Cuentos cortos de Ignacio Martínez
Extraidos de "Cuentos para leer en el ómnibus".
Indice
El Alquimista
El Evangelio según Iscariote
El reloj
Los problemas del lenguaje
El Alquimista
Los vecinos sabían de la sabiduría que tenía aquel hombre de cabellos cortos, bigotitos bien limitados sobre le labio y lentes redondos. Era flaco. Siempre usaba ropas holgadas. Los sacos colgaban de sus hombros y la túnica blanca, inmensa, le llegaba hasta los tobillos. Parecía un espantapájaros, un loco, pero sabía mucho y eso lo reconocía todo el mundo.
Para las quemaduras había inventado una fórmula extraña: no más de un gramo de sulfadiazina de plata, apenas un poquito de digluconato de clohexidina y excipientes. Daba resultados, sin dudas, curaba las quemaduras, pero tenía un olor tan fuerte que la gente cruzaba la calle o se hacía la distraída para no encontrarse con quien la usara.
Mucha gente nerviosa, tensa, de esa que anda con ojeras marrones y cara triste, lo visitaba para pedirle el "frasquito natural" como él mismo lo llamaba. Era una mezcla de boldo con piscidia, un poquito de crataegus, bastante passiflora y mucha paulina, todos yuyos descubiertos en la antigüedad, cuando los alquimistas buscaban convertir el plomo en oro y lo que convertían eran flores y plantas en medicinas o inventaban la pólvora. Este licor espeso y rosado era de maravillas, pero tranquilizaba tanto a la gente nerviosa que las dormía ahí nomás, donde estuvieran. Más de uno había protestado pidiéndole que la hiciera más suave porque siempre la tomaba por la mañana y se queda dormido de pie, frente al water. Alguno tuvo peor suerte todavía y la tomó antes de pasar una velada amorosa con su novia, por primera vez y se quedó profundamente dormido sobre ella, con sus ciento veinte quilos brutos. La novia también le quitó el saludo al viejo farmacéutico.
Para el resfrío tenía una fórmula muy original, absolutamente efectiva, particularmente cuidada, ya que era la de mayor demanda en los meses de invierno. Se trataba de una suerte de cementerio de microorganismos, de neumococos, estreptococos, estafilococos y otros, junto a polen vegetal concentrado, polvo doméstico, pelos de perro, gato y caballo, y plumas. Se debía mantener en lugar fresco y lejos de la luz y no solo era efectivo contra el resfrío sino muy eficaz para las alergias, los catarros, el asma y las mañas para comer. Eso sí, daba unas diarreas que nadie aguantaba y el papel higiénico tenía mucha salida, tanto que el almacenero se lo mandaba de regalo.
Temístocles, -así se llamaba el hombre en honor a su tocayo griego que se convirtiera en líder demócrata después de la primera guerra médica, que de medicina no tenía nada. había sido educado por su padre, también farmacéutico, quien a su vez había sido entrenado por el abuelo, que había heredado todos los conocimientos de una vieja sin nombre, que se los había dado para que alguien siguiera buscando la fórmula de la vida eterna. Cuentan que esa vieja, casi bruja o hechicera, trasmitió los conocimientos en una sola noche, sentada sobre la letrina, luego de curarse un resfrío. Murió deshidratada por la imparable cagalera.
Ahora, casi cien años después, Temístocles seguía trabajando. Mientras sus investigaciones públicas resultaban en esos menjunjes curativos, por las noches pasaba horas en la pieza del fondo estudiando el elixir de la vida o licor de la eternidad. Temístocles había intentado con mezclas de todo aquello que tuviera algo que ver con la vida o que fuera origen de la vida o que alimentara la vida humana. En ese sentido tenía decenas y decenas de frascos con huevos de gallina entreverados con escamas de pescado de río, algas descompuestas, sal atlántica y polvo de roca que era solamente arena. El color era muy interesante: iba del amarillo intenso al lila, con vetas verdosas en todos los casos, pero lo inaguantable era el olor a podrido de todos esos envases cerrados con corchos renegridos.
En la estantería más alejada había toda clase de combinación con huesos de animales, ojos de gato, plumas de gorriones y frutas secas también adentro de botellas en cuyo interior todo fermentaba, se pudría y finalmente terminaba en un color homogéneo, mortuorio e inútil, porque tomar aquello, muy lejos de dar vida eterna, resultaría en una mortal intoxicación. Y en esas pruebas había trabajado toda su vida al igual que su padre, su abuelo, su bisabuelo y más atrás, hasta la vieja bruja, inventora de aquellas alquimias. Nadie dejaba de reconocer que Temístocles era, sin embargo, un gran sabio. Gente venida de todos lados lo visitaban para consultarlo y lo que él sugería daba algún resultado.
-Es que la gente cree en lo que yo le doy y eso ya es casi la completa curación -decía y tenía razón. Todos creían en sus preparados menos él, cuya única intención era llegar al licor de la eternidad o elixir de la vida o brebaje para evitar la muerte o menjunje de la juventud sin fin o, simplemente, "el preparado" como Temístocles solía llamar a lo que sería su invento más importante.
Una noche de invierno él estaba en su pieza del fondo haciendo experimentos cuando, tal vez alucinado por los gases que despedían sus preparados, comenzó a ver alrededor suyo figuras rarísimas que flotaban por el aire. Primero eran difusas pero poco a poco se podían distinguir más claramente. Viejos de largas barbas y sombreros cónicos adornados con estrellas y con lunas, viejas sin dientes, encorvadas y feísimas, gatos por todos lados, niños con pies de cabra y orejas de perro, todos, sin excepción danzaban alrededor de aquel hombre y se reían señalándolo. Por momentos lo aplaudían, por momentos se burlaban, por momentos el hombre creyó que se estaba volviendo loco y era cierto. Hasta él mismo se veía entre esas figuras estrafalarias riéndose y burlándose y señalándose como si su alma se hubiera desprendido de él.
Mientras eso ocurría sus manos seguían mezclando el extraño licor en la copa azul. Cuando estuvo pronto lo levantó, lo puso casi sobre su cara que ahora miraba hacia el techo y sintió como nunca las carcajadas de aquellos fantasmas que giraban alrededor suyo, flotando en el aire, metiéndose entre las piernas, tocándolo, señalándolo. Ahora él mismo ya no era un fantasma sino diez, tal vez cien o mil y lanzó una carcajada como la más sonora, como la más auténtica, como la última. Acercó la copa azul a sus labios y gritó bien fuerte para que lo oyera todo el mundo.
-¡Elixir de la vida, licor de la eternidad, líquido de la juventud imperecedera, maravilloso invento que mi ingenio ha creado, ahora te tengo y te bebo hasta el final para que me des la eternidad! Y eso hizo, bebió hasta la última gota. Entonces rió como nunca, bailó, giró sobre sí mismo varias veces, saltó sobre su mesa y su silla, tiró todos los tubos de ensayo y las pipetas y los jarros de vidrio de su laboratorio, se desprendió la camisa, se sacó los zapatos y volvió a bailar feliz como nunca antes lo había hecho. Sus lentes rodaron para cualquier parte. Algún vecino vio desde la vereda su enorme sombra sobre la pared del fondo que se movía junto con él. La fiesta siguió hasta muy entrada la noche. Los únicos ruidos eran los golpes de sus pies sobre el piso de madera, las palmas en pleno ritmo y su risa, su incontrolable risa. Luego fue todo silencio. No cabía dudas que aquel hombre había alcanzado la eternidad igual que sus antepasados, igual que muchos sabios que él no conoció pero que ahora habían venido a buscarlo para estar con él y festejar el gran descubrimiento. ¡Por fin sería eterno!.
A la mañana siguiente alguien empujó la puerta de la farmacia y halló todo vacío. Sólo en el fondo se veía el enorme cuerpo tirado, sonriente, tranquilo, feliz, muerto.
El Evangelio según Iscariote
Si el mensajero decía la verdad, el Procurador sumaría a su vergüenza, a su pena y a sus vacilaciones, el peso eterno de una inmensa estupidez. Él había puesto la corona de espinas sobre la cabeza del hombre; sin mirarlo a los ojos dio la orden de desnudarlo, permitiéndole solamente cubrirse con un fino manto de hilo, y se aseguró que cargara sobre los hombros una cruz fabricada por el mismo condenado, en tiempos de carpintero, cuando el desdichado se dedicaba a construir cruces para matar judíos opositores y delincuentes, antes de que volviera del desierto diciendo ser hijo de Dios.
Para evitar toda duda, dispuso que el hombre llevara su madero de muerte desde el centro de la ciudad hasta la colina El Calvario, cosa de que llegara con sus últimas fuerzas, y también ordenó que los guardias permanecieran en el lugar a pesar de la intensa lluvia, esperaran a que la gente regresara a sus casas, y acertaran las puntas de sus lanzas, sus espadas y sus flechas para asegurarse que muriera y luego lo anunciaran a viva voz. El mismo mensajero enano y deforme, que ahora venía con las malas nuevas, dijo que después de varias horas los soldados se había encargado de descender de la cruz el cuerpo flácido de un hombre sin vida, de carne fría, con mortuoria palidez, que jamás hubiera podido escapar para sitio alguno.
Pilatos transpiraba en medio de sus conjeturas, humedeciendo su larga túnica blanca y sintiendo las mismas dudas que sintió tres días antes, cuando tuvo que condenar a aquel hombre delgadísimo y silencioso para satisfacer la crucifixión que el pueblo pedía a gritos, mientras otros callaban mezclados entre la gente y sólo algunos pocos imploraban piedad; era el mismo escalofrío que le provocó su esposa Claudia cuando le advirtió del infinito poder que seguramente tenía aquel predicador de barbas y cabellos oscuros y ojos negrísimos hasta lo insoportable, que decía ser hijo del Señor, y que ahora había escapado para ocultarse en algún lugar ed la ciudad o en medio del desierto impenetrable de Judea, que conocía muy bien, o iba rumbo a Roma para enfrentar al mismísimo Emperador, hundiéndolo a él en la más absoluta denigración, haciendo peligrar su fortuna, su vida y su imagen eterna.
Había que pensar algo; nadie se escapa de las manos del poder. Cualquier otra versión sería mejor que la huida, inexplicable pero cierta. Aún la desaparición sin rastro sería más benévola que esa fuga, muestra de inteligencia y audacia, que convertía a Poncio Pilatos, Procurador del imperio, y a Herodes Antipas, Rey de los judíos -quien había sido capaz de apresar y decapitar al predicador San Bautista-, y al propio Tiberio, Emperador de emperadores, en tres insignificantes criaturas, incapaces de retener y quitar la vida a un estropajo humano, descalzo y apenas alimentado de mendrugos, como ese Jesús de Nazaret.
-Si no te sirve que haya huido, si ni siquiera reconoces que puede ser hijo de Dios y que ha recibido toda la ayuda de su padre, reconoce y acepta su resurrección y súmate al rumor que está creciendo como tormenta de arena y dice que ahora él está sentado a la diestra del Señor- dijo Claudia Prócula, y el hombre permaneció callado, pensando que tal vez, seguir el consejo de su esposa sería lo mejor.
Herodes no salía de su asombro, había conocido al nuevo predicador que Pilatos le enviara tiempo atrás y todavía no se reponía de la fuerte impresión que entonces le causara aquel hombre, entre misterioso y divino, que había hecho de sus enseñanzas su arma capaz de abrir la tierra y vencer la muerte. Ni bien supo Herodes de la decisión tomada por Pilatos, la respaldó como acertada y oportuna, obediente de la ley hebrea y romana, porque había que terminar con las ideas continuadoras de Juan Bautista que acusaban al mismo Herodes de adulterio y otras mentiras, contraponiendo a su ley suprema principios de pureza y lealtad, de amor y humildad, que nada tenían que ver con él y su esposa Herodías, que ahora estaba a su lado, contemplando la bandeja de plata donde recibiera la cabeza de Bautista y que en este preciso momento debería tener la cabeza del tal Jesús.
Hacía más de treinta años que su padre, Herodes I, había decidido matar a todos los varones nacidos aquellos días para que ningún Mesías llegara a disputarle su reinado ni le quitara el título de hijo de Dios, pero claro quedó que no lo había logrado porque se había salvado Jesús de Nazaret, hijo de María y de José, a quien seguramente ocultaron en Egipto y que otra vez se había escapado de la muerte, de la cruz y del sepulcro, cuya enorme piedra alguien ayudó a remover, mostrando a todos el vacío en su interior, donde se suponía que debía estar el cuerpo inerte de aquel rebelde y desde donde ahora nacía y se difundía el rumor de lo sobrenatural y todopoderoso.
-¿Cuál será mi prestigio de ahora en más? -se preguntó Herodes en voz alta sin esperar respuesta de su esposa que escuchó en silencio.
-¿Qué hará Tiberio conmigo y mis bienes y mi poder? -volvió a preguntarse haciendo referencia a los rumores que asignaban brutalidad e inclemencia al Emperador de Roma, adelantándose a lo que aún no había ocurrido, pero que asomaba como inminente en su cálculo de estratega y analista, formado en las más altas esferas imperiales.
Herodías le acarició en silencio la cabeza sin separar los ojos de la bandeja de plata sobre la mesa de piedra en el centro de la habitación.
-¡Suéltame! -exigió él en medio de escalofríos- Si realmente escapó, eso es lo peor que nos pudo haber pasado, porque ofende nuestro poder absoluto y nuestra ley. ¡Que se lo trague la tierra, que muera, que desaparezca, pero que huya jamás, y menos que se esconda y todos lo sepan!.
-¿Cómo explicarás que su cuerpo no está por ningún lado? -quiso saber Herodías.
-No lo explicaré, sólo diré que fue enterrado en algún lugar desconocido y haré caso a esa ridícula historia de resurrección que al menos salva nuestro honor porque nada hubiéramos podido hacer ante un acto divino y el poder de los dioses.
-De un Dios...
-Es lo mismo.
Lejos de allí, en una casa de los contornos de Jerusalén, varios alumnos del Maestro se ocultaban de las persecuciones y de sus temores. Todos aseguraban que Jesús había muerto y temían seguir la misma suerte, por eso callaron en el juicio público ante Pilatos y el pueblo de Judea, y ahora se escondían de los romanos y de la gente.
María Magdalena entró en la habitación oscura, impregnada de aroma de incienso, y encontró a los discípulos hundidos en la tristeza y la desazón. Algunos recién se reponían del llanto que no sólo había brotado por la muerte del hijo de Dios, sino por ellos mismos y la vergüenza provocada por sus debilidades manifiestas. Otros no podían evitar la congoja y el desánimo nacidos del reclamo generalizado que había hecho el pueblo para que crucificaran a Jesús de Nazaret. Ella, agitada y dichosa, habló:
-Ha escapado -dijo- y no pienso contarles nada más.
La reacción del grupo no se hizo esperar, si el Procurador se enteraba de la fuga, reiniciaría la búsqueda, intensificando los controles en plazas y calles, y Jesús podría ser detenido otra vez y con él alguno de ellos o, quizá, todos, porque ya habían sido identificados por mucha gente como los seguidores del Predicador. No les convenía que se supiera de la huída, aunque presentían que los romanos ya estaban en conocimiento de los sucesos. Fue Simón, cuyo nombre de guerra era Pedro, el que sugirió contrarrestar la versión de la huída con el rumor de resurrección y Tomás agregó que era muy buena la oportunidad para asegurar que Jesús había subido al cielo a estar junto a su Padre y que la ascensión había sido en cuerpo y alma, por eso no se lo encontraría en ninguna parte y era en vano buscar al Maestro. En todo caso mostrarían el manto sagrado que tenía María Magdalena como prueba irrefutable de que el sepulcro estaba vacío y Jesús ya era parte de los reinos celestiales.
-Entonces el plan de Judas ha salido a la perfección -confirmó Santiago.
-Así es -aseguró María Magdalena-. Entregarlo a los romanos y pagar unas cuantas monedas para que no lo mataran lo salvó de otra muerte segura que pudo ocurrir en cualquier calle oscura, en cualquier esquina. Mejor los suplicios al riesgo de la muerte sorpresiva, pero segura, que le habían prometido mercaderes y filisteos. La complicidad de algunos guardias hizo el resto y en realidad los ahorros de Judas tuvieron buen destino, ¿no lo creen?, fueron la salvación.
-¡Esto es! -exclamó Mateo. Debemos hablar de salvación divina, de obra de Dios y así pecados y pecadores se protegerán detrás de esa versión.
-Nos protegeremos -acotó Santiago.
Todos asintieron compartiendo la última opinión; en realidad les convenía un Maestri muerto, resucitado y ascendido a los cielos, que uno vivo y escapado. Lo que no entendían era por qué había llegado hasta ese escondite María Magdalena y no el mismo Jesús que ante ellos crecía en forma incontenible con nuevas revelaciones de audacia y sabiduría. Nadie se explicó por qué no había venido a ellos y María Magdalena sólo guardó silencio. ¿Dónde estaría ahora? Fue la mujer que al fin disipó las dudas.
-Él confía en ustedes, pero también sabe de sus temores y sólo habló con Judas y conmigo para seguir el plan y regresar a predicar la palabra de su Padre en el momento que lo crea conveniente y de la forma más acertada, cosa que aún está por considerarse. Habrá que dejar pasar un tiempo, especialmente para que se terminen los rumores y las confusiones -dijo.
Ahora estaban claras las obligaciones de cada alumno. El grupo tomó fuerzas y se dispersó por los rincones de la ciudad anunciando la muerte del Maestro y la resurrección divina que lo acogía en el reino de Dios. Este rumor creció incontenible en pocos días, y en toda la ciudad y sus alrededores aseguraba sin dudas esa versión. Sólo los que habían presenciado el camino lleno de padecimientos desde Jerusalén hasta El Calvario recibieron la noticia con estupor, porque en un principio a nadie le cupo dudas que los tres crucificados estaban muertos. Al final de la última tarde muchas personas comenzaron a visitar la colina y el sepulcro y entre ellas algunos contaban con todos los detalles el regreso a la vida y la ascensión a los cielos eternos. Los demás escuchaban sin sospechar que estaban inaugurando una peregrinación a esos santos lugares que se extendería por los próximos milenios.
Santiago fue el que aseguró que Jesús era hijo de Dios y por lo tanto era Dios mismo, por eso pudo ascender con la frente alta sin el terror de Isaías cuando se encontró frente al Señor, o la vergüenza de Moisés y Elías que ocultaron sus rostros en la montaña cuando vieron a Dios, o la ceguera de Saúl ante el brillo insoportable del Todopoderoso. Jesús fue a buscar el Paraíso sin temor, Simeón lo había visto y por eso murió; sólo el hijo de Dios o Él mismo podían llegar al reino de los cielos como lo había hecho Jesús tres días después de su muerte.
-Así fue -concluyó Santiago.
-Así sea -dijeron todos.
En un monte de olivares los dos hombres hacían planes para asegurarse la supervivencia, evitar las persecuciones que se avecinaban y continuar con sus predicaciones.
Judas, a quien Jesús llamó Iscariote, Tesorero del grupo, contaba las monedas obtenidas de los romanos; su maestro no hacía más que reír por la astucia de su amigo que había cobrado treinta monedas por du delación a un grupo de guardias imperiales y había pagado otro tanto a otros centinelas por ayudar a salvar a su amigo, sin gastar, al fin de cuentas, ni una limosna.
Jesús vendaba sis heridas, reponía fuerzas y convenía con Judas que el plan había salido a las mil maravillas y que nadie debía hablar de fuga sino de resurrección, tal como llegaban los rumores desde Jerusalén hasta esa enramada que los cobijaba más allá de las colinas. Algunos indicios mostraban la justeza de lo hecho: mucha gente decía que Jesús había resucitado, luego de morir en la cruz, y que su Padre se lo había llevado para reunirse con él. Esa versión no sólo se basaba en hechos que se comentaban con absoluta convicción y veracidad, sino que nacían de adentro de cada narrador con la fuerza de la fe, satisfaciendo una necesidad que estaba en cada uno de los mortales: la fascinación por una vida eterna, lo que hacía irrebatible la afirmación.
-Si te muestras ahora correrías dos riesgos: podrían apresarte los romanos o matarte los creyentes por mentiroso y blasfemo. Nadie te creería. Nadie se animaría a decir que tú eres _Jesús porque Jesús ya está con su Padre en el cielo y, te diré, nunca una muerte ha dado tanta vida en boca de la gente como tu muerte, amigo. Ni la muerte de Juan, nuestro hermano predicador, tan verdadera y terrible como su cabeza en bandeja de plata, tuvo el impacto que está teniendo la tuya, increíble y mágica, absolutamente incuestionable.
-Tienes razón, hermano Iscariote, yo no podría morir otra vez.
-Tampoco podrías morir en la víspera de tu día y tú ya te moriste el viernes que fue la partida, la definitiva. El centurión confirmó tu deceso el sábado, a cambio, claro está, de algunas monedas, lo demás ya lo sabes, resucitaste y estás acá -agregó Judas y los dos rieron como locos entre copas de vino y pan de cebolla.
Al borde de la ebriedad y el regocijo, los dos amigos desearon que el secreto fuera bien guardado por María, su madre, y por María Magdalena, su concubina. Luego sería cuestión de pensar cómo volver a predicar.
-No lo sé -interrumpió Iscariote- eso tal vez no sea posible jamás y ni siquiera debamos intentarlo; al menos no nosotros; quizás otros lo hagan mejor.
Ambos guardaron meditación sobre el futuro inmediato, sobre la vertiginosidad con que se estaban haciendo populares las ideas de Jesús y cómo cobraba fuerza la muerte del hijo de Dios y su resurrección, cosa que le insinuaba al Maestro la posibilidad de rehacer su vida en algún lugar apartado de Judea junto a María Magdalena y algunos pocos que supieran la verdadera historia de lo ocurrido.
Judas era el más perjudicado porque a la muerte de Jesús se le pegaba su traición y su vida corría peligro entre amigos y enemigos. Por un instante cruzó por su mente la idea de hacer algo parecido a lo ocurrido con Jesús e inventar su propia muerte como la mejor forma de lograr su salvación y su paz. Era urgente pensar en algo; podría suceder que los mismos romanos se enteraran del engaño y eso era por demás peligroso porque los heriría en el centro de su honor. La idea del suicidio como modo de arrepentimiento parecía lo mejor porque no tendría que comprometer a nadie en la complicidad y, además, se ganaría el perdón de los mortales y terminaría para siempre con la cruz de la traición y la deslealtad que le adjudicaban ahora. Esa sería una tares exclusivamente suya porque nadie más que él y su hermano Jesús sabrían la verdad.
Cuando Jesús se durmió, Iscariote se instaló en un rincón y comenzó a escribir la historia en detalles, su complicidad con Jesús y María Magdalena, y el desenlace que tuvo, superando cualquier predicción. Durante tres días y tres noches escribió Judas toda la verdad en rigor de las matemáticas y la ternura de la poesía, sin perder la fe de la vida basada en lo cierto aunque su versión apareciera desnuda y clara como el alba o terrible como las tromentas de arena. Al final de la última noche, poco antes del amanecer, Judas salió con sus papeles guardados en un sobre de cuero de cabra, lacrado en todos los bordes para que se conservara mil años si fuera posible, y fue a enterrarlo al pie del muro que Herodes mandó construir en honor de Tiberio y que Judas sabía que duraría por los siglos de los siglos, capaz de soportar guerras y cataclismos y que, al final de la historia, alguien lo descubriría y revelaría al mundo la verdad, echando por tierra las falsas versiones que ahora nacían y sólo Dios sabía hasta donde podrían llegar. Así estaba escrito y así sucedería.
-¿A dónde fuiste Iscariote? -preguntó Jesús que no lo había visto al despertarse.
-Fui a confesarle los secretos a las piedras que sabrán guardarlos más tiempo que nosotros, Maestro.
Toda Jerusalén conocía a María Magdalena y si de algo podían estar seguros sus habitantes era que ella no mentía y que era capaz de guardar el más comprometedor de los secretos porque había sido cómplice de las intimidades de la inmensa mayoría de los hombres del lugar, de sus fantasías y sus inhibiciones y sus adulterios y sus debilidades. Lo que dijera la mujer era cierto y si aseguraba haber visto morir a Jesús de Nzaret y tres días después lo halló al costado de un camino y habló con él y pudo constatar que había revivido por obra y gracia de su Padre, todo eso era absolutamente cierto porque su palabra valía más que la del mismo Emperador. Nadie se atrevió a dudar de sus decires. La gente precisaba creer en esa historia con la misma intensidad que sentía.
Los hombres en su alcoba creían en sus palabras como habían creído en su cuerpo. En cada esquina María Magdalena juntó grupos que oían su historia y luego la multiplicaban para todos los vientos. En el mercado detuvo las labores de los comerciantes y compradores, contó lo sucedido y cada viajero se encargó de difundir la verdad por los caminos del mundo. Caravanas de camellos y caballos portaban la noticia de muerte y resurrección ocurrida en Jerusalén y aconsejaban a los mortales buscar a Jesús, el hijo de Dios, en el cielo y no en la tierra, plagada de vicios e impurezas.
En pocos días se supo que la historia se conocía desde Roma hasta Bagdad y María Magdalena dejó de andar por las calles y mercados, regresó al escondite de su amado y se dedicó a resolver un lugar definitivo para afincarse sin tormentos ni apremios, para criar cabras y cuidar viñedos.
Cuarenta días después de la resurrección, la pareja inició viaje al lugar definitivo, lejos de Jerusalén. Judas no fue con ellos. Los tres convinieron en que Iscariote sabría donde quedaba ese lugar nuevo e iría a visitarlos después de cada primavera para pasar las novedades del curso que fueran tomando las enseñanzas del Maestro y definir en consecuencia si era necesario su retorno a la predicación o no.
Jesús y María Magdalena se instalaron cerca del mar muerto, al norte, en un acceso de la ruta a Ammán. Judas, por el contrario, se dirigió al gran mar pensando en dedicarse a la pesca en barcos grandes y viajar así por todos los puertos del mundo mediterráneo, pero durante el primer año mantuvo a la familia de Jesús en una gran tristeza cuando algún viajero del desierto contó a María Magdalena que un tal Judas, amigo del resucitado, se había quitado la vida colgándose de una soga al verse apenado por el error cometido de entregar a su Maestro, Jesús de Nazaret, a los romanos. Sólo después de la primavera alguien palmoteó sus grnades manos en el umbral de la casa de Jesús y toda la familia saltó de júbilo al ver al mismísimo Iscariote sonriente y de cuerpo entero, con larguísimas barbas y cabellos, esperando ser bien recibido. Jesús y María Magdalena y el pequeño Juan recién nacido festejaron la buena nueva con vino, pan de ajo preparado por María, la madre, y leche de cabra para el niño que colmó la alegría del recién llegado como un tío que vuelve desde lejos con pescado salado, telas de colores y mucho que contar.
-Judas ha muerto -dijo- ahora soy Iscariote para siempre.
Mateo, Marcos, Lucas y Juan se dedicaron a escribir la historia de su Maestro, pero ya en las primeras impresiones no se pusieron de acuerdo. A las diferencias de la información que cada uno poseía se le sumaron las divergencias sobre la preponderancia que debía tener cada pasaje de la vida de Jesús. Unos jerarquizaron la justicia del Maestro, la multiplicación de panes y la abundancia de peces; otros creyeron más importante la magia del Señor, la cura de enfermos y el regreso de Lázaro a la vida, su cuñado, hermano de María Magdalena. Al fin los cuatro alumnos decidieron escribir por separado, difundir cada uno sus ideas y formar nuevos predicadores de lo que todos llamaban la fe cristiana, versiones que debían transcurrir desde la llegada del Mesías, hijo de Dios, enviado del Cielo para liberar a los humanos de los pecados terrenales, hasta la muerte, resurrección y ascenso al reino del Señor, aspecto, este último, de total coincidencia. Ninguno de los cuatro sabría jamás que ya estaba enterrada una quinta versión escrita por Judas con toda la verdad, tan firme y eterna como la piedra que la cobijaba, tan distante y distinta de estas otras que se parecían entre sí y a su vez mostrarían enormes diferencias y zonas de dudas, preguntas sin respuestas y afirmaciones lejanas de la realidad.
En Roma la noticia entró a las grandes salas del palacio Imperial. Tiberio terminaba de rasurarse cuando el Consejo de Asesores ingresó a sus recámaras para hablar de lo sucedido en la lejana Judea con un tal Jesús de Nazaret. El Emperador escuchó en silencio y admitió que era una mancha para su prestigio anunciar que aquel hombre se había escapado. Enseguida dió la orden para que un grupo de elegidos de confianza se abocara a la búsqueda del fugado y su familia, y los eliminara en absoluta reserva; luego verían si era aconsejable mostrar la cabeza del rebelde por todos los territorios donde tuviera adeptos. En cuanto a la presencia en Roma de seguidores de aquel subversivo, Tiberio ordenó que se los identificara, se prohibieran sus reuniones y ceremonias, y, de ser necesario, se los exterminara sin miramientos o se los detuviera y confinara en las cárceles para reos comunes. Poco sabía Tiberio de la fe cristiana y del Dios de aquellos hombres, pero creyó como todo el mundo que el suplicio y la muerte eran capaces de acabar con las creencias y que así, pronto, todo volvería a su senda normal, aunque nunca pudo explicar por qué sintió temor al dar la orden.
-Además -agregó- es mejor que se sepa que ese judío murió crucificado, en medio de los peores sufrimientos y que lejos de huir, el hombre desapareció y nada más. Eso romperá con toda idea en el retorno de ese mentiroso y, ya lo verán, en poco tiempo nadie se acordará de él. En cuanto a sus alumnos, mátenlos -concluyó y una sonora carcajada entre tensa y nerviosa, siguió sus pasos rumbo a los baños calientes que lo esperaban de las manos y los labios de tres muchachas, hijas nobles del imperio. Roma siguió el intenso movimiento de aquella mañana despejada y fría.
Del otro lado del mar Iscariote sugería a su hermano Jesús que cambiara el nombre, se ocultara en ese lugar alejado un tiempo considerablemente largo, dejara que se calmaran las aguas del rumor y la persecución y después hablaran de un emprendimiento hacia la ciudad imperial para predicar en la mismísima boca del león.
-Bien, Pablo me llamarás a partir de ahora y yo mismo me encargaré de decir que vi a Jesús camino a Damasco y por eso me he convertido en un predicador de su fe. Algún día, amigo Iscariote, escribiré mi propia versión de todo lo ocurrido.
-¿Buscarás juntarte con tus viejos alumnos?
-No, es mejor que todo siga así. Tú vuelve al mar y difunde mi fe por puertos lejanos. Ellos seguirán mis enseñanzas; yo me sumaré dentro de un tiempo, como tú me aconsejas.
-¿Cuándo será eso?
-No lo sé. En los próximos años me dedicaré a cuidar de mi familia, los viñedos y las cabras. Después sabrás de mí -concluyó, besando a su amigo.
Alrededor de Jesús, ahora Pablo, estaba su madre, el pequeño Juan y María Magdalena que mostraba un nuevo vientre hermoso y tenso, rosado y tibio, que daría su fruto en el verano y vendría de la mano de una niña.
-Mi amor -interrumpió María Magdalena- tú eres el viento que llevará tu fe en cada grano de arena hasta mover el desierto entero. Siento que ya nada podrá detenerte -concluyó posando sus manos sobre la voluminosa barriga y todos sintieron ganas de orar.
-Amén -dijo Jesús.
-Amén -dijeron todos.
Muchos años después el pueblo de Roma vio por sus calles a un hombre de larguísimas barbas y cabellos más allá de sus hombros, andando descalzo entre las piedras, hablando a viva voz de su maestro Jesús. Pablo lo llamaban y arrastraba tras de sí a las multitudes descreídas de todo o haraposas y tristes o enfermas y torturadas. Aquel hombre les daba nuevas razones para vivir, predicadas con sencilla pasión, dispuesto a padecer los peores tormentos hasta morir por ello si fuera preciso. Nadie supo de donde salió, pero todos conocían que había hablado con Jesús camino a Damasco.
Iscariote vivió sus últimos días en un puerto de la isla más grande y sus antiguos condiscípulos terminaron sus vidas en diferentes direcciones del mundo.
El arqueólogo francés prefirió mandar la bolsa de cuero de cabra, recientemente hallada en las últimas excavaciones, al propio Vaticano para que la estudiaran allá, interpretaran su contenido y resolvieran su antigüedad. El sobre y los papiros de su interior formaron parte de un envío mayor de vasijas y utensilios. El gobierno de Palestina estaba demasiado ocupado en otras cosas como para dedicar tiempo y recursos al estudio de estos descubrimientos que seguramente serían apenas un fragmento de mucho material más. Recién nacía el siglo veinte y en las inmensas bibliotecas del inexpugnable Vaticano alguien daba la orden para que se guardara en un cofre secreto la bolsita amarilla de cuero de cabra que ya no tenía lacre en sus bordes ni papiros en su interior.
El reloj
La señora Clementina de Arena hacía once años que no salía de su casa. Toda la gente del vecindario comentaba que desde la muerte de su marido, don Benjamín, ella se había hecho el firme propósito de no salir más a la calle. Al principio se habló mucho de aquella mujer y su desgracia, pero con el paso del tiempo muy pocos se acordaron de ella y durante todos estos años nadie la había visto jamás bajar de su casa.
Había llegado al barrio en la época que todavía la gente lo nombraba Barrio Reus al Norte y las calles eran una pequeña Barcelona vestida de emigrantes vascos, catalanes, italianos y polacos. Nadie había conocido al hijo de Clementina, muerto por la década del cuarenta, y pocos recordaban la voz de la mujer. Sólo el panadero de la esquina comentaba que había sido una gran persona, culta, simpática y de buen conversar, pero no podía explicar por qué se había encerrado once años. Algunos decían que era la artritis que le impedía subir y bajar la escalinata de su casa. Otros no dudaban en afirmar que estaba loca y que desde que decidió no salir más estaba tejiendo una bufanda para esperar a su marido. No faltaba el que se esforzaba en hacer cálculos de la longevidad de semejante bufanda. Sin embargo, de vez en cuando, si alguien miraba las ventanas de la casa, podía ver por las tardes que la señora Clementina se asomaba entre las cortinas blancas, bordadas con finos motivos rosados. Si se observaba detenidamente se podía llegar a apreciar un breve movimiento pendular propio de la mecedora que seguía oscilaciones rítmicas muy leves pero constantes. Eso ocurría cualquier tarde del año pero más frecuentemente en invierno, cuando el sol se oculta, preferentemente con el cielo nublado los días de lluvia.
El frente centenario de la casa se mantenía con decoro. El balcón de hierro negro todavía mostraba algunos detalles dorados que delataban incrustaciones de bronce. Toda la estructura se apoyaba sobre fino mármol blanco y gracias a una señora que iba dos veces por semana, la fachada lucía plantas y flores. Los ventanales llegaban hasta el techo de bovedilla y cada uno tenía dos puertas de fina madera con vidrios biselados que mostraban un tiempo de deleite por el buen arte y el gusto delicado de una familia que ya no existía.
Adentro todo era quietud. Un penetrante olor a humedad y naftalina inundaba las habitaciones e impregnaba la ropa, las cortinas y los muebles. La señora Clementina tenía la piel de su cara y la cara de su alma del mismo color y el mismo olor que aquella bolitas aromáticas que ya eran casi de la casa.
Los dos sillones de la sala principal lucían tapizado florido de otro tiempo. La alfombra había perdido sus colores y sus flecos, pero estaba entera. En las paredes había muchos retratos, algunos amarillentos otros con colores falsos del tiempo en que se pintaban las fotografías. Todas estaban bajo vidrio, en marcos repujados y dorados a la hoja que aún conservaban su esplendor. Una fotografía, tal vez la más grande, mostraba la pareja Arena con un niño en los brazos de ella. Todos sonreían sobre un fondo despejado del cielo de Piriápolis por donde se veía el Cerro San Antonio. Otra foto mostraba una pareja de principios de siglo, él sentado, ella de pie detrás del hombre. Entre foto y foto había una buena cantidad de platos de porcelana de diferentes tamaños, un violín, una repisa con pequeños objetos también de porcelana y un espejo empotrado en la pared, con doble bisel y marco de bronce. En la repisa lo que más se destacaba era el elefante de marfil blanco, con la trompa totalmente levantada que sostenía un billete arrollado de una moneda que ya no existía.
Frente a la silla mecedora que usaba la señora Clementina todas las tardes, había un enorme reloj de péndulo que estaba apoyado sobre el suelo con una finísima terminación de madera oscura, pulida y brillante. Los números romanos eran dorados igual que el largo brazo y el disco que completaba el mecanismo pendular de aquel reloj antiguo. Sobre su borde superior, también de madera, se podía leer una inscripción "Auf Wiedersehen", con letras doradas como si el tiempo saludara en alemán a todo el que mirara la pieza. Las agujas tenían un trabajo delicadísimo que daba la sensación de haber sido hecho por un virtuoso artesano que las había tejido o bordado con hilos de metal. Toda la caja de madera mostraba grabados de flores y escenas de campo con fondos de montañas nevadas. Alrededor de la misma máquina, dos ángeles desnudos sostenían los números al tiempo que tocaban unas trompetas pequeñas que en realidad disimulaban las bocas de salida del sonido que el reloj lanzaba cada hora.
Clementina de Arena sonreía desde su silla mecedora. Por momentos hablaba con alguien que no contestaba porque ella estaba sola en la habitación. de a ratos miraba por la ventana, pero enseguida volvía a alguna fotografía colgada en la pared y seguía su conversación acompañada de delicados ademanes como si se tratara de una charla entre buenos amigos. Se podían oír con claridad algunas expresiones como "sí m'hijo" o "querido Benjamín" lo que delataba a sus interlocutores en medio de sus monólogos apenas balbuceados.
A veces ella desviaba sus ojos, dejaba las fotos y la ventana y miraba el viejo reloj que se había detenido a las tres menos veinte una tarde de noviembre, once años atrás. Clementina, haciendo un ademán que señalaba las fotografías y se dirigía al reloj, mostraba las agujas detenidas.
-Miren -decía y volvía a sonreír inhalando con fuerza el penetrante olor de la habitación cerrada. Entonces esperaba un buen rato balanceándose en su silla mecedora. Ella sabía que a pesar de todo había en algún lugar oculto otro reloj, el alma del reloj de pie que seguía su curso y que algún día, aunque más no fuera por reflejo, movería las agujas lo suficiente como para cambiar la posición del finísimo segundero. Entonces se oiría el leve "tac" o el frágil "tic" por una vez y para siempre y el tiempo volvería a transcurrir, pero esta vez sin ella que viviría su último suceso y, entonces, sólo le quedaría que alguien se ocupara de colgar una foto suya en algún lugar vacío de las paredes de la gran habitación.
Mientras tanto todo era quietud y lo seguiría siendo; todo menos el mundo de afuera que seguía su curso, pero que para nada importaba a Clementina que ni idea tenía de su existencia lejana y ajena. El suyo, entre naftalina y fotos viejas, se había detenido en un péndulo que esperaba ver moverse como una espada filosa, un golpe brutal, un definitivo impacto, último, mortal, obstinadamente hacia la nada, en el último segundo de su muerte que había comenzado once años atrás.
Los problemas del lenguaje
Todos los jugadores de básquetbol lo esperaban con marcado interés. No sólo decían que era un excelente entrenador sino que, además, era una muy buena persona y que desde Estados Unidos había prometido sacar al grupo adelante y llegar a pelear el título.
Cuando llegó al Club todos lo esperaron formados como si fuera un general que iba a pasar revista a su tropa. Y eso hizo, fue saludando uno a uno a cada jugador parándose enfrente y hablando un desencajado español.
-Yo saluda amigo de mí -decía y todos dibujaban sonrisas que él agradecía como signos de buen recibimiento y amistad, lo que originó carcajadas que él volvía a agradecer diciendo con fuerza que "los uruguay eran simpatía" y "gracias". El recibimiento culminó con un asado que Pocho, el cantinero del club, había preparado con la maestría de la gente del interior y unas cuantas vueltas de vino y cerveza que el gigante norteamericano, de ojos azules y pelo amarillo, se encargó de consumir por litros.
-Éste va a andar fenómeno -dijo Anselmo el Presidente del Club con una borrachera que se caía.
-Fenómeno va a ser el lío que vamos a tener para entendernos con el gringo -aclaró uno de los jugadores-. Especialmente "el Tarta" -añadió haciendo referencia a otro jugador que tenía grandes dificultades para hablar.
-¿Qué, no habla español? -preguntó uno que ni se había fijado.
-Sí, hablar habla, pero como la cara de él.
Y el muchacho tenía razón. Nomás en el primer entrenamiento al día siguiente, el gringo -como le decían todos desde que el gordo Waldemar lo bautizara- se puso colorado como un tomate cuando pensó que le estaban tomando el pelo cuando preguntó por el "Peludo" y nadie supo contestar.
-¿Dónde está "el Peludo"? -insistía y nadie podía satisfacer su interrogante porque, sencillamente nadie sabía quien era ese "peludo".
-¡EL PELUDO! -gritó desenfrenado pasándose la mano a ras por su cabello cortito.
-¿Entender, eh? ¿Dónde es "el Peludo? -y se volvió a pasar la mano bien al rape de su cabeza. Fue allí que todo se aclaró menos la cara de "el Gringo" que siguió más colorado que nunca, pero de vergüenza, cuando Pocho, el cantinero, gritó desde el mostrador:
-¡Quiere decir "el Pelado"!
-Sí, si, "el Pelado" -dijo y todo volvió a la normalidad menos el entrenamiento que no contaba con uno de los mejores jugadores del equipo.
Pero la cosa no terminó ahí. Esa noche "el Gringo" preparó unos exquisitos huevos revueltos con panceta, panchos y algo especial que les daba una consistencia muy original y gustosa. Todos los muchachos concentrados para la práctica intensiva, comieron con ánimo haciendo halagos a los dones culinarios de aquel extraño hombre del norte que buscaba de esa manera romper con su rigidez, su frialdad y acercarse a sus dirigidos. Sabía que los uruguayos eran de buen paladar y por eso había preparado un plato típico del estadounidense medio que todos comían con placer.
-¡Tá bueno esto, che! -dijo Waldemar que no jugaba en el cuadro, pero era como el alma de los muchachos, cargando los equipos, las pelotas y comiendo como un toro.
-¿Qué le pusiste, Gringo?
-¡Ah! ¡Top secret! -dijo y todos comprendieron.
-Dale, largá Gringo, ¿con qué hiciste los huevos?
-Con huevos -dijo y se rieron- mucho panceto y hot dog.
-Pero tiene algo más que le da ese gustito...
-¡Ah, sí! Pongo unas pocas cucarachitas de...
-¿Cucaraquée?
-Cucarachitas de pan rallado.
-Cucharaditas, Gringo, cucharaditas -aclaró Pocho cortando justo la repugnancia de varios jugadores y los vómitos que quedaron a medio camino en los aparatos digestivos de otros.
Tuvo que pasar un buen rato para que siguieran comiendo, menos para el gordo Waldemar que siguió tragando huevos bien calentitos sin reparar demasiado en las cucarachitas o las cucharaditas.
Estas fueron las primeras comprobaciones de que "el Gringo" tenía un soberano merengue idiomático en su cabeza. El dato final, el remate que no dejó dudas de aquel entrevero con el idioma ocurrió en el primer partido oficial por el torneo Federal de básquetbol.
Todo pasó en la cancha de Goes. Las tribunas estaban repletas. Los chorizos se vendían por docenas y los refrescos corrían de mano en mano. La pasión de las parcialidades era evidente, en particular los hinchas del Club de "el Gringo" que esperaban de aquel hombre la salvación de todos los problemas. "El Gringo" gritaba a veces en español y a veces en inglés y a veces en cualquier cosa. Gesticulaba y se ponía colorado dando órdenes a diestra y siniestra. Por momentos parecía rezar mirando las luces de la cancha y otras veces se le veía en profunda oración fijando la vista en el piso.
¡Doble! ¡Doble! -gritaba el norteamericano y todos se esforzaban por embocar el canasto.
¡Tirá! ¡Tirá! -repetía una y otra vez, pero el adversario era hábil, tenía buena defensa y todo dependía de la destreza del ataque, la rapidez y la inteligencia para hacer las maniobras.
El partido iba empatado. El Club necesitaba ganar para clasificar y faltaban apenas veinte segundos. La pelota la tenían ellos y ahora se trataba de mantenerla, hacer tiempo, demorarla hasta los últimos segundos y ahí sí, con precisión, meter el doble o el triple que les diera ventaja suficiente como para esperar tranquilos el pitazo final del encuentro.
"El Gringo" no dejaba de gritar. Todos entendían. La gente también gritaba. El equipo, despacio, preparaba el ataque cuidando hasta el más mínimo detalle. En ese momento el gordo Waldemar comprendió su terrible broma y el peso desgraciado que puede tener el humor cuando no es el momento de usarlo.
-Con cuidado -gritaba "el Gringo" mientras Waldemar se tapaba la cara y pedía que la tierra se lo tragara presintiendo el bochorno.
-¡Con cuidado! ¡Oujuo la pelota! -insistía el entrenador y Waldemar se puso colorado en el banquillo de los asistentes.
Ahora todo el estadio estaba mudo. Cada momento, cada instante era vital para uno y otro cuadro. El gordo tuvo ganas de levantarse e irse, pero la potente voz de "el Gringo" sonó con toda su pronunciación inglesa mientras su dedo índice golpeaba enérgico la sien una y otra vez exigiendo que sus dirigidos pensaran.
-¡Usen el culo! ¡Usen el culo! -gritaba el hombre sin dejar de señalarse la cabeza con su enorme dedo índice y sin dejar tampoco de sorprenderse cuando oyó la carcajada de todo el estadio, los jueces y los jugadores que escuchaban perfectamente el disparate del norteamericano. Todos festejaron menos el gordo Waldemar que estaba pálido.
"El Gringo" se dio vuelta, miró al gordo y cuando estaba a punto de dirigirse hacia él para tomarlo del cuello y estrangularlo por la mera sospecha de que Waldemar le había enseñado una palabra que no correspondía, el estadio vibró en estruendos y griterío y aplausos festejando el doble que el Club acababa de hacer justo cuando sonaba el pitazo final que daba por terminado el partido con el triunfo que les permitía pasar a la final. Este era, sin duda, el triunfo del "el Gringo"; al menos así lo entendieron todos los que corrieron hacia él, lo alzaron y lo llevaron en andas por la cancha. cuando pasó al lado de Waldemar no pudo contenerse.
-¡Gordou! -gritó tocándose la cabeza- no sé bien perou el uno o el otro te lo voy a romper igual -y siguió con todos, muertos de risa, festejando el merecido triunfo.
Indice
El Alquimista
El Evangelio según Iscariote
El reloj
Los problemas del lenguaje
El Alquimista
Los vecinos sabían de la sabiduría que tenía aquel hombre de cabellos cortos, bigotitos bien limitados sobre le labio y lentes redondos. Era flaco. Siempre usaba ropas holgadas. Los sacos colgaban de sus hombros y la túnica blanca, inmensa, le llegaba hasta los tobillos. Parecía un espantapájaros, un loco, pero sabía mucho y eso lo reconocía todo el mundo.
Para las quemaduras había inventado una fórmula extraña: no más de un gramo de sulfadiazina de plata, apenas un poquito de digluconato de clohexidina y excipientes. Daba resultados, sin dudas, curaba las quemaduras, pero tenía un olor tan fuerte que la gente cruzaba la calle o se hacía la distraída para no encontrarse con quien la usara.
Mucha gente nerviosa, tensa, de esa que anda con ojeras marrones y cara triste, lo visitaba para pedirle el "frasquito natural" como él mismo lo llamaba. Era una mezcla de boldo con piscidia, un poquito de crataegus, bastante passiflora y mucha paulina, todos yuyos descubiertos en la antigüedad, cuando los alquimistas buscaban convertir el plomo en oro y lo que convertían eran flores y plantas en medicinas o inventaban la pólvora. Este licor espeso y rosado era de maravillas, pero tranquilizaba tanto a la gente nerviosa que las dormía ahí nomás, donde estuvieran. Más de uno había protestado pidiéndole que la hiciera más suave porque siempre la tomaba por la mañana y se queda dormido de pie, frente al water. Alguno tuvo peor suerte todavía y la tomó antes de pasar una velada amorosa con su novia, por primera vez y se quedó profundamente dormido sobre ella, con sus ciento veinte quilos brutos. La novia también le quitó el saludo al viejo farmacéutico.
Para el resfrío tenía una fórmula muy original, absolutamente efectiva, particularmente cuidada, ya que era la de mayor demanda en los meses de invierno. Se trataba de una suerte de cementerio de microorganismos, de neumococos, estreptococos, estafilococos y otros, junto a polen vegetal concentrado, polvo doméstico, pelos de perro, gato y caballo, y plumas. Se debía mantener en lugar fresco y lejos de la luz y no solo era efectivo contra el resfrío sino muy eficaz para las alergias, los catarros, el asma y las mañas para comer. Eso sí, daba unas diarreas que nadie aguantaba y el papel higiénico tenía mucha salida, tanto que el almacenero se lo mandaba de regalo.
Temístocles, -así se llamaba el hombre en honor a su tocayo griego que se convirtiera en líder demócrata después de la primera guerra médica, que de medicina no tenía nada. había sido educado por su padre, también farmacéutico, quien a su vez había sido entrenado por el abuelo, que había heredado todos los conocimientos de una vieja sin nombre, que se los había dado para que alguien siguiera buscando la fórmula de la vida eterna. Cuentan que esa vieja, casi bruja o hechicera, trasmitió los conocimientos en una sola noche, sentada sobre la letrina, luego de curarse un resfrío. Murió deshidratada por la imparable cagalera.
Ahora, casi cien años después, Temístocles seguía trabajando. Mientras sus investigaciones públicas resultaban en esos menjunjes curativos, por las noches pasaba horas en la pieza del fondo estudiando el elixir de la vida o licor de la eternidad. Temístocles había intentado con mezclas de todo aquello que tuviera algo que ver con la vida o que fuera origen de la vida o que alimentara la vida humana. En ese sentido tenía decenas y decenas de frascos con huevos de gallina entreverados con escamas de pescado de río, algas descompuestas, sal atlántica y polvo de roca que era solamente arena. El color era muy interesante: iba del amarillo intenso al lila, con vetas verdosas en todos los casos, pero lo inaguantable era el olor a podrido de todos esos envases cerrados con corchos renegridos.
En la estantería más alejada había toda clase de combinación con huesos de animales, ojos de gato, plumas de gorriones y frutas secas también adentro de botellas en cuyo interior todo fermentaba, se pudría y finalmente terminaba en un color homogéneo, mortuorio e inútil, porque tomar aquello, muy lejos de dar vida eterna, resultaría en una mortal intoxicación. Y en esas pruebas había trabajado toda su vida al igual que su padre, su abuelo, su bisabuelo y más atrás, hasta la vieja bruja, inventora de aquellas alquimias. Nadie dejaba de reconocer que Temístocles era, sin embargo, un gran sabio. Gente venida de todos lados lo visitaban para consultarlo y lo que él sugería daba algún resultado.
-Es que la gente cree en lo que yo le doy y eso ya es casi la completa curación -decía y tenía razón. Todos creían en sus preparados menos él, cuya única intención era llegar al licor de la eternidad o elixir de la vida o brebaje para evitar la muerte o menjunje de la juventud sin fin o, simplemente, "el preparado" como Temístocles solía llamar a lo que sería su invento más importante.
Una noche de invierno él estaba en su pieza del fondo haciendo experimentos cuando, tal vez alucinado por los gases que despedían sus preparados, comenzó a ver alrededor suyo figuras rarísimas que flotaban por el aire. Primero eran difusas pero poco a poco se podían distinguir más claramente. Viejos de largas barbas y sombreros cónicos adornados con estrellas y con lunas, viejas sin dientes, encorvadas y feísimas, gatos por todos lados, niños con pies de cabra y orejas de perro, todos, sin excepción danzaban alrededor de aquel hombre y se reían señalándolo. Por momentos lo aplaudían, por momentos se burlaban, por momentos el hombre creyó que se estaba volviendo loco y era cierto. Hasta él mismo se veía entre esas figuras estrafalarias riéndose y burlándose y señalándose como si su alma se hubiera desprendido de él.
Mientras eso ocurría sus manos seguían mezclando el extraño licor en la copa azul. Cuando estuvo pronto lo levantó, lo puso casi sobre su cara que ahora miraba hacia el techo y sintió como nunca las carcajadas de aquellos fantasmas que giraban alrededor suyo, flotando en el aire, metiéndose entre las piernas, tocándolo, señalándolo. Ahora él mismo ya no era un fantasma sino diez, tal vez cien o mil y lanzó una carcajada como la más sonora, como la más auténtica, como la última. Acercó la copa azul a sus labios y gritó bien fuerte para que lo oyera todo el mundo.
-¡Elixir de la vida, licor de la eternidad, líquido de la juventud imperecedera, maravilloso invento que mi ingenio ha creado, ahora te tengo y te bebo hasta el final para que me des la eternidad! Y eso hizo, bebió hasta la última gota. Entonces rió como nunca, bailó, giró sobre sí mismo varias veces, saltó sobre su mesa y su silla, tiró todos los tubos de ensayo y las pipetas y los jarros de vidrio de su laboratorio, se desprendió la camisa, se sacó los zapatos y volvió a bailar feliz como nunca antes lo había hecho. Sus lentes rodaron para cualquier parte. Algún vecino vio desde la vereda su enorme sombra sobre la pared del fondo que se movía junto con él. La fiesta siguió hasta muy entrada la noche. Los únicos ruidos eran los golpes de sus pies sobre el piso de madera, las palmas en pleno ritmo y su risa, su incontrolable risa. Luego fue todo silencio. No cabía dudas que aquel hombre había alcanzado la eternidad igual que sus antepasados, igual que muchos sabios que él no conoció pero que ahora habían venido a buscarlo para estar con él y festejar el gran descubrimiento. ¡Por fin sería eterno!.
A la mañana siguiente alguien empujó la puerta de la farmacia y halló todo vacío. Sólo en el fondo se veía el enorme cuerpo tirado, sonriente, tranquilo, feliz, muerto.
El Evangelio según Iscariote
Si el mensajero decía la verdad, el Procurador sumaría a su vergüenza, a su pena y a sus vacilaciones, el peso eterno de una inmensa estupidez. Él había puesto la corona de espinas sobre la cabeza del hombre; sin mirarlo a los ojos dio la orden de desnudarlo, permitiéndole solamente cubrirse con un fino manto de hilo, y se aseguró que cargara sobre los hombros una cruz fabricada por el mismo condenado, en tiempos de carpintero, cuando el desdichado se dedicaba a construir cruces para matar judíos opositores y delincuentes, antes de que volviera del desierto diciendo ser hijo de Dios.
Para evitar toda duda, dispuso que el hombre llevara su madero de muerte desde el centro de la ciudad hasta la colina El Calvario, cosa de que llegara con sus últimas fuerzas, y también ordenó que los guardias permanecieran en el lugar a pesar de la intensa lluvia, esperaran a que la gente regresara a sus casas, y acertaran las puntas de sus lanzas, sus espadas y sus flechas para asegurarse que muriera y luego lo anunciaran a viva voz. El mismo mensajero enano y deforme, que ahora venía con las malas nuevas, dijo que después de varias horas los soldados se había encargado de descender de la cruz el cuerpo flácido de un hombre sin vida, de carne fría, con mortuoria palidez, que jamás hubiera podido escapar para sitio alguno.
Pilatos transpiraba en medio de sus conjeturas, humedeciendo su larga túnica blanca y sintiendo las mismas dudas que sintió tres días antes, cuando tuvo que condenar a aquel hombre delgadísimo y silencioso para satisfacer la crucifixión que el pueblo pedía a gritos, mientras otros callaban mezclados entre la gente y sólo algunos pocos imploraban piedad; era el mismo escalofrío que le provocó su esposa Claudia cuando le advirtió del infinito poder que seguramente tenía aquel predicador de barbas y cabellos oscuros y ojos negrísimos hasta lo insoportable, que decía ser hijo del Señor, y que ahora había escapado para ocultarse en algún lugar ed la ciudad o en medio del desierto impenetrable de Judea, que conocía muy bien, o iba rumbo a Roma para enfrentar al mismísimo Emperador, hundiéndolo a él en la más absoluta denigración, haciendo peligrar su fortuna, su vida y su imagen eterna.
Había que pensar algo; nadie se escapa de las manos del poder. Cualquier otra versión sería mejor que la huida, inexplicable pero cierta. Aún la desaparición sin rastro sería más benévola que esa fuga, muestra de inteligencia y audacia, que convertía a Poncio Pilatos, Procurador del imperio, y a Herodes Antipas, Rey de los judíos -quien había sido capaz de apresar y decapitar al predicador San Bautista-, y al propio Tiberio, Emperador de emperadores, en tres insignificantes criaturas, incapaces de retener y quitar la vida a un estropajo humano, descalzo y apenas alimentado de mendrugos, como ese Jesús de Nazaret.
-Si no te sirve que haya huido, si ni siquiera reconoces que puede ser hijo de Dios y que ha recibido toda la ayuda de su padre, reconoce y acepta su resurrección y súmate al rumor que está creciendo como tormenta de arena y dice que ahora él está sentado a la diestra del Señor- dijo Claudia Prócula, y el hombre permaneció callado, pensando que tal vez, seguir el consejo de su esposa sería lo mejor.
Herodes no salía de su asombro, había conocido al nuevo predicador que Pilatos le enviara tiempo atrás y todavía no se reponía de la fuerte impresión que entonces le causara aquel hombre, entre misterioso y divino, que había hecho de sus enseñanzas su arma capaz de abrir la tierra y vencer la muerte. Ni bien supo Herodes de la decisión tomada por Pilatos, la respaldó como acertada y oportuna, obediente de la ley hebrea y romana, porque había que terminar con las ideas continuadoras de Juan Bautista que acusaban al mismo Herodes de adulterio y otras mentiras, contraponiendo a su ley suprema principios de pureza y lealtad, de amor y humildad, que nada tenían que ver con él y su esposa Herodías, que ahora estaba a su lado, contemplando la bandeja de plata donde recibiera la cabeza de Bautista y que en este preciso momento debería tener la cabeza del tal Jesús.
Hacía más de treinta años que su padre, Herodes I, había decidido matar a todos los varones nacidos aquellos días para que ningún Mesías llegara a disputarle su reinado ni le quitara el título de hijo de Dios, pero claro quedó que no lo había logrado porque se había salvado Jesús de Nazaret, hijo de María y de José, a quien seguramente ocultaron en Egipto y que otra vez se había escapado de la muerte, de la cruz y del sepulcro, cuya enorme piedra alguien ayudó a remover, mostrando a todos el vacío en su interior, donde se suponía que debía estar el cuerpo inerte de aquel rebelde y desde donde ahora nacía y se difundía el rumor de lo sobrenatural y todopoderoso.
-¿Cuál será mi prestigio de ahora en más? -se preguntó Herodes en voz alta sin esperar respuesta de su esposa que escuchó en silencio.
-¿Qué hará Tiberio conmigo y mis bienes y mi poder? -volvió a preguntarse haciendo referencia a los rumores que asignaban brutalidad e inclemencia al Emperador de Roma, adelantándose a lo que aún no había ocurrido, pero que asomaba como inminente en su cálculo de estratega y analista, formado en las más altas esferas imperiales.
Herodías le acarició en silencio la cabeza sin separar los ojos de la bandeja de plata sobre la mesa de piedra en el centro de la habitación.
-¡Suéltame! -exigió él en medio de escalofríos- Si realmente escapó, eso es lo peor que nos pudo haber pasado, porque ofende nuestro poder absoluto y nuestra ley. ¡Que se lo trague la tierra, que muera, que desaparezca, pero que huya jamás, y menos que se esconda y todos lo sepan!.
-¿Cómo explicarás que su cuerpo no está por ningún lado? -quiso saber Herodías.
-No lo explicaré, sólo diré que fue enterrado en algún lugar desconocido y haré caso a esa ridícula historia de resurrección que al menos salva nuestro honor porque nada hubiéramos podido hacer ante un acto divino y el poder de los dioses.
-De un Dios...
-Es lo mismo.
Lejos de allí, en una casa de los contornos de Jerusalén, varios alumnos del Maestro se ocultaban de las persecuciones y de sus temores. Todos aseguraban que Jesús había muerto y temían seguir la misma suerte, por eso callaron en el juicio público ante Pilatos y el pueblo de Judea, y ahora se escondían de los romanos y de la gente.
María Magdalena entró en la habitación oscura, impregnada de aroma de incienso, y encontró a los discípulos hundidos en la tristeza y la desazón. Algunos recién se reponían del llanto que no sólo había brotado por la muerte del hijo de Dios, sino por ellos mismos y la vergüenza provocada por sus debilidades manifiestas. Otros no podían evitar la congoja y el desánimo nacidos del reclamo generalizado que había hecho el pueblo para que crucificaran a Jesús de Nazaret. Ella, agitada y dichosa, habló:
-Ha escapado -dijo- y no pienso contarles nada más.
La reacción del grupo no se hizo esperar, si el Procurador se enteraba de la fuga, reiniciaría la búsqueda, intensificando los controles en plazas y calles, y Jesús podría ser detenido otra vez y con él alguno de ellos o, quizá, todos, porque ya habían sido identificados por mucha gente como los seguidores del Predicador. No les convenía que se supiera de la huída, aunque presentían que los romanos ya estaban en conocimiento de los sucesos. Fue Simón, cuyo nombre de guerra era Pedro, el que sugirió contrarrestar la versión de la huída con el rumor de resurrección y Tomás agregó que era muy buena la oportunidad para asegurar que Jesús había subido al cielo a estar junto a su Padre y que la ascensión había sido en cuerpo y alma, por eso no se lo encontraría en ninguna parte y era en vano buscar al Maestro. En todo caso mostrarían el manto sagrado que tenía María Magdalena como prueba irrefutable de que el sepulcro estaba vacío y Jesús ya era parte de los reinos celestiales.
-Entonces el plan de Judas ha salido a la perfección -confirmó Santiago.
-Así es -aseguró María Magdalena-. Entregarlo a los romanos y pagar unas cuantas monedas para que no lo mataran lo salvó de otra muerte segura que pudo ocurrir en cualquier calle oscura, en cualquier esquina. Mejor los suplicios al riesgo de la muerte sorpresiva, pero segura, que le habían prometido mercaderes y filisteos. La complicidad de algunos guardias hizo el resto y en realidad los ahorros de Judas tuvieron buen destino, ¿no lo creen?, fueron la salvación.
-¡Esto es! -exclamó Mateo. Debemos hablar de salvación divina, de obra de Dios y así pecados y pecadores se protegerán detrás de esa versión.
-Nos protegeremos -acotó Santiago.
Todos asintieron compartiendo la última opinión; en realidad les convenía un Maestri muerto, resucitado y ascendido a los cielos, que uno vivo y escapado. Lo que no entendían era por qué había llegado hasta ese escondite María Magdalena y no el mismo Jesús que ante ellos crecía en forma incontenible con nuevas revelaciones de audacia y sabiduría. Nadie se explicó por qué no había venido a ellos y María Magdalena sólo guardó silencio. ¿Dónde estaría ahora? Fue la mujer que al fin disipó las dudas.
-Él confía en ustedes, pero también sabe de sus temores y sólo habló con Judas y conmigo para seguir el plan y regresar a predicar la palabra de su Padre en el momento que lo crea conveniente y de la forma más acertada, cosa que aún está por considerarse. Habrá que dejar pasar un tiempo, especialmente para que se terminen los rumores y las confusiones -dijo.
Ahora estaban claras las obligaciones de cada alumno. El grupo tomó fuerzas y se dispersó por los rincones de la ciudad anunciando la muerte del Maestro y la resurrección divina que lo acogía en el reino de Dios. Este rumor creció incontenible en pocos días, y en toda la ciudad y sus alrededores aseguraba sin dudas esa versión. Sólo los que habían presenciado el camino lleno de padecimientos desde Jerusalén hasta El Calvario recibieron la noticia con estupor, porque en un principio a nadie le cupo dudas que los tres crucificados estaban muertos. Al final de la última tarde muchas personas comenzaron a visitar la colina y el sepulcro y entre ellas algunos contaban con todos los detalles el regreso a la vida y la ascensión a los cielos eternos. Los demás escuchaban sin sospechar que estaban inaugurando una peregrinación a esos santos lugares que se extendería por los próximos milenios.
Santiago fue el que aseguró que Jesús era hijo de Dios y por lo tanto era Dios mismo, por eso pudo ascender con la frente alta sin el terror de Isaías cuando se encontró frente al Señor, o la vergüenza de Moisés y Elías que ocultaron sus rostros en la montaña cuando vieron a Dios, o la ceguera de Saúl ante el brillo insoportable del Todopoderoso. Jesús fue a buscar el Paraíso sin temor, Simeón lo había visto y por eso murió; sólo el hijo de Dios o Él mismo podían llegar al reino de los cielos como lo había hecho Jesús tres días después de su muerte.
-Así fue -concluyó Santiago.
-Así sea -dijeron todos.
En un monte de olivares los dos hombres hacían planes para asegurarse la supervivencia, evitar las persecuciones que se avecinaban y continuar con sus predicaciones.
Judas, a quien Jesús llamó Iscariote, Tesorero del grupo, contaba las monedas obtenidas de los romanos; su maestro no hacía más que reír por la astucia de su amigo que había cobrado treinta monedas por du delación a un grupo de guardias imperiales y había pagado otro tanto a otros centinelas por ayudar a salvar a su amigo, sin gastar, al fin de cuentas, ni una limosna.
Jesús vendaba sis heridas, reponía fuerzas y convenía con Judas que el plan había salido a las mil maravillas y que nadie debía hablar de fuga sino de resurrección, tal como llegaban los rumores desde Jerusalén hasta esa enramada que los cobijaba más allá de las colinas. Algunos indicios mostraban la justeza de lo hecho: mucha gente decía que Jesús había resucitado, luego de morir en la cruz, y que su Padre se lo había llevado para reunirse con él. Esa versión no sólo se basaba en hechos que se comentaban con absoluta convicción y veracidad, sino que nacían de adentro de cada narrador con la fuerza de la fe, satisfaciendo una necesidad que estaba en cada uno de los mortales: la fascinación por una vida eterna, lo que hacía irrebatible la afirmación.
-Si te muestras ahora correrías dos riesgos: podrían apresarte los romanos o matarte los creyentes por mentiroso y blasfemo. Nadie te creería. Nadie se animaría a decir que tú eres _Jesús porque Jesús ya está con su Padre en el cielo y, te diré, nunca una muerte ha dado tanta vida en boca de la gente como tu muerte, amigo. Ni la muerte de Juan, nuestro hermano predicador, tan verdadera y terrible como su cabeza en bandeja de plata, tuvo el impacto que está teniendo la tuya, increíble y mágica, absolutamente incuestionable.
-Tienes razón, hermano Iscariote, yo no podría morir otra vez.
-Tampoco podrías morir en la víspera de tu día y tú ya te moriste el viernes que fue la partida, la definitiva. El centurión confirmó tu deceso el sábado, a cambio, claro está, de algunas monedas, lo demás ya lo sabes, resucitaste y estás acá -agregó Judas y los dos rieron como locos entre copas de vino y pan de cebolla.
Al borde de la ebriedad y el regocijo, los dos amigos desearon que el secreto fuera bien guardado por María, su madre, y por María Magdalena, su concubina. Luego sería cuestión de pensar cómo volver a predicar.
-No lo sé -interrumpió Iscariote- eso tal vez no sea posible jamás y ni siquiera debamos intentarlo; al menos no nosotros; quizás otros lo hagan mejor.
Ambos guardaron meditación sobre el futuro inmediato, sobre la vertiginosidad con que se estaban haciendo populares las ideas de Jesús y cómo cobraba fuerza la muerte del hijo de Dios y su resurrección, cosa que le insinuaba al Maestro la posibilidad de rehacer su vida en algún lugar apartado de Judea junto a María Magdalena y algunos pocos que supieran la verdadera historia de lo ocurrido.
Judas era el más perjudicado porque a la muerte de Jesús se le pegaba su traición y su vida corría peligro entre amigos y enemigos. Por un instante cruzó por su mente la idea de hacer algo parecido a lo ocurrido con Jesús e inventar su propia muerte como la mejor forma de lograr su salvación y su paz. Era urgente pensar en algo; podría suceder que los mismos romanos se enteraran del engaño y eso era por demás peligroso porque los heriría en el centro de su honor. La idea del suicidio como modo de arrepentimiento parecía lo mejor porque no tendría que comprometer a nadie en la complicidad y, además, se ganaría el perdón de los mortales y terminaría para siempre con la cruz de la traición y la deslealtad que le adjudicaban ahora. Esa sería una tares exclusivamente suya porque nadie más que él y su hermano Jesús sabrían la verdad.
Cuando Jesús se durmió, Iscariote se instaló en un rincón y comenzó a escribir la historia en detalles, su complicidad con Jesús y María Magdalena, y el desenlace que tuvo, superando cualquier predicción. Durante tres días y tres noches escribió Judas toda la verdad en rigor de las matemáticas y la ternura de la poesía, sin perder la fe de la vida basada en lo cierto aunque su versión apareciera desnuda y clara como el alba o terrible como las tromentas de arena. Al final de la última noche, poco antes del amanecer, Judas salió con sus papeles guardados en un sobre de cuero de cabra, lacrado en todos los bordes para que se conservara mil años si fuera posible, y fue a enterrarlo al pie del muro que Herodes mandó construir en honor de Tiberio y que Judas sabía que duraría por los siglos de los siglos, capaz de soportar guerras y cataclismos y que, al final de la historia, alguien lo descubriría y revelaría al mundo la verdad, echando por tierra las falsas versiones que ahora nacían y sólo Dios sabía hasta donde podrían llegar. Así estaba escrito y así sucedería.
-¿A dónde fuiste Iscariote? -preguntó Jesús que no lo había visto al despertarse.
-Fui a confesarle los secretos a las piedras que sabrán guardarlos más tiempo que nosotros, Maestro.
Toda Jerusalén conocía a María Magdalena y si de algo podían estar seguros sus habitantes era que ella no mentía y que era capaz de guardar el más comprometedor de los secretos porque había sido cómplice de las intimidades de la inmensa mayoría de los hombres del lugar, de sus fantasías y sus inhibiciones y sus adulterios y sus debilidades. Lo que dijera la mujer era cierto y si aseguraba haber visto morir a Jesús de Nzaret y tres días después lo halló al costado de un camino y habló con él y pudo constatar que había revivido por obra y gracia de su Padre, todo eso era absolutamente cierto porque su palabra valía más que la del mismo Emperador. Nadie se atrevió a dudar de sus decires. La gente precisaba creer en esa historia con la misma intensidad que sentía.
Los hombres en su alcoba creían en sus palabras como habían creído en su cuerpo. En cada esquina María Magdalena juntó grupos que oían su historia y luego la multiplicaban para todos los vientos. En el mercado detuvo las labores de los comerciantes y compradores, contó lo sucedido y cada viajero se encargó de difundir la verdad por los caminos del mundo. Caravanas de camellos y caballos portaban la noticia de muerte y resurrección ocurrida en Jerusalén y aconsejaban a los mortales buscar a Jesús, el hijo de Dios, en el cielo y no en la tierra, plagada de vicios e impurezas.
En pocos días se supo que la historia se conocía desde Roma hasta Bagdad y María Magdalena dejó de andar por las calles y mercados, regresó al escondite de su amado y se dedicó a resolver un lugar definitivo para afincarse sin tormentos ni apremios, para criar cabras y cuidar viñedos.
Cuarenta días después de la resurrección, la pareja inició viaje al lugar definitivo, lejos de Jerusalén. Judas no fue con ellos. Los tres convinieron en que Iscariote sabría donde quedaba ese lugar nuevo e iría a visitarlos después de cada primavera para pasar las novedades del curso que fueran tomando las enseñanzas del Maestro y definir en consecuencia si era necesario su retorno a la predicación o no.
Jesús y María Magdalena se instalaron cerca del mar muerto, al norte, en un acceso de la ruta a Ammán. Judas, por el contrario, se dirigió al gran mar pensando en dedicarse a la pesca en barcos grandes y viajar así por todos los puertos del mundo mediterráneo, pero durante el primer año mantuvo a la familia de Jesús en una gran tristeza cuando algún viajero del desierto contó a María Magdalena que un tal Judas, amigo del resucitado, se había quitado la vida colgándose de una soga al verse apenado por el error cometido de entregar a su Maestro, Jesús de Nazaret, a los romanos. Sólo después de la primavera alguien palmoteó sus grnades manos en el umbral de la casa de Jesús y toda la familia saltó de júbilo al ver al mismísimo Iscariote sonriente y de cuerpo entero, con larguísimas barbas y cabellos, esperando ser bien recibido. Jesús y María Magdalena y el pequeño Juan recién nacido festejaron la buena nueva con vino, pan de ajo preparado por María, la madre, y leche de cabra para el niño que colmó la alegría del recién llegado como un tío que vuelve desde lejos con pescado salado, telas de colores y mucho que contar.
-Judas ha muerto -dijo- ahora soy Iscariote para siempre.
Mateo, Marcos, Lucas y Juan se dedicaron a escribir la historia de su Maestro, pero ya en las primeras impresiones no se pusieron de acuerdo. A las diferencias de la información que cada uno poseía se le sumaron las divergencias sobre la preponderancia que debía tener cada pasaje de la vida de Jesús. Unos jerarquizaron la justicia del Maestro, la multiplicación de panes y la abundancia de peces; otros creyeron más importante la magia del Señor, la cura de enfermos y el regreso de Lázaro a la vida, su cuñado, hermano de María Magdalena. Al fin los cuatro alumnos decidieron escribir por separado, difundir cada uno sus ideas y formar nuevos predicadores de lo que todos llamaban la fe cristiana, versiones que debían transcurrir desde la llegada del Mesías, hijo de Dios, enviado del Cielo para liberar a los humanos de los pecados terrenales, hasta la muerte, resurrección y ascenso al reino del Señor, aspecto, este último, de total coincidencia. Ninguno de los cuatro sabría jamás que ya estaba enterrada una quinta versión escrita por Judas con toda la verdad, tan firme y eterna como la piedra que la cobijaba, tan distante y distinta de estas otras que se parecían entre sí y a su vez mostrarían enormes diferencias y zonas de dudas, preguntas sin respuestas y afirmaciones lejanas de la realidad.
En Roma la noticia entró a las grandes salas del palacio Imperial. Tiberio terminaba de rasurarse cuando el Consejo de Asesores ingresó a sus recámaras para hablar de lo sucedido en la lejana Judea con un tal Jesús de Nazaret. El Emperador escuchó en silencio y admitió que era una mancha para su prestigio anunciar que aquel hombre se había escapado. Enseguida dió la orden para que un grupo de elegidos de confianza se abocara a la búsqueda del fugado y su familia, y los eliminara en absoluta reserva; luego verían si era aconsejable mostrar la cabeza del rebelde por todos los territorios donde tuviera adeptos. En cuanto a la presencia en Roma de seguidores de aquel subversivo, Tiberio ordenó que se los identificara, se prohibieran sus reuniones y ceremonias, y, de ser necesario, se los exterminara sin miramientos o se los detuviera y confinara en las cárceles para reos comunes. Poco sabía Tiberio de la fe cristiana y del Dios de aquellos hombres, pero creyó como todo el mundo que el suplicio y la muerte eran capaces de acabar con las creencias y que así, pronto, todo volvería a su senda normal, aunque nunca pudo explicar por qué sintió temor al dar la orden.
-Además -agregó- es mejor que se sepa que ese judío murió crucificado, en medio de los peores sufrimientos y que lejos de huir, el hombre desapareció y nada más. Eso romperá con toda idea en el retorno de ese mentiroso y, ya lo verán, en poco tiempo nadie se acordará de él. En cuanto a sus alumnos, mátenlos -concluyó y una sonora carcajada entre tensa y nerviosa, siguió sus pasos rumbo a los baños calientes que lo esperaban de las manos y los labios de tres muchachas, hijas nobles del imperio. Roma siguió el intenso movimiento de aquella mañana despejada y fría.
Del otro lado del mar Iscariote sugería a su hermano Jesús que cambiara el nombre, se ocultara en ese lugar alejado un tiempo considerablemente largo, dejara que se calmaran las aguas del rumor y la persecución y después hablaran de un emprendimiento hacia la ciudad imperial para predicar en la mismísima boca del león.
-Bien, Pablo me llamarás a partir de ahora y yo mismo me encargaré de decir que vi a Jesús camino a Damasco y por eso me he convertido en un predicador de su fe. Algún día, amigo Iscariote, escribiré mi propia versión de todo lo ocurrido.
-¿Buscarás juntarte con tus viejos alumnos?
-No, es mejor que todo siga así. Tú vuelve al mar y difunde mi fe por puertos lejanos. Ellos seguirán mis enseñanzas; yo me sumaré dentro de un tiempo, como tú me aconsejas.
-¿Cuándo será eso?
-No lo sé. En los próximos años me dedicaré a cuidar de mi familia, los viñedos y las cabras. Después sabrás de mí -concluyó, besando a su amigo.
Alrededor de Jesús, ahora Pablo, estaba su madre, el pequeño Juan y María Magdalena que mostraba un nuevo vientre hermoso y tenso, rosado y tibio, que daría su fruto en el verano y vendría de la mano de una niña.
-Mi amor -interrumpió María Magdalena- tú eres el viento que llevará tu fe en cada grano de arena hasta mover el desierto entero. Siento que ya nada podrá detenerte -concluyó posando sus manos sobre la voluminosa barriga y todos sintieron ganas de orar.
-Amén -dijo Jesús.
-Amén -dijeron todos.
Muchos años después el pueblo de Roma vio por sus calles a un hombre de larguísimas barbas y cabellos más allá de sus hombros, andando descalzo entre las piedras, hablando a viva voz de su maestro Jesús. Pablo lo llamaban y arrastraba tras de sí a las multitudes descreídas de todo o haraposas y tristes o enfermas y torturadas. Aquel hombre les daba nuevas razones para vivir, predicadas con sencilla pasión, dispuesto a padecer los peores tormentos hasta morir por ello si fuera preciso. Nadie supo de donde salió, pero todos conocían que había hablado con Jesús camino a Damasco.
Iscariote vivió sus últimos días en un puerto de la isla más grande y sus antiguos condiscípulos terminaron sus vidas en diferentes direcciones del mundo.
El arqueólogo francés prefirió mandar la bolsa de cuero de cabra, recientemente hallada en las últimas excavaciones, al propio Vaticano para que la estudiaran allá, interpretaran su contenido y resolvieran su antigüedad. El sobre y los papiros de su interior formaron parte de un envío mayor de vasijas y utensilios. El gobierno de Palestina estaba demasiado ocupado en otras cosas como para dedicar tiempo y recursos al estudio de estos descubrimientos que seguramente serían apenas un fragmento de mucho material más. Recién nacía el siglo veinte y en las inmensas bibliotecas del inexpugnable Vaticano alguien daba la orden para que se guardara en un cofre secreto la bolsita amarilla de cuero de cabra que ya no tenía lacre en sus bordes ni papiros en su interior.
El reloj
La señora Clementina de Arena hacía once años que no salía de su casa. Toda la gente del vecindario comentaba que desde la muerte de su marido, don Benjamín, ella se había hecho el firme propósito de no salir más a la calle. Al principio se habló mucho de aquella mujer y su desgracia, pero con el paso del tiempo muy pocos se acordaron de ella y durante todos estos años nadie la había visto jamás bajar de su casa.
Había llegado al barrio en la época que todavía la gente lo nombraba Barrio Reus al Norte y las calles eran una pequeña Barcelona vestida de emigrantes vascos, catalanes, italianos y polacos. Nadie había conocido al hijo de Clementina, muerto por la década del cuarenta, y pocos recordaban la voz de la mujer. Sólo el panadero de la esquina comentaba que había sido una gran persona, culta, simpática y de buen conversar, pero no podía explicar por qué se había encerrado once años. Algunos decían que era la artritis que le impedía subir y bajar la escalinata de su casa. Otros no dudaban en afirmar que estaba loca y que desde que decidió no salir más estaba tejiendo una bufanda para esperar a su marido. No faltaba el que se esforzaba en hacer cálculos de la longevidad de semejante bufanda. Sin embargo, de vez en cuando, si alguien miraba las ventanas de la casa, podía ver por las tardes que la señora Clementina se asomaba entre las cortinas blancas, bordadas con finos motivos rosados. Si se observaba detenidamente se podía llegar a apreciar un breve movimiento pendular propio de la mecedora que seguía oscilaciones rítmicas muy leves pero constantes. Eso ocurría cualquier tarde del año pero más frecuentemente en invierno, cuando el sol se oculta, preferentemente con el cielo nublado los días de lluvia.
El frente centenario de la casa se mantenía con decoro. El balcón de hierro negro todavía mostraba algunos detalles dorados que delataban incrustaciones de bronce. Toda la estructura se apoyaba sobre fino mármol blanco y gracias a una señora que iba dos veces por semana, la fachada lucía plantas y flores. Los ventanales llegaban hasta el techo de bovedilla y cada uno tenía dos puertas de fina madera con vidrios biselados que mostraban un tiempo de deleite por el buen arte y el gusto delicado de una familia que ya no existía.
Adentro todo era quietud. Un penetrante olor a humedad y naftalina inundaba las habitaciones e impregnaba la ropa, las cortinas y los muebles. La señora Clementina tenía la piel de su cara y la cara de su alma del mismo color y el mismo olor que aquella bolitas aromáticas que ya eran casi de la casa.
Los dos sillones de la sala principal lucían tapizado florido de otro tiempo. La alfombra había perdido sus colores y sus flecos, pero estaba entera. En las paredes había muchos retratos, algunos amarillentos otros con colores falsos del tiempo en que se pintaban las fotografías. Todas estaban bajo vidrio, en marcos repujados y dorados a la hoja que aún conservaban su esplendor. Una fotografía, tal vez la más grande, mostraba la pareja Arena con un niño en los brazos de ella. Todos sonreían sobre un fondo despejado del cielo de Piriápolis por donde se veía el Cerro San Antonio. Otra foto mostraba una pareja de principios de siglo, él sentado, ella de pie detrás del hombre. Entre foto y foto había una buena cantidad de platos de porcelana de diferentes tamaños, un violín, una repisa con pequeños objetos también de porcelana y un espejo empotrado en la pared, con doble bisel y marco de bronce. En la repisa lo que más se destacaba era el elefante de marfil blanco, con la trompa totalmente levantada que sostenía un billete arrollado de una moneda que ya no existía.
Frente a la silla mecedora que usaba la señora Clementina todas las tardes, había un enorme reloj de péndulo que estaba apoyado sobre el suelo con una finísima terminación de madera oscura, pulida y brillante. Los números romanos eran dorados igual que el largo brazo y el disco que completaba el mecanismo pendular de aquel reloj antiguo. Sobre su borde superior, también de madera, se podía leer una inscripción "Auf Wiedersehen", con letras doradas como si el tiempo saludara en alemán a todo el que mirara la pieza. Las agujas tenían un trabajo delicadísimo que daba la sensación de haber sido hecho por un virtuoso artesano que las había tejido o bordado con hilos de metal. Toda la caja de madera mostraba grabados de flores y escenas de campo con fondos de montañas nevadas. Alrededor de la misma máquina, dos ángeles desnudos sostenían los números al tiempo que tocaban unas trompetas pequeñas que en realidad disimulaban las bocas de salida del sonido que el reloj lanzaba cada hora.
Clementina de Arena sonreía desde su silla mecedora. Por momentos hablaba con alguien que no contestaba porque ella estaba sola en la habitación. de a ratos miraba por la ventana, pero enseguida volvía a alguna fotografía colgada en la pared y seguía su conversación acompañada de delicados ademanes como si se tratara de una charla entre buenos amigos. Se podían oír con claridad algunas expresiones como "sí m'hijo" o "querido Benjamín" lo que delataba a sus interlocutores en medio de sus monólogos apenas balbuceados.
A veces ella desviaba sus ojos, dejaba las fotos y la ventana y miraba el viejo reloj que se había detenido a las tres menos veinte una tarde de noviembre, once años atrás. Clementina, haciendo un ademán que señalaba las fotografías y se dirigía al reloj, mostraba las agujas detenidas.
-Miren -decía y volvía a sonreír inhalando con fuerza el penetrante olor de la habitación cerrada. Entonces esperaba un buen rato balanceándose en su silla mecedora. Ella sabía que a pesar de todo había en algún lugar oculto otro reloj, el alma del reloj de pie que seguía su curso y que algún día, aunque más no fuera por reflejo, movería las agujas lo suficiente como para cambiar la posición del finísimo segundero. Entonces se oiría el leve "tac" o el frágil "tic" por una vez y para siempre y el tiempo volvería a transcurrir, pero esta vez sin ella que viviría su último suceso y, entonces, sólo le quedaría que alguien se ocupara de colgar una foto suya en algún lugar vacío de las paredes de la gran habitación.
Mientras tanto todo era quietud y lo seguiría siendo; todo menos el mundo de afuera que seguía su curso, pero que para nada importaba a Clementina que ni idea tenía de su existencia lejana y ajena. El suyo, entre naftalina y fotos viejas, se había detenido en un péndulo que esperaba ver moverse como una espada filosa, un golpe brutal, un definitivo impacto, último, mortal, obstinadamente hacia la nada, en el último segundo de su muerte que había comenzado once años atrás.
Los problemas del lenguaje
Todos los jugadores de básquetbol lo esperaban con marcado interés. No sólo decían que era un excelente entrenador sino que, además, era una muy buena persona y que desde Estados Unidos había prometido sacar al grupo adelante y llegar a pelear el título.
Cuando llegó al Club todos lo esperaron formados como si fuera un general que iba a pasar revista a su tropa. Y eso hizo, fue saludando uno a uno a cada jugador parándose enfrente y hablando un desencajado español.
-Yo saluda amigo de mí -decía y todos dibujaban sonrisas que él agradecía como signos de buen recibimiento y amistad, lo que originó carcajadas que él volvía a agradecer diciendo con fuerza que "los uruguay eran simpatía" y "gracias". El recibimiento culminó con un asado que Pocho, el cantinero del club, había preparado con la maestría de la gente del interior y unas cuantas vueltas de vino y cerveza que el gigante norteamericano, de ojos azules y pelo amarillo, se encargó de consumir por litros.
-Éste va a andar fenómeno -dijo Anselmo el Presidente del Club con una borrachera que se caía.
-Fenómeno va a ser el lío que vamos a tener para entendernos con el gringo -aclaró uno de los jugadores-. Especialmente "el Tarta" -añadió haciendo referencia a otro jugador que tenía grandes dificultades para hablar.
-¿Qué, no habla español? -preguntó uno que ni se había fijado.
-Sí, hablar habla, pero como la cara de él.
Y el muchacho tenía razón. Nomás en el primer entrenamiento al día siguiente, el gringo -como le decían todos desde que el gordo Waldemar lo bautizara- se puso colorado como un tomate cuando pensó que le estaban tomando el pelo cuando preguntó por el "Peludo" y nadie supo contestar.
-¿Dónde está "el Peludo"? -insistía y nadie podía satisfacer su interrogante porque, sencillamente nadie sabía quien era ese "peludo".
-¡EL PELUDO! -gritó desenfrenado pasándose la mano a ras por su cabello cortito.
-¿Entender, eh? ¿Dónde es "el Peludo? -y se volvió a pasar la mano bien al rape de su cabeza. Fue allí que todo se aclaró menos la cara de "el Gringo" que siguió más colorado que nunca, pero de vergüenza, cuando Pocho, el cantinero, gritó desde el mostrador:
-¡Quiere decir "el Pelado"!
-Sí, si, "el Pelado" -dijo y todo volvió a la normalidad menos el entrenamiento que no contaba con uno de los mejores jugadores del equipo.
Pero la cosa no terminó ahí. Esa noche "el Gringo" preparó unos exquisitos huevos revueltos con panceta, panchos y algo especial que les daba una consistencia muy original y gustosa. Todos los muchachos concentrados para la práctica intensiva, comieron con ánimo haciendo halagos a los dones culinarios de aquel extraño hombre del norte que buscaba de esa manera romper con su rigidez, su frialdad y acercarse a sus dirigidos. Sabía que los uruguayos eran de buen paladar y por eso había preparado un plato típico del estadounidense medio que todos comían con placer.
-¡Tá bueno esto, che! -dijo Waldemar que no jugaba en el cuadro, pero era como el alma de los muchachos, cargando los equipos, las pelotas y comiendo como un toro.
-¿Qué le pusiste, Gringo?
-¡Ah! ¡Top secret! -dijo y todos comprendieron.
-Dale, largá Gringo, ¿con qué hiciste los huevos?
-Con huevos -dijo y se rieron- mucho panceto y hot dog.
-Pero tiene algo más que le da ese gustito...
-¡Ah, sí! Pongo unas pocas cucarachitas de...
-¿Cucaraquée?
-Cucarachitas de pan rallado.
-Cucharaditas, Gringo, cucharaditas -aclaró Pocho cortando justo la repugnancia de varios jugadores y los vómitos que quedaron a medio camino en los aparatos digestivos de otros.
Tuvo que pasar un buen rato para que siguieran comiendo, menos para el gordo Waldemar que siguió tragando huevos bien calentitos sin reparar demasiado en las cucarachitas o las cucharaditas.
Estas fueron las primeras comprobaciones de que "el Gringo" tenía un soberano merengue idiomático en su cabeza. El dato final, el remate que no dejó dudas de aquel entrevero con el idioma ocurrió en el primer partido oficial por el torneo Federal de básquetbol.
Todo pasó en la cancha de Goes. Las tribunas estaban repletas. Los chorizos se vendían por docenas y los refrescos corrían de mano en mano. La pasión de las parcialidades era evidente, en particular los hinchas del Club de "el Gringo" que esperaban de aquel hombre la salvación de todos los problemas. "El Gringo" gritaba a veces en español y a veces en inglés y a veces en cualquier cosa. Gesticulaba y se ponía colorado dando órdenes a diestra y siniestra. Por momentos parecía rezar mirando las luces de la cancha y otras veces se le veía en profunda oración fijando la vista en el piso.
¡Doble! ¡Doble! -gritaba el norteamericano y todos se esforzaban por embocar el canasto.
¡Tirá! ¡Tirá! -repetía una y otra vez, pero el adversario era hábil, tenía buena defensa y todo dependía de la destreza del ataque, la rapidez y la inteligencia para hacer las maniobras.
El partido iba empatado. El Club necesitaba ganar para clasificar y faltaban apenas veinte segundos. La pelota la tenían ellos y ahora se trataba de mantenerla, hacer tiempo, demorarla hasta los últimos segundos y ahí sí, con precisión, meter el doble o el triple que les diera ventaja suficiente como para esperar tranquilos el pitazo final del encuentro.
"El Gringo" no dejaba de gritar. Todos entendían. La gente también gritaba. El equipo, despacio, preparaba el ataque cuidando hasta el más mínimo detalle. En ese momento el gordo Waldemar comprendió su terrible broma y el peso desgraciado que puede tener el humor cuando no es el momento de usarlo.
-Con cuidado -gritaba "el Gringo" mientras Waldemar se tapaba la cara y pedía que la tierra se lo tragara presintiendo el bochorno.
-¡Con cuidado! ¡Oujuo la pelota! -insistía el entrenador y Waldemar se puso colorado en el banquillo de los asistentes.
Ahora todo el estadio estaba mudo. Cada momento, cada instante era vital para uno y otro cuadro. El gordo tuvo ganas de levantarse e irse, pero la potente voz de "el Gringo" sonó con toda su pronunciación inglesa mientras su dedo índice golpeaba enérgico la sien una y otra vez exigiendo que sus dirigidos pensaran.
-¡Usen el culo! ¡Usen el culo! -gritaba el hombre sin dejar de señalarse la cabeza con su enorme dedo índice y sin dejar tampoco de sorprenderse cuando oyó la carcajada de todo el estadio, los jueces y los jugadores que escuchaban perfectamente el disparate del norteamericano. Todos festejaron menos el gordo Waldemar que estaba pálido.
"El Gringo" se dio vuelta, miró al gordo y cuando estaba a punto de dirigirse hacia él para tomarlo del cuello y estrangularlo por la mera sospecha de que Waldemar le había enseñado una palabra que no correspondía, el estadio vibró en estruendos y griterío y aplausos festejando el doble que el Club acababa de hacer justo cuando sonaba el pitazo final que daba por terminado el partido con el triunfo que les permitía pasar a la final. Este era, sin duda, el triunfo del "el Gringo"; al menos así lo entendieron todos los que corrieron hacia él, lo alzaron y lo llevaron en andas por la cancha. cuando pasó al lado de Waldemar no pudo contenerse.
-¡Gordou! -gritó tocándose la cabeza- no sé bien perou el uno o el otro te lo voy a romper igual -y siguió con todos, muertos de risa, festejando el merecido triunfo.








