces es ahí, justo ahí, que hay que hacer el gesto, algo apenas, no se puede explicar ni enseñar, pero es algo que llega, pega, y regresa, una cosa así. Daba buen resultado. Y sin necesidad de bailar. Hubo una que me buscó y me encontró. Ahí fue ella la que se quedó esperando, se dio tiempo, y nos cruzamos.

Encantamiento, hechizo, brujería, usted llámele como quiera. Yo lo llamo metejón. Son bravos porque uno se encapricha.

Es más lo que se sufre que lo que se divierte.

Yo no era el único. Había otro en juego. Otro, cuyo nombre llevo olvidado.

Fíjese lo que son las cosas. Yo por entonces tenía un canarito pizarra, como tiznado de plumaje, muy cantor. Había que taparlo con un paño oscuro para que no cansara con aquellos gorjeos y redobles. Y en un descuido se me voló. No podía ir lejos porque era jaulero. Ya otra vez había vuelto. Pero esta vez cayó por la casa de este hombre, que era de por allí, y el hombre se lo quedó. Fui a verlo, le hablé y me dijo que él no, y yo lo escuchaba redoblar adentro al pizarra. Y a eso se le sumó lo de esta muchacha.

Y esta vez no hablamos. El era un hombre callado también. Alguien arregló el encuentro para la medianoche, junto al arroyo. Yo no acostumbraba portar, pero tenía por ahí un cuchillito de buena hoja.

Se la tizné un poco para matarle el brillo, y lo llevé en la cintura, abrigado por el saco.

Me estaba esperando. No había un alma. Es raro que dos hombres se dispongan a tanto así, en soledad. Tiene que haber mucho encono.

Lo sabía madrugador y no lo facilité. Le vi brillar el metal al sacarlo, pero mi tiznado no se distrajo con reflejos alcahuetes. Lo hallaron al otro día, alta ya la mañana, con unos perros que lo andaban olfateando.

Durante un poco tiempo se habló del asunto, la policía estuvo peguntando pero nadie se interesó mucho. Barrio desabrido hasta para eso. Ella se fue, como al mes, calculo que para Brasil, donde tenía una hermana. Del canarito no supe más.

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