martes, 30 de agosto de 2005

Julio Herrera y Reissig

Julio Herrera y Reissig
(Uruguay, 1875-1910)
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JULIO HERRERA Y REISSIG

(Uruguay, 1875-1910). Marcado desde su nacimiento para una vida corta por una lesión cardíaca congénita, la de este poeta uruguayo, salvo breves estadías en Buenos Aires, y en algunos lugares del interior de su país, transcurrió totalmente en Montevideo, y sin peripecias de mayor relieve. Desempeñó modestamente cargos públicos, y cultivó de modo ocasional el periodismo y la política. En un pequeño y al parecer destartalado altillo de su casa, erigió la que dieron en llamar la "Torre de los Panoramas" (desde ella se divisaba el Río de la Plata), que vino a ser un correlato vivencialmente irónico, como su propia poesía, de la torre de marfil que tanto anhelaban algunos modernistas. Allí, con sus amigos, se practicaba de todo: desde lecturas y discusiones poéticas, hasta ejercicios de esgrima y sesiones de guitarra y espiritismo. La leyenda ha mitificado la figura humana de Herrera y Reissig, presentándole como la imagen típica del hombre y del artista fin de siglo: de vagas ideas anarquistas en política, algo dandy en su atuendo y su conducta, aficionado a las drogas, y desdeñoso de su provinciano ambiente. Sus biógrafos, naturalmente, se contradicen entre sí y matizan muchas de estas atribuciones.

A su obra poética, nada confesional (y aun muy aligerada de anécdota), poco pasó de la vida de este hombre que se describía a sí mismo como poseedor de "un corazón absurdo, metafórico, que no es humano", en terminos que podrían devolverse a su propia poesía. Un acercamiento sobre ella advertiría una evidente riqueza de vetas: los temas pastorales -"eglogánimas" llamaba a esos sonetos - de Los éxtasis de la montaña; el erotismo de Los parques abandonados, sus "eufocordias"; el hermetismo barroco y más interiorizado de La Torre de las Esfínges, subtitulada -¿pedante o divertidamente?- "Psicologación morbo panteísta"; los "cromos exóticos" de Las clepsidras. Pero una perspectiva justa de su obra, más que atender a estas modulaciones temáticas (en Herrera, anota Américo Ferrari, "el tema es lo de menos") importa una mirada de conjunto que permitirá descubrir al poeta ensayando siempre un gesto de potencialmente mayor interés artístico: transmutar cualquier motivación de la realidad, exterior interior, en una pura experiencia de poesía, en una realidad nueva y otra que se acredite sólo en tanto que tal experiencia artística.

Para este objetivo -y la crítica más reciente (Ferrari, Emir Rodríguez Monegal, Guillermo Sucre, Saúl Yurkievich) ha aportado claves decisivas para este entendimiento- Herrera y Reissig se alza desde una posición desacralizadora de lo que, en aquellos años, se aceptaba como virtualmente "poético". Frente a la poesía poética, el uruguayo opone una actitud esencialmente irrespetuosa y lúdica -donde entran la distancia crítica, la ironía, e incluso la parodia y la caricatura. Demoler los cánones consagrados de la belleza: ésta fue para él (como para el lugonés de Lunario sentimental, pero más sostenidamente y con más altos resultados estéticos) su ambicioón máxima. Y para ello estaba equipado como nadie, y prodigó sus recursos léxicos e imaginativos con una libertad acaso peligrosa: adjetivos insólitos que son verdaderas creaciones metafóricas, elaboración neológica casi paroxística y, sobre todo, un derroche incontenible de metáforas audaces (que son con gran frecuencia prodigios de inetitez y concentración expresivas). Pero llevado todo a un punto de tal hipérbole, y aun de extravagancia, que la lectura en totalidad de este poeta, y sin menoscabo en el reconocimiento de su aguda originalidad, acaba por fatigar. Y es que el asombro del lector ante su virtuosismo verbal, ante su afán de deslumbrar, no puede mantenerse con paralela intensidad a su capacidad de invención: de tanto esperar la sorpresa, ya nos familiarizamos con ella (y ambas tensiones, la sorpresa y la familiaridad, no son rigurosamente compatibles).

No obsta esto para que Herrera y Reissig ocupe un lugar de extraordinaria significación en la historia literaria, pues algo de mucha trascendencia estaba ejecutando, y es lo que lo coloca muy tempranamente (entre 1900 y 1910, que es cuando escribe el grueso de su obra de verdadera importancia) a las puertas mismas de la vanguardia y la poesía moderna; aunque no da en ellas el paso último, ya que en los patrones formales -metros, rimas, esquemas estróficos- se mantuvo tenazmente fiel a lo por él recibido. Y lo que ejecutaba por entonces era un barrenar despiadado del principio estético fundamental -la ley de la analogía- que el modernismo, con Rubén Darío como caso cimero, había alzado a su plenitud en la poesía hispánica. Es cierto que le interesó -y lo practicó- el juego sutil de correspondencias en que coincide con los simbolistas, pero en Herrera aquella ley, la de la analogía, se quiebra al cabo por la aparición de la ironía, que es producto, no del ensueño, sino de la conciencia y la reflexión. Y esta conciencia le inclinaba a la distorsión del orden real y a la ruptura del lenguaje armonioso que lo expresa; y dio norte a su desbocada imaginación, conduciéndola hacia la exploración de lo que es el reverso de la belleza natural o aparente y de la prestigiosa lección de la armonía universal. Le condujo, sobre todo en sus últimas creaciones, hacia lo irreal, onírico, surreal, mágico y oculto. Y siempre, y aquí retenido aún por los manes del decadentismo, al gusto por lo insano o anormal y por la vecindad con la muerte: el esplín, esas jaquecas, neurosis y neurastenias, y ese amor por lo espectral, que tanto asoman en sus versos y son, a la larga, semas muy característicos del espíritu decadentista de la época (si bien ahora en versiones de una noveda y un atrevimiento extremados, liberados del pastiche a que se habían prestado en manos de poetas que se los apropiaban muy liberalmente).

¿Tomaba en serio Herrera eso tópicos sémicos, y los otros, y la suya fue así la obra de un loco genial, de un delirante, o de un esnobista (todo lo cual de él se ha dicho)? ¿O los configuraba, los devolvía, de ese crispado modo suyo, en virtud de una actitud lúcidamente crítica y paródica, y resultaba entonces el producto de un artista no menos igual, y muy consistente, y muy moderno, audaz...? La grandeza de este poeta residiría en que fuera válida, como hoy empezamos a atisbar, esta segunda posibilidad.

El vertiginoso ritmo que, gracias a su lenguaje y su capacidad visionaria, impuso a la poesía en lengua castellana, le ha sido justamente reconocido por las grandes figuras de esa poesía, en algunas de las cuales está aún presente su infuencia. Hispanoamericanos: César Vallejo, Vicente Huidobro (que respecto a él sentenció: "al fin se ha descubierto mi maestro"), Pablo Neruda. Españoles: Federico García Lorca, Vicente Aleixandre. Este último escribió un hermoso poema, "Las barandas", con esta dedicatoria alertadora: Homenaje a Julio Herrera y Reissig, poeta "modernista" (con esa valoración, la de modernista, expresamente entrecomillada) ¿Se podrá aventurar que el autor, Aleixandre, se valió de la sugestión irónica que, en uno de sus usos pueden favorecer las comillas para dar a entender que no siente a Herrera tan moderista o, al menos, que lo siente más cercano o afín que los otros modernistas? Hay que recordar que el texto está fechado en 1936; esto es, al calor del entusiasmo fervoroso por el hispanoamericano, y por la novedad que representaba, que Neruda pudo comunicar a los amigos madrileños de su revista Caballo verde para la poesía.

De todos modos, y sin desmedro de su importancia histórica, hoy que sabemos que el modernismo no fue sólo el canto melodioso de realidades intrínsecamente hermosas, sino una estética sincrética y dinámica, resulta innecesario extravasar a Herrera y Reissig de su época e identificarlo, casi, como un poeta de vanguardia. Fue, sí, una pieza mayor -indispensable- de esa misma dinámica por la que el modernismo, desde dentro inicia la crítica de sí mismo y, por tanto, su trascendencia.

Y es más un poeta modernista por lo que el espíritu de su obra arroja cuando, al examinarla, se repara en sus ingredientes y no se pone el énfasis sólo en lo que anuncia o adelanta. De entrada, el rigor de sus moldes estróficos preferidos (el soneto y la décima) denuncia todavía una voluntad de forma que no es distinta a la de los parnasistas. De otra parte, nada ajeno le fue el decadentismo, como más arriba se ha sugerido. Con mayor necesariedad se le ve volcado a simbolismo ("esa poesía que apenumbra, bosqueja, entona las sensaciones, destiñe el tono y le misteria", como escribiese), pues en tal ámbito ha de situarse últimamente esa volición suya de hacer de lo real sólo el símbolo (el facsímil, dirá en "Tertulia lunática") de sus extrañas visiones interiores, de sus alucinaciones. Y aquí sí viene lo que, en principio, se nos ofrece como más nuevo en esta poesía; porque ese facsímil herreriano no era copia literal sino inversión, distorsión, desrealización. Y de ahí, entonces, la necesidad de la imagen expresionista que él, tan decididamente, se atrevió a plantar en su verso. Pero este tipo de imagen, si bien con intención grave o dramática y aún no paródica, estaba en la literatura modernista desde sus comienzos: recuérdense las "visiones" impresionantes de Martí y los esbozos expresionistas de Gutiérrez Nájera en su prosa. En resumen: Herrera o el modernismo.

Pero hay algo más: el autor de La Torre de las Esfinges no se abre a un espíritu en rigor nuevo. Su cosmovisión sigue siendo modernista en su base, sólo que desde una pespectiva irónicamente opuesta al armonismo martiano y dariano. Octavio Paz confiesa -y lleva razón- que aun aquellos poemas de Herrera en que algunos ven "una prefiguaración de la vanguardia", a él le parecen "una amplificación caricaturesca de las delicuescencias del modernismo". Sí, con todo lo que la sugestión de la caricatura implica: crítica, ironía, deformación. Aquí está, porque sin esa crítica hubiera sido impracticable después la vanguardia, el valor histórico máximo de este poeta.

(En vida, Julio Herrera y Reissig ordenó un solo libro, Los peregrinos de piedra, que apareció póstumamente, el mismo año de su muerte. Ese libro era una compilación antológica de su obra, de la cual dejó fuera una gran parte igualmente valiosa de la misma. En la identificación de sus textos, damos, como procedencia, el título de las colecciones originales a que pertenecían, en varias de las cuales se dice que trabajaba el poeta a un mismo tiempo. Y aun en esta atribución hay que asumir un cierto margen de relatividad pues en las distintas ediciones de sus poesías completas el contenido específico de aquellas colecciones suele variar de un modo desorientador).



ALGUNAS DE SUS OBRAS



LOS PARQUES ABANDONADOS

Eufocordias

El banco del suplicio

... et puis je suis parti, pleurant comme un enfant!
Musset

A punto de dormirte bajo el ledo
suspiro del arcángel que te guía,
hirióme el corazón tu analogía
con una ingrata que olvidar no puedo.

Reclinada en el banco del viñedo,
junto al tilo de exánime apatía,
al iluso terror de que eras mía
me arrodillé con tembloroso miedo.

Partido por antiguo sufrimiento,
sobre tu frente agonicé un momento...
y cuando el sueño te aquietó en el blando

tul irreal de los deliquios suyos,
uniéronse mis labios a los tuyos,
y como un niño me alejé llorando.

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La estrella del destino

La tumba, que ensañáse con mi suerte,
me vio acercar a vacilante paso,
como un ebrio de horrores, que al acaso
gustase la ilusión de sustraerte.

En una larga extenuación inerte,
pude medir la infinidad del caso,
mientras que se pintaba en el ocaso
la dulce primavera de tu muerte.

La estrella que amparónos tantas veces,
y que arrojara, en medio de las preces,
un puñado de luz en tus despojos,

hablóme al alma, saboreando llanto:
«¡Oh hermano, cuánta vida en esos ojos
que se apagaron de alumbrarnos tanto!»

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El camino de las lágrimas

Citándonos, después de oscura ausencia,
tu alma se derretía en largo lloro,
a causa de quién sabe qué tesoro
perdido para siempre en tu existencia.

Junto a los surtidores, la presencia
semidormida de la tarde de oro,
decíate lo mucho que te adoro
y cómo era de sorda mi dolencia.

Pesando nuestra angustia y tu reproche,
toda mi alma se pobló de noche...
Y al estrecharte murmurando aquellas

remembranzas de dicha a que me amparo,
hallé un sendero matinal de estrellas,
en tu falda ilusión de rosa claro.

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La gota amarga

Soñaban con la Escocia de tus ojos
verdes, los grandes lagos amarillos;
y engarzó un nimbo de esplendores rojos
la sangre de la tarde en tus anillos.

En la bíblica paz de los rastrojos
gorjearon los ingenuos caramillos,
un cántico de arpegios tan sencillos
que hablaban de romeros y de hinojos.

¡Y dimos en sufrir! Ante aquel canto
crepuscular, escintiló tu llanto...
Viendo nacer una ilusión remota,

callaron nuestras almas hasta el fondo...
y como un cáliz angustioso y hondo
mi boca recogió la última gota.

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La sombra dolorosa

Gemían los rebaños. Los caminos
llenábanse de lúgubres cortejos;
una congoja de holocaustos viejos
ahogaba los silencios campesinos.

Bajo el misterio de los velos finos,
evocabas los símbolos perplejos,
hierática, perdiéndote a lo lejos
con tus húmedos ojos mortecinos.

Mientras unidos por un mal hermano,
me hablaban con suprema confidencia
los mudos apretones de tu mano,

manchó la soñadora transparencia
de la tarde infinita el tren lejano,
aullando de dolor hacia la ausencia.

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Luna de miel

Huyó, bajo sus velos soñadores,
la tarde. Y en los torvos carrizales
zumbaba con dulzuras patriarcales
el cuerno de los últimos pastores.

Entre columnas, ánforas y flores
y cúpulas de vivas catedrales,
gemí en tu casta desnudez rituales
artísticos de eróticos fervores.

Luego de aquella voluptuosa angustia
que dio a tu faz una belleza mustia,
surgiendo entre la gasa cristalina

tu seno apareció como la luna
de nuestra dicha y su reflejo en una
linfa sutil de suavidad felina.

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La reconciliación

Alucinando los silencios míos,
al asombro de un cielo de extrañeza;
la flébil devoción de tu cabeza
aletargó los últimos desvíos.

Con violetas antiguas, los tardíos
perdones de tus ojos mi aspereza
mitigaron. Y entonces la tristeza
se alegró como un llanto de rocíos.

Una profética efluxión de miedos,
entre el menudo aprisco de tus dedos,
como un David, el piano interpretaba.

En tanto, desde el místico occidente,
la media luna, al ver que te besaba,
entró al jardín y se durmió en tu frente.

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Decoración heráldica

Señora de mis pobres homenajes,
débote amar aunque me ultrajes.
Góngora

Soñé que te encontrabas junto al muro
glacial donde termina la existencia,
paseando tu magnífica opulencia
de doloroso terciopelo oscuro.

Tu pie, decoro del marfil más puro,
hería, con satánica inclemencia,
las pobres almas, llenas de paciencia,
que aún se brindaban a tu amor perjuro.

Mi dulce amor que sigue sin sosiego,
igual que un triste corderito ciego,
la huella perfumada de tu sombra,

buscó el suplicio de tu regio yugo,
y bajo el raso de tu pie verdugo
puse mi esclavo corazón de alfombra.

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La violeta

Y una violeta llenó
el alma de la tarde.

Morían llenos de clamor los sotos,
y érase en aquel rincón exiguo,
un misterioso malestar ambiguo
de dichas y de ayes muy remotos.

¡Oh, cartas!..., en el cenador contiguo
las dalias recordaron nuestros votos
cual si se condolieran de los rotos
castillos blancos de papel antiguo...

La tarde saturóse en la glorieta,
de tu pañuelo suave de violeta;
al par que sugiriendo tus agravios,

veló el cielo, como alma de reproche,
la violeta cordial que aquella noche
suspendí de la gracia de tus labios.

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La novicia

Surgiste, emperatriz de los altares,
esposa de tu dulce Nazareno,
con tu atavío vaporoso, lleno
de piedras, brazaletes y collares.

Celoso de tus júbilos albares,
el ataúd te recogió en su seno,
y hubo en tu místico perfil un pleno
desmayo de crepúsculos lunares.

Al contemplar tu cabellera muerta,
avivóse en tu espíritu una incierta
huella de amor. Y mientras que los bronces

se alegraban, brotaron tus pupilas
lágrimas que ignoraran hasta entonces
la senda en flor de tus ojeras lilas.

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El suspiro

Quimérico a mi vera concertaba
tu busto albar su delgadez de ondina,
con mística quietud de ave marina
en una acuñación escandinava...

Era mi pena de tu dicha esclava;
y en una loca nervazón divina,
el tropel de una justa bizantina
en nuestro corazón tamborilaba...

Strauss soñó desde el atril del piano
con la sabia epilepsia de tu mano...
¡Mendigo del azul que me avasalla

-en el hosco trasluz de aquel retiro-
de la noche oriental de tu pantalla
bajó en silencio mi primer suspiro!...

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Consagración

Surgió tu blanca majestad de raso,
toda sueño y fulgor, en la espesura;
y era en vez de mi mano -atenta al caso
mi alma quien oprimía tu cintura...

De procaces sulfatos, una impura
fragancia conspiraba a nuestro paso,
en tanto que propicio a tu aventura
llenóse de amapolas el ocaso.

Pálida de inquietud y casto asombro,
tu frente declinó sobre mi hombro...
Uniéndome a tu ser, con suave impulso,

al fin de mi especioso simulacro,
de un largo beso te apuré convulso,
¡hasta las heces, como un vino sacro!

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El enojo

Todo fue así: Sahumábase de lilas
y de heliotropo el viento en tu ventana;
la noche sonreía a tus pupilas,
como si fuera su mejor hermana...

Mi labio trémulo y tu rostro grana
tomaban apariencias intranquilas,
fingiendo tú mirar por la persiana,
y yo, soñar al son de las esquilas.

¡Vibró el chasquido de un adiós violento!...
Cimbraste a modo de una espada al viento;
y al punto en que iba a desflorar mi tema,

gallardamente, en ritmo soberano,
desenvainada de su guante crema,
como una daga, me afrentó tu mano.

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La última carta

Con la quietud de un sincope furtivo,
desangróse la tarde en la vertiente,
cual si la hiriera repentinamente
un aneurisma determinativo...

Hurló en el bosque un pájaro cautivo
de la fascinación de una serpiente;
y una cabra enigmática, en la fuente,
describió como un signo negativo.

En su vuelo espectral de alas hurañas,
la noche se acordó de tus pestañas...
¡Y en tanto que atiplaban mi vahído

las gracias de un billete perfumado,
ofició la veleta del tejado
el áspero responso de tu olvido!

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Rendición

Evidenciaban en moderna gracia
tu fina adolescencia de capullo,
el corpiño y la falda con orgullo
ceñidos a tu esbelta aristocracia.

Henchíase tu alma de la audacia
de la Naturaleza y del murmullo
erótico del mar, y era un arrullo
el vago encanto de tu idiosincracia...

Lució la tarde, ufana de tu moño,
ojeras lilas, en toilette de otoño...
Ante el crespo Neptuno de la fuente,

en el cielo y tu faz brotaron rosas
mientras, como dos palmas fervorosas,
rindiéronse tus manos, dulcemente...

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Anima clemens

Palomas lilas entre los alcores,
gemían tus nostalgias inspiradas;
y en las ciénagas, de astro ensangrentadas,
corearon su maitín roncos tenores.

En los castillos y en los miradores,
encendía el ocaso cuentos de hadas;
y aparecía, al son de agrias tonadas,
el gesto oscuro de los leñadores.

Como una buena muerte, sin angustia
durmióse el día, violeta mustia...
En tan propicia media luz de olvido,

naufragaron tus últimos lamentos,
mientras, en los cortijos soñolientos,
rebotaba de pronto algún ladrido...

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El sauce

A mitad de mi fausto galanteo,
su paraguas de sedas cautelosas
la noche desplegó, y un lagrimeo
de estrellas, hizo hablar todas las cosas...

Erraban las Walkirias vaporosas
de la bruma, y en cósmico mareo
parecían bajar las nebulosas
al cercano redil del pastoreo...

En un abrazo de postrero arranque,
caímos en el ángulo del bote...
Y luego que llorando ante el estanque

tu invicta castidad se arrepentía,
¡el sauce, como un viejo sacerdote,
gravemente inclinado nos unía...

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La fuga

Temblábamos al par... En el austero
desorden que realzaba tu hermosura,
acentuó tu peinado su negrura
inquietante de pájaro agorero...

¡Nadie en tus ojos vio el enigma, empero
calló hasta el mar en su presencia oscura!
Inaccesible y ebria de aventura,
entre mis brazos te besó el lucero.

Apenas subrayó el esquife vago
su escuálida silueta sobre el lago,
te sublimaron trágicos sonrojos...

Sacramentó dos lágrimas postreras
mi beso al consagrar sobre tus ojos.
¡Y se durmió la tarde en tus ojeras!...

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Expiación

Errando en la heredad yerma y desnuda,
donde añoramos horas tan distintas,
bajo el ciprés, nos remordió una aguda
crisis de cosas para siempre extintas...

Vistió la tarde soñadoras tintas,
a modo de romántica viuda;
¡y al grito de un -piano entre las quintas,
rompimos a llorar, ebrios de duda!

Llorábamos los íntimos y aciagos
muertos, que han sido nuestros sueños vagos...
Por fin, a trueque de glacial reproche,

sembramos de ilusión aquel retiro;
¡y graves, con el último suspiro,
salimos de la noche, hacia la noche!...

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Sepelio

Mirándote en lectura sugerente,
llegué al epílogo de mis quimeras;
tus ojos de palomas mensajeras
volvían de los astros, dulcemente...

Tenía que decirte las postreras
palabras, y callé espantosamente;
tenía que llorar mis primaveras,
y sonreí, feroz... indiferente...

La luna, que también calla su pena,
me comprendió como una hermana buena...
Ni una inquietud, ni un ademán, ni un modo;

un beso helado... una palabra helada.
Un beso, una palabra, eso fue todo:
¡todo pasó sin que pasase nada!...

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Amor sádico

Ya no te amaba, sin dejar por eso
de amar la sombra de tu amor distante.
Ya no te amaba, y sin embargo el beso
de la repulsa nos unió un instante...

Agrio placer y bárbaro embeleso
crispó mi faz, me demudó el semblante.
Ya no te amaba, y me turbé, no obstante,
como una virgen en un bosque espeso.

Y ya perdida para siempre, al verte
anochecer en el eterno luto,
-mudo el amor, el corazón inerte-,

huraño, atroz, inexorable, hirsuto...
¡Jamás viví como en aquella muerte,
nunca te amé como en aquel minuto!

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Color de sueño

Anoche vino a mí, de terciopelo;
sangraba fuego de su herida abierta;
era su palidez de pobre muerta
y sus náufragos ojos sin consuelo...

Sobre su mustia frente descubierta
languidecía un fúnebre asfodelo.
Y un perro aullaba, en la amplitud de hielo,
al doble cuerno de una luna incierta...

Yacía el índice en su labio, fijo
como por gracia de hechicero encanto,
y luego que, movido por su llanto,

quién era, al fin, la interrogué, me dijo:
-Ya ni siquiera me conoces, hijo:
¡si soy tu alma que ha sufrido tanto!..

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LAS CAMPANAS SOLARIEGAS

La muerte del pastor

Balada eglógica

Infelix o semper, oves, pecus...
Virgilio

I

Se lo dijo a la fontana
el llanto de una aldeana;
ya el carrizal no lo duda,
que oyó gemir al Poeta.
Todo, todo lo trasuda:
el sauce y la mejorana...
Es bien cierto: ¡Pobre nieta!...

Lo cuenta en su lengua ruda
la Soledad rusticana;
lo deplora la campana
desde la Ermita desnuda,
la zampoña que está muda,
la flauta y la pandereta,
y hasta el cielo que interpreta
una gran tristeza humana...
¡Pobre nieta!...
¡Pobre abuelo!...

Hay un gran beso de duelo
en la quietud del ambiente,
Murió el pastor: ¡quién lo duda!
Desde la Ermita hasta el Huerto,
la montaña lentamente
se está vistiendo de viuda...

¡Es cierto, es cierto!
Ya todos saben que ha muerto
el mozo de la carreta...
Por el camino violeta
su corazón va llorando
como un cordero inexperto:
¡Armando! ¡Armando!...

El alma de las montañas
de sugestiones tranquilas,
mira con penas hurañas,
aquellas claras pupilas
que en el camino violeta
lloran con lágrimas lilas.
Muda está la pandereta,
mudas están las esquilas,
ya nadie emboca las cañas
desde que Armando está ausente,
en tanto que las montañas
miran pasar lentamente
aquellas vagas pupilas
que, tarde a tarde, intranquilas
van a llorar a la fuente...

¡Cuánto tarda la carretal
¡Armando! ¡Armando!...
Van sus ojos escrutando
por el camino violeta...

Por el camino violeta
va la pastora llorando,
sin rumbo, no tiene mando
su voluntad incompleta...
-¿Llora acaso por Armando,
el mozo de la carreta?
¿Adónde van sus pupilas?

Por el camino violeta
va la pastora dejando
su alma en lágrimas lilas.
¡Armando! ¡Armando!...

¿Murió su pastor? ¿Es cierto?
Ella interroga a la vieja
choza y al campo desierto,
a la distancia bermeja
y hasta al porfiado pedrisco...
A la retama, al lentisco,
a la vaguedad perpleja
del horizonte incierto,
al palomar, al aprisco,
al buey y al cardal arisco,
al asno, a la comadreja,
a la congoja del Huerto,
al búho rapaz que bizco
un mito burlón semeja...
Y todo lo grita: ¡ha muerto!...

¡Armando! ¡Armando!
Su corazón va llorando
como un cordero inexperto...


II

Cruza junto al Adivino,
junto al Sabio y al Poeta,
no se fija en el pollino
del anciano Anacoreta,
y atraviesa la meseta,
bajo el misterio opalino
de aquella tarde secreta...
-¿Adónde va? ¿Qué la inquieta?
Ya la perdieron de vista
las cabañas lugareñas,
el pañuelo de batista
que de lejos le hizo señas,
el sonámbulo molino
y hasta el estanque amatista
donde termina el camino...

Va sin rumbo, soñadora,
por el camino violeta,
la pastora...;
¿Por qué llora?
¿Desde cuándo?
¿Adónde va? ¿Qué la inquieta?
Hoy se tarda más que nunca la carreta.
¡Armando! ¡Armando!...

El aire es de terciopelo.
Por el camino violeta,
cual a través de una grieta
se ve cómo piensa el cielo.
En el umbral el abuelo
está esperando a su nieta,
tiene en la mano un pañuelo
y en los ojos el consuelo
de una lágrima secreta...
Desde que partió la nieta,
llora a menudo el abuelo,
y por un ceño de hielo
se encuentra ¡ay Dios! obsedido.
Él hace, con su pañuelo,
señas al Sabio, al Poeta,
a la inválida carreta
de andar penoso y dolido,
a la corneja, al mochuelo
y al misterioso cometa
que, hace noches, desde el cielo
le está diciendo: ¿Y tu nieta?
¡Mal año tienes, abuelo!...

No es esa, no, la carreta
que tú esperabas, ni el vuelo
de aquellas cornejas grises
te traerá de los países
tenebrosos a tu nieta...
¡Pobre abuelo!... ¡Pobre nieta!...
Ya no verás la carreta
por el atajo vecino,
ya no oirás la pandereta,
ni comerás del tocino
que te brindara tu nieta...
Ya ni el Sabio ni el Poeta
podrán darte algún consuelo,
ya no tendrás otro abrigo
que la lámpara del cielo,
ni tendrás más fiel amigo
que el pobre perro mendigo
que fue en un tiempo de Armando,
y que ha de venir llorando
a consolarse contigo.
¡Armando! ¡Armando!...


III

El aire es de terciopelo...
Por el sendero vecino
llega el eco mortecino
de voces graves; el cielo
tiene un ensueño opalino...
A la vera del camino,
el Sabio y el Adivino
conversan con el Poeta
sobre el Amor y el Destino...

De repente, el Adivino,
después de invocar al Cielo,
solemnizó: -¡Pobre Armando!...
¡Es un secreto divino!...
Dios sabe... -y sobre el pañuelo
se inclinó un rato llorando...
Dice el Sabio: -¡Qué saeta
tuvo el ingrato destino!...
-¡Cierto! -reza el Adivino-
¡era virtuoso, era blando!...
Dice a su turno al Poeta:
-¡Hemos perdido un amigo!...
Mientras el perro mendigo
se acerca al grupo ladrando,
¡Armando! ¡Armando!

Hoy no viene la carreta...
¡Qué desolación secreta
tiene la tarde en el Huerto!
¡Adónde irá la pastora!
¿Se habrá extraviado, que llora
como un cordero inexperto?...

IV
A la orilla de un camino
que frecuentó por su infancia,
oye el rumor campesino
de una antigua resonancia...
Es el pino, el viejo pino,
que le murmura temblando:
-¿Qué es de la vida de Armando?
¿Cuál ha de ser tu destino?
¡Armando! ¡Armando!

En una de esas mañanas,
de esas mañanas muy blancas,
que parecen tener francas
ingenuidades de hermanas...
En una de esas mañanas,
al pie de ese mismo pino,
se dieron el primer beso
y partieron su destino
con una sola palabra,
¡mientras partieron el queso,
el pan, la leche de cabra,
la miel y las avellanas!...
En una de esas mañanas...

El perejil y el hinojo,
el romero y el tomillo,
lamen el ruedo sencillo
de su trajecito rojo;
y por el vago rastrojo
y el carrizal amarillo,
llega Lux, el perro cojo
que perdió a su pastorcillo.
¡Armando! ¡Armando!...

¿Cómo lo ha perdido y cuándo,
de qué suerte? Lux lo ignora,
pero aúlla y lo deplora
y al presentir la pastora,
brizna a brizna rastreando,
corre a su encuentro, la implora,
pregúntale por Armando,
si es que murió, cómo y cuándo,
y se arrodilla y lo llora.
¡Armando! ¡Armando!...

-¿Adónde fue el pastorcillo?
-¿Adónde irá la pastora?
-¿Qué será del perro cojo?
El Adivino lo ignora,
y también el ruedo rojo,
¡y el perejil y el tomillo!


V

Nunca vendrá la carreta...
Ya no se oyen las tranquilas
dulzuras del caramillo;
y el crepúsculo amarillo
cuenta una historia secreta...
Muertas están las esquilas,
colgada la pandereta...

¡Sólo gime la campana
desde la Ermita desnuda,
bajo el cielo que concreta
una gran tristeza hermana!...
Mas, ciertas noches, no hay duda,
cuenta la grey rusticana,
suele verse una carreta
y detrás una serrana
tocando la pandereta,
por el camino violeta
que conduce a la fontana...

-¡Adiós, mañanas tranquilas!
¡Oh, qué destino nefando!
-Dizque Hora la silueta,
siempre andando, siempre andando.

-¿Qué ven sus glaucas pupilas?
¿Adónde marcha sin mando
su voluntad incompleta?...

Por el camino violeta
va la pastora dejando
su alma en lágrimas lilas,
¡Armando!... ¡Armando!...

Otoño, de Los éxtasis de la montaña


" La druídica pompa de la selva se cubre
de una gótica herrumbre de silencio y estragos;
y Cibeles esquiva su balsámica ubre,
con un hilo de lágrimas en los párpados vagos...

Sus cabellos de místico azafrán llora Octubre
en los lívidos ojos de muaré de los lagos.
Las cigüeñas exodan. Y los búhos aciagos
ululan la mofa de un presagio insalubre...

Tras de la cabalgata de metal, las traíllas
ladran a las casacas rojas y a las hebillas...
El cuerno muge. Todo ríe de austera corte.

El abuelo Silencio trémulo se solaza...
Y zumba la leyenda ecuestre de la caza
en medio de un hierático crepúsculo del Norte. "

LOS ÉXTASIS DE LA MONTAÑA
Eglogánimas

El despertar


Alisia y Cloris abren de par en par la puerta
y torpes, con el dorso de la mano haragana,
restréganse los húmedos ojos de lumbre incierta,
por donde huyen los últimos sueños de la mañana

La inocencia del día se lava en la fontana,
el arado en el surco vagaroso despierta
y en torno de la casa rectoral, la sotana
del cura se pasea gravemente en la huerta...

Todo suspira y ríe. La placidez remota
de la montaña sueña celestiales rutinas.
El esquilón repite siempre su misma nota

de grillo de las cándidas églogas matutinas.
Y hacia la aurora sesgan agudas golondrinas
como flechas perdidas de la noche en derrota.

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El regreso

La tierra ofrece el ósculo de un saludo paterno
Pasta un mulo la hierba mísera del camino
y la montaña luce, al tardo sol de invierno,
como una vieja aldeana, su delantal de lino.

Un cielo bondadoso y un céfiro tierno...
La zagala descansa de codos bajo el pino,
y densos los ganados, con paso paulatino,
acuden a la música sacerdotal del cuerno.

Trayendo sobre el hombro leña para la cena,
el pastor, cuya ausencia no dura más de un día,
camina lentamente rumbo de la alquería.

Al verlo la familia le da la enhorabuena...
Mientras el perro, en ímpetus de lealtad amena,
describe coleando círculos de alegría.

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El almuerzo

Llovió. Trisca a lo lejos un sol convaleciente,
haciendo entre las piedras brotar una alimaña
y al son de los compactos resuellos del torrente,
con áspera sonrisa palpita la campaña...

Rumia en el precipicio una cabra pendiente;
una ternera rubia salta entre la maraña,
y el cielo campesino contempla ingenuamente
la arruga pensativa que tiene la montaña.

Sobre el tronco enastado de un abeto de nieve,
ha rato que se aman Damócaris y Hebe;
uno con su cayado reanima las pavesas,

otro distrae el ocio con pláticas sencillas...
Y de la misma hortera comen higos y fresas,
manjares que la Dicha sazona en sus rodillas.

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La siesta

No late más un único reloj: el campanario,
que cuenta los dichosos hastíos de la aldea,
el cual, al sol de enero, agriamente chispea,
con su aspecto remoto de viejo refractario...

A la puerta, sentado se duerme el boticario...
En la plaza yacente la gallina cloquea
y un tronco de ojaranzo arde en la chimenea,
junto a la cual el cura medita su breviario.

Todo es paz en la casa. Un cielo sin rigores,
bendice las faenas, reparte los sudores...
Madres, hermanas, tías, cantan lavando en rueda

las ropas que el domingo sufren los campesinos...
Y el asno vagabundo que ha entrado en la vereda
huye, soltando coces, de los perros vecinos.

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La velada

La cena ha terminado: legumbres, pan moreno
y uvas aún lujosas de virginal rocío...
Rezaron ya. La Luna nieva un candor sereno
y el lago se recoge con lácteo escalofrío.

El anciano ha concluido un episodio ameno
y el grupo desanúdase con un placer cabrío...
Entre tanto, allá fuera, en un silencio bueno,
los campos demacrados encanecen de frío.

Lux canta. Lidé corre. Palemón anda en zancos.
Todos ríen... La abuela demándales sosiego.
Anfión, el perro, inclina, junto al anciano ciego,

ojos de lazarillo, familiares y francos...
Y al son de las castañas que saltan en el fuego
palpitan al unísono sus corazones blancos.

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El alba

Humean en la vieja cocina hospitalaria
los rústicos candiles... Madrugadora leña
infunde una sabrosa fragancia lugareña;
y el desayuno mima la vocación agraria...

Rebota en los collados la grita rutinaria
del boyero que a ratos deja la yunta y sueña...
Filis prepara el huso. Tetis, mientras ordeña,
ofrece a Dios la leche blanca de su plegaria.

Acongojando el valle con sus beatos nocturnos,
salen de los establos, lentos y taciturnos,
los ganados. La joven brisa se despereza...

Y como una pastora, en piadoso desvelo,
con sus ojos de bruma, de una dulce pereza,
el Alba mira en éxtasis las estrellas del cielo.

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La vuelta de los campos

La tarde paga en oro divino las faenas...
Se ven limpias mujeres vestidas de percales,
trenzando sus cabellos con tilos y azucenas
o haciendo sus labores de aguja en los umbrales.
Zapatos claveteados y báculos y chales...
Dos mozas con sus cántaros se deslizan apenas.
Huye el vuelo sonámbulo de las horas serenas.
Un suspiro de Arcadia peina los matorrales...

Cae un silencio austero... Del charco que se nimba
estalla una gangosa balada de marimba.
Los lagos se amortiguan con espectrales lampos,

las cumbres, ya quiméricas, corónanse de rosas...
Y humean a lo lejos las rutas polvorosas
por donde los labriegos regresan de los campos.

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La huerta

Por la teja inclinada de las rosas techumbres
descienden en silencio las horas... El bochorno
sahúma con bucólicas fragancias el contorno
ufano como nunca de vistosas legumbres.

Hécuba diligente da en reparar las lumbres...
Llegan por el camino cánticos de retorno.
Iris, que no ve casi, abandona su torno,
y suspira a la tarde, libre de pesadumbres.

Oscurece. Una mística Majestad unge el dedo
pensativo en los labios de la noche sin miedo...
No llega un solo eco, de lo que al mundo asombra,

a la almohada de rosas en que sueña la huerta...
Y en la sana vivienda se adivina la sombra
de un orgullo que gruñe como un perro a la puerta.

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Claroscuro

En el dintel del cielo llamó por fin la esquila.
Tumban las carrasqueñas voces de los arrieros
que el eco multiplica por cien riscos y oteros,
donde laten bandadas de pañuelos en fila...

El humo de las chozas sube en el aire lila;
las vacas maternales ganan por los senderos;
y al hombro sus alforjas, leñadores austeros,
tornan su gesto opaco a la tarde tranquila...

Cerca del Cementerio -más allá de las granjas-,
el crepúsculo ha puesto largos toques naranjas.
Almizclan una abuela paz de las Escrituras

los vahos que trascienden a vacunos y cerdos...
Y palomas violetas salen como recuerdos
de las viejas paredes arrugadas y oscuras.

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La iglesia

En un beato silencio el recinto vegeta.
Las vírgenes de cera duermen en su decoro
de terciopelo lívido y de esmalte incoloro;
y San Gabriel se hastía de soplar la trompeta...

Sedienta, abre su boca de mármol la pileta.
Una vieja estornuda desde el altar al coro...
Y una legión de átomos sube un camino de oro
aéreo, que una escala de Jacob interpreta.

Inicia sus labores el ama reverente.
Para saber si anda de buenas San Vicente
con tímidos arrobos repica la alcancía...

Acá y allá maniobra después con un plumero,
mientras, por una puerta que da a la sacristía,
irrumpe la gloriosa turba del gallinero.

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El cura

Es el cura... Lo han visto las crestas silenciarías,
luchando de rodillas con todos los reveses,
salvar en pleno invierno los riesgos montañeses
o trasponer de noche las rutas solitarias.

De su mano propicia, que hace crecer las mieses,
saltan como sortijas gracias involuntarias;
y en su asno taumaturgo de indulgencias plenarias,
hasta el umbral del cielo lleva a sus feligreses...

El pase del hisopo al zueco y la guadaña;
él ordeña la pródiga ubre de su montaña
para encender con oros el pobre altar de pino;

de sus sermones fluyen suspiros de albahaca;
el único pecado que tiene es un sobrino...
Y su piedad humilde lame como una vaca.

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La llavera

Viste el hábito rancio y habla ronco en voz densa;
sigue un perro la angustia de su sombra benigna;
mascullando sus votos, reverente, consigna
un espectro achacoso de rutina suspensa...

Al repique doméstico de sus llaves, se piensa
en las brujas de Rembrandt... sin embargo, es tan digna
que Luzbel la chamusca, por lo cual se persigna
y con aguas benditas neutraliza su ofensa...

Ella sabe la historia de los Santos Patrones,
de Syllabus, de ritos y de Kirieleysones...
Ella sufre nostalgias sordas del Santo Oficio.

En la gloria del Padre será libre de expurgo.
Y se tiene por cierto que en la Noche del Juicio
dará fe de los buenos moradores del burgo...

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El consejo

El astrónomo, el vate y el mentor se han reunido...
La montaña recoge la polémica agreste;
y en el aire sonoro de campana celeste,
las tres voces retumban como un solo latido.

Conjeturan fiebrosos del principio escondido...
Luego el mago predice la miseria y la peste;
el poeta improvisa, mientras, vuelto al Oeste,
el astrónomo anuncia que en Hispania ha llovido.

Ebrios de la divina majestad del tramonto,
los discursos se agravan.,. Es ya noche. De pronto,
arde en fuga una estrella... interrogan sus rastros

cual mil ojos abiertos al Enigma Infinito:
se hace triple el silencio del consejo erudito...
Dedos entre la sombra se alzan hacia los astros.

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La noche

La noche en la montaña mira con ojos viudos
de cierva sin amparo que vela ante su cría;
y como si asumieran un don de profecía,
en un sueño inspirado hablan los campos rudos.

Rayan el panorama, como espectros agudos,
tres álamos en éxtasis... Un gallo desvaría,
reloj de medianoche. La grave luna amplía
las cosas, que se llenan de encantamientos mudos.

El lago azul de sueño, que ni una sombra empaña,
es como la conciencia pura de la montaña...
A ras del agua tersa, que riza con su aliento,

Albino, el pastor loco, quiere besar la luna.
En la huerta sonámbula vibra un canto de cuna...
Aúllan a los diablos los perros del convento.

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El ángelus

Salpica, se abre, humea, como la carne herida,
bajo el fecundo tajo, la palpitante gleba;
al ritmo de la yunta tiembla la corva esteva,
y el vientre del terruño se despedaza en vida.

Ímproba y larga ha sido como nunca la prueba...
La mujer, que afanosa preparó la comida,
en procura del amo viene como abstraída,
dando al pequeño el tibio, dulce licor que nieva.

De pronto, a la campana, todo el valle responde:
la madre de rodillas su casto seno esconde;
detiénese el labriego y se descubre, y arde

su mirada en la súplica de piadosos consejos...
Tórnanse al campanario los bueyes. A lo lejos
el estruendo del río emociona la tarde.

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Las horas graves

Sahúmase el villaje de olores a guisados;
el párroco en su mula pasa entre reverencias;
laten en todas partes monótonas urgencias,
al par que una gran calma inunda los sembrados.

Niñas en las veredas cantan... En los porfiados
cascotes de la vía gritan las diligencias,
mientras en los contornos zumba hacia las querencias,
el cuerno de los viejos pastores rezagados.

Lilas, violadas, lóbregas, mudables como ojeras,
las rutas, poco a poco, aparecen distintas;
cuaja un silencio oscuro, allá por las praderas

donde cantando el día se adormeció en sus tintas...
Y adioses familiares de gritas lastimeras
se cambian al cerrarse las puertas de las quintas.

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La flauta

Tirita entre algodones húmedos la arboleda...
La cumbre está en un blanco éxtasis idealista;
y en brutos sobresaltos, como ante una imprevista
emboscada, el torrente relinchando rueda.

Todo es grave... En las cañas sopla el viento flautista.
Mas súbito, rompiendo la invernal humareda,
el sol, tras de los montes, abre un telón de seda,
y ríe la mañana de mirada amatista.

Cien iluminaciones, en fluidos estambres,
perlan de rama en rama, lloran de los alambres...
Descuidando el rebaño, junto al cauce parlero,

Upilio se confía dulcemente a su flauta,
sin saber que de amores, tras un álamo, incauta,
contemplándole Filida muere como un cordero.

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Los perros

El olivo y el pozo... Dormida una aldeana
en el brocal... A un lado la senda viajadora,
y un hombre paso a paso: todo lo que a la hora
suspira una evangélica gracia samaritana...

El sol es, miel, la brisa pluma y el cielo pana...
Y el monte, que una eterna candidez atesora,
ríe como un abuelo a la joven mañana,
con los mil pliegues rústicos de su cara pastora.

Pan y frutas: ingenuos desayunos frugales.
Mientras que los pastores huelgan de sus pradiales
fatigas o se lavan en los remansos tersos,

maniobran hacia el valle de tímpanos agudos
los celosos instintos de los perros lanudos,
de voz ancha, que integran los ganados dispersos.

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Idilio

La sombra de una nube sobre el césped recula...
Aclara entre montañas rosas la carretera
por donde un coche antiguo, de tintinante mula,
llena de ritornelos la tarde placentera.

Hundidos en la hierba gorda de la ribera,
los vacunos solemnes satisfacen su gula;
y en lácteas vibraciones de ópalo, gesticula
allá, bajo una encina, la mancha de una hoguera.

Edipo y Diana, jóvenes libres de la campiña,
hacen testigo al fuego de sus amores sabios;
con gestos y pellizcos recélanse de agravios;

mientras él finge un largo mordisco, ella le guiña:
y así las horas pasan en su inocente riña,
como una suave pluma por unos bellos labios.

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Ebriedad

Apurando la cena de aceitunas y nueces,
Luth y Cloe se cambian una tersa caricia;
beben luego en el hoyo de la mano, tres veces,
el agua azul que el cielo dio a la estación propicia.

Del corpiño indiscreto, con ingenua malicia,
ella deja que alumbren púberas redondeces.
Y mientras Luth en éxtasis gusta sus embriagueces,
Cloe los bucles pálidos del amante acaricia.

Anochece. Una bruma violeta hace vagos
el aprisco y la torre, la montaña y los lagos...
Sofocados de dicha, de fragancias y trinos,

ella calla y apenas él suspírala: ¡Oh Cloe!
¡Mas de pronto se abrazan al sentir que un oboe
interpreta fielmente sus silencios divinos!

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Las madres

Verde luz y heliotropo en los amplios confines...
El cielo, paso a paso, deviénese incoloro;
en la fuente decrépita iza un iris canoro
la escultura musgosa de los cuatro delfines.

Suena, de roca en roca, sus cándidos trintrines
la vagabunda esquila del rebaño, y en coro,
ante Dios que retumba en la tarde, urna de oro,
los charcos panteístas entonan sus maitines.

Y a grave paso acuden, por los senderos todos,
gentes que rememoran los antiguos éxodos:
mujeres matronales de perfiles oscuros,

cuyas carnes a trébol y a tomillo trascienden,
ostentando el pletórico seno de donde penden
sonrosados infantes, como frutos maduros.

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Los carros

Mucho antes que el agrio gallinero, acostumbra
a cantar el oficio de la negra herrería,
husmea el boticario, abre la barbería...
En la plaza hay tan sólo un farol (que no alumbra).

A través de la sórdida nieve que apesadumbra,
los bueyes del cortijo aran la cercanía,
y en gesto de implacable mala estación, el guía
salpica de improperios rurales la penumbra.

Mientras, duerme la villa señorial... Los amores
de la fuente se lavan en su mármol antiguo;
y bajo el candoroso astro de los pastores,

ungiendo de añoranzas el sendero contiguo,
pasan silbidos lentos y aires de tiempo ambiguo,
en tintinambulantes carros madrugadores.

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La dicha

Todas -blancas ovejas fieles a su pastora-
recogidas en torno del modesto santuario,
agrúpanse las pobres casas del vecindario,
en medio de una dulce paz embelesadora.

La buena grey asiste a la misa de aurora...
Entran gentes oscuras, en la mano el rosario;
bendiciendo a los niños, pasa el pulcro vicario
y detrás la llavera, siempre murmuradora...

Se come el santuario musgoso la borrica
del doctor, que indignado un sochantre aporrea.
Transparente, en la calle principal, la botica

sugestiona a las moscas la última panacea.
Y a «ras» de su cuchillo cirujano, platica
el barbero intrigante: folletín de la aldea.

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Buen día

«Do re mi fa» de un piano de vidrio en el follaje...
Regálase la brisa de un sacro olor a hinojos;
y protegiendo el dulce descanso del villaje
vela el paterno cielo con un billón de ojos...

Lumbres en la montaña vuelcan sobre el paisaje
claroscuros cromáticos y vagos infra-rojos;
pulula en monosílabos crescendos un salvaje
rumor de insectos; ladran perros en los rastrojos.

De súbito, el sereno, en trasnochado canto,
pregona: «¡Son las cinco!» Tal como por encanto,
de gárrulas comadres y vírgenes curiosas

reviven los umbrales; y noche todavía,
cruzan de boca en boca los ingenuos «buen día»
como hilos de alegre rocío entre las rosas.

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El secreto

Se adoran. Timo atiende solícita al gobierno
de su casuca blanca. Bion, a sus pocas reses.
Y bajo la tutela de días sin reveses,
Amor retoza y medra como un cabrito tierno.

Con casta dicha, Timo, en el claustro materno,
siente latir un nuevo corazón de tres meses...
Y sueña, en sus oscuros arrobos montañeses,
que la penetra un rayo del Dinamismo Eterno.

Ante el amante, presa de ardores purpurinos,
se turba y el secreto tiembla en sus labios rojos:
huye, torna, sonríe, se oculta entre los pinos...

Bion calla, pero apenas descifra sus sonrojos
la estrecha, y en un beso pone el alma en sus ojos
donde laten los últimos ópalos vespertinos.

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El domingo

Te anuncia un ecuménico amasijo de hogaza,
que el instinto del gato incuba antes que el horno.
La grey que se empavesa de sacrílego adorno
te sustancia en un módico pavo real de zaraza...

Un rezongo de abejas beatifica y solaza
tu sopor, que no turban ni la rueca ni el torno...
Tú irritas a los sapos líricos del contorno;
y plebeyo te insulta doble sol en la plaza...

¡Oh domingo! La infancia de espíritu te sueña,
y el pobre mendicante que es el que más te ordeña...
Tu genio bueno a todos cura de los ayunos,

la Misa te prestigia con insignes vocablos,
¡ y te bendice el beato rumiar de los vacunos
que sueñan en el tímido Bethlem de los establos!...

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Panteo

Sobre el césped mullido que prodiga su alfombra,
Job, el Mago de acento bronco y de ciencia grave,
vincula a las eternas maravillas su clave,
interroga a los astros y en voz alta les nombra...

Él discurre sus signos... Él exulta y se asombra
al sentir en la frente como el beso de un ave,
pues los astros le inspiran con su aliento suave,
y en perplejas quietudes se hipnotiza de sombra.

Todo lo insufla. Todo lo desvanece: el hondo
silencio azul, el bosque, la Inmensidad sin fondo...
Transubstanciado él siente como que no es el mismo,

y se abraza a la tierra con arrobo profundo...
Cuando un grito, de pronto, estremece el abismo:
¡y es que Job ha escuchado el latido del mundo!

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La misa cándida

Jardín de rosa angélico, la tierra guipuzcoanal
Edén que un Fra Doménico soñara en acuarelas...
Los hombres tienen rostros vírgenes de manzana,
y son las frescas mozas óleos de antiguas telas.

Fingen en la apretura de la calleja aldeana,
secretearse las casas con chismosas cautelas,
y estimula el buen ocio un trin-trin de campana,
un pum-pum de timbales y un fron-fron de vihuelas.

¡Oh campo siempre niño! ¡Oh patria de alma proba!
Como una virgen, mística de tramonto, se arroba...
Aves, mar, bosques: todo ruge, solloza y trina

las Bienaventuranzas sin código y sin reyes...
Y en medio a ese sonámbulo coro de Palestrina,
oficia la apostólica dignidad de los bueyes!

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La zampoña

Lux no alisa el corpiño, ni presume en la moña;
duda y calla cruelmente, y en adustos hastíos
sus encantos se apagan con dolientes rocíos,
y su alma en precoces desalientos, otoña.

Job también hace tiempo receloso emponzoña
sus ariscos afectos con presuntos desvíos.
Y a la luna y durante los ocasos tardíos,
da en contar sus dolencias a la buena zampoña.

En casa, las amigas de Lux le hacen el santo,
la obsequian y la adulan... Bulle la danza, en tanto
Lux ríe. Su hermosura esa noche destella...

¡Mas de pronto se vuelve con nervioso desvelo,
la cabeza inclinada y los ojos al cielo,
pues ha oído que llora la zampona por ella!

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La escuela

Bajo su banderola pertinente, la escuela
bate con aleluyas de gorrión lugareño;
y chatos de modorra, endosados a un leño,
unos tristes jamelgos dicen de la clientela...

Desde el pupitre, rígido el preceptor recela
por el decoro unánime... mas, estéril empeño,
amasando el «morrongo» cabecea su sueño,
lo que escurre conatos sordos de francachela.

Entona su didáctica de espesas digestiones,
a cada rato un riego enorme de oraciones...
Aunque, a decir lo justo, su ciencia es harto exigua;

la palmeta y la barba le hacen expeditivo...
Y entre la grey atónita, dómine equitativo,
rebaña su mirada llena de luz antigua.

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Galantería ingenua

A través de la bruma invernal y del limo,
tras el hato, Fonoe cabra la senda terca;
mas de pronto, un latido dícele que él se acerca...
Y, en efecto, oye el silbo de Melampo su primo.

A la llama, el coloquio busca sabroso arrimo;
luego inundan sus fiebres en la miel de la alberca;
hasta que la incitante fruta de ajena cerca
les brinda la luz verde dulce de su racimo.

Después ríen... ¡de nada! ¿para qué tendrán boca?
Y por fin -Dios lo quiso- él, de espaldas la choca
y la estriega y la burla, ya que Amor bien maltrata...

Y ella en púdicas grimas, con dignidades tiernas
de doncellez, se frunce el percal que recata
la primicia insinuante de sus prósperas piernas...

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El guardabosque

La mesnada que aúlle o la sierpe se enrosque,
vela impávido, y sólo que un mal sueño lo exija,
suspicaz corno un gato, duérmese el guardabosque
con su brazo de almohada y el buen sol por cobija...

Él se mira en su selva como un padre en su hija.
Y aunque cruja la nieve y aunque el cielo se enfosque
la primera instantánea del oriente lo fija
como a un genio hierático, Sacerdote del bosque.

Los domingos visita la cocina del noble,
y al entrar, en la puerta deja el palo de roble.
De jamón y pan duro y de lástimas toscas,

cuelga al hombro un surtido y echa a andar taciturno;
del cual comen, durante la semana, por turno
él, los gatos y el perro, la consorte y las moscas...

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El baño

Entre sauces que velan una anciana casuca,
donde se desvistieran devorando la risa,
hacia el lago, Foloe, Safo y Ceres, de prisa
se adelantan en medio de la tarde caduca.

Atreve un pie Foloe, bautizase la nuca,
y ante el espejo de ámbar arróbase indecisa;
meneando el talle, Safo respinga su camisa
y corre, mientras Ceres gatea y se acurruca...

Después de agrias posturas y esperezos felinos,
gimiendo un ¡ay! glorioso se abrazan a las ondas,
que críspanse con lúbricos espasmos masculinos...

Mientras, ante el misterio de sus gracias redondas,
Loth, Febo y David, púdicos tanto como ladinos,
las contemplan y pálidos huyen entre las frondas.

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El labrador

Cual si pluguiese al Diablo -vaya un decir- engorda
el granero vecino con la triple cosecha...
Y aunque él jura y zuequea, esta arcilla maltrecha
sigue siendo madrastra o que realmente es sorda...

Mas con todo: ¡«Aires rubios!» -tesonero barbecha-,
y bien que el medro esquivo no es una vaca gorda,
a Dios gracias la era patrimonial desborda...
cuanto para ir capeando la estación contrahecha.

Y mientras el probable rendimiento calcula,
con un pan de la víspera entretiene su gula...
Sabe un gusto a consorte en la masa harto linda,

por lo cual en domésticas bendiciones se arroba...
Y con ojos de humilde Lázaro, el terranova
atisba las migajas que a intervalos le brinda.


La granja

Monjas blancas y lilas de su largo convento,
las palomas ofician vísperas en concilio,
y ante el Sol que, custodia regia, bruñe el idilio,
arrullan el milagro vivo del Sacramento...

Una vil pesadumbre, solemne en su aspaviento
suntuoso, ubica el pavo: Gran Sultán en exilio.
El disco de los cisnes sueña Renacimiento,
mármoles y serenos éxtasis de Virgilio.

Con pulida elegancia de Tenorio en desplante,
un Aramís erótico, fanfarrón y galante,
el gallo erige... ¡Oh, huerto de la dicha sin fiebre!

No faltan más que el agua bendita y el hisopo,
para mugir las cándidas consejas del pesebre
y cacarear en ronda las fábulas de Esopo.

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Otoño

La druídica pompa de la selva se cubre
de una gótica herrumbre de silencio y estragos;
y Cibeles esquiva su balsámica ubre,
con un hilo de lágrimas en los párpados vagos...

Sus cabellos de místico azafrán llora Octubre
en los lívidos ojos de muaré de los lagos.
Las cigüeñas exodan. Y los búhos aciagos
ululúan la mofa de un presagio insalubre...

Tras de la cabalgata de metal, las traíllas
ladran a las casacas rojas y a las hebillas...
El cuerno muge. Todo ríe de austera corte.

El abuelo Silencio trémulo se solaza...
Y zumba la leyenda ecuestre de la caza
en medio de un hierático crepúsculo del Norte.

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El monasterio

A una menesterosa disciplina sujeto,
él no es nadie, él no luce, él no vive, él no medra.
Descalzo en dura arcilla, con el sayal escueto,
la cintura humillada por borlones de hiedra...

Abatido en sus muros de rigor y respeto,
ni el alud, ni la peste, sólo el Diablo le arredra;
y como un perro huraño, él muerde su secreto
debajo su capucha centenaria de piedra.

Entre sus claustros húmedos, se inmola día y noche
por ese mundo ingrato que le asesta un reproche...
Inmóvil ermitaño sin gesto y sin palabras,

en su cabeza anidan cuervos y golondrinas;
le arrancan el cabello de musgo algunas cabras
y misericordi

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Julio es el menos conocido de nuestros grandes poetas, aunque en mi opinión supera largamente a otros más famosos, como Delmira. Había una persona muy sola y muy herida detrás de su imagen de dandy decadente y morfinómano.

 
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