Biografia de José Enrique Rodó y Ariel
José Enrique Rodó
Nació el 15 de julio de 1871 en Montevideo (Uruguay). Ingresó con nueve años en el Colegio Elbio Fernández. Perteneció a la llamada "generación de 1900". Diputado por el Partido Colorado en varias ocasiones, pero crítico con el batallismo oficial del presidente José Batlle y Ordóñez, se trasladó en 1916, a Europa para trabajar como corresponsal literario de Caras y Caretas. Fue cofundador de la Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales (1895-1897), y desde ese momento ejerció la crítica literaria con tolerancia y flexibilidad. Bajo el título común de La vida nueva, dio a conocer los ensayos El que vendrá (1897), La novela nueva (1897), Rubén Darío. Su personalidad literaria. Su última obra (1899) y Ariel (1900). Este último, un "sermón laico" dedicado a la juventud de América, tuvo una gran repercusión en toda la América hispánica, con su visión de los Estados Unidos como imperio de la materia o reino de Calibán, donde el utilitarismo se habría impuesto a los valores espirituales y morales, y su preferencia por la tradición grecolatina de la cultura iberoamericana. El éxito no se repitió con sus obras posteriores: Liberalismo y jacobinismo (1906), Motivos de Proteo (1909), El mirador de Próspero (1913) y las póstumas, El camino de Paros (meditaciones y andanzas) publicada en 1918 y Nuevos motivos de Proteo, en 1927.
Articulo (extraido de letras uruguay
Rodó, Maestro de Parábolas
Rodó fue el vidente de sí mismo y el pensador intenso que todos reconocen; fue el anhelante apóstol de las armonías morales fundadas en amor; fue, para las juventudes, sobre todo, para las de la familia americana en particular, el ejemplar maestro de los idealismos y las abnegaciones y las caridades: pero fue ante todo y sobre todo, y mas que todo, el artífice inimitable de su verbo; el enriqueció nuestra lengua castellana, no propiamente con nuevas voces, pero con una nueva voz; en la suya, en su voz personal, se formaron sonoridades no escuchadas aún, nuevos ritmos de la prosa castellana, que brotaban de su esencia, como nuevas revelaciones de sus tesoros y de su vida perdurable.
Juan ZORRILLA DE SAN MARTIN
La permanente actualidad de Rodó se nutre con la savia de sus parábolas. No en balde enraízan su propósito adoctrinador, en el fértil y siempre fecundo campo bíblico. Joao Pinto da Silva afirma: "José Enrique Rodó falla como um propheta da Biblia: por parábolas. Essa forma, foi a forma predilecta dos grandes conductores de povos e de espirites." (1) Gonzalo Zaldumbide, tan fino exégeta rodoniano, define con precisión: "Rodó halló en el encanto de la parábola -donde aúnan sus gracias la ficción, la moral, la poesía, la experiencia filosófica y la cordura- la imagen abreviada de su ideal y la satisfacción menos incompleta de su aspiración." (2) Y Rodó, al proyectar, en 1905, la carátula para su PROTEO, insertaba en ella, como explicación definidora, el versículo 11, del capítulo IV, del Evangelio de San Marcos, según el cual "todo se hace por vía de parábolas".(3) Pudo agregar aún, como el Rey-profeta en su salmo LXXVIII, 2: "Abriré en parábola mi boca: hablaré enigmas del tiempo antiguo."
Rodó confesó su aptitud para transformar en imagen toda idea que se cobijara en su espíritu; así se explica que las parábolas o los cuentos simbólicos con que procura objetivar sus reflexiones filosóficas, luzcan "el colorido de la descripción, la firmeza del dibujo, el cuidado de la frase y la compenetración del concepto y de la forma".(4) Del mismo modo, encuentra razón su afán de acumular datos - particularmente históricos o biográficos para reafirmar los puntos de vista de su tesis sobre la formación y transformación de la personalidad "bajo la mirada vigilante de la inteligencia y con el concurso activo de la voluntad".(5)
La permanente actualidad de Rodó se nutre con la savia de sus parábolas. No en balde enraízan su propósito adoctrinador, en el fértil y siempre fecundo campo bíblico. Joao Pinto da Silva afirma: "José Enrique Rodó falla como um propheta da Biblia: por parábolas. Essa forma, foi a forma predilecta dos grandes conductores de povos e de espirites." (1) Gonzalo Zaldumbide, tan fino exégeta rodoniano, define con precisión: "Rodó halló en el encanto de la parábola -donde aúnan sus gracias la ficción, la moral, la poesía, la experiencia filosófica y la cordura- la imagen abreviada de su ideal y la satisfacción menos incompleta de su aspiración." (2) Y Rodó, al proyectar, en 1905, la carátula para su PROTEO, insertaba en ella, como explicación definidora, el versículo 11, del capítulo IV, del Evangelio de San Marcos, según el cual "todo se hace por vía de parábolas".(3) Pudo agregar aún, como el Rey-profeta en su salmo LXXVIII, 2: "Abriré en parábola mi boca: hablaré enigmas del tiempo antiguo."
Rodó confesó su aptitud para transformar en imagen toda idea que se cobijara en su espíritu; así se explica que las parábolas o los cuentos simbólicos con que procura objetivar sus reflexiones filosóficas, luzcan "el colorido de la descripción, la firmeza del dibujo, el cuidado de la frase y la compenetración del concepto y de la forma".(4) Del mismo modo, encuentra razón su afán de acumular datos - particularmente históricos o biográficos para reafirmar los puntos de vista de su tesis sobre la formación y transformación de la personalidad "bajo la mirada vigilante de la inteligencia y con el concurso activo de la voluntad".(5)
Rodó no era un escritor repentista. Sus cláusulas por otra parte, de amplio y abundante vuelo, tienen, en apariencia, lineamientos oratorios en el propósito, frecuente, de convencer, tanto como de exponer.
El cuidado del estilo, lo que llamó "la gesta de la forma", era en él, necesidad espiritual y artística, casi diríamos, expresión poética. En muchas de sus páginas se realiza "el milagro musical de las palabras" que, según Ramón del Valle Inclán, es el único modo en que puede revelarse "el secreto de las conciencias".(6) Percibía "muy intensamente el ritmo de la prosa". Escribía "mentalmente casi sin cesar" y acaso a esto fuera debido su aire, como de sonámbulo, por las calles montevideanas. Sus borradores, felizmente propiedad inalienable del Estado, "suelen ser un montón de jirones de papel, de toda forma, especie y tamaño". La corrección y la selección implacables impuestas en el proceso constructivo de sus manuscritos inéditos, evidencia la "delectación morosa" con que trabajaba su prosa rotunda, de singular prestancia, en que florecen "las influencias más diversas del sentimiento y el lenguaje".(7) Páginas escritas antes de 1904, fueron conocidas casi treinta años después de muerto el Maestro.(8)
Sobre su modo de escribir, nadie mejor que el propio Rodó ha dicho lo que interesa saber. En carta del 2 de agosto de 1904 le escribía a Francisco García Calderón: "Mi modo de producir es caprichoso y desordenado en los comienzos de la obra. Empiezo por escribir fragmentos dispersos de ella, en el orden en que se me ocurre, saltando quizá de lo que será el fin a lo que será el principio, y de esto a lo que irá en el medio; y luego todo lo relaciono y disciplino. Entonces el orden y el método recobran sus fueros, y someto la variedad a la unidad. Al principio no veo claro el plan y desenvolvimiento de la obra. Encaro la idea de ella por la faz que primero se me presenta, y mientras voy escribiendo, el plan se va haciendo en mí. Son así simultáneas la concepción del plan y la ejecución. Para la forma soy descontentadizo y obstinado". Y completaba su información, de este modo: "... casi no puedo escribir de seguida sin tener a mi alcance un diario, periódico, o libro, que de vez en cuando tomo para palparlo, para estrujarlo (y así he echado a perder muchos inocentes volúmenes) y hasta para aspirar su aroma, si es impreso nuevo, el incomparable aroma del papel y la tinta".
En carta a Juan Francisco Piquet, escrita en Julio de 1905 - que Emir Rodríguez Monegal utiliza en su enjundioso "José E. Rodó en el Novecientos"-, Rodó confesaba: "Tengo cuadernos enteros (diez o doce) llenos de noticias y detalles biográficos, que he reunido, compulsado y organizado durante largos meses para obtener de ellos conclusiones relativas a diversos puntos de mi tesis." Precisamente, entre los documentos, celosamente guardados en el Instituto Nacional de Investigaciones y Archivos Literarios, el profesor José E. Etcheverry encontró la clave con sujeción a la cual Rodó administraba la copiosa documentación que recogía en sus innumerables lecturas. Todo esto evidencia que Rodó trabajaba su prosa como un benedictino paciente. Y las correcciones numerosas de que suelen estar plagados sus manuscritos corroboran y atestiguan de qué manera era exigente para expresar, del mejor modo, la integridad de su pensamiento, dentro de un molde en que la palabra precisa y adecuada no estuviese ausente.
Desde sus comienzos, Rodó se muestra dueño de un estilo y seguro de su expresión. Casi podría decirse que no tiene iniciación literaria. Principia a escribir y a pensar como un maestro. Concibió y concretó un pensamiento filosófico desde que inició su labor intelectual. No mostró pasado inseguro antes de asentar la secuencia de sus ideas. Sintió la urgencia de transmitir su mensaje. Por esto, gráficamente, su obra trunca se detiene en mitad de una parábola ascensional o se abre, como su pensamiento, ante una perspectiva indefinida.
Mientras los demás de sus contemporáneos salen en busca de un camino y recorren largos senderos en procura de un rumbo que, muchas veces, no llegan a encontrar, Rodó, desde que empieza a marchar, ya sabe hacia dónde conduce sus pasos. Tiene la certeza de que posee una verdad y, para exponerla y defenderla, destina el mayor número de las horas de sus años. Ni forma cenáculos, como es costumbre del ambiente; ni concurre a ellos; acaso más que por indiferencia o por egoísmo, por celo y avaricia de su tiempo. Sólo le preocupa estar al día con las manifestaciones del pensamiento contemporáneo, y por esto, tarde a tarde, en la tertulia de la librería, hojea y hojea libros recientemente llegados, cambia ideas sobre las novedades literarias y hasta asume insólita actitud crítica riéndose mientras acuna en sus manos, uno de los primeros ejemplares de "El lunario sentimental'' de Leopoldo Lugones, llegados a Montevideo ... (9) Y, sin embargo, alrededor de su nombre y por su obra, congrega el pensamiento disperso de la juventud de América, cuando comienza a conocerse en el continente el texto de la plática de Próspero. Tras el vuelo de Ariel no resonaron unánimes e inmediatos aplausos; pero, es incontestable que, a medida que van pasando los días, el "sermón laico" de Próspero deja de ser la voz profética de Rodó, para convertirse en el coro continental de la americanidad naciente.(10)
Rodó no fue ápice de una generación, porque ésta supone cierta conjunción gregaria y él fue profundamente individualista, en su vida y en su obra. Mas a su vera y en su tiempo, ¡qué conjunto de admirables escritores lució el país, para asombro del continente! Emir Rodríguez Monegal estudió el núcleo de la generación del novecientos, dentro del cual sobresale Rodó.(11) Basta recordar los otros nombres epónimos: Carlos Reyles, Julio Herrera y Reissig, Horacio Quiroga, Carlos Vaz Ferreira, Javier de Viana, María Eugenia Vaz Ferreira, Florencio Sánchez, Delmira Agustini. .. ¡Toda la literatura uruguaya en sus valores más duraderos! En esta enumeración faltan quienes dan a este Novecientos, esplendor perdurable: Eduardo Acevedo Díaz, el novelista, y Juan Zorrilla de San Martín, el poeta, que estaban en la plenitud cuando apareció ARIEL.
El contraste evidente entre las características de la ya formada personalidad de Rodó v la de sus contemporáneos, predispuso a pensar que Rodó es como un hongo solitario en el ambiente intelectual montevideano, al que nada le adeudaría, ni del que acaso pudiera ser considerado como expresión fiel. No es posible resolver con semejante simplismo, la significación de Rodó a su hora y en su tiempo. El instante en que se alza la palabra magistral de Rodó estaba grávido para las grandes expresiones perdurables. La literatura ibero-americana comenzaba una era de esplendorosa expresión. Ciertamente que, en el plano suramericano, reflorecían los jardines verlainianos, cuando ya estaban fuera de moda para el gusto francés; pero, no es menos cierto que, acaso por obra y presencia de lo telúrico continental, la literatura hispano-americana iba ofreciendo "una renovación modificada de los antiguos moldes" (12) por medio de "la correlación necesaria de la literatura al estado de alma de las generaciones nuevas".(13)
América se había caracterizado por la obra de los grandes sociólogos que, paradojalmente, planificaban para futuros hipotéticos. Hombres nutridos en la misma entraña de los problemas políticos más encrespados y violentos, soñaban con un porvenir que, más que por ellos, parecía arquitecturado por los poetas románticos. Rodó no escribe poemas de tal naturaleza. Su prosa poética toca las duras realidades y analiza, con apasionamiento de verdad, los peligros que asechan a estos pueblos indiferentes a los problemas del mundo. Rodó adivina y presiente que los Estados Unidos de Norteamérica significan una posibilidad de esclavitud para estas tierras en que los hombres se desangran en luchas fratricidas, y por ello alza el verbo de Próspero y llama a la juventud para decirle que "sin el brazo que nivela y construye no tendría paz el que sirve de apoyo a la noble frente que piensa" (14) y para asegurarle que "el presente pertenece, casi por completo, al tosco brazo -insiste y repite- que nivela y construye".(15) Rodó sabe y lo pregona, refiriéndose a los Estados Unidos de Norteamérica, que "el crecimiento de su grandeza v de su fuerza será objeto de perdurables asombros para el porvenir".(16) Los admira, quizá los teme y no los ama, porque estima que la obra sin impaciencias que puede realizarse en el mundo nuevo, permitirá avanzar y concebir "más claramente la ley moral como una estética de la conducta".(17) Así insiste en la necesidad de alcanzar la perfección individual, tanto como en la urgencia de propender a la educación colectiva; de igual manera que preconiza el culto de la energía individual que "hace de cada hombre el artífice de su destino".(18)
Todo esto nos asegura que Rodó no le dio espaldas a la realidad de la vida. Comprendió los problemas del hombre hundido en el seno de la multitud. Desde su biblioteca miró hacia la calle; pero su espíritu estaba encarnado en el hombre que sufría hambre y sed de justicia, en el obrero, del que dijo: "Ésta es una aristocracia imprescriptible, porque el obrero es, por definición, "el hombre que trabaja", es decir, la única especie de hombre que merece vivir".(19)
Pareció ser indiferente a la acción de la calle; pero, silenciosamente, supo asumir las actitudes dignas y claras que impone el decoro en la conducta. Y cuando fue necesario, salió de su retiro a decir en voz alta su pensamiento, para compartir con plena comprensión, las responsabilidades de su hora. No desconocía el interés y el estimulo que, "para el diarista de raza -y él lo era- tienen las horas de agitación y turbulencia".
Por esto, afirmó: "El verdadero hombre de diario no se adapta sin penoso esfuerzo a los ambientes bonancibles: es ave de tormenta criada para arrostrar el ímpetu de los vientos desencadenados y mojar sus alas en la hirviente espuma de las olas." (20) Rodó estimaba su labor de periodista como la obligación impuesta por el cumplimiento de un deber: "Ser escritor y no haber sido, ni aun accidentalmente, periodista, en tierra tal como la nuestra, significaría ... no haber sentido nunca repercutir dentro del alma esa voz imperiosa con que la conciencia popular llama a los que tienen una pluma en la mano, a la defensa de los intereses comunes y de los comunes derechos, en las horas de conmoción o de zozobra." (21) Y así resultó Maestro, sin proponérselo; y conductor, sin sospecharlo, cuando desarrolló la cuestión de la Democracia y planteó el problema de la libertad en el proceso de la liberación del espíritu.
Su concepto de la igualdad democrática reposaba "sobre el pensamiento de que todos los seres racionales están dotados por la naturaleza de facultades capaces de un desenvolvimiento noble".(22) De aquí que Rodó pensase "en la educación de la democracia y su reforma"(23) para implantar aristocracias de calidad -las de la virtud, del carácter y del espíritu- que permiten "establecer la superioridad de los mejores, asegurándola sobre el consentimiento libre de los asociados".(24)
En 1907, en su admirable revista "El Nuevo Mercurio", Enrique Gómez Carrillo promovió una encuesta sobre el Modernismo en Hispanoamérica. De las treinta y cuatro respuestas publicadas, una conviene destacar porque, además de ser sustantiva, procede de un escritor que tuvo y guardó con Rodó, permanente y sorprendente coincidencia de pensamiento. En la aludida contestación, Carlos Arturo Torres -que tal es el pensador- sostiene que "la repudiación del prejuicio consubstancial constituye el acto más valeroso de autonomía humana". Y al hablar de la liberación del espíritu como de "la más augusta de las liberaciones" asegura que hay una notoria diferencia "entre aquellos que han llegado a una fe nueva al través de las ordalías del acto moral preliminar de la anulación de una fe antigua, y los que, colocados en el camino, desde el principio y por circunstancias que ellos no determinaron, no conocieron la trágica zozobra de esas demoliciones y de esas edificaciones interiores".(25) La cabal formación espiritual que se advierte en la obra de Rodó, desde los comienzos, se circunscribe y ciñe, de manera sugerente, a un idéntico planteamiento del problema de la libertad que es, sin disputa, el más profundamente esencial del Hombre. Rodó insiste tesonera y tercamente en dilucidarlo para alcanzar la solución ética irreprochable y más en consonancia con la dignidad humana.
En ARIEL -pág. 33- afirma sin subterfugios: "Aun dentro de la esclavitud material, hay posibilidad de salvar la libertad interior: la de la razón y el sentimiento." Como si el sentido afirmativo del concepto no fuese claro e intergiversable, continúa casi pleonásticamente su pensamiento, diciendo: "No tratéis, pues, de justificar por la absorción de trabajo o el combate, la esclavitud de vuestro espíritu." Pocas páginas más adelante -pág. 38-, vuelve a insistir en su idea y recuerda que la escuela estoica "nos ha legado una sencilla y conmovedora imagen de la salvación de la libertad interior, aún en medio a los rigores de la servidumbre, en la hermosa figura de Cleanto; de aquel Cleanto -dice- que, obligado a emplear la fuerza de sus brazos de atleta en sumergir el cubo de una fuente y mover la piedra de un molino, concedía a la meditación las treguas del quehacer miserable y trazaba, con encallecida mano, sobre las piedras del camino, las máximas oídas de labios de Zenón."
Meses después de aparecido ARIEL, entrega como escrita en junio de 1900, con destino al "Almanaque Sudamericano para 1901" (26) una página que titula "Fragmento", en que vuelve al tema predilecto diciendo con énfasis inacostumbrado: "Tengo una fe profunda en la eficacia social y civilizadora de la palabra de los poetas; pero creo, ante todo, en la libertad, que Heine proclamó irresponsable, de su genio y de su inspiración. Cuando escucho que se les exige, con amenazas de destierro, interesarse en las controversias, los afanes y las agitaciones de los hombres, recuerdo a Schiller narrando lo que sucedió a Pegaso bajo el yugo". Rodó cuenta lo ocurrido: "El generoso alazán, vendido por el poeta indigente, es uncido, por groseras y mercenarias manos, a las faenas rústicas, símbolo de la vulgar utilidad y el orden prosaico de la vida. Él se revuelve primero, para sacudir el yugo que desconoce, y desmaya, después, de humillación y de dolor. En vano le castigan sus amos. Le desuncen, convencidos de la imposibilidad de dominarle, y le arrojan con desprecio como cosa inútil. ¡Pero el antiguo dueño, que vagaba triste como él, le encuentra un día en su camino, sube lleno de júbilo entre sus alas desmayadas, y entonces un estremecimiento nervioso recorre los flancos del corcel rebelde a la labor, se despliegan sus alas, sus pupilas flamean, y tiende el vuelo hacia la altura con el soberbio brío, con la infinita libertad de la inspiración levantada sobre las cosas de la tierra!" Rodó muestra así, en la claridad del símbolo, cómo el alado y rebelde Pegaso, liberado de la servidumbre, se recupera en la libertad.
Años más tarde, en 1909, firme en la continuidad invariable de su pensamiento, Rodó desarticula la anécdota que tiene por protagonista a Cleanto, y escribe para MOTIVOS DE PROTEO, la parábola El meditador y el esclavo en quienes personifica y disocia la dualidad de la forzada esclavitud y el libre pensamiento, para insistir en la posibilidad de su coexistencia.
Toda la obra de Rodó tiene activa estructura didascálica. La esencia de su doctrina filosófica -sin llegar a sistematizarse- se puede reducir a la necesidad de una renovada y persistente transformación, para "lograr una perpetua victoria sobre si mismo" (27) porque "mientras vivimos está sobre el yunque nuestra personalidad".(28) Del mismo modo que "quien no avanza, retrocede",(29) en el ideario rodoniano, nuestra vida "o es perpetua renovación o es lánguida muerte".(30) Sin embargo, pese a su fórmula nuclear, según la cual, "reformarse es vivir",(31) Rodó fue, invariablemente el mismo, desde sus comienzos literarios hasta su solitario y dramático final. Aunque proclamó, con segura y obstinada confianza, el nadie diga: "¡Tal soy, tal seré siempre!",(32) su pensamiento nace en la creencia de que, en el "niño" de cada uno de nosotros, está prefigurada nuestra futura personalidad, múltiple y compleja. Y como, para Rodó, "cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno sino muchos",(33) resulta lógico que "el alma de cada uno de nosotros es el término en que remata una inmensa muchedumbre de almas".(34) Por esto concibió al Hombre a la vez, actor o espectador, alternativamente, como luchador y como campo de lucha, solitario en medio de la multitud. Sostuvo aún que, hacia cada uno de nosotros, viene un camino ignorado, que necesitamos encontrar, si deseamos realizar nuestra vida. Hay una senda segura, y es la que va a lo hondo de uno mismo. Y porque así es, Rodó exclama, con acento admonitorio: " ... en ti, en ti solo, has de buscar arranque a la senda redentora!"(35)
Rodó se dolía pensando en la posibilidad de que un día, el humanitarismo, incomprensivo del sentimiento patriótico, llegara a hacer olvidar ese "estigma atávico" que, por acción telúrica, nos une amorosamente al rincón solariego que consideramos nuestro y que termina por hacernos concebir la Patria, como si fuera el corazón del mundo. Sin renunciar al sentimiento preeminente del terruño, concibió a América, a la América hispana, como una Magna Patria, anfictionía de pueblos sin amos, para la vida laboriosa y fecunda, dentro de un ambiente de paz, de comprensión y de tolerancia, en el ejercicio activo de una auténtica democracia.
Y ésta será, de más en más, en el tiempo, la gloria de Rodó: haber sabido dar, con su vida, el ejemplo de un hombre libre; haber sabido mostrar, con su obra, la culminación de un proceso ideológico que tuvo a la Ética, por sostén de su expresión literaria, para alcanzar la Belleza, en el triunfo del Bien y de la Verdad; y haber mostrado a los incrédulos y a los creyentes, en las excelencias del mundo nuevo, el camino de la Libertad, para la emancipación de las conciencias. Así, señero y altivo, fue Rodó.
Notas
En PARÁBOLAS Y CUENTOS SIMBÓLICOS hemos procurado recoger seleccionadas páginas rodonianas a fin de dar muestras ilustrativas de la obra del escritor a quien el Congreso de Estudiantes Universitarios de Chile, con asistencia de varios miles de congresistas y en representación de veinte Universidades, proclamó, en 1941, para gloria de Hispanoamérica, "Maestro de las Juventudes del Continente".
Para titular cada una de las prosas elegidas, respetamos fielmente, los índices analíticos que, para ARIEL y para MOTIVOS DE PROTEO, Rodó escribió en sendas oportunidades.
En la distribución del material seleccionado hemos procedido con sujeción al siguiente método de ordenación:
1° Las fundamentales normas estéticas a que Rodó ajustó su labor literaria;
2° La muestra, en reproducciones facsimilares, de algunos manuscritos, en los que se advierte lo que Rodó llamó "la gesta de la forma";
3° La selección de páginas, en el orden cronológico de aparición de las ediciones, príncipes, con excepción de MOTIVOS DE PROTEO, cuya segunda edición es superior a la primera;
4° La reunión de las parábolas o cuentos simbólicos remitidos por Rodó, a publicaciones periódicas, tales "Mundial" o "Plus Ultra", como pertenecientes a NUEVOS MOTIVOS DE PROTEO;
5° Florilegio de sintéticas y expresivas opiniones críticas.
No forman parte de la presente antología -excepción hecha de la reproducción facsimilar de La cigarra de Eunomo- páginas que, publicadas posteriormente a la muerte del Maestro, no pueden considerarse textos definitivos, sino borradores de originales manuscritos no entregados por Rodó a la publicidad.
Las notas que figuran al pie de página, son sucintas aclaraciones que tienen tres propósitos primordiales y complementarios:
a) facilitar al lector una mínima información indispensable sobre nombres propios, referencias históricas y vocablos de uso poco frecuente;
b) establecer, con ejemplificación sinonímica, la acepción correspondiente a las palabras acotadas, cuya significación difiere de la usual;
c) explicar, en forma sumaria, algunos aspectos estilísticos y gramaticales que ofrecen los textos rodonianos seleccionados.
Las anotaciones están precedidas por breves referencias a la ubicación en las obras de Rodó, de cada una de las páginas elegidas, precisándose, cada vez que corresponde, la publicación en que aparecieron por primera vez.
1 - PINTO DA SILVA, Joao, Vultos do meu caminho. Porto Alegre, Editores Barcellos, Bertaso y Cía.
2 - ZALDUMBIDE, Gonzalo, Parábolas, París, Editorial Bouret, 1949.
3 - RODRÍGUEZ MONEGAL, Emir. José E. Rodó en el Novecientos, Montevideo, "Numero", 1950.
4 - RODÓ, José Enrique, Epistolario, con dos notas preliminares de Hugo D. Barbagelata, Vertongen, París, 1921, pag. 38.
5 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. II, pág. 12.
6 - DEL VALLE-INCLAN, Ramón, La lampara maravillosa, "Opera omnia", Vol. I, Madrid, Imprenta Helénica, 1916.
7 - EPISTOLARIO, ob. cit. pág. 29 y 32.
8 - Sirva de ejemplo: en carta del 31 de enero de 1904 (Epistolario, pág. 31), Rodó describía a Juan Francisco Piquet la gesta literaria de MOTIVOS DE PROTEO; y, enumerando, sintéticamente, los temas desarrollados en "cuentos aplicables a tal o cual pasaje teórico", le expresaba: "Hay … otro, que relata la curiosa manera cómo un escritor llegó a concebir la idea de una obra. viendo abanicarse a dos mujeres." Este cuento simbólico, titulado Los dos abanicos, recién fue conocido en 1932. Figura en la obra póstuma Los ÚLTIMOS MOTIVOS DE PROTEO, págs. 253-261, como parte integrante de El Libro de Próspero y no corresponde a un borrador definitivamente corregido ….
9 - QUINTEROS DELGADO, Juan Carlos, Semblanzas y comentarios críticos, Montevideo, "Casa A. Barreiro y Ramos" S. A., 1945.
10 - La inminente publicación de un magnifico ensayo del profesor Carlos Real de Azúa sobre la importancia y trascendencia de ARIEL en la formación de la cultura de América, cuyo texto original conocí al haber sido presentado al concurso continental, de cuyo jurado formé parte, me impide hacer otras puntualizaciones sobre el asunto.
11 - RODRÍGUEZ MONEGAL, Emir, José E. Rodó en el Novecientos, Montevideo. "Número", 1950.
12 - de ORY, Eduardo, "El Nuevo Mercurio", El modernismo, nº 4, abril de 1907.
13 - TORRES, Carlos Arturo, "El NUEVO Mercurio", El modernismo, nº 5, mayo de 1907.
14 - Ariel, pág. 115.
15 - ARIEL, pág. 128.
16 - ARIEL, pág. 94.
17 - ARIEL, pág. 45.
18 - ARIEL, pág. 92.
19 - EL MIRADOR DE PRÓSPERO, pág. 343.
20 - RODÓ, Enrique, Carta al Director de "La Prensa" de Salto, Luis A. Thévenet. Salto Oriental, 1916.
21 - EL MIRADOR DE PRÓSPER0, pág. 332.
22 - ARIEL, pág. 75. 23 - ARIEL, pág. 74.
24 - ARIEL, pág. 76.
25 - TORRES, Carlos Arturo, La unidad en la obra intelectual, "El Nuevo Mercurio", nº 5, mayo de 1907.
26 - Página 143. Es interesante señalar que este "Fragmento" figura, casi íntegramente, bajo el título "Divina libertad", en las páginas 103-104, de EL MIRADOR DE PRÓSPERO, y luce como fecha de redacción, el año 1895 ... En efecto: fue publicado como parte de un trabajo crítico, titulado: "De dos poetas. "Ecos lejanos" por Carlos Guido Spano, "Bajo-relieve" por Leopoldo Díaz" que apareció antes, el 10 de diciembre de 1895 en la Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales. La reproducción es casi literal. Este constante volver a sus manuscritos originales para utilizarlos en diversas páginas de sus libros, lo ha rastreado con singular perspicacia y éxito José I. Etcheverry, particularmente, en su ensayo "Un discurso de Rodó sobre el Brasil" (Revista del Instituto Nacional de Investigaciones y Archivos Literarios, Año I, nº 1).
27 - EPISTOLARIO, pág. 33.
28 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. II, pág. 13.
29 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. LXXX, pág. 248.
30 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. VII, pág. 22.
31 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. I, pág. 9.
32 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. XXVI, pág. 60.
33 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. I, pág. 10.
34 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. XXXI, pág. 71.
35 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. XV, pág. 40.
José Pereira Rodríguez
José Enrique Rodó
Parábolas cuentos simbólicos
Ilustraciones de Santos Martínez Koch
Contribuciones americanas de cultura S. A.
Montevideo 1938
Ariel (Su obra mas importante)
I
Aquella tarde, el viejo y venerado maestro, a quien solían llamar Próspero, por alusión al sabio mago de La Tempestad shakespeariana, se despedía de sus jóvenes discípulos, pasado un año de tareas, congregándolos una vez más a su alrededor.
Ya habían llegado a la amplia sala de estudio, en la que un gusto delicado y severo esmerábase por todas partes en honrar la noble presencia de los libros, fieles compañeros de Próspero. Dominaba en la sala —como numen de su ambiente sereno— un bronce primoroso, que figuraba al ARIEL de La Tempestad. Junto a este bronce, se sentaba habitualmente el maestro, y por ello le llamaban con el nombre del mago a quien sirve y favorece en el drama el fantástico personaje que había interpretado el escultor. Quizá en su enseñanza y su carácter había, para el nombre, una razón y un sentido más profundos.
Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo de la obra de Shakespeare, la parte noble y alada del espíritu. Ariel es el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia, —el término ideal a que asciende la selección humana, rectificando en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibán, símbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel perseverante de la vida.
La estatua, de real arte, reproducía al genio aéreo en el instante en que, libertado por la magia de Próspero, va a lanzarse a los aires para desvanecerse en un lampo. Desplegadas las alas; suelta y flotante la leve vestidura, que la caricia de la luz en el bronce damasquinaba de oro; erguida la amplia frente; entreabiertos los labios por serena sonrisa, todo en la actitud de Ariel acusaba admirablemente el gracioso arranque del vuelo; y con inspiración dichosa, el arte que había dado firmeza escultural a su imagen había acertado a conservar en ella, al mismo tiempo, la apariencia seráfica y la levedad ideal.
Próspero acarició, meditando, la frente de la estatua; dispuso luego al grupo juvenil en torno suyo; y con su firme voz —voz magistral, que tenía para fijar la idea e insinuarse en las profundidades del espíritu, bien la esclarecedora penetración del rayo de luz, bien el golpe incisivo del cincel en el mármol, bien el toque impregnante del pincel en el lienzo o de la onda en la arena,—comenzó a decir, frente a una atención afectuosa:
II
Junto a la estatua que habéis visto presidir, cada tarde, nuestros coloquios de amigos, en los que he procurado despojar a la enseñanza de toda ingrata austeridad, voy a hablaros de nuevo, para que sea nuestra despedida como el sello estampado en un convenio de sentimientos y de ideas.
Invoco a ARIEL como mi numen. Quisiera para mi palabra la más suave y persuasiva unción que ella haya tenido jamás. Pienso que hablar a la juventud sobre nobles y elevados motivos, cualesquiera que sean, es un género de oratoria sagrada. Pienso también que el espíritu de la juventud es un terreno generoso donde la simiente de una palabra oportuna suele rendir, en corto tiempo, los frutos de una inmortal vegetación.
Anhelo colaborar en una página del programa que, al prepararos a respirar el aire libre de la acción, formularéis, sin duda, en la intimidad de vuestro espíritu, para ceñir a él vuestra personalidad moral y vuestro esfuerzo. Este programa propio, —que algunas veces se formula y escribe; que se reserva otras para ser revelado en el mismo transcurso de la acción, — no falta nunca en el espíritu de las agrupaciones y los pueblos que son algo más que muchedumbres. Si con relación a la escuela de la voluntad individual, pudo Goethe decir profundamente que sólo es digno de la libertad y la vida quien es capaz de conquistarlas día a día para sí, con tanta más razón podría decirse que el honor de cada generación humana exige que ella se conquiste, por la perseverante actividad de su pensamiento, por el esfuerzo propio, su fe en determinada manifestación del ideal y su puesto en la evolución de las ideas.
Al conquistar los vuestros, debéis empezar por reconocer un primer objeto de fe en vosotros mismos. La juventud que vivís es una fuerza de cuya aplicación sois los obreros y un tesoro de cuya inversión sois responsables. Amad ese tesoro y esa fuerza; haced que el altivo sentimiento de su posesión permanezca ardiente y eficaz en vosotros. Yo os digo con Renan: «La juventud es el descubrimiento de un horizonte inmenso, que es la Vida». El descubrimiento que revela las tierras ignoradas necesita completarse con el esfuerzo viril que las sojuzga. Y ningún otro espectáculo puede imaginarse más propio para cautivar a un tiempo el interés del pensador y el entusiasmo del artista, que el que presenta una generación humana que marcha al encuentro del futuro, vibrante con la impaciencia de la acción, alta la frente, en la sonrisa un altanero desdén del desengaño, colmada el alma por dulces y remotos mirajes que derraman en ella misteriosos estímulos, como las visiones de Cipango y El Dorado en las crónicas heroicas de los conquistadores.
Del renacer de las esperanzas humanas; de las promesas que fían eternamente al porvenir la realidad de lo mejor, adquiere su belleza el alma que se entreabre al soplo de la vida; dulce e inefable belleza, compuesta, como lo estaba la del amanecer para el poeta de Las Contemplaciones, de un «vestigio de sueño y un principio de pensamiento».
La humanidad, renovando de generación en generación su activa esperanza y su ansiosa fe en un ideal al través de la dura experiencia de los siglos, hacia pensar a Guyau en la obsesión de aquella pobre enajenada cuya extraña y conmovedora locura consistía en creer llegado, constantemente, el día de sus bodas. Juguete de su ensueño, ella ceñía cada mañana a su frente pálida corona de desposada y suspendía de su cabeza el velo nupcial. Con una dulce sonrisa, disponíase luego a recibir al prometido ilusorio, hasta que las sombras de la tarde, tras el vano esperar, traían la decepción a su alma. Entonces, tomaba un melancólico tinte su locura. Pero su ingenua confianza reaparecía con la aurora siguiente; y ya sin el recuerdo del desencanto pasado, murmurando: Es hoy cuando vendrá, volvía a ceñirse la corona y el velo y a sonreír en espera del prometido.
Es así como, no bien la eficacia de un ideal ha muerto, la humanidad viste otra vez sus galas nupciales para esperar la realidad del ideal soñado con nueva fe, con tenaz y conmovedora locura. Provocar esa renovación, inalterable como un ritmo de la Naturaleza, es en todos los tiempos la función y la obra de la juventud. De las almas de cada primavera humana está tejido aquel tocado de novia. Cuando se trata de sofocar esta sublime terquedad de la esperanza, que brota alada del seno de la decepción, todos los pesimismos son vanos. Lo mismo los que se fundan en la razón que los que parten de la experiencia, han de reconocerse inútiles para contrastar el altanero no importa que surge del fondo de la Vida. Hay veces en que, por una aparente alteración del ritmo triunfal, cruzan la historia humana generaciones destinadas a personificar, desde la cuna, la vacilación y el desaliento. Pero ellas pasan,—no sin haber tenido quizá su ideal como las otras, en forma negativa y con amor inconsciente; — y de nuevo se ilumina en el espíritu de la humanidad la esperanza en el Esposo anhelado, cuya imagen dulce y radiosa como en los versos de marfil de los místicos, basta para mantener la asimilación y el contento de la vida, aun cuando nunca haya de encarnarse en la realidad.
La juventud, que así significa en el alma de los individuos y de las generaciones, luz, amor, energía, existe y lo significa también en el proceso evolutivo de las sociedades. De los pueblos que sienten y consideran la vida como vosotros, serán siempre la fecundidad, la fuerza, el dominio del porvenir. — Hubo una vez en que los atributos de la juventud humana se hicieron, más que en ninguna otra, los atributos de un pueblo, los caracteres de una civilización, y en que un soplo de adolescencia encantadora pasó rozando la frente serena de una raza. Cuando Grecia nació, los dioses le regalaron el secreto de su juventud inextinguible. Grecia es el alma joven. «Aquel que en Delfos contemplaba la apiñada muchedumbre de los jonios —dice uno de los himnos homéricos— se imagina que ellos no han de envejecer jamás». Grecia hizo grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegría, que es el ambiente de la acción, y el entusiasmo, que es la palanca omnipotente. El sacerdote egipcio con quien Solón habló en el templo de Sais, decía al legislador ateniense, compadeciendo a los griegos por su volubilidad bulliciosa: ¡No sois sino unos niños! Y Michelet ha comparado la actividad del alma helena con un festivo juego a cuyo alrededor se agrupan y sonríen todas las naciones del mundo. Pero de aquel divino juego de niños sobre las playas del Archipiélago y a la sombra de los olivos de Jonia, nacieron el arte, la filosofía, el pensamiento libre, la curiosidad de la investigación, la conciencia de la dignidad humana, todos esos estímulos de Dios que son aún nuestra inspiración y nuestro orgullo. Absorto en su austeridad hierática, el país del sacerdote representaba, en tanto, la senectud, que se concentra para ensayar el reposo de la eternidad y aleja, con desdeñosa mano, todo frívolo sueño. La gracia, la inquietud, están proscriptas de las actitudes de su alma, como del gesto de sus imágenes la vida. Y cuando la posteridad vuelve las miradas a él, sólo encuentra una estéril noción del orden presidiendo al desenvolvimiento de una civilización que vivió para tejerse un sudario y para edificar sus sepulcros; la sombra de un compás tendiéndose sobre la esterilidad de la arena.
Las prendas del espíritu joven —el entusiasmo y la esperanza— corresponden en las armonías de la historia y la naturaleza, al movimiento y a la luz. —Adondequiera que volváis los ojos, las encontraréis como el ambiente natural de todas las cosas fuertes y hermosas. Levantadlos al ejemplo más alto:— La idea cristiana, sobre la que aún se hace pesar la acusación de haber entristecido la tierra proscribiendo la alegría del paganismo, es una inspiración esencialmente juvenil mientras no se aleja de su cuna. El cristianismo naciente es, en la interpretación —que yo creo tanto más verdadera cuanto más poética— de Renan, un cuadro de juventud inmarcesible. De juventud del alma o, lo que es lo mismo, de un vivo sueño, de gracia, de candor, se compone el aroma divino que flota sobre las lentas jornadas del Maestro al través de los campos de Galilea; sobre sus prédicas, que se desenvuelven ajenas a toda penitente gravedad; junto a un logo celeste; en los valles abrumados de frutos; escuchadas por «las aves del cielo» y «los lirios de los campos», con que se adornan las parábolas; propagando la alegría del «reino de Dios» sobre una dulce sonrisa de la Naturaleza. — De este cuadro dichoso, están ausentes las sectas que acompañaban en la soledad las penitencias del Bautista. Cuando Jesús habla de los que a él le siguen, los compara a los paraninfos de un cortejo de bodas. — Y es la impresión de aquel divino la que incorporándose a la esencia de la nueva fe, se siente persistir al través de la odisea de los evangelistas; la que derrama en el espíritu de las primeras comunidades cristianas su felicidad candorosa, su ingenua alegría de vivir; y la que, al llegar a Roma con los ignorados cristianos del Transtevere, les abre fácil paso en los corazones; porque ellos triunfaron oponiendo el encanto de su juventud interior — la de su alma embalsamada por la libación del vino nuevo— a la severidad de los estoicos y a la decrepitud de los mundanos.
Sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza bendita que lleváis dentro de vosotros mismos. No creáis, sin embargo, que ella esté exenta de malograrse y desvanecerse, como un impulso sin objeto, en la realidad. De la Naturaleza es la dádiva del precioso tesoro; pero es de las ideas, que él sea fecundo, o se prodigue vanamente, o fraccionado y disperso en las conciencias personales, no se manifieste en la vida de las sociedades humanas como una fuerza bienhechora—Un escritor sagaz rastreaba, ha poco, en las páginas de la novela de nuestro siglo,—esa inmensa superficie especular donde se refleja toda entera la imagen de la vida en los últimos vertiginosos cien años—la psicología, los estados de alma de la juventud, tales como ellos han sido en las generaciones que van desde los días de René hasta los que han visto pasar a Des Esseintes.— Su análisis comprobaba una progresiva disminución de juventud interior y de energía en la serie de personajes representativos que se inicia con los héroes, enfermos, pero a menudo viriles y siempre intensos de pasión, de los románticos, y termina con los enervados de voluntad y corazón en quienes se reflejan tan desconsoladoras manifestaciones del espíritu de nuestro tiempo como la del protagonista de A rebours o la del Robert Gresleu de Le Disciple. — Pero comprobaba el análisis también, un lisonjero renacimiento de animación y de esperanza en la psicología de la juventud de que suele hablarnos una literatura que es quizá nuncio de transformaciones más hondas; renacimiento que personifican los héroes nuevos de Lemaître, de Wyzewa, de Rod, y cuya más cumplida representación lo sería tal vez el David Grieve con que cierta novelista inglesa contemporánea ha resumido en un solo carácter todas las penas y todas las inquietudes ideales de varias generaciones, para solucionarlas en un supremo desenlace de serenidad y de amor.
¿Madurará en la realidad esa esperanza? —Vosotros, los que vais a pasar, como el obrero en marcha a los talleres que le esperan, bajo el pórtico del nuevo siglo, ¿reflejaréis quizá sobre el arte que os estudie, imágenes más luminosas y triunfales que las que han quedado de nosotros? Si los tiempos divinos en que las almas jóvenes daban modelos para los dialoguistas radiantes de Platón sólo fueron posibles en una breve primavera del mundo; si es fuerza «no pensar en los dioses», como aconseja la Forquias del segundo Fausto al coro de cautivas; ¿no nos será lícito, a lo menos, soñar con la aparición de generaciones humanas que devuelvan a la vida un sentimiento ideal, un grande entusiasmo; en las que sea un poder el sentimiento; en las que una vigorosa resurrección de las energías de la voluntad ahuyente, con heroico clamor, del fondo de las almas, todas las cobardías morales que se nutren a los pechos de la decepción y de la duda? ¿Será de nuevo la juventud una realidad de la vida colectiva, como lo es de la vida individual?
Tal es la pregunta que me inquieta mirándoos. — Vuestras primeras páginas, las confesiones que nos habéis hecho hasta ahora de vuestro mundo íntimo, hablan de indecisión y de estupor a menudo; nunca de enervación, ni de un definitivo quebranto de la voluntad. Yo sé bien que el entusiasmo es una surgente viva en vosotros. Yo sé bien que las notas de desaliento y de dolor que la absoluta sinceridad del pensamiento — virtud todavía más grande que la esperanza — ha podido hacer brotar de las torturas de vuestra meditación, en las tristes e inevitables citas de la Duda, no eran indicio de un estado de alma permanente ni significaron en ningún caso vuestra desconfianza respecto de la eterna virtualidad de la Vida. Cuando un grito de angustia ha ascendido del fondo de vuestro corazón, no lo habéis sofocado antes de pasar por vuestros labios, con la austera y muda altivez del estoico en el suplicio, pero lo habéis terminado con una invocación al ideal que vendrá, con una nota de esperanza mesiánica.
Por lo demás, al hablaros del entusiasmo y la esperanza, como de altas fecundas virtudes, no es mi propósito enseñaros a trazar la línea infranqueable que separe el escepticismo de la fe, la decepción de la alegría. Nada más lejos de mi ánimo que la idea de confundir con los atributos naturales de la juventud, con la graciosa espontaneidad de su alma, esa indolente frivolidad del pensamiento, que, incapaz de ver más que el motivo de un juego en la actividad, compra el amor y el contento de la vida al precio de su incomunicación con todo lo que pueda hacer detener el paso ante la faz misteriosa y grave de las cosas. — No es ése el noble significado de la juventud individual, ni ése tampoco el de la juventud de los pueblos. — Yo he conceptuado siempre vano el propósito de los que constituyéndose en avizores vigías del destino de América, en custodios de su tranquilidad, quisieran sofocar, con temeroso recelo, antes de que llegase a nosotros, cualquiera resonancia del humano dolor, cualquier eco venido de literaturas extrañas, que, por triste o insano, ponga en peligro la fragilidad de su optimismo. — Ninguna firme educación de la inteligencia puede fundarse en el aislamiento candoroso o en la ignorancia voluntaria. Todo problema propuesto al pensamiento humano por la Duda; toda sincera reconvención que sobre Dios o la Naturaleza se fulmine, del seno del desaliento y el dolor, tienen derecho a que les dejemos llegar a nuestra conciencia y a que los afrontemos. Nuestra fuerza de corazón ha de probarse aceptando el reto de la Esfinge, y no esquivando su interrogación formidable. — No olvidéis, además, que en ciertas amarguras del pensamiento hay, como en sus alegrías, la posibilidad de encontrar un punto de partida para la acción, hay a menudo sugestiones fecundas. Cuando el dolor enerva; cuando el dolor es la irresistible pendiente que conduce al marasmo o el consejero pérfido que mueve a la abdicación de la voluntad, la filosofía que le lleva en sus entrañas es cosa indigna de almas jóvenes. Puede entonces el poeta calificarle de «indolente soldado que milita bajo las banderas de la muerte». Pero cuando lo que nace del seno del dolor es el anhelo varonil de la lucha para conquistar o recobrar el bien que él nos niega, entonces es un acerado acicate de la evolución, es el más poderoso impulso de la vida; no de otro modo que como el hastío, para Helvecio, llega a ser la mayor y más preciosa de todas las prerrogativas humanas desde el momento en que, impidiendo enervarse nuestra sensibilidad en los adormecimientos del ocio, se convierte en el vigilante estímulo de la acción.
En tal sentido, se ha dicho bien que hay pesimismos que tienen la significación de un optimismo paradójico. Muy lejos de suponer la renuncia y la condenación de la existencia, ellos propagan, con su descontento de lo actual, la necesidad de renovarla. Lo que a la humanidad importa salvar contra toda negación pesimista, es, no tanto la idea de la relativa bondad de lo presente, sino la de la posibilidad de llegar a un término mejor por el desenvolvimiento de la vida, apresurado y orientado mediante el esfuerzo de los hombres. La fe en el porvenir, la confianza en la eficacia del esfuerzo humano, son el antecedente necesario de toda acción enérgica y de todo propósito fecundo. Tal es la razón por la que he querido comenzar encareciéndoos la inmortal excelencia de esa fe que, siendo en la juventud un instinto no debe necesitar seros impuesta por ninguna enseñanza, puesto que la encontraréis indefectiblemente dejando actuar en el fondo de vuestro ser la sugestión divina de la Naturaleza.
Animados por ese sentimiento, entrad, pues, a la vida, que os abre sus hondos horizontes, con la noble ambición de hacer sentir vuestra presencia en ella desde el momento en que la afrontéis con la altiva mirada del conquistador. — Toca al espíritu juvenil la iniciativa audaz, la genialidad innovadora. — Quizá universalmente, hoy, la acción y la influencia de la juventud son en la marcha de las sociedades humanas menos efectivas e intensas que debieran ser. Gaston Deschamps lo hacía notar en Francia hace poco, comentando la iniciación tardía de las jóvenes generaciones, en la vida pública y la cultura de aquel pueblo, y la escasa originalidad con que ellas contribuyen al trazado de las ideas dominantes. Mis impresiones del presente de América, en cuanto ellas pueden tener un carácter general a pesar del doloroso aislamiento en que viven los pueblos que la componen, justificarían acaso una observación parecida. — Y sin embargo, yo creo ver expresada en todas partes la necesidad de una activa revelación de fuerzas nuevas; yo creo que América necesita grandemente de su juventud. — He ahí por qué os hablo. He ahí por qué me interesa extraordinariamente la orientación moral de vuestro espíritu. La energía de vuestra palabra y vuestro ejemplo puede llegar hasta incorporar las fuerzas vivas del pasado a la obra del futuro. Pienso con Michelet que el verdadero concepto de la educación no abarca sólo la cultura del espíritu de los hijos por la experiencia de los padres, sino también, y con frecuencia mucho más, la del espíritu de los padres por la inspiración innovadora de los hijos.
Hablemos, pues, de cómo consideraréis la vida que os espera.
III
La divergencia de las vocaciones personales imprimirá diversos sentidos a vuestra actividad, y hará predominar una disposición, una aptitud determinada, en el espíritu de cada uno de vosotros. — Los unos seréis hombres de ciencia; los otros seréis hombres de arte; los otros seréis hombres de acción. — Pero por encima de los afectos que hayan de vincularos individualmente a distintas aplicaciones y distintos modos de la vida, debe velar, en lo íntimo de vuestra alma, la conciencia de la unidad fundamental de nuestra naturaleza, que exige que cada individuo humano sea, ante todo y sobre toda otra cosa, un ejemplar no mutilado de la humanidad, en el que ninguna noble facultad del espíritu quede obliterada y ningún alto interés de todos pierda su virtud comunicativa. Antes que las modificaciones de profesión y de cultura está el cumplimiento del destino común de los seres racionales. «Hay una profesión universal, que es la de hombre», ha dicho admirablemente Guyau. Y Renan, recordando, a propósito de las civilizaciones desequilibradas y parciales, que el fin de la criatura humana no puede ser exclusivamente saber, ni sentir, ni imaginar, sino ser real y enteramente humana, define el ideal de perfección a que ella debe encaminar sus energías como la posibilidad de ofrecer en un tipo individual un cuadro abreviado de la especie.
Aspirad, pues, a desarrollar, en lo posible, no un solo aspecto sino la plenitud de vuestro ser. No os encojáis de hombros delante de ninguna noble y fecunda manifestación de la naturaleza humana, a pretexto de que vuestra organización individual os liga con preferencia a manifestaciones diferentes. Sed espectadores atenciosos allí donde no podáis ser actores. — Cuando cierto falsísimo y vulgarizado concepto de la educación, que la imagina subordinada exclusivamente al fin utilitario, se empeña en mutilar, por medio de ese utilitarismo y de una especialización prematura, la integridad natural de los espíritus, y anhela proscribir de la enseñanza todo elemento desinteresado e ideal, no repara suficientemente en el peligro de preparar para el porvenir espíritus estrechos que, incapaces de considerar más que el único de la realidad con que estén inmediatamente en contacto, vivirán separados por helados desiertos de los espíritus que, dentro de la misma sociedad, se hayan adherido a otras manifestaciones de la vida.
Lo necesario de la consagración particular de cada uno de nosotros a una actividad determinada, a un solo modo de cultura, no excluye, ciertamente, la tendencia a realizar, por la íntima armonía del espíritu, el destino común de los seres racionales. Esa actividad, esa cultura, serán sólo la nota fundamental de la armonía. — El verso célebre en que el esclavo de la escena antigua afirmó que, pues era hombre, no le era ajeno nada de lo humano, forma parte de los gritos de la solidaridad. Augusto Comte ha señalado bien este peligro de las civilizaciones avanzadas. Un alto estado de perfeccionamiento social tiene para él un grave inconveniente en la facilidad con que suscita la aparición de espíritus deformados y estrechos; de espíritus «muy capaces bajo un único y monstruosamente ineptos bajo todos los otros». El empequeñecimiento de un cerebro humano por el comercio continuo de un solo género de ideas, por el ejercicio indefinido de un solo modo de actividad, es para Comte un resultado comparable a la mísera suerte del obrero a quien la división del trabajo de taller obliga a consumir en la invariable operación de un detalle mecánico todas las energías de su vida. En uno y otro caso, el efecto moral es inspirar una desastrosa indiferencia por el general de los intereses de la humanidad. Y aunque esta especie de automatismo humano — agrega el pensador positivista — no constituye felizmente sino la extrema influencia dispersiva del principio de especialización, su realidad, ya muy frecuente, exige que se atribuya a su apreciación una verdadera importancia.
No menos que a la solidez, daña esa influencia dispersiva a la estética de la estructura social. — La belleza incomparable de Atenas, lo imperecedero del modelo legado por sus manos de diosa a la admiración y el encanto de la humanidad, nacen de que aquella ciudad de prodigios fundó su concepción de la vida en el concierto de todas las facultades humanas, en la libre y acordada expansión de todas las energías capaces de contribuir a la gloria y al poder de los hombres. Atenas supo engrandecer a la vez el sentido de lo ideal y el de lo real, la razón y el instinto, las fuerzas del espíritu v las del cuerpo. Cinceló las cuatro faces del alma. Cada ateniense libre describe en derredor de sí, para contener su acción, un círculo perfecto, en el que ningún desordenado impulso quebrantará la graciosa proporción de la línea. Es atleta y escultura viviente en el gimnasio, ciudadano en el Pnix, polemista y pensador en los pórticos. Ejercita su voluntad en toda suerte de acción viril y su pensamiento en toda preocupación fecunda. Por eso afirma Macaulay que un día de la vida pública del Atica es más brillante programa de enseñanza que los que hoy calculamos para nuestros modernos centros de instrucción. — Y de aquel libre y único florecimiento de la plenitud de nuestra naturaleza, surgió el milagro griego, — una inimitable y encantadora mezcla de animación y de serenidad, una primavera del espíritu humano, una sonrisa de la historia.
En nuestros tiempos, la creciente complejidad de nuestra civilización privaría de toda seriedad al pensamiento de restaurar esa armonía, sólo posible entre los elementos de una graciosa sencillez. Pero dentro de la misma complejidad de nuestra cultura; dentro de la diferenciación progresiva de caracteres, de aptitudes, de méritos, que es la ineludible consecuencia del progreso en el desenvolvimiento social, cabe salvar una razonable participación de todos en ciertas ideas y sentimientos fundamentales que mantengan la unidad y el concierto de la vida, — en ciertos intereses del alma, ante los cuales la dignidad del ser racional no consiente la indiferencia de ninguno de nosotros.
Cuando el sentido de la utilidad material y el bienestar domina en el carácter de las sociedades humanas con la energía que tiene en lo presente, los resultados del espíritu estrecho y la cultura unilateral son particularmente funestos a la difusión de aquellas preocupaciones puramente ideales que, siendo objeto de amor para quienes les consagran las energías más nobles y perseverantes de su vida, se convierten en una remota y quizá no sospechada región, para una inmensa parte de los otros. — Todo género de meditación desinteresada, de contemplación ideal, de tregua íntima, en la que los diarios afanes por la utilidad cedan transitoriamente su imperio a una mirada noble y serena tendida de lo alto de la razón sobre las cosas, permanece ignorado, en el estado actual de las sociedades humanas, para millones de almas civilizadas y cultas, a quienes la influencia de la educación o la costumbre reduce al automatismo de una actividad, en definitiva, material. — Y bien: este género de servidumbre debe considerarse la más triste y oprobiosa de todas las condenaciones morales. Yo os ruego que os defendáis, en la milicia de la vida, contra la mutilación de vuestro espíritu por la tiranía de un objetivo único e interesado. No entreguéis nunca a la utilidad o a la pasión sino una parte de vosotros. Aun dentro de la esclavitud material hay la posibilidad de salvar la libertad interior: la de la razón y el sentimiento. No tratéis, pues, de justificar, por la absorción del trabajo o el combate, la esclavitud de vuestro espíritu.
Encuentro el símbolo de lo que debe ser nuestra alma en un cuento que evoco de un empolvado rincón de mi memoria. — Era un rey patriarcal, en el Oriente indeterminado e ingenuo donde gusta hacer nido la alegre bandada de los cuentos. Vivía su reino la candorosa infancia de las tiendas de Ismael y los palacios de Pilos. La tradición le llamó después, en la memoria de los hombres, el rey hospitalario. Inmensa era la piedad del rey. A desvanecerse en ella tendía, como por su propio peso, toda desventura. A su hospitalidad acudían lo mismo por blanco pan el miserable que el alma desolada por el bálsamo de la palabra que acaricia. Su corazón reflejaba, como sensible placa sonora, el ritmo de los otros. Su palacio era la casa del pueblo. — Todo era libertad y animación dentro de este augusto recinto, cuya entrada nunca hubo guardas que vedasen. En los abiertos pórticos, formaban corros los pastores cuando consagraban a rústicos conciertos sus ocios; platicaban al caer la tarde los ancianos; y frescos grupos de mujeres disponían, sobre trenzados juncos, las flores y los racimos de que se componía únicamente el diezmo real. Mercaderes de Ofir, buhoneros de Damasco, cruzaban a toda hora las puertas anchurosas y ostentaban en competencia, ante las miradas del rey, las telas, las joyas, los perfumes. Junto a su trono reposaban los abrumados peregrinos. Los pájaros se citaban al mediodía para recoger las migajas de su mesa; y con el alba, los niños llegaban en bandas bulliciosas al pie del lecho en que dormía el rey de barba de plata y le anunciaban la presencia del sol. — Lo mismo a los seres sin ventura que a las cosas sin alma alcanzaba su liberalidad infinita. La Naturaleza sentía también la atracción de su llamado generoso; vientos y aves y plantas parecían buscar, — como en el mito de Orfeo y en la leyenda de San Francisco de Asís, — la amistad humana en aquel oasis de hospitalidad. Del germen caído al acaso, brotaban y florecían, en las junturas de los pavimentos y los muros, los alhelíes de las ruinas, sin que una mano cruel los arrancase ni los hollara un pie maligno. Por las francas ventanas se tendían al interior de las cámaras del rey las enredaderas osadas y curiosas. Los fatigados vientos abandonaban largamente sobre el alcázar real su carga de aromas y armonías. Empinándose desde el vecino mar, como si quisieran ceñirse en un abrazo, le salpicaban las olas con su espuma. Y una libertad paradisial, una inmensa reciprocidad de confianza, mantenían por dondequiera la animación de una fiesta inextinguible...
Pero dentro, muy dentro; aislada del alcázar ruidoso por cubiertos canales; oculta a la mirada vulgar — como la «perdida iglesia» de Uhland en lo esquivo del bosque — al cabo de ignorados senderos, una misteriosa sala se extendía, en la que a nadie era lícito poner la planta sino al mismo rey, cuya hospitalidad se trocaba en sus umbrales en la apariencia de ascético egoísmo. Espesos muros la rodeaban. Ni un eco del bullicio exterior; ni una nota escapada al concierto de la Naturaleza, ni una palabra desprendida de labios de los hombres, lograban traspasar el espesor de los sillares de pórfido y conmover una onda del aire en la prohibida estancia. Religioso silencio velaba en ella la castidad del aire dormido. La luz, que tamizaban esmaltadas vidrieras, llegaba lánguida, medido el paso por una inalterable igualdad, y se diluía, como copo de nieve que invade un nido tibia, en la calma de un ambiente celeste. — Nunca reinó tan honda paz: ni en oceánica gruta, ni en soledad nemorosa. — Alguna vez, — cuando la noche era diáfana y tranquila, — abriéndose a modo de dos valvas de nácar la artesonada techumbre, dejaba cernerse en su lugar la magnificencia de las sombras serenas. En el ambiente flotaba como una onda indisipable la casta esencia del nenúfar, el perfume sugeridor del adormecimiento penseroso y de la contemplación del propio ser. Graves cariátides custodiaban las puertas de marfil en la actitud del silenciario. En los testeros, esculpidas imágenes hablaban de idealidad, de ensimismamiento, de reposo... — Y el viejo rey aseguraba que, aun cuando a nadie fuera dado acompañarle hasta allí, su hospitalidad seguía siendo en el misterioso seguro tan generosa y grande como siempre, sólo que los que él congregaba dentro de sus muros discretos eran convidados impalpables y huéspedes sutiles. En él soñaba, en él se libertaba de la realidad, el rey legendario; en él sus miradas se volvían a lo interior y se bruñían en la meditación sus pensamientos como las guijas lavadas por la espuma; en él se desplegaban sobre su noble frente las blancas alas de Psiquis... Y luego, cuando la muerte vino a recordarle que él no había sido sino un huésped más en su palacio, la impenetrable estancia quedó clausurada y muda para siempre; para siempre abismada en su reposo infinito; nadie la profanó jamás, porque nadie hubiera osado poner la planta irreverente allí donde el viejo rey quiso estar solo con sus sueños y aislado en la última Tule de su alma.
Yo doy al cuento el escenario de vuestro reino interior. Abierto con una saludable liberalidad, como la casa del monarca confiado, a todas las corrientes del mundo, exista en él, al mismo tiempo, la celda escondida y misteriosa que desconozcan los huéspedes profanos y que a nadie más que a la razón serena pertenezca. Sólo cuando penetréis dentro del inviolable seguro podréis llamaros, en realidad, hombres libres. No lo son quienes, enajenando insensatamente el dominio de sí a favor de la desordenada pasión o el interés utilitario, olvidan que, según el sabio precepto de Montaigne, nuestro espíritu puede ser objeto de préstamo, pero no de cesión. — Pensar, soñar, admirar: he ahí los
Nació el 15 de julio de 1871 en Montevideo (Uruguay). Ingresó con nueve años en el Colegio Elbio Fernández. Perteneció a la llamada "generación de 1900". Diputado por el Partido Colorado en varias ocasiones, pero crítico con el batallismo oficial del presidente José Batlle y Ordóñez, se trasladó en 1916, a Europa para trabajar como corresponsal literario de Caras y Caretas. Fue cofundador de la Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales (1895-1897), y desde ese momento ejerció la crítica literaria con tolerancia y flexibilidad. Bajo el título común de La vida nueva, dio a conocer los ensayos El que vendrá (1897), La novela nueva (1897), Rubén Darío. Su personalidad literaria. Su última obra (1899) y Ariel (1900). Este último, un "sermón laico" dedicado a la juventud de América, tuvo una gran repercusión en toda la América hispánica, con su visión de los Estados Unidos como imperio de la materia o reino de Calibán, donde el utilitarismo se habría impuesto a los valores espirituales y morales, y su preferencia por la tradición grecolatina de la cultura iberoamericana. El éxito no se repitió con sus obras posteriores: Liberalismo y jacobinismo (1906), Motivos de Proteo (1909), El mirador de Próspero (1913) y las póstumas, El camino de Paros (meditaciones y andanzas) publicada en 1918 y Nuevos motivos de Proteo, en 1927.
Articulo (extraido de letras uruguay
Rodó, Maestro de Parábolas
Rodó fue el vidente de sí mismo y el pensador intenso que todos reconocen; fue el anhelante apóstol de las armonías morales fundadas en amor; fue, para las juventudes, sobre todo, para las de la familia americana en particular, el ejemplar maestro de los idealismos y las abnegaciones y las caridades: pero fue ante todo y sobre todo, y mas que todo, el artífice inimitable de su verbo; el enriqueció nuestra lengua castellana, no propiamente con nuevas voces, pero con una nueva voz; en la suya, en su voz personal, se formaron sonoridades no escuchadas aún, nuevos ritmos de la prosa castellana, que brotaban de su esencia, como nuevas revelaciones de sus tesoros y de su vida perdurable.
Juan ZORRILLA DE SAN MARTIN
La permanente actualidad de Rodó se nutre con la savia de sus parábolas. No en balde enraízan su propósito adoctrinador, en el fértil y siempre fecundo campo bíblico. Joao Pinto da Silva afirma: "José Enrique Rodó falla como um propheta da Biblia: por parábolas. Essa forma, foi a forma predilecta dos grandes conductores de povos e de espirites." (1) Gonzalo Zaldumbide, tan fino exégeta rodoniano, define con precisión: "Rodó halló en el encanto de la parábola -donde aúnan sus gracias la ficción, la moral, la poesía, la experiencia filosófica y la cordura- la imagen abreviada de su ideal y la satisfacción menos incompleta de su aspiración." (2) Y Rodó, al proyectar, en 1905, la carátula para su PROTEO, insertaba en ella, como explicación definidora, el versículo 11, del capítulo IV, del Evangelio de San Marcos, según el cual "todo se hace por vía de parábolas".(3) Pudo agregar aún, como el Rey-profeta en su salmo LXXVIII, 2: "Abriré en parábola mi boca: hablaré enigmas del tiempo antiguo."
Rodó confesó su aptitud para transformar en imagen toda idea que se cobijara en su espíritu; así se explica que las parábolas o los cuentos simbólicos con que procura objetivar sus reflexiones filosóficas, luzcan "el colorido de la descripción, la firmeza del dibujo, el cuidado de la frase y la compenetración del concepto y de la forma".(4) Del mismo modo, encuentra razón su afán de acumular datos - particularmente históricos o biográficos para reafirmar los puntos de vista de su tesis sobre la formación y transformación de la personalidad "bajo la mirada vigilante de la inteligencia y con el concurso activo de la voluntad".(5)
La permanente actualidad de Rodó se nutre con la savia de sus parábolas. No en balde enraízan su propósito adoctrinador, en el fértil y siempre fecundo campo bíblico. Joao Pinto da Silva afirma: "José Enrique Rodó falla como um propheta da Biblia: por parábolas. Essa forma, foi a forma predilecta dos grandes conductores de povos e de espirites." (1) Gonzalo Zaldumbide, tan fino exégeta rodoniano, define con precisión: "Rodó halló en el encanto de la parábola -donde aúnan sus gracias la ficción, la moral, la poesía, la experiencia filosófica y la cordura- la imagen abreviada de su ideal y la satisfacción menos incompleta de su aspiración." (2) Y Rodó, al proyectar, en 1905, la carátula para su PROTEO, insertaba en ella, como explicación definidora, el versículo 11, del capítulo IV, del Evangelio de San Marcos, según el cual "todo se hace por vía de parábolas".(3) Pudo agregar aún, como el Rey-profeta en su salmo LXXVIII, 2: "Abriré en parábola mi boca: hablaré enigmas del tiempo antiguo."
Rodó confesó su aptitud para transformar en imagen toda idea que se cobijara en su espíritu; así se explica que las parábolas o los cuentos simbólicos con que procura objetivar sus reflexiones filosóficas, luzcan "el colorido de la descripción, la firmeza del dibujo, el cuidado de la frase y la compenetración del concepto y de la forma".(4) Del mismo modo, encuentra razón su afán de acumular datos - particularmente históricos o biográficos para reafirmar los puntos de vista de su tesis sobre la formación y transformación de la personalidad "bajo la mirada vigilante de la inteligencia y con el concurso activo de la voluntad".(5)
Rodó no era un escritor repentista. Sus cláusulas por otra parte, de amplio y abundante vuelo, tienen, en apariencia, lineamientos oratorios en el propósito, frecuente, de convencer, tanto como de exponer.
El cuidado del estilo, lo que llamó "la gesta de la forma", era en él, necesidad espiritual y artística, casi diríamos, expresión poética. En muchas de sus páginas se realiza "el milagro musical de las palabras" que, según Ramón del Valle Inclán, es el único modo en que puede revelarse "el secreto de las conciencias".(6) Percibía "muy intensamente el ritmo de la prosa". Escribía "mentalmente casi sin cesar" y acaso a esto fuera debido su aire, como de sonámbulo, por las calles montevideanas. Sus borradores, felizmente propiedad inalienable del Estado, "suelen ser un montón de jirones de papel, de toda forma, especie y tamaño". La corrección y la selección implacables impuestas en el proceso constructivo de sus manuscritos inéditos, evidencia la "delectación morosa" con que trabajaba su prosa rotunda, de singular prestancia, en que florecen "las influencias más diversas del sentimiento y el lenguaje".(7) Páginas escritas antes de 1904, fueron conocidas casi treinta años después de muerto el Maestro.(8)
Sobre su modo de escribir, nadie mejor que el propio Rodó ha dicho lo que interesa saber. En carta del 2 de agosto de 1904 le escribía a Francisco García Calderón: "Mi modo de producir es caprichoso y desordenado en los comienzos de la obra. Empiezo por escribir fragmentos dispersos de ella, en el orden en que se me ocurre, saltando quizá de lo que será el fin a lo que será el principio, y de esto a lo que irá en el medio; y luego todo lo relaciono y disciplino. Entonces el orden y el método recobran sus fueros, y someto la variedad a la unidad. Al principio no veo claro el plan y desenvolvimiento de la obra. Encaro la idea de ella por la faz que primero se me presenta, y mientras voy escribiendo, el plan se va haciendo en mí. Son así simultáneas la concepción del plan y la ejecución. Para la forma soy descontentadizo y obstinado". Y completaba su información, de este modo: "... casi no puedo escribir de seguida sin tener a mi alcance un diario, periódico, o libro, que de vez en cuando tomo para palparlo, para estrujarlo (y así he echado a perder muchos inocentes volúmenes) y hasta para aspirar su aroma, si es impreso nuevo, el incomparable aroma del papel y la tinta".
En carta a Juan Francisco Piquet, escrita en Julio de 1905 - que Emir Rodríguez Monegal utiliza en su enjundioso "José E. Rodó en el Novecientos"-, Rodó confesaba: "Tengo cuadernos enteros (diez o doce) llenos de noticias y detalles biográficos, que he reunido, compulsado y organizado durante largos meses para obtener de ellos conclusiones relativas a diversos puntos de mi tesis." Precisamente, entre los documentos, celosamente guardados en el Instituto Nacional de Investigaciones y Archivos Literarios, el profesor José E. Etcheverry encontró la clave con sujeción a la cual Rodó administraba la copiosa documentación que recogía en sus innumerables lecturas. Todo esto evidencia que Rodó trabajaba su prosa como un benedictino paciente. Y las correcciones numerosas de que suelen estar plagados sus manuscritos corroboran y atestiguan de qué manera era exigente para expresar, del mejor modo, la integridad de su pensamiento, dentro de un molde en que la palabra precisa y adecuada no estuviese ausente.
Desde sus comienzos, Rodó se muestra dueño de un estilo y seguro de su expresión. Casi podría decirse que no tiene iniciación literaria. Principia a escribir y a pensar como un maestro. Concibió y concretó un pensamiento filosófico desde que inició su labor intelectual. No mostró pasado inseguro antes de asentar la secuencia de sus ideas. Sintió la urgencia de transmitir su mensaje. Por esto, gráficamente, su obra trunca se detiene en mitad de una parábola ascensional o se abre, como su pensamiento, ante una perspectiva indefinida.
Mientras los demás de sus contemporáneos salen en busca de un camino y recorren largos senderos en procura de un rumbo que, muchas veces, no llegan a encontrar, Rodó, desde que empieza a marchar, ya sabe hacia dónde conduce sus pasos. Tiene la certeza de que posee una verdad y, para exponerla y defenderla, destina el mayor número de las horas de sus años. Ni forma cenáculos, como es costumbre del ambiente; ni concurre a ellos; acaso más que por indiferencia o por egoísmo, por celo y avaricia de su tiempo. Sólo le preocupa estar al día con las manifestaciones del pensamiento contemporáneo, y por esto, tarde a tarde, en la tertulia de la librería, hojea y hojea libros recientemente llegados, cambia ideas sobre las novedades literarias y hasta asume insólita actitud crítica riéndose mientras acuna en sus manos, uno de los primeros ejemplares de "El lunario sentimental'' de Leopoldo Lugones, llegados a Montevideo ... (9) Y, sin embargo, alrededor de su nombre y por su obra, congrega el pensamiento disperso de la juventud de América, cuando comienza a conocerse en el continente el texto de la plática de Próspero. Tras el vuelo de Ariel no resonaron unánimes e inmediatos aplausos; pero, es incontestable que, a medida que van pasando los días, el "sermón laico" de Próspero deja de ser la voz profética de Rodó, para convertirse en el coro continental de la americanidad naciente.(10)
Rodó no fue ápice de una generación, porque ésta supone cierta conjunción gregaria y él fue profundamente individualista, en su vida y en su obra. Mas a su vera y en su tiempo, ¡qué conjunto de admirables escritores lució el país, para asombro del continente! Emir Rodríguez Monegal estudió el núcleo de la generación del novecientos, dentro del cual sobresale Rodó.(11) Basta recordar los otros nombres epónimos: Carlos Reyles, Julio Herrera y Reissig, Horacio Quiroga, Carlos Vaz Ferreira, Javier de Viana, María Eugenia Vaz Ferreira, Florencio Sánchez, Delmira Agustini. .. ¡Toda la literatura uruguaya en sus valores más duraderos! En esta enumeración faltan quienes dan a este Novecientos, esplendor perdurable: Eduardo Acevedo Díaz, el novelista, y Juan Zorrilla de San Martín, el poeta, que estaban en la plenitud cuando apareció ARIEL.
El contraste evidente entre las características de la ya formada personalidad de Rodó v la de sus contemporáneos, predispuso a pensar que Rodó es como un hongo solitario en el ambiente intelectual montevideano, al que nada le adeudaría, ni del que acaso pudiera ser considerado como expresión fiel. No es posible resolver con semejante simplismo, la significación de Rodó a su hora y en su tiempo. El instante en que se alza la palabra magistral de Rodó estaba grávido para las grandes expresiones perdurables. La literatura ibero-americana comenzaba una era de esplendorosa expresión. Ciertamente que, en el plano suramericano, reflorecían los jardines verlainianos, cuando ya estaban fuera de moda para el gusto francés; pero, no es menos cierto que, acaso por obra y presencia de lo telúrico continental, la literatura hispano-americana iba ofreciendo "una renovación modificada de los antiguos moldes" (12) por medio de "la correlación necesaria de la literatura al estado de alma de las generaciones nuevas".(13)
América se había caracterizado por la obra de los grandes sociólogos que, paradojalmente, planificaban para futuros hipotéticos. Hombres nutridos en la misma entraña de los problemas políticos más encrespados y violentos, soñaban con un porvenir que, más que por ellos, parecía arquitecturado por los poetas románticos. Rodó no escribe poemas de tal naturaleza. Su prosa poética toca las duras realidades y analiza, con apasionamiento de verdad, los peligros que asechan a estos pueblos indiferentes a los problemas del mundo. Rodó adivina y presiente que los Estados Unidos de Norteamérica significan una posibilidad de esclavitud para estas tierras en que los hombres se desangran en luchas fratricidas, y por ello alza el verbo de Próspero y llama a la juventud para decirle que "sin el brazo que nivela y construye no tendría paz el que sirve de apoyo a la noble frente que piensa" (14) y para asegurarle que "el presente pertenece, casi por completo, al tosco brazo -insiste y repite- que nivela y construye".(15) Rodó sabe y lo pregona, refiriéndose a los Estados Unidos de Norteamérica, que "el crecimiento de su grandeza v de su fuerza será objeto de perdurables asombros para el porvenir".(16) Los admira, quizá los teme y no los ama, porque estima que la obra sin impaciencias que puede realizarse en el mundo nuevo, permitirá avanzar y concebir "más claramente la ley moral como una estética de la conducta".(17) Así insiste en la necesidad de alcanzar la perfección individual, tanto como en la urgencia de propender a la educación colectiva; de igual manera que preconiza el culto de la energía individual que "hace de cada hombre el artífice de su destino".(18)
Todo esto nos asegura que Rodó no le dio espaldas a la realidad de la vida. Comprendió los problemas del hombre hundido en el seno de la multitud. Desde su biblioteca miró hacia la calle; pero su espíritu estaba encarnado en el hombre que sufría hambre y sed de justicia, en el obrero, del que dijo: "Ésta es una aristocracia imprescriptible, porque el obrero es, por definición, "el hombre que trabaja", es decir, la única especie de hombre que merece vivir".(19)
Pareció ser indiferente a la acción de la calle; pero, silenciosamente, supo asumir las actitudes dignas y claras que impone el decoro en la conducta. Y cuando fue necesario, salió de su retiro a decir en voz alta su pensamiento, para compartir con plena comprensión, las responsabilidades de su hora. No desconocía el interés y el estimulo que, "para el diarista de raza -y él lo era- tienen las horas de agitación y turbulencia".
Por esto, afirmó: "El verdadero hombre de diario no se adapta sin penoso esfuerzo a los ambientes bonancibles: es ave de tormenta criada para arrostrar el ímpetu de los vientos desencadenados y mojar sus alas en la hirviente espuma de las olas." (20) Rodó estimaba su labor de periodista como la obligación impuesta por el cumplimiento de un deber: "Ser escritor y no haber sido, ni aun accidentalmente, periodista, en tierra tal como la nuestra, significaría ... no haber sentido nunca repercutir dentro del alma esa voz imperiosa con que la conciencia popular llama a los que tienen una pluma en la mano, a la defensa de los intereses comunes y de los comunes derechos, en las horas de conmoción o de zozobra." (21) Y así resultó Maestro, sin proponérselo; y conductor, sin sospecharlo, cuando desarrolló la cuestión de la Democracia y planteó el problema de la libertad en el proceso de la liberación del espíritu.
Su concepto de la igualdad democrática reposaba "sobre el pensamiento de que todos los seres racionales están dotados por la naturaleza de facultades capaces de un desenvolvimiento noble".(22) De aquí que Rodó pensase "en la educación de la democracia y su reforma"(23) para implantar aristocracias de calidad -las de la virtud, del carácter y del espíritu- que permiten "establecer la superioridad de los mejores, asegurándola sobre el consentimiento libre de los asociados".(24)
En 1907, en su admirable revista "El Nuevo Mercurio", Enrique Gómez Carrillo promovió una encuesta sobre el Modernismo en Hispanoamérica. De las treinta y cuatro respuestas publicadas, una conviene destacar porque, además de ser sustantiva, procede de un escritor que tuvo y guardó con Rodó, permanente y sorprendente coincidencia de pensamiento. En la aludida contestación, Carlos Arturo Torres -que tal es el pensador- sostiene que "la repudiación del prejuicio consubstancial constituye el acto más valeroso de autonomía humana". Y al hablar de la liberación del espíritu como de "la más augusta de las liberaciones" asegura que hay una notoria diferencia "entre aquellos que han llegado a una fe nueva al través de las ordalías del acto moral preliminar de la anulación de una fe antigua, y los que, colocados en el camino, desde el principio y por circunstancias que ellos no determinaron, no conocieron la trágica zozobra de esas demoliciones y de esas edificaciones interiores".(25) La cabal formación espiritual que se advierte en la obra de Rodó, desde los comienzos, se circunscribe y ciñe, de manera sugerente, a un idéntico planteamiento del problema de la libertad que es, sin disputa, el más profundamente esencial del Hombre. Rodó insiste tesonera y tercamente en dilucidarlo para alcanzar la solución ética irreprochable y más en consonancia con la dignidad humana.
En ARIEL -pág. 33- afirma sin subterfugios: "Aun dentro de la esclavitud material, hay posibilidad de salvar la libertad interior: la de la razón y el sentimiento." Como si el sentido afirmativo del concepto no fuese claro e intergiversable, continúa casi pleonásticamente su pensamiento, diciendo: "No tratéis, pues, de justificar por la absorción de trabajo o el combate, la esclavitud de vuestro espíritu." Pocas páginas más adelante -pág. 38-, vuelve a insistir en su idea y recuerda que la escuela estoica "nos ha legado una sencilla y conmovedora imagen de la salvación de la libertad interior, aún en medio a los rigores de la servidumbre, en la hermosa figura de Cleanto; de aquel Cleanto -dice- que, obligado a emplear la fuerza de sus brazos de atleta en sumergir el cubo de una fuente y mover la piedra de un molino, concedía a la meditación las treguas del quehacer miserable y trazaba, con encallecida mano, sobre las piedras del camino, las máximas oídas de labios de Zenón."
Meses después de aparecido ARIEL, entrega como escrita en junio de 1900, con destino al "Almanaque Sudamericano para 1901" (26) una página que titula "Fragmento", en que vuelve al tema predilecto diciendo con énfasis inacostumbrado: "Tengo una fe profunda en la eficacia social y civilizadora de la palabra de los poetas; pero creo, ante todo, en la libertad, que Heine proclamó irresponsable, de su genio y de su inspiración. Cuando escucho que se les exige, con amenazas de destierro, interesarse en las controversias, los afanes y las agitaciones de los hombres, recuerdo a Schiller narrando lo que sucedió a Pegaso bajo el yugo". Rodó cuenta lo ocurrido: "El generoso alazán, vendido por el poeta indigente, es uncido, por groseras y mercenarias manos, a las faenas rústicas, símbolo de la vulgar utilidad y el orden prosaico de la vida. Él se revuelve primero, para sacudir el yugo que desconoce, y desmaya, después, de humillación y de dolor. En vano le castigan sus amos. Le desuncen, convencidos de la imposibilidad de dominarle, y le arrojan con desprecio como cosa inútil. ¡Pero el antiguo dueño, que vagaba triste como él, le encuentra un día en su camino, sube lleno de júbilo entre sus alas desmayadas, y entonces un estremecimiento nervioso recorre los flancos del corcel rebelde a la labor, se despliegan sus alas, sus pupilas flamean, y tiende el vuelo hacia la altura con el soberbio brío, con la infinita libertad de la inspiración levantada sobre las cosas de la tierra!" Rodó muestra así, en la claridad del símbolo, cómo el alado y rebelde Pegaso, liberado de la servidumbre, se recupera en la libertad.
Años más tarde, en 1909, firme en la continuidad invariable de su pensamiento, Rodó desarticula la anécdota que tiene por protagonista a Cleanto, y escribe para MOTIVOS DE PROTEO, la parábola El meditador y el esclavo en quienes personifica y disocia la dualidad de la forzada esclavitud y el libre pensamiento, para insistir en la posibilidad de su coexistencia.
Toda la obra de Rodó tiene activa estructura didascálica. La esencia de su doctrina filosófica -sin llegar a sistematizarse- se puede reducir a la necesidad de una renovada y persistente transformación, para "lograr una perpetua victoria sobre si mismo" (27) porque "mientras vivimos está sobre el yunque nuestra personalidad".(28) Del mismo modo que "quien no avanza, retrocede",(29) en el ideario rodoniano, nuestra vida "o es perpetua renovación o es lánguida muerte".(30) Sin embargo, pese a su fórmula nuclear, según la cual, "reformarse es vivir",(31) Rodó fue, invariablemente el mismo, desde sus comienzos literarios hasta su solitario y dramático final. Aunque proclamó, con segura y obstinada confianza, el nadie diga: "¡Tal soy, tal seré siempre!",(32) su pensamiento nace en la creencia de que, en el "niño" de cada uno de nosotros, está prefigurada nuestra futura personalidad, múltiple y compleja. Y como, para Rodó, "cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno sino muchos",(33) resulta lógico que "el alma de cada uno de nosotros es el término en que remata una inmensa muchedumbre de almas".(34) Por esto concibió al Hombre a la vez, actor o espectador, alternativamente, como luchador y como campo de lucha, solitario en medio de la multitud. Sostuvo aún que, hacia cada uno de nosotros, viene un camino ignorado, que necesitamos encontrar, si deseamos realizar nuestra vida. Hay una senda segura, y es la que va a lo hondo de uno mismo. Y porque así es, Rodó exclama, con acento admonitorio: " ... en ti, en ti solo, has de buscar arranque a la senda redentora!"(35)
Rodó se dolía pensando en la posibilidad de que un día, el humanitarismo, incomprensivo del sentimiento patriótico, llegara a hacer olvidar ese "estigma atávico" que, por acción telúrica, nos une amorosamente al rincón solariego que consideramos nuestro y que termina por hacernos concebir la Patria, como si fuera el corazón del mundo. Sin renunciar al sentimiento preeminente del terruño, concibió a América, a la América hispana, como una Magna Patria, anfictionía de pueblos sin amos, para la vida laboriosa y fecunda, dentro de un ambiente de paz, de comprensión y de tolerancia, en el ejercicio activo de una auténtica democracia.
Y ésta será, de más en más, en el tiempo, la gloria de Rodó: haber sabido dar, con su vida, el ejemplo de un hombre libre; haber sabido mostrar, con su obra, la culminación de un proceso ideológico que tuvo a la Ética, por sostén de su expresión literaria, para alcanzar la Belleza, en el triunfo del Bien y de la Verdad; y haber mostrado a los incrédulos y a los creyentes, en las excelencias del mundo nuevo, el camino de la Libertad, para la emancipación de las conciencias. Así, señero y altivo, fue Rodó.
Notas
En PARÁBOLAS Y CUENTOS SIMBÓLICOS hemos procurado recoger seleccionadas páginas rodonianas a fin de dar muestras ilustrativas de la obra del escritor a quien el Congreso de Estudiantes Universitarios de Chile, con asistencia de varios miles de congresistas y en representación de veinte Universidades, proclamó, en 1941, para gloria de Hispanoamérica, "Maestro de las Juventudes del Continente".
Para titular cada una de las prosas elegidas, respetamos fielmente, los índices analíticos que, para ARIEL y para MOTIVOS DE PROTEO, Rodó escribió en sendas oportunidades.
En la distribución del material seleccionado hemos procedido con sujeción al siguiente método de ordenación:
1° Las fundamentales normas estéticas a que Rodó ajustó su labor literaria;
2° La muestra, en reproducciones facsimilares, de algunos manuscritos, en los que se advierte lo que Rodó llamó "la gesta de la forma";
3° La selección de páginas, en el orden cronológico de aparición de las ediciones, príncipes, con excepción de MOTIVOS DE PROTEO, cuya segunda edición es superior a la primera;
4° La reunión de las parábolas o cuentos simbólicos remitidos por Rodó, a publicaciones periódicas, tales "Mundial" o "Plus Ultra", como pertenecientes a NUEVOS MOTIVOS DE PROTEO;
5° Florilegio de sintéticas y expresivas opiniones críticas.
No forman parte de la presente antología -excepción hecha de la reproducción facsimilar de La cigarra de Eunomo- páginas que, publicadas posteriormente a la muerte del Maestro, no pueden considerarse textos definitivos, sino borradores de originales manuscritos no entregados por Rodó a la publicidad.
Las notas que figuran al pie de página, son sucintas aclaraciones que tienen tres propósitos primordiales y complementarios:
a) facilitar al lector una mínima información indispensable sobre nombres propios, referencias históricas y vocablos de uso poco frecuente;
b) establecer, con ejemplificación sinonímica, la acepción correspondiente a las palabras acotadas, cuya significación difiere de la usual;
c) explicar, en forma sumaria, algunos aspectos estilísticos y gramaticales que ofrecen los textos rodonianos seleccionados.
Las anotaciones están precedidas por breves referencias a la ubicación en las obras de Rodó, de cada una de las páginas elegidas, precisándose, cada vez que corresponde, la publicación en que aparecieron por primera vez.
1 - PINTO DA SILVA, Joao, Vultos do meu caminho. Porto Alegre, Editores Barcellos, Bertaso y Cía.
2 - ZALDUMBIDE, Gonzalo, Parábolas, París, Editorial Bouret, 1949.
3 - RODRÍGUEZ MONEGAL, Emir. José E. Rodó en el Novecientos, Montevideo, "Numero", 1950.
4 - RODÓ, José Enrique, Epistolario, con dos notas preliminares de Hugo D. Barbagelata, Vertongen, París, 1921, pag. 38.
5 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. II, pág. 12.
6 - DEL VALLE-INCLAN, Ramón, La lampara maravillosa, "Opera omnia", Vol. I, Madrid, Imprenta Helénica, 1916.
7 - EPISTOLARIO, ob. cit. pág. 29 y 32.
8 - Sirva de ejemplo: en carta del 31 de enero de 1904 (Epistolario, pág. 31), Rodó describía a Juan Francisco Piquet la gesta literaria de MOTIVOS DE PROTEO; y, enumerando, sintéticamente, los temas desarrollados en "cuentos aplicables a tal o cual pasaje teórico", le expresaba: "Hay … otro, que relata la curiosa manera cómo un escritor llegó a concebir la idea de una obra. viendo abanicarse a dos mujeres." Este cuento simbólico, titulado Los dos abanicos, recién fue conocido en 1932. Figura en la obra póstuma Los ÚLTIMOS MOTIVOS DE PROTEO, págs. 253-261, como parte integrante de El Libro de Próspero y no corresponde a un borrador definitivamente corregido ….
9 - QUINTEROS DELGADO, Juan Carlos, Semblanzas y comentarios críticos, Montevideo, "Casa A. Barreiro y Ramos" S. A., 1945.
10 - La inminente publicación de un magnifico ensayo del profesor Carlos Real de Azúa sobre la importancia y trascendencia de ARIEL en la formación de la cultura de América, cuyo texto original conocí al haber sido presentado al concurso continental, de cuyo jurado formé parte, me impide hacer otras puntualizaciones sobre el asunto.
11 - RODRÍGUEZ MONEGAL, Emir, José E. Rodó en el Novecientos, Montevideo. "Número", 1950.
12 - de ORY, Eduardo, "El Nuevo Mercurio", El modernismo, nº 4, abril de 1907.
13 - TORRES, Carlos Arturo, "El NUEVO Mercurio", El modernismo, nº 5, mayo de 1907.
14 - Ariel, pág. 115.
15 - ARIEL, pág. 128.
16 - ARIEL, pág. 94.
17 - ARIEL, pág. 45.
18 - ARIEL, pág. 92.
19 - EL MIRADOR DE PRÓSPERO, pág. 343.
20 - RODÓ, Enrique, Carta al Director de "La Prensa" de Salto, Luis A. Thévenet. Salto Oriental, 1916.
21 - EL MIRADOR DE PRÓSPER0, pág. 332.
22 - ARIEL, pág. 75. 23 - ARIEL, pág. 74.
24 - ARIEL, pág. 76.
25 - TORRES, Carlos Arturo, La unidad en la obra intelectual, "El Nuevo Mercurio", nº 5, mayo de 1907.
26 - Página 143. Es interesante señalar que este "Fragmento" figura, casi íntegramente, bajo el título "Divina libertad", en las páginas 103-104, de EL MIRADOR DE PRÓSPERO, y luce como fecha de redacción, el año 1895 ... En efecto: fue publicado como parte de un trabajo crítico, titulado: "De dos poetas. "Ecos lejanos" por Carlos Guido Spano, "Bajo-relieve" por Leopoldo Díaz" que apareció antes, el 10 de diciembre de 1895 en la Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales. La reproducción es casi literal. Este constante volver a sus manuscritos originales para utilizarlos en diversas páginas de sus libros, lo ha rastreado con singular perspicacia y éxito José I. Etcheverry, particularmente, en su ensayo "Un discurso de Rodó sobre el Brasil" (Revista del Instituto Nacional de Investigaciones y Archivos Literarios, Año I, nº 1).
27 - EPISTOLARIO, pág. 33.
28 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. II, pág. 13.
29 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. LXXX, pág. 248.
30 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. VII, pág. 22.
31 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. I, pág. 9.
32 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. XXVI, pág. 60.
33 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. I, pág. 10.
34 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. XXXI, pág. 71.
35 - MOTIVOS DE PROTEO, cap. XV, pág. 40.
José Pereira Rodríguez
José Enrique Rodó
Parábolas cuentos simbólicos
Ilustraciones de Santos Martínez Koch
Contribuciones americanas de cultura S. A.
Montevideo 1938
Ariel (Su obra mas importante)
I
Aquella tarde, el viejo y venerado maestro, a quien solían llamar Próspero, por alusión al sabio mago de La Tempestad shakespeariana, se despedía de sus jóvenes discípulos, pasado un año de tareas, congregándolos una vez más a su alrededor.
Ya habían llegado a la amplia sala de estudio, en la que un gusto delicado y severo esmerábase por todas partes en honrar la noble presencia de los libros, fieles compañeros de Próspero. Dominaba en la sala —como numen de su ambiente sereno— un bronce primoroso, que figuraba al ARIEL de La Tempestad. Junto a este bronce, se sentaba habitualmente el maestro, y por ello le llamaban con el nombre del mago a quien sirve y favorece en el drama el fantástico personaje que había interpretado el escultor. Quizá en su enseñanza y su carácter había, para el nombre, una razón y un sentido más profundos.
Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo de la obra de Shakespeare, la parte noble y alada del espíritu. Ariel es el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia, —el término ideal a que asciende la selección humana, rectificando en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibán, símbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel perseverante de la vida.
La estatua, de real arte, reproducía al genio aéreo en el instante en que, libertado por la magia de Próspero, va a lanzarse a los aires para desvanecerse en un lampo. Desplegadas las alas; suelta y flotante la leve vestidura, que la caricia de la luz en el bronce damasquinaba de oro; erguida la amplia frente; entreabiertos los labios por serena sonrisa, todo en la actitud de Ariel acusaba admirablemente el gracioso arranque del vuelo; y con inspiración dichosa, el arte que había dado firmeza escultural a su imagen había acertado a conservar en ella, al mismo tiempo, la apariencia seráfica y la levedad ideal.
Próspero acarició, meditando, la frente de la estatua; dispuso luego al grupo juvenil en torno suyo; y con su firme voz —voz magistral, que tenía para fijar la idea e insinuarse en las profundidades del espíritu, bien la esclarecedora penetración del rayo de luz, bien el golpe incisivo del cincel en el mármol, bien el toque impregnante del pincel en el lienzo o de la onda en la arena,—comenzó a decir, frente a una atención afectuosa:
II
Junto a la estatua que habéis visto presidir, cada tarde, nuestros coloquios de amigos, en los que he procurado despojar a la enseñanza de toda ingrata austeridad, voy a hablaros de nuevo, para que sea nuestra despedida como el sello estampado en un convenio de sentimientos y de ideas.
Invoco a ARIEL como mi numen. Quisiera para mi palabra la más suave y persuasiva unción que ella haya tenido jamás. Pienso que hablar a la juventud sobre nobles y elevados motivos, cualesquiera que sean, es un género de oratoria sagrada. Pienso también que el espíritu de la juventud es un terreno generoso donde la simiente de una palabra oportuna suele rendir, en corto tiempo, los frutos de una inmortal vegetación.
Anhelo colaborar en una página del programa que, al prepararos a respirar el aire libre de la acción, formularéis, sin duda, en la intimidad de vuestro espíritu, para ceñir a él vuestra personalidad moral y vuestro esfuerzo. Este programa propio, —que algunas veces se formula y escribe; que se reserva otras para ser revelado en el mismo transcurso de la acción, — no falta nunca en el espíritu de las agrupaciones y los pueblos que son algo más que muchedumbres. Si con relación a la escuela de la voluntad individual, pudo Goethe decir profundamente que sólo es digno de la libertad y la vida quien es capaz de conquistarlas día a día para sí, con tanta más razón podría decirse que el honor de cada generación humana exige que ella se conquiste, por la perseverante actividad de su pensamiento, por el esfuerzo propio, su fe en determinada manifestación del ideal y su puesto en la evolución de las ideas.
Al conquistar los vuestros, debéis empezar por reconocer un primer objeto de fe en vosotros mismos. La juventud que vivís es una fuerza de cuya aplicación sois los obreros y un tesoro de cuya inversión sois responsables. Amad ese tesoro y esa fuerza; haced que el altivo sentimiento de su posesión permanezca ardiente y eficaz en vosotros. Yo os digo con Renan: «La juventud es el descubrimiento de un horizonte inmenso, que es la Vida». El descubrimiento que revela las tierras ignoradas necesita completarse con el esfuerzo viril que las sojuzga. Y ningún otro espectáculo puede imaginarse más propio para cautivar a un tiempo el interés del pensador y el entusiasmo del artista, que el que presenta una generación humana que marcha al encuentro del futuro, vibrante con la impaciencia de la acción, alta la frente, en la sonrisa un altanero desdén del desengaño, colmada el alma por dulces y remotos mirajes que derraman en ella misteriosos estímulos, como las visiones de Cipango y El Dorado en las crónicas heroicas de los conquistadores.
Del renacer de las esperanzas humanas; de las promesas que fían eternamente al porvenir la realidad de lo mejor, adquiere su belleza el alma que se entreabre al soplo de la vida; dulce e inefable belleza, compuesta, como lo estaba la del amanecer para el poeta de Las Contemplaciones, de un «vestigio de sueño y un principio de pensamiento».
La humanidad, renovando de generación en generación su activa esperanza y su ansiosa fe en un ideal al través de la dura experiencia de los siglos, hacia pensar a Guyau en la obsesión de aquella pobre enajenada cuya extraña y conmovedora locura consistía en creer llegado, constantemente, el día de sus bodas. Juguete de su ensueño, ella ceñía cada mañana a su frente pálida corona de desposada y suspendía de su cabeza el velo nupcial. Con una dulce sonrisa, disponíase luego a recibir al prometido ilusorio, hasta que las sombras de la tarde, tras el vano esperar, traían la decepción a su alma. Entonces, tomaba un melancólico tinte su locura. Pero su ingenua confianza reaparecía con la aurora siguiente; y ya sin el recuerdo del desencanto pasado, murmurando: Es hoy cuando vendrá, volvía a ceñirse la corona y el velo y a sonreír en espera del prometido.
Es así como, no bien la eficacia de un ideal ha muerto, la humanidad viste otra vez sus galas nupciales para esperar la realidad del ideal soñado con nueva fe, con tenaz y conmovedora locura. Provocar esa renovación, inalterable como un ritmo de la Naturaleza, es en todos los tiempos la función y la obra de la juventud. De las almas de cada primavera humana está tejido aquel tocado de novia. Cuando se trata de sofocar esta sublime terquedad de la esperanza, que brota alada del seno de la decepción, todos los pesimismos son vanos. Lo mismo los que se fundan en la razón que los que parten de la experiencia, han de reconocerse inútiles para contrastar el altanero no importa que surge del fondo de la Vida. Hay veces en que, por una aparente alteración del ritmo triunfal, cruzan la historia humana generaciones destinadas a personificar, desde la cuna, la vacilación y el desaliento. Pero ellas pasan,—no sin haber tenido quizá su ideal como las otras, en forma negativa y con amor inconsciente; — y de nuevo se ilumina en el espíritu de la humanidad la esperanza en el Esposo anhelado, cuya imagen dulce y radiosa como en los versos de marfil de los místicos, basta para mantener la asimilación y el contento de la vida, aun cuando nunca haya de encarnarse en la realidad.
La juventud, que así significa en el alma de los individuos y de las generaciones, luz, amor, energía, existe y lo significa también en el proceso evolutivo de las sociedades. De los pueblos que sienten y consideran la vida como vosotros, serán siempre la fecundidad, la fuerza, el dominio del porvenir. — Hubo una vez en que los atributos de la juventud humana se hicieron, más que en ninguna otra, los atributos de un pueblo, los caracteres de una civilización, y en que un soplo de adolescencia encantadora pasó rozando la frente serena de una raza. Cuando Grecia nació, los dioses le regalaron el secreto de su juventud inextinguible. Grecia es el alma joven. «Aquel que en Delfos contemplaba la apiñada muchedumbre de los jonios —dice uno de los himnos homéricos— se imagina que ellos no han de envejecer jamás». Grecia hizo grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegría, que es el ambiente de la acción, y el entusiasmo, que es la palanca omnipotente. El sacerdote egipcio con quien Solón habló en el templo de Sais, decía al legislador ateniense, compadeciendo a los griegos por su volubilidad bulliciosa: ¡No sois sino unos niños! Y Michelet ha comparado la actividad del alma helena con un festivo juego a cuyo alrededor se agrupan y sonríen todas las naciones del mundo. Pero de aquel divino juego de niños sobre las playas del Archipiélago y a la sombra de los olivos de Jonia, nacieron el arte, la filosofía, el pensamiento libre, la curiosidad de la investigación, la conciencia de la dignidad humana, todos esos estímulos de Dios que son aún nuestra inspiración y nuestro orgullo. Absorto en su austeridad hierática, el país del sacerdote representaba, en tanto, la senectud, que se concentra para ensayar el reposo de la eternidad y aleja, con desdeñosa mano, todo frívolo sueño. La gracia, la inquietud, están proscriptas de las actitudes de su alma, como del gesto de sus imágenes la vida. Y cuando la posteridad vuelve las miradas a él, sólo encuentra una estéril noción del orden presidiendo al desenvolvimiento de una civilización que vivió para tejerse un sudario y para edificar sus sepulcros; la sombra de un compás tendiéndose sobre la esterilidad de la arena.
Las prendas del espíritu joven —el entusiasmo y la esperanza— corresponden en las armonías de la historia y la naturaleza, al movimiento y a la luz. —Adondequiera que volváis los ojos, las encontraréis como el ambiente natural de todas las cosas fuertes y hermosas. Levantadlos al ejemplo más alto:— La idea cristiana, sobre la que aún se hace pesar la acusación de haber entristecido la tierra proscribiendo la alegría del paganismo, es una inspiración esencialmente juvenil mientras no se aleja de su cuna. El cristianismo naciente es, en la interpretación —que yo creo tanto más verdadera cuanto más poética— de Renan, un cuadro de juventud inmarcesible. De juventud del alma o, lo que es lo mismo, de un vivo sueño, de gracia, de candor, se compone el aroma divino que flota sobre las lentas jornadas del Maestro al través de los campos de Galilea; sobre sus prédicas, que se desenvuelven ajenas a toda penitente gravedad; junto a un logo celeste; en los valles abrumados de frutos; escuchadas por «las aves del cielo» y «los lirios de los campos», con que se adornan las parábolas; propagando la alegría del «reino de Dios» sobre una dulce sonrisa de la Naturaleza. — De este cuadro dichoso, están ausentes las sectas que acompañaban en la soledad las penitencias del Bautista. Cuando Jesús habla de los que a él le siguen, los compara a los paraninfos de un cortejo de bodas. — Y es la impresión de aquel divino la que incorporándose a la esencia de la nueva fe, se siente persistir al través de la odisea de los evangelistas; la que derrama en el espíritu de las primeras comunidades cristianas su felicidad candorosa, su ingenua alegría de vivir; y la que, al llegar a Roma con los ignorados cristianos del Transtevere, les abre fácil paso en los corazones; porque ellos triunfaron oponiendo el encanto de su juventud interior — la de su alma embalsamada por la libación del vino nuevo— a la severidad de los estoicos y a la decrepitud de los mundanos.
Sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza bendita que lleváis dentro de vosotros mismos. No creáis, sin embargo, que ella esté exenta de malograrse y desvanecerse, como un impulso sin objeto, en la realidad. De la Naturaleza es la dádiva del precioso tesoro; pero es de las ideas, que él sea fecundo, o se prodigue vanamente, o fraccionado y disperso en las conciencias personales, no se manifieste en la vida de las sociedades humanas como una fuerza bienhechora—Un escritor sagaz rastreaba, ha poco, en las páginas de la novela de nuestro siglo,—esa inmensa superficie especular donde se refleja toda entera la imagen de la vida en los últimos vertiginosos cien años—la psicología, los estados de alma de la juventud, tales como ellos han sido en las generaciones que van desde los días de René hasta los que han visto pasar a Des Esseintes.— Su análisis comprobaba una progresiva disminución de juventud interior y de energía en la serie de personajes representativos que se inicia con los héroes, enfermos, pero a menudo viriles y siempre intensos de pasión, de los románticos, y termina con los enervados de voluntad y corazón en quienes se reflejan tan desconsoladoras manifestaciones del espíritu de nuestro tiempo como la del protagonista de A rebours o la del Robert Gresleu de Le Disciple. — Pero comprobaba el análisis también, un lisonjero renacimiento de animación y de esperanza en la psicología de la juventud de que suele hablarnos una literatura que es quizá nuncio de transformaciones más hondas; renacimiento que personifican los héroes nuevos de Lemaître, de Wyzewa, de Rod, y cuya más cumplida representación lo sería tal vez el David Grieve con que cierta novelista inglesa contemporánea ha resumido en un solo carácter todas las penas y todas las inquietudes ideales de varias generaciones, para solucionarlas en un supremo desenlace de serenidad y de amor.
¿Madurará en la realidad esa esperanza? —Vosotros, los que vais a pasar, como el obrero en marcha a los talleres que le esperan, bajo el pórtico del nuevo siglo, ¿reflejaréis quizá sobre el arte que os estudie, imágenes más luminosas y triunfales que las que han quedado de nosotros? Si los tiempos divinos en que las almas jóvenes daban modelos para los dialoguistas radiantes de Platón sólo fueron posibles en una breve primavera del mundo; si es fuerza «no pensar en los dioses», como aconseja la Forquias del segundo Fausto al coro de cautivas; ¿no nos será lícito, a lo menos, soñar con la aparición de generaciones humanas que devuelvan a la vida un sentimiento ideal, un grande entusiasmo; en las que sea un poder el sentimiento; en las que una vigorosa resurrección de las energías de la voluntad ahuyente, con heroico clamor, del fondo de las almas, todas las cobardías morales que se nutren a los pechos de la decepción y de la duda? ¿Será de nuevo la juventud una realidad de la vida colectiva, como lo es de la vida individual?
Tal es la pregunta que me inquieta mirándoos. — Vuestras primeras páginas, las confesiones que nos habéis hecho hasta ahora de vuestro mundo íntimo, hablan de indecisión y de estupor a menudo; nunca de enervación, ni de un definitivo quebranto de la voluntad. Yo sé bien que el entusiasmo es una surgente viva en vosotros. Yo sé bien que las notas de desaliento y de dolor que la absoluta sinceridad del pensamiento — virtud todavía más grande que la esperanza — ha podido hacer brotar de las torturas de vuestra meditación, en las tristes e inevitables citas de la Duda, no eran indicio de un estado de alma permanente ni significaron en ningún caso vuestra desconfianza respecto de la eterna virtualidad de la Vida. Cuando un grito de angustia ha ascendido del fondo de vuestro corazón, no lo habéis sofocado antes de pasar por vuestros labios, con la austera y muda altivez del estoico en el suplicio, pero lo habéis terminado con una invocación al ideal que vendrá, con una nota de esperanza mesiánica.
Por lo demás, al hablaros del entusiasmo y la esperanza, como de altas fecundas virtudes, no es mi propósito enseñaros a trazar la línea infranqueable que separe el escepticismo de la fe, la decepción de la alegría. Nada más lejos de mi ánimo que la idea de confundir con los atributos naturales de la juventud, con la graciosa espontaneidad de su alma, esa indolente frivolidad del pensamiento, que, incapaz de ver más que el motivo de un juego en la actividad, compra el amor y el contento de la vida al precio de su incomunicación con todo lo que pueda hacer detener el paso ante la faz misteriosa y grave de las cosas. — No es ése el noble significado de la juventud individual, ni ése tampoco el de la juventud de los pueblos. — Yo he conceptuado siempre vano el propósito de los que constituyéndose en avizores vigías del destino de América, en custodios de su tranquilidad, quisieran sofocar, con temeroso recelo, antes de que llegase a nosotros, cualquiera resonancia del humano dolor, cualquier eco venido de literaturas extrañas, que, por triste o insano, ponga en peligro la fragilidad de su optimismo. — Ninguna firme educación de la inteligencia puede fundarse en el aislamiento candoroso o en la ignorancia voluntaria. Todo problema propuesto al pensamiento humano por la Duda; toda sincera reconvención que sobre Dios o la Naturaleza se fulmine, del seno del desaliento y el dolor, tienen derecho a que les dejemos llegar a nuestra conciencia y a que los afrontemos. Nuestra fuerza de corazón ha de probarse aceptando el reto de la Esfinge, y no esquivando su interrogación formidable. — No olvidéis, además, que en ciertas amarguras del pensamiento hay, como en sus alegrías, la posibilidad de encontrar un punto de partida para la acción, hay a menudo sugestiones fecundas. Cuando el dolor enerva; cuando el dolor es la irresistible pendiente que conduce al marasmo o el consejero pérfido que mueve a la abdicación de la voluntad, la filosofía que le lleva en sus entrañas es cosa indigna de almas jóvenes. Puede entonces el poeta calificarle de «indolente soldado que milita bajo las banderas de la muerte». Pero cuando lo que nace del seno del dolor es el anhelo varonil de la lucha para conquistar o recobrar el bien que él nos niega, entonces es un acerado acicate de la evolución, es el más poderoso impulso de la vida; no de otro modo que como el hastío, para Helvecio, llega a ser la mayor y más preciosa de todas las prerrogativas humanas desde el momento en que, impidiendo enervarse nuestra sensibilidad en los adormecimientos del ocio, se convierte en el vigilante estímulo de la acción.
En tal sentido, se ha dicho bien que hay pesimismos que tienen la significación de un optimismo paradójico. Muy lejos de suponer la renuncia y la condenación de la existencia, ellos propagan, con su descontento de lo actual, la necesidad de renovarla. Lo que a la humanidad importa salvar contra toda negación pesimista, es, no tanto la idea de la relativa bondad de lo presente, sino la de la posibilidad de llegar a un término mejor por el desenvolvimiento de la vida, apresurado y orientado mediante el esfuerzo de los hombres. La fe en el porvenir, la confianza en la eficacia del esfuerzo humano, son el antecedente necesario de toda acción enérgica y de todo propósito fecundo. Tal es la razón por la que he querido comenzar encareciéndoos la inmortal excelencia de esa fe que, siendo en la juventud un instinto no debe necesitar seros impuesta por ninguna enseñanza, puesto que la encontraréis indefectiblemente dejando actuar en el fondo de vuestro ser la sugestión divina de la Naturaleza.
Animados por ese sentimiento, entrad, pues, a la vida, que os abre sus hondos horizontes, con la noble ambición de hacer sentir vuestra presencia en ella desde el momento en que la afrontéis con la altiva mirada del conquistador. — Toca al espíritu juvenil la iniciativa audaz, la genialidad innovadora. — Quizá universalmente, hoy, la acción y la influencia de la juventud son en la marcha de las sociedades humanas menos efectivas e intensas que debieran ser. Gaston Deschamps lo hacía notar en Francia hace poco, comentando la iniciación tardía de las jóvenes generaciones, en la vida pública y la cultura de aquel pueblo, y la escasa originalidad con que ellas contribuyen al trazado de las ideas dominantes. Mis impresiones del presente de América, en cuanto ellas pueden tener un carácter general a pesar del doloroso aislamiento en que viven los pueblos que la componen, justificarían acaso una observación parecida. — Y sin embargo, yo creo ver expresada en todas partes la necesidad de una activa revelación de fuerzas nuevas; yo creo que América necesita grandemente de su juventud. — He ahí por qué os hablo. He ahí por qué me interesa extraordinariamente la orientación moral de vuestro espíritu. La energía de vuestra palabra y vuestro ejemplo puede llegar hasta incorporar las fuerzas vivas del pasado a la obra del futuro. Pienso con Michelet que el verdadero concepto de la educación no abarca sólo la cultura del espíritu de los hijos por la experiencia de los padres, sino también, y con frecuencia mucho más, la del espíritu de los padres por la inspiración innovadora de los hijos.
Hablemos, pues, de cómo consideraréis la vida que os espera.
III
La divergencia de las vocaciones personales imprimirá diversos sentidos a vuestra actividad, y hará predominar una disposición, una aptitud determinada, en el espíritu de cada uno de vosotros. — Los unos seréis hombres de ciencia; los otros seréis hombres de arte; los otros seréis hombres de acción. — Pero por encima de los afectos que hayan de vincularos individualmente a distintas aplicaciones y distintos modos de la vida, debe velar, en lo íntimo de vuestra alma, la conciencia de la unidad fundamental de nuestra naturaleza, que exige que cada individuo humano sea, ante todo y sobre toda otra cosa, un ejemplar no mutilado de la humanidad, en el que ninguna noble facultad del espíritu quede obliterada y ningún alto interés de todos pierda su virtud comunicativa. Antes que las modificaciones de profesión y de cultura está el cumplimiento del destino común de los seres racionales. «Hay una profesión universal, que es la de hombre», ha dicho admirablemente Guyau. Y Renan, recordando, a propósito de las civilizaciones desequilibradas y parciales, que el fin de la criatura humana no puede ser exclusivamente saber, ni sentir, ni imaginar, sino ser real y enteramente humana, define el ideal de perfección a que ella debe encaminar sus energías como la posibilidad de ofrecer en un tipo individual un cuadro abreviado de la especie.
Aspirad, pues, a desarrollar, en lo posible, no un solo aspecto sino la plenitud de vuestro ser. No os encojáis de hombros delante de ninguna noble y fecunda manifestación de la naturaleza humana, a pretexto de que vuestra organización individual os liga con preferencia a manifestaciones diferentes. Sed espectadores atenciosos allí donde no podáis ser actores. — Cuando cierto falsísimo y vulgarizado concepto de la educación, que la imagina subordinada exclusivamente al fin utilitario, se empeña en mutilar, por medio de ese utilitarismo y de una especialización prematura, la integridad natural de los espíritus, y anhela proscribir de la enseñanza todo elemento desinteresado e ideal, no repara suficientemente en el peligro de preparar para el porvenir espíritus estrechos que, incapaces de considerar más que el único de la realidad con que estén inmediatamente en contacto, vivirán separados por helados desiertos de los espíritus que, dentro de la misma sociedad, se hayan adherido a otras manifestaciones de la vida.
Lo necesario de la consagración particular de cada uno de nosotros a una actividad determinada, a un solo modo de cultura, no excluye, ciertamente, la tendencia a realizar, por la íntima armonía del espíritu, el destino común de los seres racionales. Esa actividad, esa cultura, serán sólo la nota fundamental de la armonía. — El verso célebre en que el esclavo de la escena antigua afirmó que, pues era hombre, no le era ajeno nada de lo humano, forma parte de los gritos de la solidaridad. Augusto Comte ha señalado bien este peligro de las civilizaciones avanzadas. Un alto estado de perfeccionamiento social tiene para él un grave inconveniente en la facilidad con que suscita la aparición de espíritus deformados y estrechos; de espíritus «muy capaces bajo un único y monstruosamente ineptos bajo todos los otros». El empequeñecimiento de un cerebro humano por el comercio continuo de un solo género de ideas, por el ejercicio indefinido de un solo modo de actividad, es para Comte un resultado comparable a la mísera suerte del obrero a quien la división del trabajo de taller obliga a consumir en la invariable operación de un detalle mecánico todas las energías de su vida. En uno y otro caso, el efecto moral es inspirar una desastrosa indiferencia por el general de los intereses de la humanidad. Y aunque esta especie de automatismo humano — agrega el pensador positivista — no constituye felizmente sino la extrema influencia dispersiva del principio de especialización, su realidad, ya muy frecuente, exige que se atribuya a su apreciación una verdadera importancia.
No menos que a la solidez, daña esa influencia dispersiva a la estética de la estructura social. — La belleza incomparable de Atenas, lo imperecedero del modelo legado por sus manos de diosa a la admiración y el encanto de la humanidad, nacen de que aquella ciudad de prodigios fundó su concepción de la vida en el concierto de todas las facultades humanas, en la libre y acordada expansión de todas las energías capaces de contribuir a la gloria y al poder de los hombres. Atenas supo engrandecer a la vez el sentido de lo ideal y el de lo real, la razón y el instinto, las fuerzas del espíritu v las del cuerpo. Cinceló las cuatro faces del alma. Cada ateniense libre describe en derredor de sí, para contener su acción, un círculo perfecto, en el que ningún desordenado impulso quebrantará la graciosa proporción de la línea. Es atleta y escultura viviente en el gimnasio, ciudadano en el Pnix, polemista y pensador en los pórticos. Ejercita su voluntad en toda suerte de acción viril y su pensamiento en toda preocupación fecunda. Por eso afirma Macaulay que un día de la vida pública del Atica es más brillante programa de enseñanza que los que hoy calculamos para nuestros modernos centros de instrucción. — Y de aquel libre y único florecimiento de la plenitud de nuestra naturaleza, surgió el milagro griego, — una inimitable y encantadora mezcla de animación y de serenidad, una primavera del espíritu humano, una sonrisa de la historia.
En nuestros tiempos, la creciente complejidad de nuestra civilización privaría de toda seriedad al pensamiento de restaurar esa armonía, sólo posible entre los elementos de una graciosa sencillez. Pero dentro de la misma complejidad de nuestra cultura; dentro de la diferenciación progresiva de caracteres, de aptitudes, de méritos, que es la ineludible consecuencia del progreso en el desenvolvimiento social, cabe salvar una razonable participación de todos en ciertas ideas y sentimientos fundamentales que mantengan la unidad y el concierto de la vida, — en ciertos intereses del alma, ante los cuales la dignidad del ser racional no consiente la indiferencia de ninguno de nosotros.
Cuando el sentido de la utilidad material y el bienestar domina en el carácter de las sociedades humanas con la energía que tiene en lo presente, los resultados del espíritu estrecho y la cultura unilateral son particularmente funestos a la difusión de aquellas preocupaciones puramente ideales que, siendo objeto de amor para quienes les consagran las energías más nobles y perseverantes de su vida, se convierten en una remota y quizá no sospechada región, para una inmensa parte de los otros. — Todo género de meditación desinteresada, de contemplación ideal, de tregua íntima, en la que los diarios afanes por la utilidad cedan transitoriamente su imperio a una mirada noble y serena tendida de lo alto de la razón sobre las cosas, permanece ignorado, en el estado actual de las sociedades humanas, para millones de almas civilizadas y cultas, a quienes la influencia de la educación o la costumbre reduce al automatismo de una actividad, en definitiva, material. — Y bien: este género de servidumbre debe considerarse la más triste y oprobiosa de todas las condenaciones morales. Yo os ruego que os defendáis, en la milicia de la vida, contra la mutilación de vuestro espíritu por la tiranía de un objetivo único e interesado. No entreguéis nunca a la utilidad o a la pasión sino una parte de vosotros. Aun dentro de la esclavitud material hay la posibilidad de salvar la libertad interior: la de la razón y el sentimiento. No tratéis, pues, de justificar, por la absorción del trabajo o el combate, la esclavitud de vuestro espíritu.
Encuentro el símbolo de lo que debe ser nuestra alma en un cuento que evoco de un empolvado rincón de mi memoria. — Era un rey patriarcal, en el Oriente indeterminado e ingenuo donde gusta hacer nido la alegre bandada de los cuentos. Vivía su reino la candorosa infancia de las tiendas de Ismael y los palacios de Pilos. La tradición le llamó después, en la memoria de los hombres, el rey hospitalario. Inmensa era la piedad del rey. A desvanecerse en ella tendía, como por su propio peso, toda desventura. A su hospitalidad acudían lo mismo por blanco pan el miserable que el alma desolada por el bálsamo de la palabra que acaricia. Su corazón reflejaba, como sensible placa sonora, el ritmo de los otros. Su palacio era la casa del pueblo. — Todo era libertad y animación dentro de este augusto recinto, cuya entrada nunca hubo guardas que vedasen. En los abiertos pórticos, formaban corros los pastores cuando consagraban a rústicos conciertos sus ocios; platicaban al caer la tarde los ancianos; y frescos grupos de mujeres disponían, sobre trenzados juncos, las flores y los racimos de que se componía únicamente el diezmo real. Mercaderes de Ofir, buhoneros de Damasco, cruzaban a toda hora las puertas anchurosas y ostentaban en competencia, ante las miradas del rey, las telas, las joyas, los perfumes. Junto a su trono reposaban los abrumados peregrinos. Los pájaros se citaban al mediodía para recoger las migajas de su mesa; y con el alba, los niños llegaban en bandas bulliciosas al pie del lecho en que dormía el rey de barba de plata y le anunciaban la presencia del sol. — Lo mismo a los seres sin ventura que a las cosas sin alma alcanzaba su liberalidad infinita. La Naturaleza sentía también la atracción de su llamado generoso; vientos y aves y plantas parecían buscar, — como en el mito de Orfeo y en la leyenda de San Francisco de Asís, — la amistad humana en aquel oasis de hospitalidad. Del germen caído al acaso, brotaban y florecían, en las junturas de los pavimentos y los muros, los alhelíes de las ruinas, sin que una mano cruel los arrancase ni los hollara un pie maligno. Por las francas ventanas se tendían al interior de las cámaras del rey las enredaderas osadas y curiosas. Los fatigados vientos abandonaban largamente sobre el alcázar real su carga de aromas y armonías. Empinándose desde el vecino mar, como si quisieran ceñirse en un abrazo, le salpicaban las olas con su espuma. Y una libertad paradisial, una inmensa reciprocidad de confianza, mantenían por dondequiera la animación de una fiesta inextinguible...
Pero dentro, muy dentro; aislada del alcázar ruidoso por cubiertos canales; oculta a la mirada vulgar — como la «perdida iglesia» de Uhland en lo esquivo del bosque — al cabo de ignorados senderos, una misteriosa sala se extendía, en la que a nadie era lícito poner la planta sino al mismo rey, cuya hospitalidad se trocaba en sus umbrales en la apariencia de ascético egoísmo. Espesos muros la rodeaban. Ni un eco del bullicio exterior; ni una nota escapada al concierto de la Naturaleza, ni una palabra desprendida de labios de los hombres, lograban traspasar el espesor de los sillares de pórfido y conmover una onda del aire en la prohibida estancia. Religioso silencio velaba en ella la castidad del aire dormido. La luz, que tamizaban esmaltadas vidrieras, llegaba lánguida, medido el paso por una inalterable igualdad, y se diluía, como copo de nieve que invade un nido tibia, en la calma de un ambiente celeste. — Nunca reinó tan honda paz: ni en oceánica gruta, ni en soledad nemorosa. — Alguna vez, — cuando la noche era diáfana y tranquila, — abriéndose a modo de dos valvas de nácar la artesonada techumbre, dejaba cernerse en su lugar la magnificencia de las sombras serenas. En el ambiente flotaba como una onda indisipable la casta esencia del nenúfar, el perfume sugeridor del adormecimiento penseroso y de la contemplación del propio ser. Graves cariátides custodiaban las puertas de marfil en la actitud del silenciario. En los testeros, esculpidas imágenes hablaban de idealidad, de ensimismamiento, de reposo... — Y el viejo rey aseguraba que, aun cuando a nadie fuera dado acompañarle hasta allí, su hospitalidad seguía siendo en el misterioso seguro tan generosa y grande como siempre, sólo que los que él congregaba dentro de sus muros discretos eran convidados impalpables y huéspedes sutiles. En él soñaba, en él se libertaba de la realidad, el rey legendario; en él sus miradas se volvían a lo interior y se bruñían en la meditación sus pensamientos como las guijas lavadas por la espuma; en él se desplegaban sobre su noble frente las blancas alas de Psiquis... Y luego, cuando la muerte vino a recordarle que él no había sido sino un huésped más en su palacio, la impenetrable estancia quedó clausurada y muda para siempre; para siempre abismada en su reposo infinito; nadie la profanó jamás, porque nadie hubiera osado poner la planta irreverente allí donde el viejo rey quiso estar solo con sus sueños y aislado en la última Tule de su alma.
Yo doy al cuento el escenario de vuestro reino interior. Abierto con una saludable liberalidad, como la casa del monarca confiado, a todas las corrientes del mundo, exista en él, al mismo tiempo, la celda escondida y misteriosa que desconozcan los huéspedes profanos y que a nadie más que a la razón serena pertenezca. Sólo cuando penetréis dentro del inviolable seguro podréis llamaros, en realidad, hombres libres. No lo son quienes, enajenando insensatamente el dominio de sí a favor de la desordenada pasión o el interés utilitario, olvidan que, según el sabio precepto de Montaigne, nuestro espíritu puede ser objeto de préstamo, pero no de cesión. — Pensar, soñar, admirar: he ahí los
CTRL + C
y listo... est todo
www.habbomarck.tk











